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4.2 Semicontinuous Gambling Data

6.1.3 Missing Data Considerations

Sumario: A postolado durante el viaje. — Amboino. — E l hijo del cacique de H ative. — L os alfures, cazadores de ca­

bezas. —■ E spañoles y portugueses. — Las im presiones del

Santo. — Las islas del Moro. — A punto de muerte.

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lprimero hacia el Sur, por un laberinto de islas de viaje al Extrem o Oriente solía hacerse navegando exuberancia tropical, entre Malaca y Sum atra, y surcando luego por junto a los elevados volcanes de la ex­ tensa, fértil y bien poblada isla de Javft y a lo largo de las islas de la Sonda. E n el mismo navio que Javier, iba un no­ ble portugués por nombre R uy Díaz Pereira. Contemplaba éste lleno de admiración a su compañero de viaje, el santo Padre. Hacíale la impresión de que le llegaban al alma las miserias todas de los hombres. Jam ás le había visto impa­ ciente, y se ocupaba de continuo en trab ajar por la salva­ ción de sus prójimos. Predicaba en su lengua a los m ari­ nos musulmanes, y a gran parte de ellos les administró du­ rante la travesía el santo Bautismo.

El barco marchaba directamente de Malaca a Banda pa­ ra hacer allí cargamento de moscada. Debía, pues, dejar de camino a Javier y a Juan d’E iro en Amboino. Pero ¿le­ vaban ya como mes y medio de navegación y aún no se divisaba tierra alguna. Temía el piloto haber dejado tras de sí la isla, y que el impetuoso viento Oeste les imposibi­

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litase la vuelta. Pero Javier le tranquilizó asegurándole le m ostraría la costa al día siguiente.

Tenía razón el Padre. Los azulados m'ontes de Amboino asomaron al día siguiente entre las olas. Cesó de repente el viento, y Javier con Juan d’Eiro y un comerciante portu­ gués, llamado A raujo, descendieron a un bote y se dirigie­ ron a tierra, mientras el barco seguía su ru ta sin detenerse. Abríase delante, ante su vista, una magnífica y extensa bahía con elevadas montañas tapizadas de bosque por fondo. A la derecha se descubrían bajo la sombra de frescos pla­ tanales y esbeltos cocoteros, unas chozas pequeñas cubier­ tas de hojas de palma. Bronceados isleños aparecían de pie en la playa, con su chaquetilla y su lienzo a la cintura, y el largo y negro cabello ceñido con una cinta blanca por la frente. Estaban ya en A m boino, térm ino de su viaje.

Alcanza esta isla como unas treinta leguas de periferia. Sus habitantes, perseguidos en la parte occidental por los rríusulmanes, pidieron en 1538 auxilio a los portugueses de Ternate, y siete de sus aldeas recibieron por entonces el Bautismo. Muchos de los isleños vivían en las casi inacce­ sibles y escarpadas montañas del interior por miedo a los enemigos. H acía mucho que había ya muerto el único sa­ cerdote de la isla, y Javier, animado de la caridad del buen pastor, se fué por las aldeas recorriendo aquellas playas cu­ biertas de palmeras, atravesando aquellos densos y sofo­ cantes bosques vírgenes, y trepando por los escarpados sen­ deros de sus montes a visitar a los cristianos, bautizar a los niños e instruir y fortalecer en la fe a los adultos. M a­ nuel, el hijo del cacique de Hative, era su compañero en todas estas excursiones. E n ellas aprenderá aquella senten-

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cía que el Padre tanto le repetía y que él no olvidará ja m á s : «Manuel, ¡qué hermoso es m orir por Jesucristo!»

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Ascendió también el Pladre a la gran isla de Baranula

(C erán ), al N orte de Amboino, donde, ocultos en los im ­ penetrables bosques del interior, vivían los álfures, salvajes cazadores de cabezas. U n mercader portugués y un joven soldado, por nombre Fausto Rodríguez, fueron sus compa­ ñeros en tan arriesgada empresa.

