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Literature Review

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4.2 The methodological structure

4 de noviembre de 2006.

En el verano del año 711, el Rey ilegítimo y usurpador, Rodrigo, violó el mandato milenario del Rey hebreo Salomón, y entró en la Torre de Hércules y en la Cueva de Hércules, para lo cual tuvo que romper todos los candados de las Puertas. Logró sus objetivos, ver y averiguar con sus propios ojos qué era cuanto había allí escondido, pero en triste hora entró.

Había en la ciudad milenaria de Toledo dos emplazamientos extraordinarios. Por un lado, La Torre de Salomón, o Palacio de Salomón, conocido también como el Palacio Encantado, Torre de Hércules, o Torre Encantada, y por otro lado, la Cueva de Salomón, posteriormente denominada de Hércules, o Casa de los Cerrojos de Toledo.

La Torre de Hércules, por fuera, era de forma circular, y cilíndrica, de una altura formidable, sostenida por las espaldas de 4 leones metálicos, que señalaban los cuatro puntos cardinales, norte, sur, este y oeste. Pero por dentro, la Torre de Hércules, era cuadrada y en su interior había 4 habitaciones cuadradas de diferentes colores, una era blanca como la nieve, otra era negra como el carbón, la tercera, verde como la esmeralda, y la última, roja como la sangre.

Y todo el palacio era más claro y luciente que el cristal, que parecía que todo él formaba una gran piedra preciosa, de manera que no se veían untaduras de unas piedras con otras, sino como si todo fuera una misma losa brillante. Y todos los hombres prominentes y sabios decían que aquella obra no había podido ser hecha en este mundo por manos humanas, y que por lo tanto era una de las maravillas de la Tierra. En su interior había una gran claridad, de manera que se podía ver todo cuanto dentro estuviese, tan claro como lo de fuera. La Torre de Salomón de Toledo era sencillamente una señal para todas las naciones, a modo de Faro, una señal visible para el recuerdo de las generaciones futuras, que pudieran dibujar y representar en sus lienzos, libros, o escritos, y poco a poco en los últimos tiempos, están apareciendo estatuas, grabados y representaciones de los cuatro leones con la torre a sus espaldas.

Estaba prohibido, incluso para el Rey, en cualquier época, penetrar en los aposentos secretos y sagrados que dejó el Rey Salomón en Toledo. Únicamente el monarca, cuando tomaba posesión de su trono, podía y debía seguir la tradición, con gran pompa, de añadir un candado más a la Puerta de la Cueva de Hércules, como compromiso ante la Corte y ante todo el Reino, de que el Rey perpetuaría el juramento salomónico de preservar intactos los dominios del Rey Salomón, como era ley y costumbre, ya que si por el contrario desobedecía

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las instrucciones originales y legítimas del Rey Salomón, una maldición terrible caería sobre quien de esa manera tan imprudente obrase.

Es por ello que hasta un total de 24 Candados Reales fueron colocados por los 24 Monarcas Visigodos a la Entrada de la Cueva sagrada que construyó el Rey Salomón. Ningún monarca quiso franquear aquella puerta sagrada, ninguno excepto el último monarca visigodo, el monarca maldito, Don Rodrigo.

El Rey godo Witiza había subido al trono en el año 702. A la muerte de Witiza, en torno al año 709, todo cambió. La nobleza y los obispos impidieron que el hijo del Rey Witiza, llamado Achila, que por aquél entonces era un chiquillo menor de edad, ocupara el trono. Los poderosos de la Corte descartaron la Corona para el legítimo heredero del trono, que era Achila, el hijo de Witiza, y eligieron en su lugar a Don Rodrigo, un jefe militar afín a sus intereses.

Pero no tardaron mucho los personajes influyentes de la Corte en arrepentirse de su decisión de haber nombrado como monarca a tan ruin sucesor.

