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Methodology: A Mixed-Methods Approach

CHAPTER 3: METHODOLOGY

Q- Methodology: A Mixed-Methods Approach

Un episodio interesante que ahonda en las leyendas y costumbres propias de “la gran aldea de Chile” (134), es el velorio de un hombre vivo en un ataúd, relato intratextual que aparece

126 Este tipo de juicios, que relacionamos a una postura liberal por parte del autor, aparecen recurrentemente

durante el relato. Una opinión similar se da al plantear la educación de las mujeres. Las cuatro hijas de Barreta y Putiel, todas en cierto grado María (Dolores, Juana, de la Concepción y Jesús) están condenadas, según el narrador, al aprendizaje del catecismo por su condición de mujer, lo que perjudicaría otro tipo de formación, pero también permitiría el control de la Iglesia de las familias y el abuso de las conciencias de las mujeres.

también en la Lira popular127 y cumple con todas las premisas que requiere el pacto con el diablo: fortuna a cambio del alma, intento de engaño, etc.:

-Ha de saber usted, que se ha encontrado a un hombre endemoniado, el cual hizo pacto con el diablo para recibir en cambio alguna fortuna en oro; pero que arrepentido de haber perdido su alma, ha querido que se le lleve a una quebrada vecina para ser velado allí conforme se suele acostumbrar, i reconciliarse con la iglesia católica de la cual se apartó en un rato de demencia (134).

El pacto es entendido como un contrato que establece una relación de clientelismo entre el diablo y el hombre. El contrato, en vez de una oportunidad para el hombre, se convierte en una pérdida irreparable (pensando en que el oro no es suficiente para pagar el alma). Es posible afirmar el establecimiento de la relación patrón-obrero en este caso, siendo el patrón capaz de hacer perder la condición de hombre al obrero mediante el trabajo. Lo mismo haría el diablo al intercambiar el alma del sujeto, su vida, su fuerza de trabajo, por algo de oro. Leemos entonces el alma como capital, materia acumulable, plusvalía.

Volviendo al relato, en la procesión que lleva al hombre las sotanas no dejan ver el rostro de los deudos. Un personaje entretiene a Santiago e instiga en contra de su mujer, mientras que otro acusa a Santiago con su mujer de estar galanteando con las mujeres del lugar: “estamos frescos, agregó Santiago; tras de los diablos i duendes, vienen los cuentos i chismes. Bien veo que hay en todo esto algún plan diabólico para perdernos, para hundirnos. Somos víctimas inocentes de alguna jente envidiosa que quiere nuestra ruina” (138). Es así como adquieren los hombres forma de diablos o duendes para confundir a la

127 Revisar apartado correspondiente a la Lira popular. Se podría decir que es un tema recurrente el de la

pareja. En este punto, el narrador adopta una postura sociológica para explicarnos el fenómeno:

Aquellos acontecimientos, fantásticos i a veces deslumbrantes, son el reflejo de las creencias populares sobre los espíritus buenos i malos. Es asunto este absolutamente chileno, i por esto no hemos querido quitarle su sabor nacional con estudios sociales ni con comparaciones de épocas ni de civilizaciones que desfigurarían la narración i cambiarían por completo la naturaleza de esta obra, escrita: únicamente para entretener al lector con las orijinalísimas tradiciones de Alhué, el Alhué mapu de los indígenas, o e1 país del diablo, según lo hemos contado en el comienzo de esta endiablada historia (139).

Rompiendo la cuarta pared del relato, se le advierte al lector que todo lo sucedido hasta el momento no es más que parte de las creencias locales “absolutamente” chilenas, que cumplen su labor nacional de “entretener” con su originalidad. El lector entonces no deber ser presa de las ilusiones demoniacas de diablo y duendes, al igual que los personajes, sino tan solo entretenerse con la historia y concebir todo como parte de la tradición chilena. Esta digresión en el relato es tan solo una más de las que realiza el narrador cada cierto tiempo para sacar al lector de su estado de lectura (o ensoñación, digamos) y advertir la fantasía e irrealidad de la tradición e imaginación local. La operación es reducir la historia a una condición cuestionable, de superstición, esto es para la cultura cristiana, sinónimo de paganismo, idolatría, formas distintas para hablar de creencias no validadas ni aceptadas por la Iglesia128.

