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PART IV: METHODOLOGICAL LIMITATIONS & QUALITY INDICATORS

4.6. METHODOLOGICAL LIMITATIONS

Como se observa en el grafo de la categoría 1 y en los discursos siguientes cuando Jesús pregunta: ¿Qué sexo es el que tiende a tener más parejas sexuales?

98 Discursos femeninos

 Sin pensarlo mucho el hombre (F-1)

 El hombre, sobre todo el hombre machista que le gusta tener muchas mujeres (F-2)

 El hombre porque es infiel (F-3)

Discursos masculinos

 Los hombres por que nos gusta experimentar con varias parejas (H-1)  Ya es casi igual tanto en hombres como en mujeres, ya esta pareja la cosa

(H-2)

 Nosotros los hombres, quizás por inmadurez o por promiscuidad (H-3). Es decir que las (os) estudiantes de enfermería, tanto mujeres como hombres, coinciden en que los hombres tienen mayor conductas de riesgo ya que usualmente es el sexo que tiende a tener el mayor número de parejas intimas lo cual es un factor de riesgo para prevenir tanto los embarazos no deseados como las enfermedades de trasmisión sexual.

En el análisis de la corporalidad, la dimensión de género significa un incentivo para pensar la trama social y cultural que la modela, fundamentalmente porque pone en cuestionamiento los roles y expectativas que son arrastrados por los sujetos a partir del señalamiento de la existencia de una diferencia sexual y biológica. En este sentido, recurrir a esta categoría permite reconocer distintas formas de interpretación, simbolización y organización de las diferencias sexuales en las relaciones sociales y afianza la crítica a la idea de la existencia de una esencia femenina, al tiempo que al distanciarse de la categoría de sexo se enfrenta al determinismo biológico ampliando las bases teóricas para argumentar a favor de la igualdad de las mujeres (Checa, 2003).

El cuerpo en el que se inscribe esta diferencia sexual adquiere un papel ineludible en la construcción de los propios sujetos y trae constantemente el clásico debate de las ciencias sociales sobre los límites entre la naturaleza y la cultura. De modo que si bien se puede señalar la existencia de una constante biológica universal como es la diferencia sexual, el cuerpo es más que una marca

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biológica, porque la cultura simboliza de múltiples maneras esta diferencia. Pero además, sobre la base de una diferencia sexual se construyen mandatos orientados a establecer gustos, prohibiciones, capacidades y actitudes propias -e impropias- para mujeres y varones, encauzando la conducta objetiva y subjetiva de las personas en función de su sexo (Checa, 2003).

Así entendidas, las relaciones de género son relaciones de naturaleza asimétrica, y del resultado de estos juegos de fuerza resultan los posicionami entos sociales, culturales y subjetivos que cada sujeto se encuentra en condiciones de poseer, al tiempo que permite la emergencia y persistencia de un marco social que discrimina todo aspecto que no se adecue a esa complementariedad que se supone válida en todos los ámbitos de la vida (Lamas, 2007). Citando a Pierre Bourdieu, Lamas señala que la dominación masculina se ha mantenido históricamente por el trabajo interconectado de diversas instituciones sociales como la familia, la Iglesia, el Estado y los medios de comunicación, otorgando naturalidad a la desigualdad social y cultural entre los géneros (Ibídem).

De modo que la división del mundo basada en las diferencias biológicas, como ordenamiento que precede a los sujetos y se presenta como autoevidente actúa como la mejor fundada de las ilusiones colectivas. La perspectiva de género es un importante aporte al estudio de la sexualidad (Rodrigues y Yuriria, 2000) ya que permitió una mayor comprensión de los diversos aspectos asociados a ella. Tanto el género como la sexualidad son construcciones sociales y culturales: una, el género, del sexo biológico con que nacen las personas; la otra, la sexualidad, del placer que generan los contactos e intercambios corporales (Tuñon y Eroza, 2001).

Al respecto Butler (1996) plantea que la correspondencia que se establece entre estas categorías estabiliza la heterosexualidad como norma y brinda una argumentación biológica que naturaliza el sistema de los dos sexos. En tanto las normas y especificidades de la sexualidad, asignadas culturalmente a cada sexo,

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han mostrado ser desiguales, este enfoque es susceptible de enriquecer y complejizar el análisis ya que el ámbito de la sexualidad constituye un espacio privilegiado para la relación de géneros, a partir del cual pueden analizarse cómo operan los estereotipos genéricos, cómo se ejerce el poder sobre las mujeres y qué prácticas y comportamientos de los y las jóvenes llevan a reforzar las formas tradicionales o a vulnerarlas.

Puede pensarse la juventud como una etapa en donde el género juga un rol central como fuente de representaciones, en tanto la identidad de género opera fuertemente en la percepción que se tiene del propio cuerpo, su uso y su cuidado (Checa, 2003). El ser varón o ser mujer, más allá de lo físico, crea definiciones corporales y emocionales, así como prácticas sociales relativas a la sexualidad, la división del trabajo y la distribución de los recursos materiales y simbólicos entre varones y mujeres, aun cuando estos mandatos no resultan incorporados directa y linealmente por los sujetos.

En el tránsito hacia la juventud, las mujeres y varones habitan y construyen sus cuerpos y sus identidades de un modo diferente entre sí, lo cual nos permite pensar que la utilización de métodos anticonceptivos y de prevención de ETS exceden al conocimiento puntual que se tenga sobre sus efectos y modos de utilización, y nos remiten más bien a toda una trama simbólica que atraviesa las decisiones que son tomadas por los y las jóvenes. En el campo de la sexualidad prevalece una doble moral, en la que por un lado, existe la libertad para los hombres de ejercer su sexualidad, ejercicio que conlleva una aceptación y reforzamiento de la masculinidad; y por otro, se impone una prohibición a las mujeres para ejercerla y disfrutarla con independencia de la reproducción (Checa, 2003).

De modo que la desigualdad de género se expresa finalmente en el control social y moral de la sexualidad femenina cuando esta no está asociada a la procreación, los estereotipos de género tradicionales indican para las mujeres que

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la sexualidad debe estar asociada al amor y al compromiso, mientras que para los varones la sexualidad debe asociarse a la búsqueda del placer sexual (Checa, 2003). En la misma línea, Nina Zamberlin (Checa, 2003) señala que dentro del modelo de género tradicional, la sexualidad masculina se caracteriza como naturalmente incontrolable, insaciable y agresiva, y en oposición a lo que se espera de las mujeres, la virginidad de los varones constituye un peso del cual debe desprenderse cuanto antes. Al respecto Foucault advierte que el modo en que actualmente se vive y se asume la sexualidad no siempre ha sido el mismo, y da un lugar central al poder y la represión tanto en la creciente naturalización de las relaciones heterosexuales como en las relaciones establecidas entre los géneros (Tuñon y Eroza, 2001).

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CATEGORÍA II: CUIDADO DE LA SALUD SEXUAL Y REPRODUCTIVA EN LOS