la filosofía y en las rupturas con las relaciones establecidas en la filosofía clásica entre
pensamiento, lenguaje y las cosas del mundo. Las cuestiones contemporáneas de la filosofía del lenguaje, según Ludwig (1997), son de tres ordenes: qué es comprender un mensaje lingüístico, cuál es el sentido de una palabra o frase y qué es una significación.
Esas preguntas presuponen un posicionamiento en cuanto a la relación entre tres elementos: a) los sonidos de las palabras; b) los estados del alma; y c) las cosas del mundo (2)
. Las relaciones entre esos elementos suscitaron dos cuestiones mayoritarias para la filosofía clásica.
(2)Esos tres elementos ya estaban presentes en la reflexión filosófica desde que Aristóteles escribió el texto, De la Interpretación.
1) Las teorías clásicas de la comunicación se dirigían al poder de las palabras para reflejar fielmente nuestros pensamientos y a la codificación de nuestras representaciones mentales en un medio exterior para hacerlas accesibles a otra persona. Tal postura enfocaba los vínculos que unen pensamiento y lenguaje, inaugurando una primera vía de acceso a los problemas de la significación: el estudio de la significación a partir de la función expresiva del lenguaje. En esa dirección, las palabras no tendrían otro significado además de las ideas que son
comunicadas y su poder de representación derivaría totalmente de los estudios del espíritu. 2) Sin embargo sería posible mirar también la relación entre lenguaje y las cosas de las que ellas tratan: gracias al lenguaje, podemos describir las cosas y modificarlas (con órdenes, amenazas, etc.). En esa dirección, se puede tomar la significación como una relación directa entre las palabras y las cosas, privilegiando así la función de representación del lenguaje.
En la filosofía clásica el abordaje de esas cuestiones toma como base presupuestos ontológicos y epistemológicos realistas, que hacen que el lenguaje asuma el papel de mediación entre mente (interna) y mundo (externo). Fueron necesarias varias inversiones para que ocurriera el cambio lingüístico, entre ellas: el desplazamiento del enfoque de la cognición (o de la filosofía de la conciencia, en el periodo clásico) hacia la comunicación; el desplazamiento del enfoque en el pensamiento (o ideas) al lenguaje exteriorizado –el lenguaje en uso–; y el desplazamiento de la lengua como estructura (la langue / la lengua) al enfoque en la producción de sentidos (la parole / la habla).
De esos diversos elementos, es el desplazamiento del enfoque de la interioridad de la mente hacia la exterioridad del uso la que propicia la base para anclar la propuesta de estudiar el lenguaje de los riesgos, incorporando la noción de formaciones discursivas y prácticas discursivas.
De las relaciones entre pensamiento y lenguaje: las bases de la teoría clásica sobre lenguaje
La teoría de lenguaje que dominó el pensamiento filosófico durante muchos siglos tiene por fundamento el presupuesto de que la significación es esencial a la relación entre pensamiento y palabra. En esa teoría, la formulación dada por Hobbes, “el uso general de la palabra es
transformar nuestro discurso mental en discurso verbal, y el encadenamiento de nuestros pensamientos en un encadenamiento de palabras” (3) . Como la representación mental tiene
prioridad sobre la representación lingüística (o discurso público), la teoría clásica reposa doblemente sobre una teoría de los signos y una teoría de las ideas (4) . Con esa perspectiva,
saber lo que quiere decir una palabra es conocer la idea de la que la palabra es signo (la idea a la cual está convencionalmente asociada) y entender el significado de un grupo de palabras, es conocer las ideas asociadas a cada palabra y vínculo que las asocia.
(4)Para los clásicos la noción de signo trae una relación natural de significación (relativa a los signos naturales: por ejemplo, el humo es
señal de fuego) al lado del cual hay también una relación convencional (signos de institución: por ejemplo, por convención la palabra perro denota un cierto animal aunque no haya una relación intrínseca entre la palabra y el animal). Si la noción de signo domina la semántica de los clásicos, la noción de idea atraviesa toda su epistemología, constituyendo su principal concepto teórico (Ludwig,1997:13).