M ientras navegaban, se levantó una espantosa tormenta. Sacó entonces el P adre el crucifijo que llevaba al cuello; lo sumergió en el mar, y rogó a Dios por los méritos de la Pasión y M uerte de Nuestro Señor Jesucristo, les librase de aquel peligro. Pero, m ientras él rezaba, se rompió el cor­ dón... y desapareció la cruz entre las olas. Apesadumbróse el P adre profundamente. La torm enta se apaciguó, sin em­ bargo. aunque poco a poco, y al cabo de veinticuatro horas lograron por fin arribar a la isla.

M ientras los demás se ocupaban del cargamento, Javier y Rodríguez se fueron a lo largo de la playa, camino de la vecina aldea. No habían avanzado aún largo trecho, cuando -ven salir del agua un cangrejo que trae en las tenazas dé sus patas el perdido crucifijo. Al verlo, se arrodilló el P adre y lo tomó, dando gracias a Dios N uestro Señor. Levantóse al cabo de media hora y se dirigió a la aldea de Tamilau.

En ella se detuvo durante los ocho días que el mercader tardó en reanudar su viaje, y predicó a los musulmanes la fe de Jesucristo. Ellos, sin embargo, permanecieron obsti­ nados y ni aun quisieron oír hablar de cristianismo.

Al volver de Amboino, el barco remero en que viajaba hizo también escala en la islita de Nusalaut, Habitaban en ella gentes feroces, semejantes a las de los bosques de B ara­ nula, que en sus guerras devoraban los cadáveres de los ene-

X V . — U n ca n g re jo e n tre g a a S a n F r a n c is c o el c ru c ifijo p erdid o en la isla de C e rá n (1546).

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migos, muertos a golpes por ellos. También éstos se hicieron sordos a la voz de Dios, y sólo un joven se resolvió a seguir al Padre y recibir el Bautismo.

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Nueve grandes navios yacían ancladas en A m boino a la vuelta de Javier. Habían venido de T eníate el miércoles de Ceniza, 9 de Marzo. E ra la flota de F ernán de Sonsa de Tavora, que traía a los supervivientes de la desgraciada expedición española del general Ruy López de Villalobos, salida de Nueva España en 1542 para colonizar las Filipi­ nas, y forzada por el hambre y las enfermedades a dirigirse a las Molucas de Portugal y entregarse a Tavora.

Constaba la flota de 300 hombres, de los cuales 130 eran españoles. Hallábanse entre éstos cuatro Padres Agustinos y otros cuatro sacerdotes seculares. Se habían acogido a invernar en A m boino; y aquella playa, tan pacífica de ordi­ nario, se les convirtió en tumultuoso campamento, o m ejor dicho en hospital, por haberse declarado en ella una per­ niciosa enfermedad, de la que murieron muchos. U na de las víctimas fué el mismo general castellano, fallecido el día de Viernes Santo. Sepultósele junto a la aldea cristiana de Nusanivel, en la boca de la ensenada, al pie de una gran cruz de madera.

Aquí encontró Javier un buen campo de apostolado. Constituyóse intermediario en las eternas luchas de oficiales y soldados de ambas naciones, predicaba, oía sus confesiones, y movió a muchos a abandonar sus esclavas. Pero, sobre todo, asistía a los enferm'os. Mendigaba para ellos vino, medicinas, alim entos; cuidábalos, les consolaba, y p re­ paraba para una buena muerte, logrando de los m oribun­ dos lo que muchas veces no era tan fácil después de tantos años de vida av e n tu rera: moverlos a confiar en aquella hora

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en la misericordia de Dios. Después ofrecía una M isa por cada uno de los difuntos.

