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En las Asambleas de huelguistas de la C. N. de T se ha acordado protestar de la inexplicable hostilidad mostrada por cierto sector de la Prensa.

(De las noticias de estos días.)

LOS periodistas burgueses que hicieron la revolución van revelando cada vez con más desairada evidencia la clandestina hipocresía, el inmoral apetito de ganancia con que se dedicaron unánimemente al barato negocio de la agitación.

No hay en esa falange de publicaciones consagradas a la especulación crítica, ni un solo ejemplo de consecuencia, ni una excepción de honradez objetiva. Enarbolando el lema de libertad y legalidad bloquearon el Poder público, y pactaban a diario con todas las rebeldías. Cada acto de los gobernantes de entonces era torpe e inicuo. Los gastos públicos, despilfarros, con exiguas excepciones; los empréstitos, punibles francachelas; los monopolios, inconfesables repartos de la soberanía y los negocios públicos; la oposición el desorden, una organización de asesinatos legales.

Hoy sigue administrándose sin ley, se contratan empréstitos con el extranjero por la sola firma la de un ministro, se usufructúan los mismos monopolios - con personal renovado en lo posible-, “se ametralla al pueblo” en la calle, como decimos en lenguaje libertario, y la burguesía, en fin, de brazo del Estado, disfruta de idéntica primacía...

Ni ley, ni responsabilidades, ni acallamiento de las discordias entre el llamado pueblo y la autoridad.

Sólo ha cambiado, pues, la actitud de los antiguos magistrados de la justicia popular, que, si bien siguen -porque el instinto y el negocio les obligan a mantener la farsa-, goteando veneno sobre el cuerpo exánime del poder derribado, amparan ahora lo mismo que antes les servía de contradicción farisaica.

Si el Poder ejecutivo dispone hoy de libertades y residencias, encarcelando y desterrando a los ciudadanos que no le son simpáticos, es que “consolida la República”. Una ley superior de salud, justifica a los ojos de los periodistas venales las violencias antes condenables porque les molestaban a ellos.

Hoy oímos hablar en la prensa, que fue revolucionaria, de “demasiadas huelgas”. Ahora no es como antes “el pueblo”, el que se echa a la calle “dejando siempre víctimas de la libertad a su paso”.

crueldad toda tentativa de insurrección.

El criminal impudor está patente. Cualquiera que contemple -al margen de la embriaguez política que ha sumido en el idiotismo a mucho ciudadanos de nuestra infantil “democracia”-, esa prostibularia desfachatez de los periodistas traidores, sentirá asco y rabia de ver entregada la noble España al magisterio de tan extraños bichos. Y no cabe duda que siguen ellos siendo los más altos entre los ciudadanos; los únicos árbitros de la suerte nacional, porque, disponiendo con casi unánime despotismo de la facultad de juzgar en público, son dueños de conducir caprichosamente las veleidades de la multitud, que es la que manda.

No esperamos grandes remedios a esa profunda subversión de las virtudes públicas, mientras un escarmiento, tan fuerte que esté integrado por calamidades reiteradas, no abra los turbados ojos de tantas víctimas mentales de la Prensa.

Ese pobre pueblo -niño que acoge con idolátrico respeto las contrahechas informaciones y sonoras campañas de su periódico- debe llegar a saber -y no lo aprenderá sino con la experiencia del dolor- que la incompatibilidad entre sus intereses y los de la Prensa agitadora que hizo la Revolución, es fatal.

“Jugar con palabras, es jugar con fuego”, acaba de decir Unamuno. Y no se puede jugar impunemente al escándalo, a la Revolución, por mera palabrería, que es como negocia y triunfa la Prensa traidora. Se puede poner fuego y dignidad sentida, en la defensa de un ideal o de un sistema que permanentemente ocupa nuestra mente y mueve nuestro sentir. Respeto, aunque no paz, nos merecen bajo ese aspecto, aun los mismos que profesan sinceramente una idea política y se adhieren firmes a una profecía social, aunque sean tan opuestos a nuestras convicciones como el anarquismo o el comunismo. Pero los que juegan con palabras -esto es, con la propaganda escandalosa, con las poderosas palancas de la publicidad- para fabricar Revoluciones que tienen por único objeto relevar al adversario en el disfrute del Poder, son traidores contra los cuales la salud patria reclama urgentes purificaciones. Una Revolución cuesta a un pueblo, si no sangre, al menos hambre y malestar extraordinarios, porque las fuentes de producción sufren trastorno y la depresión se adueña del crédito nacional. Y cuesta a una raza y a una Historia Patria el compromiso de una verdadera renovación, que de no realizarse, se paga con deshonra perpetua. Cuesta, en fin, a varias generaciones, el riesgo de una experiencia desgraciada, tras de la cual el espíritu público puede sumirse en un pesimismo que prolongue la decadencia. Por eso, los que a tan elevado precio juegan a la Revolución sin ideal de verdad revolucionario, llevados del odio y del apetito de mando, desprovistos de contenido renovador, merecen una cruenta extirpación porque su subsistencia sólo se paga con la ruina.

Este es el caso de la Prensa burguesa que fue revolucionaria. Esta es la verdadera y máxima responsabilidad, y de la que menos se oye hablar en la

escandalosa conjura de acusaciones hipócritas que sigue turbando el sosiego nacional.

(Libertad, núm. 6, 20 de julio de 1931.)

El Ministro de Fomento ha decretado el abandono de los ferrocarriles de Madrid- Burgos, Cuenca-Utiel, Soria-Castejón... Y otros 14. Ha paralizado las obras de las Confederaciones.

Alega el Gobierno que la construcción de esas obras se opone a la Ley de Contabilidad. Y el mismo Gobierno SE OPONE a la Ley de Contabilidad contratando un Empréstito con Francia, sacando 300 millones de pesetas, en oro, del territorio de la República; adjudicando sin subasta ni concurso la venta de petróleos a Rusia. Para privar de trabajo a los obreros, rige la Ley de Contabilidad. Y para empeñar la Hacienda y la dignidad en manos de Potencias extranjeras no hay ley que rija. ¿Cómo explicaremos esa política?