Cuando los obispos, sacerdotes y poderosos del Reino se enteraron de los planes de Rodrigo de querer violar el recinto sagrado de Salomón, intentaron disuadir al monarca, ofreciéndole incluso tesoros:

- "Dinos Oh Rey, a cuánto asciende la suma de la moneda y el valor de las joyas que piensas que ese palacio contiene, pide lo que estimes conveniente, y lo recogeremos entre nosotros y te lo entregaremos sin faltar nada, antes de que rompas una costumbre de nuestros reyes, tus predecesores, que se observó aquí siempre como sagrada".

Los nobles de la Corte y los obispos estaban asustados, como si estuvieran viviendo en una pesadilla. Sabían que de seguro, si se abría el aposento sagrado de Salomón y se profanaba su santidad, una terrible desgracia y gran calamidad iba a caer sin remedio sobre todo el Reino cristiano que se gobernaba desde Toledo.

Pero el Rey Rodrigo, un personaje muy singular, que tenía sus propias ideas, no hizo caso de las razones de la Corte y prosiguió con su empeño de abrir la Puerta.

Y los caballeros dijeron al Rey Rodrigo: "Señor, vos haced lo que por bien tuviérais, más esto no lo hacéis por nuestro consejo ni por nuestro mandado"

Desestimando las súplicas y presto a culminar su arriesgado empeño, ordenó el Rey que se abriese a la fuerza la Puerta de la Entrada de la Cueva de Hércules, mandando violentar sus reales candados. Y primero entró el Rey con algunos acompañantes en la Torre de Hércules. Allí estaban inmaculadas las cuatro habitaciones de diferentes colores. Y después de reconocer el Palacio, se adentraron por las profundidades de un gran túnel que bajaba hacia el gran tesoro.

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Aunque con temor, entrando dentro algunos animosos hombres que consigo llevaba, habiendo entrado muy buen trecho, se volvieron huyendo muy despavoridos de una espantable visión que habían descubierto. Y el Rey muy enojado, mandó encender de nuevo muchas hachas, con tal artificio, que el aire que salía no las pudiese matar.

Entonces los visitantes se llenaron de miedo y pavor cuando descubrieron un habitáculo en el cual estaba el cuerpo presente de un ser extraordinario, y grande sobremanera, el cuerpo petrificado de un "dios" de la antigüedad, echado sobre un gran camastro. Y un letrero sobre aquella cama, ponía: "Aquí yace Hércules". La tal visión les espantó mucho, pero el Rey, decidido y obcecado, no desistió de su transgresor empeño.

Y entrando el Rey en la delantera de todos, no sin poco miedo, reconocieron una cuadra muy hermosa, labrada al parecer, de suntuoso edificio.

En la entrada de la Cueva de Hércules, aparecía escrito, en letras brillantes de color azul, el siguiente texto:

"Cuando Salomón construyó esta Cueva, era la edad de Adán de 4.006 años".

Dato que concuerda con la coronación del Rey Salomón a los 20 años de edad en Jerusalén, en el año 1.037 a.C.

Ya en la Cueva, la expedición de Rodrigo contempló otra visión que les llenó a todos de espanto: había dos estatuas metálicas gigantes en movimiento, de un aspecto como del bronce, que golpeaban cruelmente el suelo con unas mazas de armas. Y el ruido era atronador, hasta el punto de que todo aquel recinto y todos quienes allí estaban, vibraban de terror.

Entre el infernal ruido y la confusión creada, el Rey, temeroso, comenzó a conjurar la espantable visión, prometiendo que se tornaría a salir sin hacer daño a la Cueva; que sólo quería saber lo que allí dentro había. Entonces los golpes de las estatuas cesaron de repente. El Rey y los suyos, ya algo sosegados, y cobrando aliento, anduvieron por aquella cuadra. Y las estatuas tenían unas letras escritas en su pecho que decían: "Mi oficio hago".

Había también en aquella sala majestuosa una espléndida mesa, la Mesa de Salomón, y un papiro antiquísimo que describía la invasión árabe en España. Rodrigo abrió el papiro y leyó su maldición:

"Cuando este paño sea extendido, y aparezcan estas figuras, hombres que andarán así armados, conquistarán España y serán de ella señores".