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Dos meses y medio llevaba en estos abrumadores tra­ bajos de buen samaritano, cuando empezó a soplar por el Oriente el Monzón. E l 17 de Mayo de 1546 levó anclas el capitán Tavora, y partió con los españoles para Malaca. Con su flota mandó Javier cartas para la India y Europa. En ellas expresaba sus im presiones sobre el último campo de Misión en el Extrem o O riente:

«La gente de estas islas es muy bárbara y llena de tra i­ ción ; gente ingrata en grande extremo. Son estas islas tem­ pladas y de grandes y espesos árboles; llueve muchas veces. Son tan altas y trabajosas de andar, que en tiempo de guerra suben a ellas para su defensión, de manera que son sus fortalezas. Tiembla muchas veces la tierra y el m ar; tanto que los navios cuando tiembla el mar, parece a los que van en ellos que tocan en algunas piedras. Es cosa para espantar ver temblar la tierra, y principalmente el mar. Muchas de estas islas echan fuego de sí. Cada isla de estas tiene lengua por sí, y hay isla que casi cada lugar de ella tiene lengua diferente; la lengua malaya, que es la que se habla en Malaca, es muy general por estas partes. Tienen una grande falta en todas estas islas: que no tienen escri­ turas, ni saben escribir sino muy pocos; y la lengua en que escriben es malaya, y las letras son arábigas, que los moros caciques enseñaron a escribir y enseñan al presente».

Viniendo luego a hablar de la situación religiosa, se ex­ presa a s í :

«Los gentiles en estas partes de Maluco son más que los moros. Quiérense mal los gentiles y moros. Los moros quie­ ren que los gentiles o se hagan moros o sean sus cautivos. Si viniesen todos los años una docena (de misioneros de la

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Com pañía), en poco tiempo se destruiría esta mala secta de Mahoma y se harían todos cristianos. Son tantas islas, que no tienen número, y casi todas son pobladas. P or falta de quien los requiera que sean cristianos, dejan de lo ser».

T em óte, situada al N orte de Amboino, era el punto cén­ trico de este archipiélago. Allí debía levantarse una casa de la Compañía. Escribió, pues, Javier a Beira y a Mansilhas en la India, para que viniesen al año siguiente a Ternate en compañía del rey H airum . También en A m boino sería cosa de fundar una estación misional. El rey de Ternate, don Manuel, m uerto en Malaca, había regalado en propiedad la isla al amigo de Javier, Jordán de Freitas. Tenía éste inten­ ción de trasladarse a residir permanentemente en Amboino, junto con su esposa, cuando en Noviembre de 1547 term i­ nase el período trienal de su cargo como capitán de T e rn a te ; y de seguro que su celo misional conquistaría entonces toda la isla para Cristo.

Al otro lado de Ternate aparecía la isla del M oro. Hacía ya años que estaban bautizados muchos de sus habitantes, pero luego m ataron al sacerdote, y quedaron en adelante abandonados. A Javier le tocaba ir a visitarlos.

M as sus amigos le contaban cosas pavorosas de los peli­ gros existentes en la isla del M oro y de la astucia y perfidia de sus habitantes. Decíanle que en la comida y bebida mez­ claban veneno a sus huéspedes, y le rogaban todos encareci­ damente no se marchase.

D urante un momento estuvo a punto de vacilar su co­ razón. T an oscuro y difícil se le hizo alguna vez el latín de aquella sentencia evangélica del S alvador: «El que quiera salvar su alma, deberá perderla; pero quien la perdiere por Mí, la salvará». Sin embargo, era Jesucristo quien le llama­ ba, y se decidió a seguirle.

Desde que partió la flota de Tavora, Amboino quedó de nuevo tranquilo y solitario. Llegó la época de las lluvias y

X V I __ S a n F r a n c is c o J a v ie r p re d ic a n d o a los in d íg e n a s en M u - . s a la n t ju n to a A m b o in o (1546).

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comenzaron a descargar de continuo torrenciales chaparro­ nes. Las sobrehumanas fatigas del Padre habían consumido su salud. U na grave enfermedad le puso a punto de muerte. Pero cuando a fines de Junio partió una prau (nave malaya de remo y vela) para Ternate, se hallaba ya convalecido. Aprovechó Javier la oportunidad para salir en ella hacia aquella isla, y de allí para la del Moro. E ntre los cristianos de Amboino dejaba a su compañero Juan d’Eiro.

