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―Un poeta, si es enemigo, es terrible, porque no hay navaja como una pluma‖ (Zayas y Sotomayor 2000: 341)

El proceso interpuesto contra Teresa Valle se reabrió en 1638, después de que el General de la Orden de San Benito, fray Gabriel de Bustamante, apelara meses antes al Santo Oficio pidiendo una revisión de todos los casos de San Plácido. Esta petición oficial venía precedida de un memorial escrito por Teresa y dirigido al rey, en el que aseguraba que lo hacía por haber ―callado y sufrido el deshonor y descrédito que vuestra Alteza sabe, pues no ha quedado parte del mundo donde no se haya extendido‖ (BNE Ms/883, f. 28r).

Siete años habían transcurrido entonces desde la firma de la sentencia inculpatoria contra Teresa en 1630 hasta la apelación que pedía revisar el caso en 1637, un lapso de tiempo durante el cual la monja fue objeto principal de burlas y sátiras políticas. No obstante, el castigo impuesto sobre la benedictina estaba a punto de llegar a su fin por esos años, pues recordemos que se la recluía en el convento de Santo Domingo el Real de Toledo y se le privaba de voto activo por cuatro años, castigos que ya habían expirado, y se le privaba de voto pasivo por diez, que era la única pena que le restaba por cumplir en 163786. Éste era, por supuesto, el dictado oficial del Tribunal, pero jamás se llegó a cumplir por completo, puesto que, según el Libro de los consejos de esta santa casa de la Encarnación Benita (AHN Inq. Leg. 3693/2, exp. 4, ff. 1v-8v), Teresa ya tomaba parte en las decisiones de la comunidad en julio de 1633 y en diciembre de ese mismo año volvía a ser elegida priora de San Plácido (AHN Inq. Leg. 3693/2, exp. 4, f. 3r).

No se ha encontrado papel alguno que aclare la causa de la relajación del castigo, aunque resulta evidente que el Santo Oficio alivió la pena entre finales de 1632 y principios de 1633, si como vemos ya en este año Teresa se encontraba con su comunidad

86 La sentencia suponía el destierro de la monja y la suspensión de la facultad de participación en las

decisiones del convento, así como la anulación del derecho a ser elegida responsable del ministerio de su comunidad.

benedictina. Además, ni siquiera en los papeles de la revisión de 1638 aparece mención alguna a esta circunstancia, lo que hace pensar que la apelación buscaba un resarcimiento moral más que una rehabilitación, que en la práctica ya se había llevado a cabo. Ciertamente, a Teresa le interesaba devolver el honor a su nombre y al del convento por la imagen que se había desprendido de herejía y frivolidad en él, a pesar de que siempre tuvo la esperanza de que ―había de ser un cielo‖ (BNE Ms/883, f. 28v). No obstante, existía un motivo poderoso que conducía tanto a la monja como a sus benefactores a desear el perdón oficial y público, dado que se había creado una corriente crítica literaria en la corte a raíz de los rumores que trascendieron del proceso inquisitorial -especialmente dañina para Teresa, el Protonotario y Olivares-, que asimilaba las figuras de la monja y la del conde- duque a las de personajes demoniacos en el imaginario popular.

La benedictina entonces hacía frente a dos motivos principales de injuria, pues por una parte se convirtió en objetivo de las escabrosas burlas que en seguida veremos y, por otra, perjudicó la imagen del valido, por su apego a él, a partir de la sentencia de 1630. Sus defensores se enfrentaron al escarnio público a causa de la confianza que le habían otorgado a una hereje ya condenada; caso similar a la famosa situación a la que se enfrentó fray Luis de Granada tras apoyar a sor María de la Visitación y escribir su biografía como ejemplo de virtud espiritual, pues tuvo que retractarse de su relación con la religiosa cuando la sociedad descubrió la blasfemia de esta embaucadora87. De igual forma, los benefactores de Teresa debían conseguir el desagravio público, aunque esta vez no se realizó una defensa escrita sino que se instó a la monja a que la realizase ella con el fin de que quedase clara su inocencia y que esto revirtiese en todo su círculo de amistades. Los enemigos del gobierno encontraron en la priora de San Plácido una potente estrategia discursiva con la que convencer de la maldad del valido y justificar sus impopulares decisiones políticas, por lo que interesa indagar en los factores que propiciaron que Teresa fuese decisiva en la configuración de la imagen del conde como un personaje

