CENTRADO
EN
LA
PERSONA
D
esde un principio, el objetivo de las investigacio- nes sobre el proceso psicoterapéutico centrado en la persona fue aislar aquellas variables que, al mar- gen de consideraciones puramente teóricas, suscitaran un cambio favorable en las personas que buscaban ayuda psicoterapéutica. Al aislarlas, se observó que operaban independientemente de la orientación teóri- ca e, incluso, de las técnicas utilizadas por el psicotera- peuta. Es decir, todos aquellos psicoterapeutas que en su práctica profesional mostraban los más altos niveles de empatía, aceptación incondicional y autenticidad fueron capaces de producir los cambios más estables y benéficos en el proceso psicoterapéutico (Carkhuff y Berenson, 1967; Truax y Carkhuff, 1964 a 1966; Lafarga, 1986).Las pruebas científicas en apoyo de este núcleo ob- jetivo de reforzadores básicos explican en parte la can- tidad de estudios experimentales que confrontan la va lidez de otras variables en la relación psicoterapéutica como agentes efectivos de cambio favorable (Eysenck, 1952, 1960, 1965; Levitt, 1957, 1963).
La evidencia relativa a la eficacia de este núcleo de facilitadores no se ha obtenido sólo del estudio de los procesos psicoterapéuticos, sino de las relaciones en- tre maestros y estudiantes, padres e hijos, así como de otras entre personas mutuamente significativas, pero sin carácter profesional (Carkhuff y Truax, 1966). Es indispensable destacar que estos cambios favorables no sólo se reflejan en las escalas diseñadas para medir cambios psicológicamente favorables, sino en escalas de inteligencia y aprovechamiento (Aspy, 1967). A este respecto, Carkhuff y Berenson (1967) afirman:
La implicación directa de estos resultados [...] es que las mismas variables que son efectivas en otro tipo de relaciones humanas lo son también en el proceso psi- coterapéutico. Sin embargo, aun cuando las variables primarias son las mismas, sus niveles de aplicación pueden variar con las personas y con el tipo de rela- ción que establecen. Por ejemplo, podría suceder que la comprensión empática de un maestro hacia su estu- diante no fuera tan significativa en resultados como la de un padre en relación con su propio hijo. [...] Una inferencia plenamente válida que podría derivarse de la eficiencia psicoterapéutica de las condiciones enu-
meradas, sería que dichas condiciones son operativas precisamente porque son las opuestas a aquellas otras que generaron la problemática y el mal funcionamien- to físico en la persona. Es decir, que la problemática individual pudo haberse generado y evolucionado por la ausencia de comprensión afectuosa, respeto, acep- tación, autenticidad y suficiente estimulación por par- te de las personas significativas en el ambiente social del niño [...].
Así como la gran contribución de la hipótesis de Freud, y de las distintas corrientes psicoanalíticas que emanaron de la formulación original ha sido ahondar de manera destacada en la comprensión diagnóstica de los desajustes emocionales, en especial de la neurosis, estas hipótesis no han tenido un éxito comparable en la generación del cambio en la dirección de la salud y el crecimiento. Con amplitud y coherencia, las hipó- tesis diagnósticas emanadas de las distintas corrientes psicoanalíticas han iluminado los orígenes y la gesta- ción de los trastornos emocionales al remontarse, por medio de los síntomas, a las condiciones originales en el medio familiar y social; y, en ese sentido, han hecho aportaciones básicas al estudio de la psicopatología. No obstante, la misma duración de los procesos psicoana- líticos es sólo un indicio de su bajo nivel de eficiencia para estimular transformaciones favorables.
Para cualquier persona —sobre todo para la que pa- dece trastornos emocionales— es esencial comprender los orígenes y la gestación de su problemática, pero lo fundamental es encontrar formas adecuadas de trata- miento y optimización de sus recursos a la mayor bre- vedad posible.