Sa n Fra nci sco J a v ie r «r> la s M o lu c a a .

C A P IT U L O X X I

Ternate (verano de 1546)

Sumario: A través de las Molucas. — Etnografía y religión de Ternate. — Juan de Araujo, com erciante portugués. — Contiendas matrim oniales. — Instrucciones catequísticas. — Se convierte la madre del príncipe heredero.

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nAmboino a Ternate. Los continuos cambios de tiem­una lancha rem era malaya hizo Javier el viaje de po, los repentinos huracanes, las impetuosas corrien­ tes que se establecen entre aquella multitud de islas, y los numerosos arrecifes de coral, hacían peligroso y pesado aquel viaje de dos semanas en tan pequeña e incómoda bar­ ca. El agua potable había que llevarla consigo en recipientes de bam bú; y el alimento diario se reducía a panecillos de sa­ gú sin sal, tostados y duros. E l continuo tamborreo, el can­ turrear monótono de aquellos broncíneos remeros, el vaivén y los choques del bote, y el calor achicharrante de un sol tropical, producían fiebre y cansancio de cabeza.

Desde la elevada costa de B ar anula en adelante se hacía el viaje por alta m ar y al llegar a la isla saliente de B atján,

cubierta de bosques, se alcanzaba la prim era de las cinco islas, propiamente dichas de la Especiería. E ntre esa isla y las solitarias riberas de la otra más alargada de B atachina, o Halmahera, tapizadas de bosques vírgenes, se seguía por medio de un hermoso y paradisíaco archipiélago exuberante de vegetación tropical. Aparecían a la vista, una en pos de

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otra, las volcánicas islas de las cuatro Molucas septentrio­ nales. Cual gigantes que se levantaban del azul oscuro de las olas, se ergúían sus escarpadas y adustas cumbres, po­ bladas de antiquísimas selvas: el cráter apagado de M a tjá n ;

el aplastado cono de M o tir; más al Norte, el elevado y agu­ do pico de Tidore, y detrás de él, el hum'eante volcán de 1.500 metros de altura de la isla de Ternate, centro comer­ cial del clavo aromático y última posesión de los portugueses en el Extrem o Oriente.

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Javier solía dirigirse c'on frecuencia en Amboino en. busca de vino y medicinas para sus soldados enfermos a un tal

A rflujo, comerciante portugués.

Pues bien, al acudir una vez más, cierto día, a su gene­ rosidad por medio de su amigo Palha, respondió A raujo malhumorado que esta sería la última vez, pues temía no le quedase ya más para si en adelante. Cuando Palha se lo refirió al Padre, éste le respondía: «¿ Qué ? ¿ Cree Juan de A ra u jt/q u e ha de poder consumir su vino? Puede estar se­ guro de que tendré yo que distribuir su hacienda, porque va a morir». Y previno también a A raujo de que había de ter­ m inar su vida, en Amboino. Cuando Javier marchó para Ternate, quiso nuestro mercader acompañarle; pero en tan pequeña embarcación no se halló lugar para él y toda su hacienda, y así hubo de quedarse en tierra,

Al domingo siguiente, cuando el P adre celebraba la santa Misa" se volvió después del O fertorio al pueblo y dijo:

«S eñores: Juan de A raujo, el de Amboino, ha muerto. Yo he celebrado ya una Misa por el eterno descanso de su alma, y ésta también será para él. Rezad’, pues, un P aternóster y un Avemaria por él en reverencia de la dolorosa Pasión de Nuestro Señor Jesucristo».

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el Padre tener noticia de aquella muerte, pues Amboino se hallaba a sesenta leguas de distancia; pero diez o doce días después, llegó de Amboino Rafael Carvalho trayendo una carta de Juan d’Eiro, con la noticia de que A raujo había muerto realmente en la aldea cristiana de Hative.

