2.2 Experimental and Analytical Methods
2.3.3 MIR Spectroscopy
En los salmos aflora la vida humana con sus alegrías y dificultades, pero también lo hace la naturaleza. Sin embargo, tenemos que distinguir el modo en que esto se da en los salmos de la forma en que la lírica habla de la naturaleza. La naturaleza no tiene espacio alguno por sí misma en el Antiguo Testamento: siempre tiene un carácter religioso. O, dicho más exactamente: está siempre en relación con el Dios personal, al igual que con el destino del hombre llamado por él. Solo entonces alcanza su sentido pleno.
La naturaleza es obra de la creatividad de Dios, revelación de su gloria, instrumento de su poder. En todo domina su palabra. Todo aquello que llamamos ley de la naturaleza está todavía ausente. El Antiguo Testamento no sabe aún nada de ello. El conocimiento de las leyes de la naturaleza se forma solo a comienzos de la Edad Moderna. En el Antiguo Testamento, todo lo que sucede es realizado de forma inmediata por Dios. Se diría casi que, donde para el hombre moderno se encuentra la ley de la naturaleza, se encuentra para el creyente del Antiguo Testamento la palabra de Dios, su mandato de existencia, su voluntad ordenadora, donante y punitiva. Cuando llueve, es él quien hace llover; cuando el mar entra en movimiento, es él quien remueve las aguas; cuando los árboles crecen, es su poder el que los impulsa hacia lo alto; cuando el trigo madura, es él quien da a los hombres el pan. No hay duda de que, en última instancia es realmente Dios el que obra todo. Pero lo hace a través de causas intermedias: las energías de la naturaleza, el vigor de crecimiento de la semilla, los órganos de la vida. Pero estas causas intermedias desaparecen para la visión del Antiguo Testamento, y Dios obra todo de forma inmediata, hasta el último de los resultados. De ahí proviene la intensidad religiosa del discurso, de ahí también ciertas dificultades, por ejemplo la pregunta por el mal. ¿Es el mal también obra de Dios? El Antiguo Testamento no pudo realmente nunca con esta pregunta.
No obstante, a diferencia de lo que sucede en el mito, en el Antiguo Testamento todo está lleno de Dios, pero él no es nunca la naturaleza misma. Tampoco es su orden ni su alma. La cercanía de Dios al mundo es grande, pero nunca se da una fusión entre ambos.
Siempre es él el Señor. Señor de la naturaleza, por ser señor de sí mismo. Su mano se encuentra sobre todo ser, su palabra obra todo acontecimiento. Él no necesita nunca de la naturaleza, ni ella ejerce tampoco acción alguna sobre él. Ella nunca llega a ser él ni se convierte en parte suya en sentido alguno. Él siempre se eleva por encima de ella, o, mejor dicho, está sustraído a ella, bastándose a sí mismo, intangible en su majestad.
A la modalidad en la que Dios se sitúa en los salmos frente a la naturaleza corresponde también la relación del creyente con ella. El creyente necesita de la naturaleza, es alcanzado por ella en su alma, la admira, siente sus amenazas, pero nunca se hunde en ella o se hace uno con ella. Ni siquiera en el mayor sobrecogimiento se da algo de tipo dionisíaco.
El hombre es señor de la naturaleza, o está destinado a llegar a serlo. Por supuesto, lo es por gracia, mientras que Dios lo es por esencia. El hombre experimenta su señorío justamente por el hecho de que está frente a Dios en una relación personal con él. Esto le evita quedar entretejido en la naturaleza. Tampoco en las horas en que siente con más fuerza la naturaleza es ella el destinatario de su voz: su discurso se dirige siempre al Señor primordial del mundo.
Este es el secreto de los salmos de la naturaleza. Por el modo en que hablan del cielo radiante y de la tormenta enfurecida, de la montaña y del campo, de la fecundidad y la sequía, hablan siempre del Dios de la Revelación, que dijo en el Horeb: «Yo soy el que soy» (Éx 3,14).
Queremos meditar uno de estos salmos, el vigésimo octavo. Hijos de Dios, aclamad al Señor,
aclamad la gloria y el poder del Señor, aclamad la gloria del nombre del Señor, postraos ante el Señor en santo ornato.1
La voz del Señor sobre las aguas, el Dios de la gloria ha tronado, el Señor sobre las aguas torrenciales. La voz del Señor es potente,
la voz del Señor es magnífica
la voz del Señor descuaja los cedros, el Señor descuaja los cedros del Líbano. Hace brincar al Líbano como un novillo,
al Sarión como a una cría de búfalo. La voz del Señor lanza llamas de fuego, la voz del Señor sacude el desierto, el Señor sacude el desierto de Cadés. La voz del Señor retuerce los robles, el Señor descorteza las selvas.
En su templo, un grito unánime: «¡Gloria!». El Señor se sienta sobre las aguas del diluvio, el Señor se sienta como rey eterno.
El Señor da fuerza a su pueblo,
el Señor bendice a su pueblo con la paz. Sigamos ahora los pensamientos del salmo.