En cambio, algunos psicólogos del aprendizaje pres- cinden de cualquier variable subjetiva o intrapsíquica que no tenga manifestaciones concretas en la conducta externa para explicar el cambio terapéutico. Centran su atención en la modificación de la conducta y, para ello, diseñan técnicamente el cambio, efectuando, en primer término, un estudio de las contingencias condicionan- tes en la historia de la persona para generar el plan o el programa apropiado que conducirá a los objetivos de modificación conductual. Formulan hipótesis y expli- can el aprendizaje y el cambio con base en el paradigma clásico de estímulo-reforzamiento-respuesta.
La aplicación de la metodología experimental a la modificación de la conducta para inducir cambios favorables, ha demostrado ser muy efectiva en la re- misión de síntomas y otros trastornos de la conducta como problemas de aprendizaje, autismos y adiccio- nes; pero, tal vez, debido a que prescinde en forma sistemática de los fenómenos subjetivos —tan reales para cualquier persona como su misma conducta ex- terna—, no ha podido generar la sensación de bienes - tar interno ni garantizar el establecimiento consis- tente de pautas favorables de crecimiento a través de periodos prolongados, después de la programación y la modificación conductual (Carkhuff y Berenson, 1967).
Más allá del proceso psicoterapéutico que considera al análisis del psicodiagnóstico como la esencia de los fenómenos de cambio favorable; más allá de la técnica e ingeniería del cambio, que ignoran la realidad del fe- nómeno interno y de los significados de la experiencia subjetiva, es indispensable buscar las condiciones nece- sarias y suficientes para el cambio favorable y prolon-
SÍNTESIS
Y
DEPURACIÓN
DE
LAS
CORRIENTES
TRADICIONALES
C
omo modelo psicoterapéutico, el enfoque centra- do en la persona ha tenido el propósito empí rico de identifi car aquellos factores que facilitan el cambio favorable y duradero tanto en la persona que busca ayuda como en el terapeuta. Los explicitadores de este enfoque, sin negar las valiosas aportaciones de otras co- rrientes psicoterapéuticas, han prescindido de marcos de referencia meramente teóricos, así como de lealtades reduccionistas al mitifi cado “método científi co”. Y no por desdén, sino para no ser obstaculizados por consi- deraciones de ortodoxia, teóricas o metodológicas, en la identifi cación y formulación operacional de aquellas variables que, según la evidencia de largos años de in- vestigación (Lafarga, 1986), facilitan —de hecho— el cambio favorable y persistente.Entre los profesionales de la ayuda psicológica, es cada vez más aceptado que la eficacia psicoterapéutica no depende de la orientación ideológica o de la técnica del psicoterapeuta y que la distinción entre terapeutas efectivos, medianamente efectivos y poco efectivos no puede establecerse si se consideran como criterios
la orientación teórica y la técnica específica (Lafarga, 1986). Al parecer, los psicoterapeutas creativos y más eficientes recurren a aquellos elementos teóricos, me- todológicos y prácticos que contribuyan al crecimien- to o cambio favorable y duradero de la persona con quien están comprometidos en una relación de ayuda. También, es fácilmente observable que las mismas “co- rrientes” psicoterapéuticas se van enriqueciendo unas con otras, independientemente de prejuicios teóricos o metodológicos.
Ya Alfred Adler, a raíz de sus primeras disidencias con la corriente psicoanalítica ortodoxa, sugería que el proceso psicoterapéutico efectivo era, en realidad, uno solo, con distintas variaciones (Ansbacher, 1956).