Esa reducción es problemática, pues no incluye la relación entre ideas y palabras y las cosas del mundo. Entonces ¿cómo explicar la relación entre ideas y cosas? La respuesta común, en los siglos XVII y XVIII, según Ludwig (1997), era que “las ideas representan directamente las cosas porque ellas son sus imágenes”, o sea, porque se asemejan a las que representan. Como la representación efectuada por la pintura y fotografía, la presencia de una imagen en el espíritu del locutor garantizaría el vínculo intrínseco de la representación mental como el objeto
representado.
Sin embargo, no hay asociación de imágenes con todas las palabras de una lengua, por
ejemplo, con términos abstractos, con los conectores y/o con los pronombres. Para poder anclar la significación de las palabras, las representaciones mentales –diferentemente de las
imágenes– tendrían que compartir algunas de sus propiedades. Ellas tendrían que tener un contenido proposicional y, así como en las frases, ser susceptibles de comprobación y falsificación, construidas observando las reglas de sintaxis y que representan relaciones y propiedades abstractas. Proviene de ahí las hipótesis de un lenguaje del pensamiento, o mentalais. La emergencia de las ciencias cognitivas contemporáneas presupone, en cierto sentido, la hipótesis de la existencia de un lenguaje del pensamiento, siendo la metáfora del espíritu-ordenador (espritordenateur) el vínculo de unión entre las diferentes disciplinas (Psicología Cognitiva, Lingüística, Inteligencia Artificial). O sea, así como los ordenadores poseen su lenguaje-máquina, nuestro cerebro tendría un código propio: las mentalais. Pero, si pensamiento y lenguaje están íntimamente relacionados, pasa a ser importante determinar quién tiene prioridad: pensamiento o lenguaje. ¿Es el lenguaje quien posibilita el pensamiento o, viceversa?, ¿el lenguaje es tan sólo el medio de comunicar nuestros
pensamientos? La respuesta a esa pregunta tiende a ser conceptualmente confusa: por fin, ¿qué entendemos por lenguaje? Si lenguaje es el conjunto de símbolos con ciertas propiedades de las lenguas de cada comunidad, entonces ella depende sólo de las reglas internas de
funcionamiento de las lenguas y no del pensamiento. En contraste, si el uso de las lenguas depende de los estados mentales del locutor, para comunicarse es necesario comportarse de forma determinada e intencional. En este caso, el uso del lenguaje presupone el pensamiento, por lo menos en lo que se refiere a la intención de comunicación.
La primera fase del cambio lingüístico: de Frege a la Filosofía Analítica
Siguiendo la discusión hecha por Tomás Ibáñez en el primer capitulo de este libro, la primera fase del cambio lingüístico, asociada a las acciones de teorizar de Gottlob Frege (1848-1925) y Bertrand Russell (1872-1970), lleva a dos desplazamientos importantes con relación a la teoría clásica:
1) Del estudio de las ideas, comprendidas como discurso mental y caracterizado por la
introspección, al estudio de los enunciados lingüísticos y públicos que evidencian su estructura lógica. En esa perspectiva, el lenguaje cotidiano se ve como problemática por establecerse bajo una lógica imperfecta, ambigua e imprecisa.
2) De los espacios internos de la mente a los externos, dejando de considerar que son nuestras ideas las que están en relación con el mundo para afirmar que son nuestras palabras las que corresponden a los objetos del mundo.
Con esos desplazamientos, el lenguaje pasa a representar los hechos que componen la realidad, o sea, se toma como instrumento codificador y transmisor de información sobre el mundo. Históricamente, ese abordaje de significación se opone a la teoría clásica, según la cual las leyes de la lógica nada más son descripciones de regularidades psicológicas;
generalizaciones, por tanto, de la manera como cada individuo reacciona. Frege y Russell, al contrario, postulan la objetividad y universalidad de las leyes lógicas, defendiendo un abordaje objetivo de significación.