87 Jesús Imirizaldu (1977) da nombre a estas mujeres que intentaron seguir la estela de fama de la religiosa

carismática, pero que no lograron solucionarlo adecuadamente y se vieron desacreditadas por ello. El caso de María de la Visitación y fray Luis fue tan notorio que el fraile se vio obligado a justificar su credulidad por medio del Sermón, en que se da aviso, que en las caídas públicas de algunas personas de buena reputación, ni se pierda el crédito de la virtud de los buenos, ni cese, ni se entibie el buen propósito de los flacos, impreso por vez primera por Joseph García en Valencia, 1734. Es una edición muy cuidada que contiene pequeños grabados y está compuesta por 47 páginas, en donde las palabras del fraile resultan claras, pues

pretende explicar el comportamiento que se debe seguir ―cuando alguna persona de grande reputación de

santidad cae en algún error, o pecado público: el uno es el descrédito de la virtud de los que son

extremadamente maligno –incluso demoniaco-, y que forzaron la apelación de 1637 para acabar con esas críticas.

No obstante, pese a que la petición de absolución finalizó satisfactoriamente y que, como veremos en el próximo capítulo, Teresa y las monjas quedaron libres de todos los cargos las críticas continuaron de forma virulenta para los benefactores de la monja más allá incluso de la muerte de Olivares en 1645. El edicto de absolución marcó un punto de inflexión en el contenido de esta corriente satírica, de tal forma que en este estudio se diferenciará entre la crítica anterior a 1638, la que apareció posterior a tal fecha y la crítica nacida a raíz de la caída de Olivares del poder en 1643.

Pronto se formó una idea determinada sobre el escándalo que hizo conjugar elementos escabrosos para magnificar la actitud herética de Olivares en el convento y desprestigiarlo como gobernante responsable, ya que en la corriente satírica creada al calor de los hechos se le definió como amigo de demonios y crédulo hereje; mientras que Teresa pasó a ser una embaucadora endemoniada y falsa profeta que gastaba las noches en compañía de sus benefactores. La trama conventual se convirtió así en un motivo más de inquietud para el gobierno olivariense, especialmente cuando se enfrentaron al peligro de una nueva sentencia inculpatoria que atañía esta vez a una de las personas de mayor confianza del conde, pues el proceso de Jerónimo de Villanueva que trataba de investigar la supuesta complicidad con Teresa no había finalizado una vez que todas las monjas cumplían condena88.

La incertidumbre por conocer el veredicto del Tribunal sobre el proceso de don Jerónimo provocó que el círculo del valido actuase rápido, con el fin de solucionar de una vez el problema y evitar mayores rumores. No obstante, si nos interesa especialmente conocer los pormenores del proceso del Protonotario se debe a que ciertos datos ayudan a

88 Tal como se ha avisado previamente, la causa completa de Villanueva ha sido ampliamente estudiada por

Puyol Buil en relación con la política y la intromisión de la corte en el Consejo administrativo de la Inquisición. Este investigador dedica un buen espacio a esclarecer la presión de Olivares sobre Zapata para anular el proceso de su mano derecha y los hechos que transcurrieron después del nombramiento de su amigo, fray Antonio de Sotomayor, al frente del Tribunal inquisitorial (1993: 237-257). Por otra parte, llama la atención que no se actuase con la misma determinación respecto al proceso de Teresa, pero debemos pensar que la única persona que podía quedar exenta de culpa, por resultar más fácil el convencer de su inocencia al no vivir en el convento, era precisamente don Jerónimo. Realmente nada se podía hacer con la monja, a quien las pruebas y testimonios no dejaban muchas posibilidades de demostrar su inocencia; no obstante, su sentencia inculpatoria no sería lo más agresiva que podría haber sido, por lo que cierta mediatización sí debió de haber. Los procesos de beatas como Francisca de los Apóstoles en el siglo XVI o monjas como Luisa de la Ascensión en el siglo XVII ofrecen buena cuenta de la dureza impuesta sobre sus sentencias, frente a la benevolencia mostrada por el Tribunal en el caso de Teresa. Francisca sufrió cien latigazos en el auto de fe público en el que también se le obligó a abjurar de levi, y se la exilió por tres años de Toledo (Ahlgren 1999: 119-133; 2005: 32); mientras que a la monja de Carrión se la encerró de por vida en una celda del convento de las Agustinas Recoletas de Valladolid (García Barriuso 1993: 14).

