CHAPTER 3: METHODOLOGY
Q- sort Phase
La publicación inicial en formato folletín en El Ferrocarril sobre la Quintrala permite pensar en la existencia de una comunidad de lectores interesados en leer este tipo de relatos (lo que se confirma con la publicación en formato libro de la misma historia). Si bien el periódico puede concebirse como una plataforma de acceso a un grupo mayor de lectores, un mercado del libro (46), a decir de Manuel Vicuña, parece más interesante considerarlo un espacio de formación de gustos y tendencias literarias. En este punto, no es de nuestro interés entrar en la lógica de circulación del texto, o identificar las estrategias de posicionamiento en la incipiente industria editorial decimonónica, sino más bien apuntar la importancia de la biografía y los géneros referenciales afines como literatura que circula y se consume por un creciente grupo lector nacional, que podemos identificar con la idea de masa moderna.
Lo interesante de la genealogía de los Lisperguer y la biografía de la Quintrala que nos propone Vicuña Mackenna es que se ve invadida por el ímpetu imaginativo del autor. La biografía como rescate de la memoria del otro, como indagación en la esfera de lo real, pero también como posibilidad de instalación del mito: “Doña Catalina de los Ríos y Lisperguer (1605-1665) cedió su condición histórica de mujer a la Quintrala, nombre que alude a su condición de mito y por ende, a su textualización” (Sarabia 35). El término “ilusión biográfica” de Pierre Bordieu puede sernos de ayuda, en tanto a la imposibilidad de rastrear y escribir las trayectorias y desplazamientos del yo, o nombre propio, de un sujeto. No perdamos de vista la imagen de aquella “reo del infierno suspendida a su puerta por un cabello” (Vicuña Mackenna 7), imagen que inmediatamente altera nuestra percepción como lectores respecto a la proximidad o distancia desde el hecho biografiado y la vida del sujeto
biografiado. Ana Caballé plantea que cualquier ejercicio de memoria propone una “resistencia extraña” al espacio de la imaginación (56), por tratarse justamente de textos fundados en un principio de realidad. Sin embargo, el impulso creador de Vicuña Mackenna no se reprime, hay derroche de imaginación, incluso desproporción. En vez de mantener la pretendida objetividad del historiador, la mano del autor se desata, posesa por un impulso poco científico para el género en el cual se inscribe. Él mismo describe su oficio en términos de dar “voz a las tumbas” (Vicuña 84). El biógrafo es también un médium.
En el prólogo de La Quintrala y otros malos de adentro (2013)142 Andrés Estefane señala que el historiador decimonónico “fabricó mitos, demolió otros tantos y aplicó metódicamente la exageración” (10) en un contexto en el cual la escritura de vidas fue un ejercicio constante y en cierto sentido rentable143. En este caso podríamos considerar la escritura biográfica de Doña Catalina como la inversión o reescritura negativa de la hagiografía144. Si consideramos que en el capitalismo existe una comercialización de las relaciones humanas, no sería difícil plantear que el proyecto histórico-biográfico de Vicuña Mackenna se sustenta en su condición o posibilidad de venta y publicidad de la vida privada de los otros. El propósito del historiador sería destacar la singularidad del personaje y volverlo, en cierto sentido, un ser trascendente, aun en su maldad. En otras palabras, como hemos venido diciendo, adjudicarse la creación del mito.
142 Texto que resume, adapta o traduce la obra de Vicuña Mackenna con el objetivo de llegar a un público más
amplio. En el prólogo no queda claro el criterio utilizado para llevar a cabo dichas adaptaciones.
143 Los neologismos biografía y autobiografía suelen datarse alrededor del siglo XVIII, sin embargo, para la
escritura de lo que hoy llamamos biografía, solía utilizarse el concepto vidas, a la manera inaugural y célebre de las Vidas paralelas de Plutarco, “cuya influencia ha sido definitiva en la evolución del género” (Caballé 49) y que se consideran un fenómeno de popularidad y prestigio en el siglo XIX.
