Hace algunos años, en una conferencia dada en los Estados Unidos hicimos la siguiente
observación:1
Quisiera tratar de convencer a las personas sensatas y a los historiadores sensatos de que empleen la palabra “rosacruz”. Esta palabra sugiere ideas poco serias debido a las afirmaciones acríticas de los ocultistas sobre la existencia de una secta o sociedad secreta que se da el nombre de “los rosacruces”, cuya historia y miembros afirman representar ... Esta palabra podría, me parece, usarse para designar un cierto estilo de pensamiento, que es históricamente identificable sin plantear la cuestión de si un pensador de estilo rosacruz forzosamente era miembro de una sociedad secreta.
Así es como proponemos usar el término “rosacruz” en este capítulo final, como calificación histórica del estilo de pensamiento que hyemos encontrado en este libro.
En la misma conferencia, tratamos de definir la posición histórica del pensador de tipo rosacruz, al cual colocamos en el punto medio entre el Renacimiento y la primera fase de la llamada revolución científica, que tuvo lugar en el siglo XVII. Dijimos en aquella ocasión que rosacruz era quien se encontraba decididamente en la corriente de la tradición hermético-cabalística renacentista, pero que se distinguía de los participantes en fases anteriores del movimiento porque entre sus intereses se encontraba también la alquimia. Sin embargo, esto no alteraba la adhesión básica del rosacruz al programa de “filosofía oculta” fijado por Cornelio Agrippa. Señalamos a John Dee como típico pensador rosacruz, cuyo interés se dirigía tanto a la alquimia como a la cábala, e indicamos que en Francis Bacon y hasta en Isaac Newton se advierten rasgos de la perspectiva rosacruz.
En el presente libro hemos tratado de determinar un marco histórico adecuado para estos razonamientos, y desearíamos que fuera juzgado como trabajo de un historiador, pues precisamente desde el punto de vista de la historia hemos tratado de abrir las compuertas, tanto tiempo cerradas, por las cuales pasaron una vez las corrientes rosacruces del pensamiento. Comprendiendo que para avanzar en el conocimiento de este tema era necesario estudiar los misteriosos “manifiestos rosacruces”, que proclaman una nueva revelación, nos sumergimos en el confuso marasmo de la literatura rosacruz, para descubrir allí que la principal influencia recibida por el movimiento rosacruz alemán fue sin duda alguna la de John Dee.
En este momento, todavía es muy difícil evaluar esta influencia, pues mediante ella John Dee se convierte en una figura colosal de la historia del pensamiento europeo. Su vida y su obra se dividen en dos partes: la primera comprende su carrera en Inglaterra, como el mago de la época isabelina, el nigromante matemático inspirador del progreso técnico de aquel tiempo, cuyo pensamiento, en su aspecto más esotérico y místico, inspiró a Sidney y a los miembros de su círculo y el movimiento poético isabelino que encabezaron; y la segunda, iniciada en 1583, corresponde a la segunda carrera de Dee, quien después de salir de Inglaterra se convierte en Europa central en jefe de un movimiento alquímico-cabalístico que se hace famoso y causa sensación con los supuestos actos de transmutación realizados por Edward Kelley. Ahora comprendemos que este movimiento tenía un cierto carácter religioso, y que durante su estancia en Bohemia Dee se halló en estado
“incandescente”2, aunque esta segunda parte de su carrera no ha sido estudiada con profundidad.
Mientras esto no se haga, no tendremos la capacidad de comprender en su totalidad la vida y la obra de John Dee.
El movimiento rosacruz alemán es consecuencia de ambos aspectos de la obra de Dee. En cierto sentido, es un producto de la época isabelina y de la inspiración de ésta, científica, mística y poética. El nombre “Rosa Cruz” pertenece a la tradición inglesa, ya que deriva, según creemos, de la cruz roja de San Jorge y de las tradiciones caballerescas de Inglaterra.
1 “The Hermetic Tradition in Renaissance Science”, Art, Science and History in the Renaissance, ed. de Charles S.
Singleton, Johns Hopkins Press, Baltimore, 1968, p. 263.
La antigua tradición según la cual “rosacruz” es una palabra derivada del lenguaje alquímico, formada por ros (rocío) y crux, es apoyada por el rocío que cae de la carátula de la Monas
hieroglyphica de Dee y por las complejas alusiones a la cruz contenidas en el símbolo monas. Así
pues, la palabra “rosacruz” parecería ser resultado de una doble influencia: la de la caballería inglesa, y la de Dee que se encuentra debajo de ésta, pero en cualquier caso creemos que el nombre del movimiento debe considerarse una expresión de su lado inglés.