esclarecer el trato de favor que obtuvo Teresa en 1633, cuando vuelve a la corte y se incrementa el malestar del pueblo a causa de la supuesta intromisión de Olivares en el Tribunal inquisitorial. A finales de 1629 el conde-duque comienza a cartearse insistentemente con el General del Santo Oficio, que por aquel entonces era el cardenal Zapata, para recabar información acerca de la resolución del caso de Villanueva, con cuya inocencia el cardenal se mostraba escéptico. La presión de Olivares sobre Zapata fue contundente, hasta el punto de que en 1630 la causa queda suspensa y poco después, en 1632, el cardenal pierde el pulso definitivo contra la corte y renuncia a su puesto de Inquisidor General (Puyol Buil 1993: 242-248). Su lugar fue ocupado por alguien muy familiar para Teresa, el confesor real fray Antonio de Sotomayor, el mismo que propició su salida de las cárceles secretas, con todo lo que ello supuso en el desarrollo de su escritura. Ese mismo año de 1632 don Jerónimo decidió dar un nuevo empuje a su causa, puesto que no se había cerrado y al haber quedado suspensa no permanecía del todo exime de ser sometido a otro proceso, de forma que envió una autodelación explicando la inocencia de sus actos y la ingenuidad que mostró al creer tan sinceramente a fray Francisco García, tal como hiciera Teresa dos años antes en sus memoriales. Todo ello propició que a finales de 1632 se sobreseyera el caso por no contar con materia digna de ser juzgada (Puyol Buil 1993: 255).

Por otro lado, aunque en un principio se trató de evitar todo contacto con Teresa tras ser encarcelada, y allegados como Olivares prefirieron no implicarse más en su causa, parece que se decidió a actuar a su favor coincidiendo con el comienzo de las acciones inquisitoriales contra Villanueva. Los movimientos de este grupo proclive al Protonotario, y por ende a la monja, quedan patentes de este modo a partir de mediados de 1629, cuando ya dijimos que se la traslada a un lugar propicio a las visitas -por tanto al asesoramiento-, y se suspende la causa de don Jerónimo dos años más tarde. No obstante, resulta especialmente fundamental la fecha de 1632 para el desarrollo de los hechos porque constituye el momento de la renuncia del cardenal Zapata y el nombramiento de Sotomayor como flamante Inquisidor General89. La fecha concuerda además con la conclusión satisfactoria del caso de don Jerónimo y con una anulación -o nueva disposición- de las penas de Teresa, de lo que tan sólo queda un silencio documental sospechoso. Por tanto, parece claro que con uno de los mejores amigos de Olivares al

89 La pertinencia del nombramiento de uno de los amigos del conde como Inquisidor General parece una

estrategia política del valido, hecho del que también se hace eco Domínguez Ortiz al recordarnos que fray

Antonio de Sotomayor fue para Olivares ―un instrumento dócil para sus proyectos y métodos de gobierno‖

frente del Santo Oficio las disposiciones pertinentes que favorecieron la vuelta a San Plácido de la benedictina tuvieron que tener lugar a finales de ese año y hacerse efectivo a principios de 1633, pues como hemos visto, se tiene constancia cierta de que en julio Teresa ejercía su voto en el consejo, no obstante ésta era la primera reunión del año por lo que ella pudo llegar meses antes al convento.

La situación propició la aparición de libelos contra ellos y la conversión del caso de San Plácido en materia de ficción, en cuyo contenido ninguno de los miembros quedaba exento de crítica. La vasta mayoría de estos panfletos y poesías satíricas se encuentra manuscrita e inédita en los archivos españoles, aunque, a pesar de este pequeño olvido por parte de la crítica, conforman un material esencial que no sólo refleja una corriente literaria y política de su momento histórico, sino que demuestra el alcance público de la relación entre Teresa y su benefactor.

 La primera etapa en el descrédito de Teresa y Olivares

Todo esto desencadenó un malestar público creciente a causa de la influencia de los asuntos políticos sobre la Inquisición90. Ello favoreció que esta intromisión fuese recordada por los enemigos del conde-duque en diversas ocasiones y con marcada insistencia en La Cueva de Meliso: sátira escrita en 1643 que repasa todos los desastres del gobierno olivariense tras la caída del propio valido y en la que Teresa disfruta de cierto protagonismo, como veremos más adelante. El descrédito de las monjas de San Plácido tras el fallo inquisitorial de 1630 se convertía en tema público del que opinar y con el que criticar a Olivares, pues era la cabeza visible del gobierno de la monarquía y a sus enemigos la noticia de su implicación, y la de su hombre de confianza, en escándalos conventuales les llegó en medio de la coyuntura política y económica de la década de 1630. No se dudó en utilizar lo ocurrido en el convento benedictino como arma de propaganda política contra Olivares, que al mismo tiempo debía hacer frente a insurrecciones dentro y fuera de la Península, al peligro de bancarrota y presión de los banqueros portugueses y a la deficiencia de las administraciones públicas después del fracaso del programa de reforma de los años 1620 (Elliott 1989: 114-136).