Cuando el cura retoma el relato, se nos detalla que este personaje no es amigo del lujo ni la glotonería, “sin caridad, orgullosos, mundanos e ignorantes” (140) como otros. Para él, todo es parte de una ilusión diabólica. El diablo ha tomado esas tierras: “a pesar de las penitencias públicas i del buen ejemplo que doi i que hago practicar en la mayoría de los habitantes del pueblo, el maldito busca astutamente manera de pervertir i de engañar” (141). En la batalla por las almas de los hombres, el diablo ha sabido ganar el pulso y hacerse de esas tierras, pues “Donde hai riquezas, allí está el demonio despertando la codicia i los demás vicios de los hombres” (142). Para fundamentar su postura, el cura toma una copia de la Política Indiana de Solórzano129 y lee algunas líneas en torno a la existencia de demonios en las minas de América y sus acciones funestas para los hombres de esta tierra.

A partir de esa misma lectura erudita, propia de un cura podría pensarse, se vinculan los entierros indígenas de los señores y la adoración de figuras e ídolos “ordinariamente mui feos i disformes” (143) a la adoración del demonio, a partir de esas figuras, “las cuales solían hablar i responder como si estuvieran vivas” (143). Como un cronista de las indias, el cura solapa la figura del ídolo indígena a la del adorador demoníaco, poniéndose del lado del conquistador, cuestión que hace más adelante al respaldarse en otras lecturas: “otro autor agrega que una lejión infernal, o, como diríamos en España, un cuerpo de ejército, es compuesta de 6,666 diablos” (144). Para otra prueba de su erudición, el cura cita:

129 Juan de Solórzano Pereira (1575-1655). Jurista español y publicista reconocido del derecho indiano, es

decir, las Leyes de India o Derecho Especial de India, documento de derecho que rigió en las Indias Occidentales durante el dominio de la corona española.

Un autor flamenco, Juan de Wier130, discípulo del gran brujo i nigromante Cornelio Agrippa131, que vivió del año de 1515 al de 1588, escribió una obra que tituló: De la

seudo monarquía· de los demonios. Hablando del reino universal del diablo, asegura

que en esa época tenía el rei de los infiernos una monarquía compuesta de 72

príncipes i de 7 millones 405,906diablos (144).

Tras la explicación del fenómeno, el consejo final del párroco es no dormir a oscuras, poner una vela encendida frente a un santo, procurar vivir en paz y armonía, evitar visitas de personas deshonradas y dejar de ambicionar el oro, “porque esta ambición es la causa de casi todos los males que afligen al mundo” (145). Más allá de las advertencias previas, la sentencia final es el punto central del cura. La ambición como tema principal del relato, la crítica que el autor le hace a la colonia y, sobre todo, a su época.

Cuando la situación se hace insostenible para Santiago Barreta y la familia desconfía de él, el padre de familia decide alejarse definitivamente y buscar nuevos rumbos. Una vez en el campo, el “hombre sin entrañas” le sugiere: “no tienes más que tomar una soga, salir al campito i buscar un árbol donde colgarte. Si quieres, yo te acompaño; también me siento aburridísimo i deseo ahorcarme. ¿Quieres, que lo hagamos juntos?” (156)132. La tentación, cuya consecuencia inmediata es impedir su entrada al cielo133, se ve reforzada por la

130 Johann Weyer (1515-1588). Médico, ocultista y demonólogo holandés. Discípulo y seguidor de Cornelio

Agrippa. Fue uno de los primeros en escribir y publicar en torno a la caza de brujas. Su principal trabajo es

Sobre las ilusiones de los demonios y de hechizos y venenos de 1563.