La proposición del lenguaje como medio de representar la realidad parte de una teoría naïve de la significación, según la cual las palabras tienen como esencia representar cosas. Comprender una palabra es conocer lo que ella representa; comprender una frase es conocer a qué gestión de cosa corresponde, o sea, conocer sus condiciones de verdad. En suma, la teoría naïve de la significación anda junto con una visión representativa del lenguaje: una frase comunica una información como su representante. Lo que la frase representa no es la representación mental del locutor, sino un aspecto de la realidad, por tanto algo objetivo (una proposición).
Bajo la influencia de Russell, la mayoría de los filósofos contemporáneos involucrados con la Filosofía Analítica, asocia el sentido de las expresiones con los conceptos que ellas connotan y que permiten, a su vez, identificar de forma única sus referentes. Se trata de un análisis que se presta de forma admirable a las descripciones.
La descripción, sin embargo, va junto con una concepción cartesiana de significación de las palabras: conocer el sentido de una palabra es poseer un concepto, o una representación mental que sea aplicable. La comprensión es, por tanto, una operación interna del espíritu. Por ejemplo, un locutor comprende el sentido de la palabra agua si conoce sus condiciones de aplicación. O sea, posee una descripción precisa que identifique la extensión del termino –líquido incoloro que estanca la sed.
La preocupación por el lenguaje cotidiano
Interesarse por el lenguaje implica mirar también a su utilización y no sólo a su esencia. Ese es el camino que lleva al interés por la lengua cotidiana y por los fenómenos de comunicación. Históricamente, ese interés se caracteriza como reacción al abordaje lógico del lenguaje que dominó el pensamiento de los fundadores de la filosofía del lenguaje contemporáneo: Frage y Russell. Para la filosofía que se nutre de la escuela de la lógica, la unidad lingüística
fundamental es la frase afirmativa que permite describir un hecho, llevar una información o exprimir un conocimiento. Sin embargo una frase es un objeto abstracto y susceptible de múltiples realizaciones en el espacio y en el tiempo.
Al considerar la frase como unidad fundamental de la significación ésta pasa a ser un fenómeno independiente del contexto y de las circunstancias de su uso. Pero cuando miramos las
acciones efectuadas en la pronunciación de las frases, la imagen clásica de la comunicación se complica. Acordémonos de que, en la concepción clásica, la primera función de las palabras es comunicar una información factual que concierne directamente a los pensamientos del locutor e, indirectamente, a los hechos sobre los cuales remiten tales pensamientos. En esta acepción, la propiedad esencial de las señales lingüísticas es su capacidad de corresponder o no a la realidad.
Los filósofos del lenguaje común se oponen violentamente a esa forma de doctrina que revela, según John Austin (1962), una ilusión descriptiva, y buscan mostrar que los enunciados no llevan apenas la información factual sobre el tipo del acto que ellos permiten efectuar. Llevan, así, además de contenido proposicional, una indicación del acto que desean efectuar.
Nombrando esos actos como actuaciones Austin argumenta que esos enunciados permiten transformar la realidad, y no sólo describirla. Ellos no tienen significado sino en el interior de la red de papeles que una comunidad social dada define. En esta perspectiva, que parte del acto de enunciación y no solamente de la frase, es necesario estudiar no sólo los contenidos de la frase, sino también la forma y las circunstancias de utilización. Eso queda claro cuando enfocamos la comunicación como empresa colectiva, pues es necesario, por un lado aceptar ciertas reglas y, por otro, ser capaz de tener en cuenta los pensamientos e intenciones de los
socios, con la finalidad de anticipar sus acciones.
En suma, la flexibilidad del lenguaje utilizado en la comunicación parece ser extraordinaria: según el contexto, las mismas palabras pueden comunicar un número infinito de mensajes. Éste es el encuadre lingüístico del análisis de las prácticas discursivas cuando enfocamos los
2. De la conciliación posible entre lenguaje en uso y aspectos estructurales del lenguaje