La segunda etapa de la carrera de Dee es todavía más importante respecto al movimiento rosacruz, si es verdad, como pensamos, que el movimiento iniciado por Dee en Bohemia fue aprovechado por Cristián de Anhalt para apoyar la causa del Elector Palatino como candidato al trono de Bohemia.
Así pues, las corrientes históricas que impulsaron a Federico del Palatinado a ceñir la corona de Bohemia son una fusión de las influencias de Dee llegadas directamente de Inglaterra con las que pasan a través de Bohemia, que producen todas ellas la explosión rosacruz. Y sin embargo, esta telaraña histórica, aunque si, por así decirlo, capta el movimiento, no es su causa, porque éste tiene un alcance mucho más amplio que no puede ser totalmente cubierto por estos acontecimientos históricos.
Entonces ¿cuáles eran los objetivos de los rosacruces?
Para el verdadero rosacruz, el aspecto religioso del movimiento siempre fue el más importante. Cada adherente trataba de penetrar hasta los niveles más profundos de la experiencia religiosa, mediante lo cual su propia espiritualidad revivía y se reforzaba, dentro de su propia Iglesia. Como lo concibieron Dee y posiblemente también Fludd, en el movimiento quedarían incluidas todas las actitudes religiosas, y no tenía que ser forzosamente anticatólico. Sin embargo, tal como se desarrolló en Alemania, el movimiento tuvo siempre un prejuicio anticatólico, o más bien especialmente antijesuita.
Lo caracterizaba una intensa piedad de tipo fuertemente evangélico, mediante la cual era posible atraer a todos los protestantes alemanes, de cualquier denominación.
Los manifiestos acentúan, como temas dominantes del movimiento, la cábala y la alquimia. Esta última le dio una dirección hacia el interés en la medicina, y por ello los hermanos R.C. curaban las enfermedades. Los médicos paracelsistas como Fludd, Maier y Croll representan el pensamiento del movimiento a este respecto, pero en la Monas de Dee y en el movimiento alquímico de Maier hay otro aspecto, difícil de captar, que tal vez representa una perspectiva de la naturaleza en la que las formulaciones alquímicas y cabalísticas se combinan con las matemáticas para formar algo nuevo. Quizás este germen del pensamiento rosacruz fue lo que atrajo tanto a algunos de los mayores protagonistas de la historia de la revolución científica.
Por otra parte, la revolución científica, al avanzar, también está en oposición con el mundo rosacruz, porque está ansiosa de salir de la crisálida en que se está formando y de descartarla. El ejemplo más notable de este proceso de transformación y desecho, naturalmente, es la controversia sostenida entre Juan Kepler y Robert Fludd. Kepler, a pesar de estar profundamente influido por el hermetismo, afirma en su libro Harmonice mundi (1619) que su obra astronómica la trata puramente como matemático y no more Hermetico, como Fludd, al que acusa de fundamentar sus argumentos numéricos y geométricos en la analogía del macrocosmo-microcosmo, y de confundir a los verdaderos matemáticos con los “químicos, herméticos y paracelsistas”. Por supuesto que estas acusaciones podrían aplicarse con igual razón a Dee y a toda la escuela rosacruz. Y la crítica de Kepler a Fludd por emplear diagramas matemáticos como “jeroglíficos” ciertamente también es aplicable a la Monas de Dee con todas sus implicaciones.
Pero Kepler se movía en el círculo de Andreas, y parece que más tarde tuvo relación con las Uniones Cristianas. Al igual que Fludd, Kepler también dedicó su gran libro sobre la armonía al rey Jacobo I de la Gran Bretaña. Políticamente, Kepler debía encontrarse en el bando opuesto a los rosacruces, ya que estaba al servicio del emperador (pero habla misteriosamente, y según parece con ligereza, de los “hermanos de la Rósea Cruz” en su Apología de 1622). Y sin embargo, su relación con el mundo rosacruz es tan estrecha que casi lo podríamos considerar un hereje rosacruz. El mencionado libro proporciona un material histórico que permite ver a Kepler en una nueva perspectiva de la historia, pero éste es un tema demasiado amplio para que podamos abordarlo aquí.
Volvamos al análisis general de la concepción rosacruz. La magia era un factor dominante, que funcionaba como una especie de matemática-mecánica del mundo inferior, como las matemáticas celestiales en el mundo celestial y la conjuración de los ángeles en el mundo supercelestial. Por más cerca que estemos de la revolución científica, es imposible dejar de hablar de los ángeles en esta concepción del mundo, pues su perspectiva religiosa es inseparable de la idea de que se ha logrado penetrar en las esferas angélicas superiores, en las cuales todas las religiones se consideran una sola; y se cree que son precisamente los ángeles los que iluminan las actividades intelectuales del hombre.