131 Heinrich Cornelio Agrippa (1486-1535). escritor, filósofo, alquimista, cabalista, médico y nigromante

alemán. Uno de los más influyentes recopiladores del conocimiento medieval fue un erudito protegido por grandes familias. Su principal texto es Filosofía oculta de 1533.

132 Esta idea en torno al aburrimiento, al tedio, puede leerse en clave moderna, y modernista, en tanto el sujeto

se ve hastiado de la sociedad. Lo interesante es que a la mención del aburrimiento como causante del suicidio, también puede agregarse como la causa del crimen, ambas ideas que aparecen también en la Lira popular.

133 Para el catolicismo el acceso al cielo depende del estado de gracia de la persona, en otras palabras, que no

haya materia grave o conciencia de esta al morir. Al atentar contra la propia vida o la de otro se está yendo contra la ley natural y de los diez mandamientos, lo cual se considera pecado mortal e impide el ingreso al cielo.

condición de Santiago. Al estar ofuscado y fuera de sí no pensaba más que desaparecer de su casa y del mundo. El suicidio se ve frustrado por un par de campesinos del lugar, quienes con dificultad, pero protegidos en el machete de San Miguel, logran romper la soga que ataba a Santiago. Mientras Barreta descansa convaleciente el cura se dispone a organizar una procesión de penitencia para descargar las grandes culpas del pueblo.

La noticia se extiende por el pueblo y concurre un gran número de vecinos. Tan común era ver gente vestida de diablo en esas instancias que no sería raro que el mismo diablo se apareciera ahí entre los penitentes. El narrador nos introduce a estas prácticas locales mencionando los sacrificios humanos de la Inquisición por mandato de la autoridad eclesiástica y la manera en que hombres, posteriormente, pedían ser crucificados o martirizados en ceremonias públicas para expurgar sus culpas. El mismo Santiago Barreta decidió ir de incógnito a limpiar sus culpas por haber atentado contra su vida. El cura eligió el día sábado para la procesión, por ser el día en que los malos espíritus salían a hacer diabluras. Cada participante tenía un rol que cumplir y el suplicio de la cruz era el más terrible, nos dice el narrador: “los hombres que se aventuraban a soportarlo, quedaban con las muñecas de las manos i los pies hinchados, inútiles para el trabajo por algunos días. A los más delicados solían romperles el cutis las fuertes ligaduras, i entonces esas heridas iban profundizándose i arrojando sangre en abundancia” (174). Cada crucificado o martirizado representaba un tipo de culpa o pecado capital.

Las mujeres representaban personajes como María Magdalena y tenían la obligación de llorar a los mártires: “como pecadora estaba allí haciendo penitencia descalza, teniendo por todo vestido un traje de negro sayal, hecho de tela burda i sumamente áspera. La que usaba este traje sufría picaduras insoportables en todo el cuerpo, i su tejido parecía de

crines de innumerables púas” (173). Aunque, la mayor atención se la llevaba quien hacía de demonio: “de caracoleados cuernos, de nariz grande i corva, ojos redondos, boca de tiburón, mejillas hundidas, pescuezo mui delgado i el resto del cuerpo enjuto o seco. Sus brazos eran largos i peludos, lo mismo que sus piernas, i le adornaba una cola que solía envolvérsela en el cuello” (174). La animalizada figura se ve potenciada por el comentario de la gente: “creo que es el diablo de veras!” (174). Ante tal multitud, el cura no logra hacerse escuchar en todos los rincones, y es el demonio, “rápido como el mismo diablo”, quien le hace llegar el mensaje a los fieles: “parientes míos: si nos fregamos en esta aporreada vida, e porque el diablo no nos ha favorecido con una visita en nuestra propia casa” (176), “No debemos equivocarnos i tomar espíritu de vino cuando tenemos buen agua ardiente que saborear” (177), “i debemos prepararnos para admitir hasta del diablo un trago, si queremos beber en calma i que nos dejen gozar la sabrosa chicha que encanta la vida...” (177). La invitación entonces es a seguir el instinto (natural, salvaje, demoníaco) y beber hasta el hartazgo. Es preciso entender que en el contexto de producción del texto una de las grandes preocupaciones del estado chileno fue el alcoholismo y otros males sociales que se intentaron erradicar con campañas en prensa y endurecimiento de ciertas leyes. No sería en vano pensar que el autor pone en voz del diablo estas palabras para aportar desde su lugar con la campaña.

