CHAPTER 5 PRODUCING ELECTRICITY USING A MICROBIAL FUEL CELL
5.3.2 Microbial fuel cell performance
Dentro de la literatura de conflictos étnicos y guerras civiles el territorio se ha desarrollado como un factor explicativo de gran fortaleza causal (Byman 1997; Saideman & Ayres 2000; Toft, 2002, 2003; Goddard 2006; Jenne, Saideman & Lowe, 2007; Weidmann, 2009; Weidmann, Rød y Cederman, 2010; De la calle y Sanchéz 2012) y tal como señala Toft (2014) este se ha ido desarrollando a nivel teórico y empírico con suma prominencia. Debido a que el territorio se puede considerar como una característica relacional, como un contenedor de recursos o un motivador y aglutinador simbólico de los grupos. Sin embargo, dentro de la literatura se pueden encontrar divergencias importantes, tanto en su papel como factor explicativo, como en su uso – ya sea para explicar conflicto, violencia o procesos de reivindicación. Por lo tanto, en la presente investigación, se propone condensar la literatura existente que aborda al territorio como fenómeno causal dentro de los conflictos étnicos para despejar el camino en cuanto a cómo podría servir frente al fenómeno de la variación interna de las demandas.
En primer lugar, y tal como señaló Toft (2002, 2003) y Weidman (2009) el propio concepto de territorio evoca a dos aspectos causales para el conflicto étnico (si bien los autores enfatizan el rol de la concentración territorial del grupo para sus argumentos), por un lado, el territorio se puede entender como un mecanismo impulsado por la motivación, donde la existencia de un territorio grupal bien definido genera que el grupo sea más propenso a luchar por él; y por otro, un enlace
impulsado por la oportunidad, donde la concentración facilita la coordinación grupal para la acción colectiva (Weidman, 2009, p. 23).
Figura 1. Esquema teórico del territorio
Fuente: Elaboración propia en base a los argumentos recopilados de la literatura (Byman 1997; Saideman & Ayres 2000; Toft, M 2003; Goddard 2006; Weidmann, 2009)
Como se puede ver en la Figura 1, se propone pensar los argumentos basados en el territorio en dos sentidos, una relacionada con la motivación, es decir como el impulso a la movilización, lo que en la literatura también se ha explicado mediante el valor simbólico o material del territorio. O una segunda línea, que abarca la oportunidad de organizarse y superar los problemas de acción colectiva, que se ha trabajo como la concentración espacial o la teoría del contagio.
La oportunidad como se explicó anteriormente se define como un enlace donde se facilita la coordinación grupal para la acción colectiva producto de la proximidad. Dentro de la literatura esta oportunidad podría ser explicada tanto por la concentración del grupo (Byman 1997; Saideman & Ayres 2000; Toft, M 2003; Goddard 2006; Weidmann, 2009) como por el mecanismo
de contagio que podrían experimentar ciertos grupos (Midlarsky, Crenshaw y Yoshida 1980; Siverson y Starr 1991; Midlarsky 1992; Vásquez 1992; Gurr 1993; Fearon 1998; Saideman, 1998; Buhaug y Gleditsch, 2008)
Para el primer caso, la concentración justificaría tanto aspectos de reivindicación como de estrategia (violencia), ya sea por características de homogeneidad étnica o acceso a oportunidades de coordinación que permitan aumentar las posibilidades de obtener ganancias del conflicto. El estudio de los patrones de asentamiento grupal fue iniciado por Toft (2002, 2003) quien examinó la relación entre la concentración geográfica y el nivel de violencia al que se enfrenta un grupo. La conclusión de los estudios de Toft es que los grupos concentrados geográficamente enfrentan un mayor riesgo de conflicto producto de tener objetivos comunes, poseer mejores redes políticas, económicas y sociales que pueden usar para iniciar y sostener con éxito la lucha, por lo tanto, la proximidad espacial de los individuos resulta ventajosa. Posterior a lo planteado por Toft comenzaron a surgir argumentos que señalaban la importancia de la concentración desde diferentes aspectos, pero señalando siempre que la concentración de grupos: I) facilita la organización política en un territorio bien delimitado, superando así el problema de la acción colectiva (Posen 1993; Goemans 2006; Weidman 2009) y II) Define el territorio sobre el que se pueden realizar las reclamaciones (Toft, 2003; Weidmann, 2009).
En segunda línea está la teoría del contagio, la cual señala que el conflicto étnico puede en algunas circunstancias encenderse rápidamente como un incendio forestal (analogía de Fearon, 1995) tanto dentro como fuera de las fronteras (aunque la teoría habla desde los conflictos internacionales). Sin embargo, los mismos autores que apoyan este argumento son cautelosos y han desarrollado diversos argumentos al respecto (Vasquez, 1992; Gurr 1993; Fearon 1995, entre otros). Por ejemplo, Saideman (1998) señala que la definición propia de contagio es ambigua, dando pie a una difusión negativa o positiva, por lo tanto, la ocurrencia de hechos similares puede no tener la misma causalidad. También el autor señala que la difusión o contagio puede ser a través del tiempo o en un espacio territorial, por lo tanto, esta teoría no está cerrada del todo, aunque se asume muchas veces que la difusión del conflicto es positiva (el conflicto aumenta más conflicto), y a través del territorio. Un claro ejemplo de lo anterior es lo que Fearon (1998) señala sobre los conflictos étnicos en Europa del Este. El autor argumenta que los conflictos entre serbios, croatas, albaneses y macedonios ocurrió por las características similares que tenían tras el período comunista y no por una catalización internacional del irredentismo, si no que más bien, por una
auto-catalización del conflicto interno. En la misma línea Saideman (1995) se enfoca en la demanda de secesión, planteando que la difusión o contagio no se da de forma positiva en todos los casos o exclusivamente en un territorio colindante, sino que más bien, la secesión es una demanda que nace desde dentro de los territorios. El efecto del contagio tal como señala Vasquez (1992) puede tener efectos dentro del territorio, pero también efectos en otros sectores donde los grupos aprenden de las tácticas. Finalmente, hay una línea que apoya el argumento primordialista señalando que los conflictos serán propios al contagio producto de sus características étnicas, Bosker y de Ree (2014) encuentran en su estudio que “solo las guerras étnicas tienden a extenderse, y es más probable que se extiendan a lo largo de líneas étnicas” (p. 207).