90 Fue éste uno de los casos más sobresalientes de mediatización de la corte en el Santo Oficio que más

perduró en la memoria popular, pero se debe atender al hecho de que la población llevaba tiempo criticando el uso político de la monarquía y la ventaja que tomaban las administraciones para recaudar fondos por medio del Tribunal inquisitorial o las persecuciones de herejes que dependían de las estrategias políticas (Lea 1922: 322-340; Domínguez Ortiz 1985: 184-191; 2010: 44).

De esta forma, pronto se otorgó nombre al escándalo y fue conocido como ―el caso de San Plácido‖, en cuya denominación se incluía al amplio grupo de religiosas que componía el convento y que en la ficción de la corriente satírica operó como un núcleo anónimo, es decir, ―las monjas de San Plácido‖ operaron discursivamente como un coro de indefinidas mujeres, que constituían un ejemplo más de licenciosas monjas arrobadas. La corte no se interesó por conocer sus nombres o por considerar qué datos eran los verdaderos y cuáles los novelescos, puesto que lo interesante para ellos era resaltar todo motivo negativo relacionado con el valido y la peculiar amistad espiritual existente entre él y Teresa. Si ya dijimos que en los papeles del proceso inquisitorial Teresa era la protagonista y acaparó la atención de los inquisidores, ahora en la esfera pública su figura no deja de captar el interés, convirtiéndose en un personaje principal para la opinión más contraria a Olivares, que comienza a denominarla despectivamente el ―oráculo del conde-duque‖.

De hecho, uno de los más insistentes rumores sobre San Plácido fue la caracterización de Teresa como oráculo de Olivares, se pensaba que el valido consultaba con la monja sus inquietudes, tanto personales como políticas, para gobernar el país según lo que ésta le recomendase. De esta forma, los demonios del convento fueron para el público verdaderos dirigentes en la sombra, con la complicidad siempre del Protonotario, la persona que mediaba entre todos ellos. Uno de los poemas, dedicado exclusivamente al tema del declive de la Monarquía española como consecuencia del escándalo de San Plácido expone del siguiente modo a Teresa como profetisa y sus demonios como dirigentes de la voluntad del valido:

Salióse el Diablo y sin saber por dónde en palacio se entró. ¡Gentil alhaja! El cetro humilla y la corona ultraja, que a España tiraniza el que se esconde.

El pueblo clama, y Bercebú responde, que el tiempo en que él huelga se trabaja, pues cuartos sube cuando cuartos baja con Teresa soror el padre conde.

El Protonotario, y compañero, moja en un mismo tintero el cañón romo,

por ser común la vida que se hace.

Cada cual toma lo que se le antoja y en tanto España se gobierna como

al diablo de San Plácido le place. (BNE Ms/23001, f. 294r)

Aparece claramente el tema del diablo como dirigente de España y como raíz de los males del país, constituyendo, además, un símil de la figura de Olivares, pues queda claro en el primer cuarteto que el ―diablo‖ que se ha escapado ha llegado a la corte, suponemos que tomando la forma del valido por la alusión implícita al que ―es-conde‖ y tiraniza al país. El soneto resulta del tono polémico por las implicaciones que contiene refiriéndose al propio rey, que humilla su cetro, es decir, delega enteramente su poder, a Olivares, quien además no sirve bien a la institución sino que la ultraja. Por otro lado, también se incide en la relación del valido con Teresa, como antes apuntábamos. Ésta está vista como una profetisa que influye en las acciones económicas del conde-duque, en una clara alusión a los problemas con la moneda de vellón, por esos ―cuartos‖ que suben y bajan, según se desprende del poema, a disposición de la monja. Por su parte, también se perfila la figura del Protonotario tímidamente, en la que advertimos implicaciones sexuales por medio del ―tintero‖ y el ―cañón romo‖ que indican una relación abierta con Teresa, pero que apuntan a que Olivares también estaría implicado en el triángulo amoroso y el Protonotario sería cómplice en las negativas decisiones de Estado tomadas.

Por la alusión a la subida y bajada del precio del dinero, el poema debe datarse entre 1634 y 1636, cuando tienen lugar las más dramáticas intervenciones sobre el valor del numerario de vellón y que, por otra parte, no consiguieron aliviar la presión fiscal de la monarquía, incrementando consecuentemente el malestar general. De esta forma, sería uno de los poemas más tempranos, o de los que más tempranamente pueden ser fechados, que utiliza el escándalo de las monjas como argumento en contra del valido y los problemas del

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