La traducción tergiversada, paródica, de la voz del cura promueve la visita del diablo en la casa chilena, prefiere el aguardiente y evitar el vino sagrado (sangre de Cristo) y sugiere recibir del diablo un trago, es decir, tener una cierta apertura al goce de la vida. La tendencia al desenfreno, la vida alegre y al libertinaje, costumbre de aquella población minera nos dice el narrador, se ve frenada o limitada por un sentimiento religioso que “quedaba en el fondo de las almas” (179). Este sentimiento religioso, asociado a la sensatez

según el relato, nos permite ir vislumbrando el rol que cumple el diablo en la narración, es decir, representar los excesos de la sociedad chilena colonial, campesina, y analfabeta en cierto sentido, sujeta a los vicios y a la mala influencia del interés material que suscitan los capitales extranjeros. La ostentación del diablo responde al imaginario del inversionista que viene a aprovecharse de las tierras, mujeres y hombres locales. De ahí la necesidad de los pobladores de Alhué de expiar sus culpas y cuidarse de la tentación materialista del diablo, donde la ecuación termina siendo pérdida: el alma no vale el “bien” material que ofrece el diablo. La sangre se ha derramado en Alhué y se ha ofrecido a la divinidad para encontrar redención.

En un episodio de similares características fantásticas que el viaje de Siroco y Petronila al infierno, Santiago se ve envuelto en un viaje a tierras llenas de hadas y seres fantásticos, antes de ser llevado a la capital por sus “malas acciones”. Santiago da muestras de erudición antes de esta instancia al contarle a sus interlocutores (los campesinos que lo salvaron y un doctor que va a curarlo) las supersticiones en torno a las hadas y diversos dioses de la naturaleza: “de aquí vinieron las creencias que pasaron de jeneración en jeneración respecto de la existencia de tan multiplicados dispensadores de dones i mercedes, a los cuales solía acostumbrarse celebrarles fiestas públicas. El cristianismo condenó esos errores, pero las tradiciones han seguido manteniendo la creencia en los seres sobrenaturales que pueblan la tierra” (187). En este fragmento Santiago expone de qué manera las creencias han persistido en el pueblo, a pesar de la condena de esos errores por parte del cristianismo: “la venida de Jesucristo echó por tierra los ídolos i los cultos pagano e idólatras, restableció la adoración de un solo Dios proclamó su poder universal absoluto i dividió los espíritus en dos porciones, los ánjeles i los diablos” (188). Esto se traduce en una oficialización de ciertos ritos pero también en el ocultamiento e incluso rechazo de

otros considerados paganismo, idolatría, superstición. En esa actividad programática de ordenar el mundo no terrenal es donde el cristianismo ha fallado, según Santiago, pues no ha logrado erradicar de la gente las creencias en torno a seres naturales como las hadas, seres buenos en esencia, queridos por él por venir de las tradiciones paganas de sus tierras. Se argumenta, finalmente, que en Chile se oye hablar más de diablos, duendes y apariciones horrorosas que de hadas y seres benéficos para el hombre. Puede desprenderse de estas palabras que la identidad chilena apunta o se ve influenciada por un imaginario más oscuro o demoníaco que otra cosa, como suerte de pulsión hacia lo negativo, lo oscuro y pesimista, asunto que se respalda en el final del libro.

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