Y los hombres en el lienzo pintados, tenían las caras y los vestidos como andaban los árabes; vestidos con pieles de animales, y tenían sus cabezas cubiertas de tocas y turbantes, sentados en caballos; y los vestidos de ellos eran de muchos y vivos colores; lucientes cimitarras colgaban de sus costados; las figuras de ellos eran de muchas guisas, y eran

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gentes espantosas de rostros y cataduras; y portaban en sus manos espadas y ballestas y señas aleadas.

Y el Rey y los altos hombres fueron muy espantados por aquellas pinturas que vieron. Y tanto al Rey como a los caballeros le turbó y pesóles mucho lo que aquél escrito decía. Y Rodrigo era quien de todos ellos mayor pena tenía en su corazón, como nunca antes había tenido. Pero les conminó a todos los presentes:

- "No quiera Dios que todo sea verdad cuanto aquí hemos hallado. Y aún os digo más, que si las cosas han de ser como aquí dice, yo no podría estorbar lo ordenado, pues yo era aquél que esta casa había de abrir, y para mí fué guardada. Hecho esto pues, no hemos de tomar pesar, que no se puede estorbar si ha de venir. Que si Dios en su poder lo ha ordenado, no hay fuerza ni arte que estorbe que las cosas no vengan como a El le placen".

Entonces comenzaron de nuevo las estatuas a dar sus terribles golpes. El monarca y los que le acompañaban, dejaron todo como estaba y salieron sobrecogidos del gran palacio. Antes de partir del todo de aquél enclave, mandó tapar bien con tierra la Entrada, para que como dicen los escritos:

"Que de un prodigio y mal agüero como éste, no quede memoria alguna en el mundo". Aquella noche, voces, alaridos, y unos estruendos apocalípticos, como si hubieran sido desatados de una batalla, despertaron al Rey sobresaltadamente, el cual no entendía por qué de repente se habían iluminado con tal fragor todas las estancias de la Fortaleza Real (hoy en día el Castillo de San Servando), en mitad de la noche.

Salió el monarca a los patios almenados de la fortaleza, junto con otros miembros de la Corte y centinelas, y quedaron todos ellos espantados en gran manera, de ver las explosiones que se sucedían en cadena en la Torre magnífica de Toledo.

La Tierra se quedó en sacudida y con temblor en tan largo tiempo, que parecía que había venido el Fín de los tiempos y la hora del Jucio Final, pues era como si la propia fortaleza desde donde contemplaban el trágico suceso, se fuera a venir abajo también en cualquier momento, mientras una lluvia de millones de piedras caía sin parar hacia abajo, por todos lados de la ciudad, hasta que no quedó nada del sublime y excelso Palacio de Salomón. "De lo cual fueron todos muy espantados, pareciéndoles como un sueño todo cuanto habían visto"...

El Rey Rodrigo, al salir de la Cueva, pudo activar, sin saberlo, y sin haberse percatado de ello, algún mecanismo inteligente que pasadas aproximadamente 12 horas, accionaba un sistema diseñado para destruir la Torre de Hércules, que asimismo se diseñó originalmente cuando se construyó.

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Guadalete, y durante 781 años, hasta 1492, los árabes ocuparon la Península Ibérica, cumpliéndose la fatal profecía.

"Donde no hay dirección sabia, caerá el pueblo". Proverbios de Salomón, cap 11 vers 14. Pasarían 835 años antes de que se entrase una siguiente vez en la Cueva de Hércules, y fué en el año 1546 de nuestro Señor, durante una Expedición que organizó el Cardenal Primado de Toledo, Juan Martínez Silíceo, que será el tema de un siguiente capítulo.

La próxima vez que se entre en la Cueva de Hércules vendrán una serie de catástrofes sobre toda la tierra sin precedentes en la historia de la humanidad, y el comienzo del fín caótico de la religion católica. La catedral de Toledo se hundirá, comenzando por la zona del Transparente y de los trabajos artísticos de Narciso Tomé en la Catedral de Toledo.

Pues con ese fín, Salomon, por orden del Dios de Israel, construyó tan impresionante obra, como señal anticipada del Fín de un sistema de cosas, a escala mundial.

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Capítulo 9