Entonces, ¿por qué queremos ir al cielo? Porque allí nos encontraremos con Dios en todo su esplendor, porque allí ya no es una manifestación o una interpretación personal de lo que suponemos es Él. El cielo es cielo porque allí esta Dios, el infierno es infierno porque allí no está Dios. El mayor sufrimiento del infierno y lago de fuego es vivir una eternidad separada de Dios.
Nuestra atracción, fascinación y profundo anhelo de ir al cielo, no se trata del oro de la calles, del mar de cristal, de lo extravagante de los seres vivientes, del canto de millares, o
de las mansiones que Dios construyó para nosotros, sino de encontrarnos con Dios, nuestro corazón lo sabe, y por ello late.
“Ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como fui conocido. Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor” (1 Cor.s 13:12- 14).
Nuestro corazón sigue esperando ese momento de encuentro, donde ya nada nos sea oculto y borroso, donde todo termina; pero el amor, el Dios que es amor, permanecerá para siempre inconmovible y podremos contemplarle y estar con Él. Porque el cielo es cielo, porque Dios está allí.
3. MI CASTILLO EN LAS NUBES.
Entonces, ¿por qué busco algo más sublime, mayor, eterno y no quedo satisfecho con nada aquí en la tierra? ¿De dónde viene ese deseo? Porque Dios puso eternidad en nuestro corazón, y en su profundidad sabe que la tierra no es mi hogar, y que la eternidad sí lo es, allá en el cielo, al lado de Dios, ese es mi castillo en las nubes al que aspiro.
Ese pedazo de eternidad que está en nuestro corazón es jalado por la eternidad que está en Dios, es eso lo que nos convence de que hay algo mejor, de que esto no puede ser todo, que hay vida después de la muerte. Ese pedazo de eternidad es como un chip que nos dicen que tenemos un dueño, y que nada en esta tierra nos dejará satisfechos hasta que lleguemos a nuestro hogar, el cual es el cielo.
Juan lo describe de la siguiente manera: “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más. Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido. Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y Él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron. Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas. Y me dijo: Escribe; porque estas palabras son
HOGAR DULCE HOGAR
fieles y verdaderas. Y me dijo: Hecho está. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Al que tuviere sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida. El que venciere heredará todas las cosas, y yo seré su Dios, y él será mi hijo. Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda” (Ap. 21:1-8).
“Y no vi en ella templo; porque el Señor Dios Todopoderoso es el templo de ella, y el Cordero. La ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que brillen en ella; porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera. Y las naciones que hubieren sido salvas andarán a la luz de ella; y los reyes de la tierra traerán su gloria y honor a ella. Sus puertas nunca serán cerradas de día, pues allí no habrá noche. Y llevarán la gloria y la honra de las naciones a ella. No entrará en ella ninguna cosa inmunda, o que hace abominación y mentira, sino solamente los que están inscritos en el libro de la vida del Cordero” (Ap. 21:22-27).
Esto es por lo que late nuestro corazón, por estar allí, en ese lugar donde fuimos concebidos y formados por las manos del Creador, ansiamos estar con Él, y que Él sea nuestra luz eterna, nuestro templo, nuestro todo, ya no más manifestaciones, lo queremos ver en todo su esplendor para que nuestro corazón esté quieto y repose; porque el cielo es nuestro hogar, o mejor dicho: ¡Dios es nuestro hogar!
CONCLUSIÓN:
Nunca olvides que esa insatisfacción que sientes ni la religión puede llenar; incluso el sentirte extranjero y ajeno en este mundo... como si no pertenecieras a él, se debe a que en tu corazón Dios puso una eternidad que te recuerda día con día que tu hogar no está aquí, que no fuiste hecho para esta tierra, que eres eterno, y que tu ciudadanía está en los cielos y para allá es a donde vas.
¡El cielo es nuestro bello y eterno castillo en las nubes! ¡El cielo es nuestro hogar!