L
A EMPATÍALa actitud empática en el psicoterapeuta, que se mani- fiesta en un intento de éste por comprender a fondo la experiencia de la persona en búsqueda y por transmitir de manera verbal esta comprensión esclarecedora, es
A pesar de sus ventajas en trastornos como el autismo, la aplicación de la metodología experimental a la modifi cación de la conducta no ha podido garantizar el establecimiento consistente de pautas favorables de crecimiento a través de periodos prolongados.
gado, a través del proceso psicoterapéutico, sugeridas por la evidencia de la investigación a partir de hipótesis emanadas de la práctica (Lafarga, 1986).
compartida por todas las corrientes psicoterapéuticas contemporáneas. Las diversas formas de psicoanálisis tienen como objetivo en el psicoanalizado una com- prensión exhaustiva de sí mismo. Con el fin de poder diseñar un programa adecuado a la persona que recibe ayuda, los modificadores de la conducta requieren la empatía para explorar los factores condicionantes con la mayor precisión posible. En este sentido, podría de- cirse que, en general, la actitud empática, es, en la ac- tualidad, reconocida por todas las corrientes como un elemento indispensable del proceso psicoterapéutico.
La aportación del enfoque centrado en la persona consistió en la identificación y análisis de tal actitud y en el énfasis que puso en ella como un factor terapéu- tico de primer orden en el proceso. Así, la actitud em- pática puede ser descrita como un captar la experiencia de la otra persona en la interacción psicoterapéutica del presente con todos los matices de sentimiento, super- ficial o profundo, y con todos los significados simples o complejos que dicha experiencia tiene para la persona. Es una captación no evaluatoria de la experiencia de esa persona tal como ella la vive y la describe, comu- nicada con nitidez y con afecto. Posee como objetivo inmediato, por una parte, comunicar la comprensión de la experiencia con claridad en la formulación y, por la otra, con interés y afecto.
Todos los sistemas psicoterapéuticos, pero prin- cipalmente los que derivan de corrientes psicoanalíti- cas, tienen como objetivo práctico revertir el proceso represivo producto de la confrontación de las nece- sidades del individuo con exigencias sociales de muy distinta índole. Como sabemos gracias a la investiga- ción (Lafarga, 1986), la interacción empática genui- na facilita con mayor rapidez el proceso “depresivo” —es decir, la exploración consciente de la experiencia en amplitud y profundidad— que las interpretaciones psicodinámicas o las preguntas encaminadas a formular un plan de cambio.
La actitud empática en el enfoque centrado en la persona supone que ésta es capaz, en condiciones fa- vorables, de explorar su propia experiencia y, debido a su impulso natural al crecimiento, efectuar los cambios que considera más apropiados para sí. Tiene como pro- pósito inmediato facilitar y estimular esta exploración y estos cambios. El entrenamiento clínico del psicote- rapeuta centrado en la persona se concentra en captar, con la mayor precisión posible, los matices del senti- miento y del significado en la experiencia de la persona que recibe ayuda. Ésta no necesita hacer una regresión para ir integrando a su experiencia consciente elemen-
tos que habían quedado fuera de ella; a medida que la exploración de la propia experiencia va siendo más fácil, más amplia y más profunda, los elementos inhibidos o desintegrados van siendo asimilados otra vez.
En las corrientes psicoanalíticas, el modelo psico- terapéutico es médico. En realidad, el analista no se comunica con la persona, sino que interactúa con ella analizando el discurso. El analista, como el médico, diag- nostica a su “paciente”, decide cuáles son los elementos importantes en la génesis de la “enfermedad”, fija los objetivos del “tratamiento” y prescribe los procedimien- tos para la “curación”. En muchos casos, tal tipo de in- tervención, en la experiencia del “paciente”, no es más que un revivir, con otro lenguaje y en otras circuns- tancias, la misma experiencia patogénica de ser inapro- piado en la conducta, en la manifestación de los senti- mientos y en la manera de comunicarlos. Es un revivir la impotencia y la dependencia, no por introyecciones sociales o morales, sino por la realidad del presente, aquí y ahora, frente a los criterios y a la autoridad del médico psicoanalista.
Ya Adler había apuntado que la relación psicotera- péutica es más eficiente cuando el analista asume una actitud amistosa “como entre iguales” (Ansbacher, 1956); y Sullivan, Horney y Fromm habían propuesto métodos tendentes a mejorar la interacción con el “pa- ciente” para facilitar el análisis. Sin embargo, no consi- deraron que esas modalidades de interacción tuvieran por ellas mismas una eficacia psicoterapéutica mayor que el aprendizaje y la asimilación progresiva del psico- diagnóstico por parte del “paciente”.