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El amor a las almas espoleaba también el ingenio del Padre. Constituíase en tercero o interm ediario para el m atri­ monio, y, por cierto, con buen resultado. Sólo una vez lle­ garon a fracasar sus esfuerzos. E n las prolongadas contien­ das entre castellanos y portugueses solían unos y otros pintar a los naturales con los más vivos colores y a expensas de su prójimo, la grandeza de su propia tierra y la pequenez, en cambio, de la de sus contrarios. Los esclavos y esclavas de los portugueses tomaban ardorosa parte en el asunto, apoyando a sus am o s; y, claro está, la consecuencia de todo esto era en muchos un desprecio sin límites para con la pe­ queña e impotente España.

E ntre los españoles remanentes en Ternate se encontraba un bondadoso soldado, por nombre Alonso García. Javier tomó por su cuenta el conseguirle por esposa a la esclava de un portugués. P ara recabar su consentimiento, ponderó Javier a la elegida, con las más elocuentes palabras, las es­ clarecidas prendas de su futuro novio. Todo resultaba in­ útil ; y cuando ella no tuvo ya más qué responder a las ra ­ zones del Padre, juró por la cruz diciendo: «Pues, aunque el tal fuera rey de los castellanos todos, no le tom aría yo por marido». Salida que hacía reír no poco al Padre, cuando se la contaba a sus amigos de Ternate.

L as instrucciones catequísticas del santo Padre fueron muy bien correspondidas en la isla, y pronto comenzaron a oírse cantar por todas partes, así en plazas y campos, como en casas y lanchas de pescadores, las oraciones traducidas en

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Malaca al malayo. De ahí que cuando la recolección del clavo absorbía, por Agosto y Setiembre, toda la actividad de la gente, aprovechara Javier sus ocios para compilar las verdades capitales del cristianismo, desde la Creación hasta el Juicio final, en un extenso catecismo rimado y enseñár­ selo a los niños. Quien se aprendiese veinte palabras diarias de ese catecismo, podía muy bien aprendérselo todo de memoria en un solo año.

Empleóse también en declarar sus errores a los paganos y mahometanos, y no perdía ocasión alguna de ganar para la fe cristiana a los naturales de Ternate. E l mismo hu­ meante volcán, a cuyo pie vivían, era ya una continua pre­ dicación divina; y si preguntaban por la causa de aquel fuego que solía salir del volcán cuando el viento Monzón cambiaba de dirección, les respondía el P ad re: «Ese es el infierno, y a él van todos los que adoran a los ídolos».

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El día de San Miguel Arcángel, mientras el Pladre cele­ braba la santa Misa, fué tan violento el temblor de tierra que él mismo llegó a temer se cayese el altar. ¿ Sería que San Miguel arrastraba en aquel mom'ento al infierno al de­ monio de T ernate? M ás de una presa le había ya arrebatado Javier, y todavía recabó de sus huestes una gran victoria.

Niachile, la madre del ya muerto D. Manuel, llegada de Malaca para tom ar en nombre de su hijo, y hasta que él viniese, el gobierno del reino, aquella m ujer tan reve­ renciada en toda la isla por su virtud y su conocimiento de la religión mahometana, recibió con gran admiración de todo el reino el santo Bautism'o. Javier la había conocido en Goa. cuando ella desembarcó allí por prim era vez en comu pañía de su hijo; con todo, sólo después de largas disputas, logró convencerla de la verdad de la fe cristiana. P ara ade­ lante tomó el nombre de Da. Isabel, y fué modelo de vida

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cristiana a los ojos de todos. Su ejemplo halló luego imita­ dores, y se hacían esperar grandes acontecimientos en T er­ nate, antes de que llegase a su fin el trienio de Jordán de Freitas en el mando. Sin embargo, al P adre le fué preciso adelantarse a dejar por unos m'eses la isla, para visitar a los cristianos del Moro, pues terminaba ya la época apta para el viaje.

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