En períodos anteriores del Renacimiento, los magos habían tenido buen cuidado de emplear sólo formas de magia que actuaran sobre las esferas elemental o celestial, usando talismanes y diversos ritos para atraer las influencias favorables de las estrellas. La magia de un Dee es más audaz, trata de llegar más allá de las estrellas, es la magia que conjura a los ángeles y que pretende convertirse en magia matemática supercelestial. Dee creía firmemente haber establecido contacto con los ángeles buenos, de los cuales aprendió cómo hacer avanzar la ciencia. Este sentido de estar en estrecho contacto con los ángeles o con seres puramente espirituales es la característica básica del rosacruz. De esto es de lo que está empapada su tecnología, por muy práctica, pragmática y enteramente racional que sea en su nueva comprensión de la técnica matemática, aunque con cierto carácter etéreo. Esto es lo que lo hace sospechoso de estar en contacto no con los ángeles, sino con los diablos.
El período durante el cual fueron publicados los manifiestos rosacruces y el período del frenesí que provocaron son la época en que el Renacimiento se disuelve en las convulsiones de la cacería de brujas y de las guerras, para resurgir más tarde –una vez pasados todos estos horrores– en forma de la ilustración.
Creemos que lo que hemos estudiado en el presente libro demuestra que la manía de perseguir la brujería en aquel terrible período no puede ser explicada totalmente por medio de estudios antropológicos, que se basen en que el fenómeno de la hechicería es común a todos los pueblos y a todos los tiempos. Es cierto que las cacerías de brujas de aquel período generalmente seguían un mismo esquema, y sin duda en cierta forma correspondían básicamente a un fenómeno humano casi universal. Pero no todos los tiempos ni todos los países han pasado por la experiencia que tuvo Europa a principios del siglo XVII, la experiencia de la inminencia del inmenso progreso científico que hizo de Europa algo único en la historia. Este progreso estaba a punto de llegar. Cuando un rosacruz pensaba tener en la Monas de Dee algo de inmensas posibilidades y poder, ello era parte de la sensación general de que en Europa una puerta se estaba abriendo, de que iba a haber un gran progreso, de que pronto se revelarían grandes tesoros del conocimiento, como los que fueron encontrados cuando se descubrió la tumba de Christián Rosencreutz.
Junto con esto había una sensación de peligro. Para muchos, el progreso prometido era diabólicamente peligroso y sin ninguna esperanza angélica, y la aurora anunciada comenzaba en aquellas nubes, oscuras y terribles, de la histeria contra la brujería, a veces fomentada artificialmente por quienes quería destruir al movimiento. Las cacerías de brujas tan prudentemente evitadas por Descartes y que con la misma prudencia Francis Bacon tiene muy presentes son de un carácter un poco distinto a las que se presentan en países menos desarrollados. Son el reverso de la medalla del avance científico.
La unión de la visión religiosa con la científica se materializó dentro del movimiento rosacruz en aquella tendencia alquímica extrañamente intensa, en la que los modos de expresión de la alquimia parecían más adecuados para la experiencia religiosa. Para Koyré, esta tendencia fue un resultado natural de la filosofía animista y vitalista del Renacimiento, y se preguntaba si la alquimia no proporciona un simbolismo más idóneo para vivir una experiencia religiosa que las doctrinas escolástico-aristotélicas de la materia y de la forma. “Los que buscan sobre todo la regeneración de la vida espiritual son atraídos naturalmente por doctrinas que acentúan sobre todo la idea de la vida, y que proponen una concepción vitalística del universo. Y el simbolismo de la alquimia es tan adecuado para traducir (en forma simbólica) las realidades de la vida religiosa, como el de la materia y la forma.
Y tal vez hasta más, porque ha sido menos socorrido, menos intelectualizado, porque es más
simbólico por su misma naturaleza”.3 Aquí Koyré está hablando de Boehme, pero estas palabras
pueden aplicarse al movimiento alquímico rosacruz, que en espíritu está tan cerca de Boehme.
Enséñame, Dios y Rey mío, A verte en todas las cosas; Y en cualquier cosa que haga ¡A hacerla como para ti! El hombre que ve un cristal, Puede fijar en él su vista
O si quiere, hacerla que lo atraviese, Y entonces mirar el cielo.
Que todos participen de ti; Nada puede ser tan bajo Que cuando se haga “por ti”, No se haga brillante y limpio. Ser criado bajo esta condición Hace que la fatiga sea divina;
Quien barre el piso de un salón, como por tus leyes, Lo limpia y hace una acción justa.
Esta es la famosa piedra Que convierte todo en oro;
Porque no puede decirse nada menos De lo que Dios toca y hace suyo.
