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Literature Review

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4.7 Plan of data analysis

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Cuando caía la noche, nadie era capaz de adentrarse hacia el lugar donde estaba enclavado el Palacio Encantado de Toledo, pues unos espeluznantes silbidos hacían correr de pánico a cualquiera que se acercase...

Por inspiración y encargo de Yaveh Dios, el Rey Salomón llevó a cabo una serie de construcciones por toda la Tierra.

La Torre de Salomón o Torre hebrea de Judah se alzaba orgullosa y sobresalía con majestuosidad sobre toda la ciudad de Toledo, y fué una construcción magnífica de la Antigüedad, una maravilla de la ingeniería arquitectónica que existió en los tiempos antiguos, y que cumplía una misión sagrada y transcendental.

Entre otras funciones, servía como "Faro" para indicar que allí, en la Jerusalén occidental o segunda Jerusalén, como los hebreos llamaron a Toledo, se encontraba el Palacio protegido del Rey Salomón, el cual fué diseñado y construido por el propio Rey de Israel, Salomón, hijo del Rey David, y por todos sus numerosos y extraordinarios ingenieros.

La Cueva de Salomón, popularmente conocida como Cueva de Hércules, debido a la romanización posterior en referencia al dios pagano Hércules, se construyó subterráneamente, con un sistema parecido al de un sofisticado bunker moderno, puesto que esa nave sagrada se construyó con la misión de desempeñar un importante papel para la posteridad. Por esto era imprescindible preservar la seguridad de este recinto sagrado durante el tiempo, que llegaría a ser de varios miles de años.

La Torre de Hércules era de forma circular, y cilíndrica, de una altura impresionante, sostenida por las espaldas de 4 leones metálicos, que señalaban los cuatro puntos cardinales. Aunque era circular la Torre de Hércules, en el interior había 4 habitaciones cuadradas de diferentes colores, blanca, negra, verde, y rojo sangre.

Hoy en día todavía quedan en el exterior los cuatro huecos de fundamento que sostenían a estas 4 habitaciones, y en torno a estos cuatro huecos de fundamento, se puede percibir un círculo de fundamento o muro de piedras que lo rodea.

Igualmente, hoy en día quedan todavía muchas de aquellas piedras que se esparcieron por doquier, que son los restos de la Torre de Hércules, que explosionó en una noche del verano del año 711.

Aquella noche, el Rey Rodrigo entró con su Corte en la Cueva. Se adentraron hasta el final del túnel de 2 kms de largo, un túnel que llega hasta la vertical subterránea de la Cripta de la Catedral de Toledo, a unos 25 mts de profundidad, donde están las dos estatuas metálicas mecánicas, la Mesa de Salomón, y un papiro antiguo encima de la Mesa.

En el exterior, toda la superficie de la Torre de Hércules aparecía admirablemente bien pulida, y sus piedras, de mármol blanco, más lustrosas que el vidrio, reflejaban los rayos del sol con un brillo tan esplendoroso que deslumbraba al que las veía. Y aún hoy, la zona en

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donde estuvo el Palacio de Salomón, está magnética e irradia energía.

El sistema circular de la Torre de Hércules servía igualmente, de sonido estereofónico, el cual cumplía una función de transformador y amplificador de sonido.

Al atardecer y dejar de brillar el sol sobre la Torre, se enfriaba la temperatura sobre la estructura de la Torre, y ésta empezaba a emitir una serie de ruidos y sonidos a la manera de galope de caballos, gritos de batallas, quejidos y aullidos sobrecogedores, producidos por el viento que golpeaba directamente en la propia Torre, y cuyo sonido salía después transformado, amplificado, y ecualizado, hacia toda la zona colindante de campos, valles y montes, cercanos a la Torre Encantada.

Se producía así un efecto sonoro y vibratorio parecido a como cuando un niño, realizando un experimento físico, sopla sobre la boca de una botella vacía, y produce silbidos extraños y curiosos, sólo que el Gran Jarrón o Botella que formaba la Torre de Toledo, estaba construída específicamente para multiplicar todos estos efectos vibratorios y auditivos con mucha mayor sofisticación técnica.

El sistema estereofónico y de amplificador de sonido que tenía la Torre de Hércules, servía con el propósito de ahuyentar a las personas extrañas, que, ocultos en la oscuridad de la noche, tal vez intentasen llegar hasta la Puerta de la Cueva de Hércules, donde se hallaban los múltiples candados, muchos de ellos de oro y de materiales preciosos, que los Reyes Godos habían colocado a su sucesión, como era tradicional y obligatorio, según la ley que Salomón estableció a los 12 hombres buenos y justos de la ciudad de Toledo, los cuales tenían la obligación de velar por la seguridad de la Casa de Salomón.