Comienza con el llamamiento: «Hijos de Dios, aclamad al Señor, aclamad la gloria y el poder del Señor». Estos «hijos de Dios» son los seres sublimes del cielo, los ángeles. Ellos contemplan la gloria de Dios, ven y comprenden lo que él obra en el mundo.
Aquí se trata del poderoso fenómeno de una tormenta. Los seres angélicos lo ven, contemplan en él la obra de Dios, se estremecen y transforman su sobrecogimiento en un acto de adoración. Estamos tentados de decir que aquí se desarrolla una liturgia del mundo. En las alturas, alrededor del trono de Dios, están los ángeles. Ellos experimentan lo que sucede «abajo», en la tierra, se postran ante Dios y lo alaban. Lo hacen «en santo ornato», en vestiduras sagradas, como liturgos celestes, una imagen que se despliega después en el último libro del Nuevo Testamento, el Apocalipsis.
Y entonces comienza la vivencia. El poeta que compone el salmo se encuentra, tal vez, en el campo –hay quienes piensan en David, que está con sus ovejas–, e inicia su canto diciendo: «La voz del Señor». Esta expresión atraviesa como tónica el salmo entero.
La expresión designa ante todo el trueno con su fuerza elemental, que retumba en todo el mundo. Pero, más allá del trueno, se refiere a todos los poderosos fenómenos que allí ocurren: la tormenta, el rayo. «Voz del Señor» es simplemente el poder de Dios en la medida en que no crea y construye, sino que amenaza, hace sentir que Dios podría romper, y hasta aniquilar, todo lo que subsiste por su gracia.
«La voz del Señor sobre las aguas». La expresión podría designar ante todo las aguas de lluvia que se precipitan. Pero después se reitera: «El Dios de la gloria ha tronado, el
Señor sobre las aguas torrenciales». Algo más poderoso se abre paso en la imagen: se trata de aquella lluvia de la que el Génesis dice: «[…] se reventaron las fuentes del gran abismo y se abrieron las compuertas del cielo, y estuvo lloviendo sobre la tierra cuarenta días y cuarenta noches» (7,11-12). El texto se refiere a las aguas que, una vez, inundaron la tierra cuando las maldades de los hombres se hicieron tan grandes que Dios quería «borrar de la superficie de la tierra» al hombre y a todos los seres vivientes (Gén 6,5-7), o sea, se refiere al diluvio. Se trata, primeramente, de un acontecimiento de la historia de la tierra.
Pero detrás de eso parece acechar otro pensamiento: el mundo no tiene por qué existir. No es «necesario por naturaleza»: depende del libre albedrío divino. El hombre es la última expresión del mundo. Su comportamiento decide acerca del sentido de su ser. Si se hace culpable, se acerca la posibilidad de que Dios revoque el designio de su creación –«el Señor se arrepintió de haber creado al hombre en la tierra y le pesó de corazón», dice el Génesis (6,6)– y de que el mismo poder que creó, arroje a la nada la obra malograda. Esto es lo que aparece en la imagen apocalíptica de la tormenta.
«La voz del Señor descuaja los cedros» –los imponentes árboles del Líbano, que tienen hasta cuatro metros de diámetro y que casi se han extinguido por la codicia de los hombres. Que «la voz del Señor» los descuaje es una prueba suprema de su poder.
La voz del Señor «hace brincar al Líbano como un novillo»: el retumbar del trueno hace temblar las montañas; la firmeza de las montañas, que se yergue hacia lo alto, se diluye en la imagen de una cría de animal que retoza. «La voz del Señor lanza llamas de fuego»: el trueno en el que Dios habla y conmina hace saltar el rayo del mismo modo como el hombre que golpea el pedernal hace saltar las chispas.
«La voz del Señor retuerce los robles», como si fuese una mano colosal que coge los árboles y los retuerce como se hace con una rama de mimbrera. «El Señor descorteza las selvas»: el rayo cae, descorteza los árboles y deja al descubierto la albura.
«En su templo un grito unánime: “¡Gloria!”»: no lo dan los liturgos de abajo, en la tierra, sino los ángeles en el templo superior, en el cielo. «El Señor se sienta sobre las aguas del diluvio», del gran diluvio del pasado, «el Señor se sienta como rey eterno». Pero, después, el pensamiento retorna a la tierra: «El Señor da fuerza a su pueblo, el Señor bendice a su pueblo con la paz».
Es admirable cómo se interpenetran los ámbitos. Todo se contempla desde la altura, donde están los ángeles. Sucede en la tierra, pero es introducido en el quehacer propio de los ángeles: conocer y dar gloria a Dios.
Los hombres de hoy ¿somos todavía capaces de vivir lo que sucede en este salmo: que las criaturas de Dios, los ángeles, pero también el hombre que ora y compone poesía, ven el acontecer del mundo y lo llevan a la adoración? Una pregunta que puede inquietarnos, ciertamente.