Por su parte, el valor estratégico del territorio también otorga recursos a los grupos, pero esta vez en relación directa a su oportunidad dentro del conflicto. Para Cartar (2010) “cuando el territorio está ubicado estratégicamente, es más probable que los estados objetivo consoliden su posición, mientras que los estados desafiantes tienen menos probabilidades de escalar militarmente” (p. 25). Fearon y Laitin (2003) también destacan la relevancia de la robustez del terreno en las guerras civiles. Argumentan que los rebeldes superan su desventaja militar relativa seleccionando estratégicamente el sitio de conflicto. Los terrenos inaccesibles, como las zonas montañosas, ayudan a los rebeldes a compensar su debilidad relativa, evitar la detección e impedir la erradicación de sus asentamientos (Carter, Shaver y Wright, 2015). Más allá de las características protectoras del terreno accidentado, los rebeldes combaten donde disfrutan del apoyo de la población local, en particular por medio de grupos co-étnicos (Kalyvas, 2006).
Es así como, los grupos que establecen áreas periféricas cerca de las fronteras y lejos de la capital y las ciudades principales se benefician de la capacidad reducida de aplicación del Estado en los conflictos. De acuerdo con esta expectativa, el conflicto violento secesionista es más común en áreas geográficamente periféricas (Buhaug, 2006). Dado su relativo alejamiento del centro político y económico, los grupos territorialmente periféricos se enfrentan a una mayor probabilidad de sufrir por la distribución desigual de bienes y servicios públicos por parte del Estado. La capacidad reducida del Estado para hacer cumplir la ley y el orden social en la periferia, junto con el mayor costo de hacerlo, hace que el estado esté menos dispuesto a participar en disputas duraderas. Por lo tanto, los grupos periféricos tienen mayores posibilidades de sufrir agravios debido a la reducida capacidad de penetración administrativa del Estado y disfrutan de ventajas estratégicas en caso de conflictos violentos. En cambio, se espera que el Estado esté menos
dispuesto a participar en conflictos violentos sobre el autogobierno. De hecho, los depósitos de recursos distantes pero concentrados geográficamente están asociados a la secesión (Le Billon, 2005).
La corriente teórica que sigue la lógica de la motivación abarca los aspectos del valor simbólico y material del territorio. Acá se discuten asuntos relativos del tipo cómo el valor territorial proporciona fuertes incentivos para que los grupos concentrados territorialmente busquen la autodeterminación, secesión o irredentismo, pero sobre todo la literatura ha tratado de dar respuestas a las características territoriales que determinan este proceso y cómo los grupos que exigen la autodeterminación difieren de sus contrapartes que no buscan mayores derechos (Penrose 2002; White 2000; Kelle 2016). Kelle (2016) argumenta en tu texto que la variación en el valor simbólico muestra una asociación considerablemente más fuerte con las demandas de autodeterminación que el territorio material y estratégico. Para lograr lo anterior, el autor genera un indicador de valor simbólico a partir de cuatro patrones más amplios de adscripción al territorio.
“Primero, las características políticas incluyen la dominación de los reinos históricos y la pérdida de autonomía, mientras que, en segundo lugar, las características religiosas se refieren, por ejemplo, a la presencia de sitios sagrados. En tercer lugar, las características culturales afectan la asignación de valor cuando la tierra tiene una relevancia particular para el estilo de vida y la identidad colectiva del grupo. Finalmente, los problemas de derechos de la tierra, como los casos en que los grupos fueron desposeídos o reasentados por la fuerza, son relevantes para los apegos territoriales simbólicos” (Kelle 2016, p. 3).
Los aspectos mencionados para el indicador de valor simbólico son relevantes para el aumento de la legitimidad de la demanda de autodeterminación. Los resultados muestran que la probabilidad de que un grupo exija autodeterminación es alta cuando el territorio es simbólicamente valioso, esto pues aumenta la cohesión del grupo ayudando a superar problemas de acción colectiva. Sin embargo, en este punto el argumento de Kelle (2016) se asemeja a los enfoques primordialistas, dado que la conexión causal entre territorio simbólicamente valioso y autodeterminación tal como señala el autor, además de aumentar la cohesión grupal, los aspectos simbólicos le brindan a la comunidad un problema de identidad para movilizarse y, por lo tanto, aumentan las posibilidades de una movilización exitosa
El valor material del territorio está definido de dos formas distintas pero que se unen al visualizar al territorio como un recurso potencial para el conflicto. Por una parte, el valor material, tal como señala Penrose (2002) se puede definir a través del poder material que significa para los grupos que habitan en él, transformando los recursos disponibles en aspectos de supervivencia humana. Esto es de suma importancia, pues el acceso o no a dichos recursos limita las formas en que las personas viven, reforzando o no su capacidad de cohesión. Dado esto, las desigualdades percibidas son potenciadas por el territorio.