Y siempre pervivió un miedo tradicional al lugar donde estaba esa torre, sobre todo cuando oscurecía, por los ruidos espantosos y ahuyentadores que emitía. Aún hasta en el día de hoy sigue siendo un lugar mágico y extraordinario para los toledanos, aún sin saber el por qué, que sobrecoge a propios y extraños, y sigue mostrándose casi igual de impenetrable que antaño al caer el manto de la noche sobre la ciudad.

Curiosamente, se sigue teniendo el mismo respeto, miedo y superstición de acercarse a ese lugar misterioso por la noche, como tenían sus antepasados, heredados por la leyenda, la tradición, y el propio instinto humano que una persona nota cuando se encuentra en un lugar mágico y especial.

Por la ciudad, y no es ningún secreto para nadie de Toledo, corre el rumor de que algunos vecinos de la urbe ancestral han visto, por las noches, en algunas ocasiones, luces de colores, hablan de luces rojas, en el mismo lugar de antaño, como si todavía estuviera activada la magia y la energía de la Torre Encantada.

El escritor y folklorista español Eugenio Olavarría y Huarte, (1853-1933), gran conocedor de las leyendas y tradiciones de Toledo, describió así el paisaje desolador que envolvía al

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Palacio Encantado de Toledo y los extraños ruidos que le acompañaban:

"Era cosa harto sabida, y que no ignoraba ningún habitante de Toledo, a principios del siglo VIII, la existencia de un Palacio Encantado, situado próximamente, a media legua de la población, en un lugar agreste y sombrío, donde la naturaleza hacía gala de la mayor aridez, mostrándose en toda la imponente majestad de la tristeza. Nada más triste, en efecto, que aquél lugar al que nadie llegaba sin temor. Áridas rocas puntiagudas, en cuyas grietas crecía el musgo; el llano falto de verdura y como agostado por un sol de fuego; tal era el paisaje que descubría la mirada del que impulsado por la curiosidad, llegaba a aquél sitio de donde al punto le repelía un terror supersticioso.

Ni la más pequeña corriente de agua crazaba la yerma llanura; ni una flor se levantaba en los contornos. Los pájaros huían de allí exhalando esos gritos lastimeros con que anuncian la tempestad.

Cuando el sol brillaba radiante y el cielo puro y sereno semejaba una inmensa pradera azul, el sombrío lugar parecía una protesta viva de la naturaleza contra la gloria de la Creación. Cuando por el contrario, las nubes, agrupándose, formaban espesa capa que velaba la luz del astro-rey, el trueno que zumbaba parecía salir de aquél paraje misterioso.

Por las noches, apenas las sombras cubrían el espacio, ruidos extraños de cadenas, lejanas caídas de agua, ecos de un martillo gigantesco cayendo sobre un yunque, manejado por el brazo de un Titán, relinchos de caballos salvajes, gritos estridentes, ayes y alaridos que brotaban del centro de la tierra, se unían en el viento, formando un concierto de horrible cadencia que parecía el canto de los condenados elevándose desde el abismo, sones discordes arrancados por una mano inhábil a un órgano roto y destemplado.

Oíase el ruido de miles de caballos trotando sobre campos de granito, huyendo de las mugientes aguas de desbordado río; el fúnebre tañido de innumerables campanas que tocaban a rebato para anunciar la matanza y la destrucción; el estrépito de montañas derrumbándose con estruendo, el lúgubre graznar de esos pájaros de la muerte que se ciernen como negra mancha sobre un campo de batalla para devorar los cuerpos, aún calientes, de los eternos vencidos.

Silbidos de serpientes y silbidos del alquilón; rugir de fieras aguijoneadas por el hambre y rugir de olas agitadas por la tempestad... Todo sonaba a la vez confundido en un hondo lamento; en un eco de inmensa resonancia que llevaba el terror a los moradores de las cercanías, que se tapaban los oídos para no oir, y empezaban a murmurar oraciones que ahuyentasen a los malos espíritus.

Cuando la noche plegaba su manto de bruma y los primeros rayos de la aurora encendían con pálida luz la línea confusa del horizonte, los ruidos cesaban, y hubiérase dicho que sólo existían en la imaginación de los crédulos habitantes de los

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contornos.

En aquél lugar salvaje alzábase esbelto y gallardo un palacio maravilloso, cuya descripción nos han dejado los cronistas".

Capítulo 15