En la psicología conductual, el modelo médico de los enfoques psicoanalíticos ha sido sustituido por el modelo técnico ingenieril. El técnico pregunta, indaga, formula y reformula las condiciones que produjeron el trastorno; la persona cuya conducta debe ser modifi- cada es un mero colaborador de aquél. Puesto que los intentos de iniciativa que muestran los pacientes que no cuadran con los marcos de referencia del médico psicoanalista son calificados de “resistencias” al trata- miento, las discrepancias de la persona cuya conducta está siendo modificada y que no son compatibles con los repertorios “científicos” del modificador son des- cartadas como poco objetivas, mentalistas e irrelevan- tes para conseguir los objetivos del cambio.
En el planteamiento de la relación psicoterapéutica, tanto los modelos psicoanalíticos como los conductua- les —y lo mismo se podría decir de los gestaltistas y de otros—, el psicoterapeuta es un elemento muy im- portante: sabotea sus propios objetivos cuando actúa
como director, planificador y maestro en el proceso, puesto que refuerza, precisamente, de forma abierta o sutil, la dependencia y la pasividad de la persona que recibe ayuda. El mero aprendizaje y el restablecimiento de pautas constructivas de reaccionar hacia sí misma y hacia los demás no bastan para garantizar cambios favorables y persistentes si la persona que recibe ayuda no se siente capaz y responsable por sí
misma de tomar la iniciativa y asumir las decisiones al integrar su experien- cia, al hallar sus propios significados y al orientar y planificar la propia con- ducta, en congruencia con los pro- pios recursos y las circunstancias del medio que la rodea.
En el mejor de los casos, fueron individuos autoritarios que “sabían más” o que “podían más” quienes generaron la desintegración de la ex- periencia y de la conducta en las per- sonas que buscan ayuda. Sólo perso- nas expertas, capaces de facilitar y es- timular el aprendizaje compartiendo iniciativas y responsabilidades, y que se consideren ellas mismas en continuo aprendizaje y no “maes- tras”, podrán facilitar el proceso de reintegración.
L
AACTITUDPOSITIVAINCONDICIONAL En mayor o menor grado, los diversos sistemas psico- terapéuticos conceden gran importancia a la expresión libre y espontánea de la persona que recibe ayuda, pero divergen en la metodología para motivar tal expresión. La permisividad del psicoterapeuta para facilitar la ma- nifestación de la experiencia implica, de su parte, no emitir juicios de valor, explícitos o implícitos, sobre la persona o sobre su conducta. Esta permisividad ha sido una de las características del proceso psicoterapéutico en las distintas corrientes analíticas.En los procesos de modificación de la conducta, la permisividad queda circunscrita por los límites que impone —con toda claridad y según su criterio— el ingeniero o modificador, quien, desde un principio, refuerza los repertorios de conductas apropiadas y pro- cura inhibir las que no lo son, de acuerdo con objetivos establecidos. A la persona se le permiten exclusivamen- te conductas que contribuyan a la formulación y apli- cación del programa (Frank, 1961).
En el enfoque centrado en la persona, la actitud positiva incondicional puede ser descrita no sólo como permisividad, sino, más aún, como una actitud de ma- nifiesto interés y aprecio por todo lo que la persona es, por todas sus conductas y por su comunicación. No es aprobación, pues ésta puede ser tan reprocha- ble como la desaprobación, sino un interés genuino y
manifiesto por todo lo que constituye la realidad interior y la exterior de la persona. Las mismas conductas y ac- titudes “destructivas” o “enfermas” son tan merecedoras de compren- sión y aprecio como cualquier otra experiencia, ya que estas reacciones seudoadaptativas, defensivas o clara- mente autodestructivas o antisociales son producto de condiciones adver- sas que bloquean, de algún modo, el impulso básico hacia el crecimiento y desarrollo inherente a todos los orga- nismos vivos.