Así cantó George Herbert su experiencia religiosa cristiana, y así era el oro espiritual buscado por el movimiento rosacruz alemán. En gran parte de las obras publicadas durante el frenesí, se insiste en que la imitación de Cristo, tal como la enseñó Tomás de Kempis, expresa los verdaderos hechos maravillosos de la revelación alquímica.
El movimiento rosacruz sabe bien que es inminente la revelación de conocimientos muy grandes y nuevos, y que el hombre está a punto de llegar a otra fase de su progreso, mucho más avanzada de la que hasta ahora ha alcanzado. Esta sensación de estar con los pies de puntas, a la espera de nuevos conocimientos, es en todo característica de las perspectivas de los rosacruces, que saben tener en las manos grandes posibilidades de un progreso extraordinario, que tratan de integrar a una filosofía religiosa. De aquí que la alquimia rosacruz sea expresión tanto de la perspectiva científica que penetra en nuevos mundos por descubrir, como de una actitud religiosa de espera para alcanzar nuevos campos de la experiencia religiosa.
A menudo se pregunta cuál de los diferentes grupos confesionales cristianos fue más favorable al avance de la ciencia. ¿Avanzó más la ciencia bajo regímenes católicos o bajo regímenes protestantes? Y si avanzó más bajo regímenes protestantes, ¿eran luteranos o calvinistas?.
Esta pregunta puede formularse también de otra manera. En el libro Giordano Bruno and the
Hermetic Tradition ya afirmamos que el principal factor que determinó que la investigación
científica cambiara de rumbo y dirigiera su interés hacia el mundo fueron las actitudes religiosas fomentadas por la tradición hermético-cabalística. Si esto es verdad (y todas nuestras investigaciones posteriores han confirmado esta idea, la cual en realidad es ampliamente aceptada por los especialistas en la historia del pensamiento), resultaría que la perspectiva religiosa que hizo posible el florecimiento de esta tradición dentro de su esfera de influencia es la que demostró ser más favorable al avance científico.
A principios del Renacimiento, la Iglesia Católica Romana no criticaba los estudios herméticos y cabalísticos, aunque el problema de la magia siempre tenía que ser tratado con extraordinario cuidado. Uno de los más importantes cabalistas cristianos de los primeros tiempos, Egidio de Viterbo, era un cardenal, aunque ya para fines del siglo XVI quizás esta tradición era más fuerte bajo ciertas formas de protestantismo. El país protestante que permitiera la expresión de esta tradición y que no fuera excesivamente intolerante de la magia sería un país en el que la ciencia podría desarrollarse con relativa libertad. Ese país fue la Inglaterra isabelina, y la misma reina Isabel dio un paso hacia delante en el avance de la ciencia cuando le prometió a John Dee apoyarlo en sus estudios y protegerlo contra las persecuciones.
Compárese, para ver el contraste, con lo que sucedió en Bohemia, país donde la tradición progresista, tradición hermético-cabalística cuya encarnación eran los cabalistas y alquimistas de Praga, era excepcionalmente fuerte. Bohemia era en su mayor parte, aunque no exclusivamente, un país protestante de creencia husita. La combinación de liberalismo religioso de tipo protestante- husita con una fuerte infusión de tradición hermético-cabalística debía haber dado un resultado interesante y original. Y cuando, por medio de John Dee, llegó una infusión de las tradiciones desarrolladas en la Inglaterra isabelina, el resultado, en cuanto a las actitudes científicas y religiosas originales, podría haber sido fenomenal. Pero ya no estaba en este mundo la reina Isabel para garantizar la libertad de los pensadores originales, y Jacobo I se negó a actuar como ella. Por el contrario, hubo una destrucción y represión deliberadas y sumamente severas, de manera que la contribución de Bohemia a la nueva época sólo pudo ser dada indirectamente.
En cuanto al tipo de protestantismo que fue más favorable al progreso científico, las exploraciones que hemos llevado a cabo en este libro pueden indicar que lo que más importaba no era tanto el tipo de protestantismo, sino la presencia o ausencia de una tradición hermético-cabalística.
El Palatinado era un estado calvinista, y sin embargo, ¿qué pruebas hay de que las doctrinas teológicas calvinistas hayan influido sobre el movimiento que aquí hemos tratado de describir? Lo que constituía la atmósfera en la que la ciencia podía avanzar era el esfuerzo de limar las diferencias doctrinales, para dirigirlas con espíritu religioso hacia la exploración de la naturaleza, y en el Palatinado la ciencia indudablemente habría avanzado, de no haber sido por la guerra.
El argumento de que el puritanismo propició el desarrollo científico ha sido expresado con