Para el hombre medieval no era, todavía, algo difícil. Él seguía viendo el mundo como lo había visto la Antigüedad: como un cosmos. Si abrimos, por ejemplo, La divina comedia, de Dante, encontramos en ella la visión más perfecta. El mundo aparece como una enorme esfera, totalmente atravesada y plasmada por los poderes de Dios. El mundo era obra de Dios y, con algunas modificaciones, habría cabido sin más trámite en una oración como nuestro salmo. Basta que pensemos en el Cántico de las criaturas, de san Francisco.
Pero después se abrió paso el trabajo de la ciencia exacta y creó la representación moderna de «naturaleza». El hombre medieval no habría comprendido nunca lo que esta designa. Para él, todo desembocaba en lo simbólico, todo revelaba a Dios. La catedral medieval expresa este simbolismo de lo divino presente en cada cosa y en cada relación. Por el contrario, la ciencia pregunta por el cómo y el porqué naturales. Ella encuentra en todas partes los hechos que son y tal como son, hechos irrevocablemente firmes, demostrados por medio de experimentos y expresados en una ley que dice qué tiene que suceder, cómo y por qué. Al mismo tiempo, en el sentir del hombre el mundo se hace no solo grande, sino infinito. ¿Dónde ha quedado Dios? Por así decirlo, el hombre ya no tiene un espacio propio para la representación de Dios. De modo que procura introducirlo en el mundo, y surge el panteísmo moderno, que concibe a Dios como el alma del mundo.
En nuestro tiempo se disipa la embriaguez de infinitud, el mundo se ve de nuevo como realidad finita. Pero la ciencia le confiere cada vez más el carácter de fría exactitud, de una tremenda interconexión de energías y leyes, mientras que la técnica ve en él el material para sus obras, cada vez más grandiosas.
Así están las cosas hoy, y este sentimiento del mundo se impone también al hombre creyente. Resulta difícil introducir el mundo en el acto que se dirige a Dios, en la oración. No obstante, hacerlo es tarea del hombre. ¿Cómo llevarla a cabo?
Seguramente, ya se nos ha planteado esa pregunta. Por ejemplo, al leer las poesías sobre la naturaleza de Goethe, llenas de divinidad panteísta, hemos notado que no podíamos acompañarlas interiormente. Nos hemos vuelto demasiado sobrios, sobrios en un sentido grande y, por supuesto, también negativo. No podemos recorrer este camino.
Tal vez tengamos que buscarlo a través de la idea de que Dios es «el que es», sin más: el ser por sí mismo.
Y ahora quisiera decir algo que, en sí, es absurdo. Pero tal vez ayude a poner ante la mirada interior, a introducir en el sentimiento algo que no está disponible para la afirmación «racional».
Santa Teresa de Ávila dijo una vez: «Solo Dios basta». Con ello quiso expresar que solo Dios puede saciar el anhelo del hombre en su totalidad y en su última profundidad. Es verdad. Pero yo quisiera relacionar la frase con otra cosa y decir: si Dios es, eso «basta». Supongamos –y esto representa lo «absurdo»– que existiese la exigencia absoluta de que todo lo que fuese posible en cuanto a ser y sentido, en cuanto a vida y valor, en cuanto a obra y dicha, tuviese que hacerse realidad, pues, de otro modo, el vacío gritaría. Tal exigencia se cumpliría por el hecho de que Dios existe. Él bastaría. No haría falta nada más.
Pero este Dios ha creado el mundo, ha creado a los hombres, ha creado a cada uno. No forzado por necesidad alguna, sino por pura libertad. Lo ha querido porque lo ha querido. Nosotros decimos: por amor. Ahora bien, aquello que implica para el hombre el hecho de que Dios, que es en sí mismo el amor infinito y posee fecundidad, tenga «amor» por lo finito, por el ser humano, excede toda razón. El problema no es Dios – que exista o no, y cómo sea– sino lo finito: cómo puede ser, y por qué, y con qué sentido. Lo cuestionable no es Dios, sino el hombre: él y el mundo.
De ese modo, se invierte –en una conversión, una metanoia del pensamiento que tenemos que realizar desde el puro sentido de la Revelación– la pregunta que habíamos planteado, y también la respuesta. El ateísmo, que se propaga cada vez más y se realiza de forma cada vez más decidida, dice lo contrario: el hombre, la naturaleza, la obra humana a partir de los materiales de la naturaleza, son lo único existente y suficiente para la exigencia planteada. «Dios» es un producto del hombre, necesario y lleno de sentido mientras el hombre es menor de edad. Pero, ahora, el hombre ha alcanzado la mayoría de edad, o bien está dando el paso definitivo hacia ella. Ya no necesita de «Dios». El hombre y su mundo lo son todo. Esto se ve confirmado en ciertas cosas por el sentimiento que el hombre actual tiene de sí mismo, pero, en realidad, es la rebelión contra la verdad sin más.
Creer significa decidirse por la verdad. El creyente ve la grandeza del mundo, supera la aparente y presunta independencia del mundo, y, en la fe y la oración, devuelve el mundo a las manos de Dios.