Las contraposiciones estructurales que Freud introdujo entre las fuerzas impulsivas del organismo, por una parte, y las depresiones del ambien- te por la otra, así como las fuerzas adaptativas del mismo organismo, son constructos conceptuales que ayudan a comprender el aparato psíquico, pero oscu- recen la realidad comprobable del impulso básico hacia el crecimiento, hacia la satisfacción y hacia el goce de la vida en todos los niveles de la conciencia. Impulso objetivo y evidente en los organismos vivos y sus dis- tintas especies, consciente en el hombre, y que subyace a todas las estructuras y procesos en la evolución de la vida (Teilhard de Chardin, 1959).
Cuando el impulso es obstaculizado por circuns- tancias adversas, internas o ambientales, puede hacerse destructivo si no encuentra cauces para promover la adaptación y el crecimiento. Desde esta perspectiva, la pa tología es entendida como un producto del mismo impulso hacia el crecimiento, cuando dicho impulso no halla los canales apropiados para propiciar la adap- tación y el crecimiento. Como el vapor de una caldera cuya función es mover una turbina, puede quemar o destruir la caldera si no localiza los canales adecuados de salida.
En función de las fuerzas instintivas básicas del or- ganismo, Freud explicó las estructuras adaptativas del “yo”. En cambio, Hartman atribuyó un origen autó-
En el mejor de los casos, fueron individuos autoritarios que “sabían más” o que “podían más” quienes generaron la desintegración de la experiencia y de la conducta en las personas que buscan ayuda.
nomo a tales estructuras. El hecho es que ni las fuerzas instintivas ni las estructuras adaptativas ni las presio- nes ambientales pueden ser bien comprendidas si se les considera de forma separada y no como integrantes de un solo impulso hacia el crecimiento y evolución en los organismos y en sus especies, cuya manifestación más importante fue la aparición y el desarrollo de la vida consciente (Teilhard de Chardin, 1951).
La aceptación incondicional de este impulso hacia el crecimiento en toda conducta de la persona que busca ayuda psicoterapéutica facilita que la experiencia subje- tiva de ésta resulte comprensible y manejable. Cuando la persona descubre que todo en ella, aun su llamada patología, es producto de dicho impulso y se le recibe con una actitud positiva incondicional en tanto que su experiencia, su comunicación y su conducta no sólo merecen sino que reciben genuino aprecio por parte del psicoterapeuta, los recursos de esta persona, en el presente, se van movilizando para hacerla crecer en au- toestima, ampliar el ámbito de su conciencia, estable- cer pautas más constructivas de funcionamiento y, lo principal: para sentir hacia sí misma y hacia los demás la actitud positiva incondicional que está experimentando en la relación terapéutica. Introyecta o internaliza esta actitud positiva y aprende a quererse a sí misma, no como “debería ser”, sino como realmente es.
En la persona que recibe ayuda, el reforzamiento de esta actitud de aceptación, aprecio y afecto hacia sí misma por lo que realmente es, constituye el núcleo de la psicoterapia. Tener como objetivo el establecimiento de repertorios de conducta “apropiados” y descuidar el reforzamiento de esta actitud de estima de la persona
hacia sí misma, equivale a curar las hojas de un árbol descuidando el tronco, cuya médula es causa de la en- fermedad del follaje.
Los sistemas de ayuda, de orientación o de psicote- rapia que privan a la persona de experimentar aprecio por sí misma, por su “patología” como una reacción seudoadaptativa, por sus descubrimientos e, incluso, por sus propias equivocaciones —aunque proporcionen in-
sights sobre las causales de los síntomas, o propongan y
refuercen pautas de conducta o modelos de acción más adecuados y satisfactorios—, sabotean sus esfuerzos al fragmentar la satisfacción de la necesidad de autoestima, tan trascendente para subsistir psicológicamente sana, como el aire que respira para mantener la vida.
En verdad, resulta difícil conservar una auténtica