144 Sobre modelos y ejemplos de la vida de los santos, revisar el volumen Baños Vallejo, Fernando & García,
Paul Ricoeur señala que el mito “significa a la vez fábula (en el sentido de historia imaginaria) e intriga (en el sentido de historia bien construida)” (45). Lo interesante de esta idea es que imbrica la peculiaridad de la historia con la forma en que esta se construye, es decir, contenido y forma que trasciende y se instala en el imaginario como una sola cosa. Condición fundacional en un caso como Chile que pretende, mediante la historia, fabricar o establecer una mitología nacional. Olga Grau en “Benjamín Vicuña Mackenna y la Quintrala” (2002) nos invita a poner en sospecha la condena de crueldad en torno a Catalina de los Ríos, pues la escritura de Vicuña Mackenna pareciera querer expulsar a la Quintrala y su impronta colonial, pero a la vez le da título de existencia mediante su obra (127). El autor entiende la necesidad de instalar una figura simbólica capaz de movilizar “los afectos de una manera dramática” (129). La instalación se da en términos negativos del mito, es decir, “como un anti-mito, una figura a no ser imitada, un modelo ejemplar de inadmisibilidad” (130). El historiador requiere sacrificar a este sujeto contra ejemplar para establecer el orden, en palabras de Girard: “la violencia fundadora constituye realmente el origen de cuanto poseen de más precioso los hombres, y ponen mayor empeño en conservar” (104). Es requerido el sacrificio en tanto representa el final simbólico de una era para establecer y conservar un nuevo orden. La Quintrala vendría a ser víctima de la violencia de la comunidad en pos de un orden mayor, de ahí su condición de mito, la necesidad del relato maravilloso, el acceso a un sustrato divino (o demoníaco en este caso) de existencia: “Casi mostrar – y crear- al demonio y todo lo que a él nos puede arrastrar” (130). De esta manera, todo mito estaría fundado o fundamentado en el asesinato, en el sacrificio original, que cumple con la función catártica de reestablecer el orden social alterado.
En el relato de la familia Lisperguer, la retórica de la exageración enmascara la historia (real, inaccesible), lo cual se entiende a partir del tono excesivo de ciertas frases, la fijación de hechos particulares (por no decir paranormales) y patrones que confirman la tesis del autor respecto a “la historia de la más famosa, más ilustre, más emparentada i a la vez más estraña i siniestra familia que haya vivido en este pueblo de familias” (10). La metáfora es explícita, Chile es, por definición, un pueblo de familias, crítica que cobra vigencia en nuestros días. La violencia de las imágenes debe calzar con el molde de inmoralidad que se proyecta para esculpir la efigie textual que inmortalice a la Quintrala, representante de la tiranía del poder. El siglo de Vicuña Mackenna, aporta Estefane, sería uno “fanatizado con la idea de introspección” (10), de ahí el interés o insistencia por la indagación genealógica y la exploración de los sentimientos o pasiones que mueven a sus personajes. Esto reflejaría “una ansiedad inagotable por encuadrar las pasiones humanas y evaluar lo que significaban –como combustible y amenaza– para el proyecto de civilización” (12), porque debe asumirse o entenderse este proyecto biográfico en su sentido político, moral y pedagógico de formación civil y nacional ante la amenaza de incansables nuevas formas de barbarie.
Vicuña Mackenna concibe el pasado colonial desde una noción del presente como cúspide de la historia. En cierto sentido le asigna un tiempo mítico o mágico (Augé 46) distinto al de él, justamente lo que hemos venido planteando como el tiempo fundacional de la nación. La declaración de fidelidad no basta: “es un cuadro más o menos imperfecto i mal bosquejado, pero fiel i curioso de esa misma era” (Vicuña Mackenna 9), pues el relato está cruzado por la visión mítica que se tiene del pasado (ese tiempo pasado de los cuentos, o un tiempo sin tiempo). La idea de la venganza y la depuración nos permite pensar en que
el proyecto no se trata solamente de la historia de una familia (modelo nefasto para la elite) y, por extensión, de la nación si se quiere, sino de la particularidad de una mujer (entendida como núcleo familiar) que no cumple con su rol y que incluso lo trasgrede. En palabras de Olga Grau, “la Quintrala es un límite significante, un punto extremo de la necesidad de discontinuar la historia, de poner una frontera, de clausurar posibles permanencias de mentalidad, declarando la guerra interna entre costumbres coloniales y costumbres republicanas. Negar para fundar, con violencia, con olvido, con malos entendidos” (132). Se trataría de parir una nación, bajo el costo de la muerte de la madre.
Es en este momento cuando la mujer se sitúa en la cúspide de la historia, punto central del relato, pasando de la genealogía a la biografía, la cual se desfigura al punto de volverse una tragedia; un relato que se particulariza y luego se expande a la nación. Entre lo íntimo, lo histórico y lo nacional, Vicuña Mackenna pretende hilvanar la trama del mal que sostiene la república: “un trabajo de recomposición que refleja la tensión ejercida por la espera del futuro sobre la interpretación del pasado” (Augé 47). El autor parece entender que el relato implica a su lector, “porque constituye nuestra versión de los hechos, y porque ocupamos en él un lugar, por muy mínimo o pasivo que sea, como miles y millones de otros individuos” (Augé 48), por lo que necesita centrar su atención en una mujer que representa para él la encarnación de los peores vicios de la nación. El mito se proyecta en el relato; peligrosa para el orden patriarcal, Antígona moderna, Doña Catalina se vuelve sinónimo de insubordinación y desorden, disputa “respecto a los precarios recursos de poder emergentes” (Vicuña 112), fracaso nacional sujeto al linaje y formas cuestionables de emparentamiento, la tragedia clásica actualizada en la nación: el presente fijado a la miseria, la sangre y el poder.