Sumario: La colonia efe Santo T om é: «duendes» en el jar dín. — Esperando m ejores tiempos. — E nsueños de A p ós
tol: Juan d’Eiro. ■— Camino de Malaca.
f a pequeña colonia lusitana situada en Santo Tom é,
I P junto al sepulcro del Apóstol Santo Tomé, contaba con cerca de un centenar de casas portuguesas. Ja vier recibió amistoso hospedaje en la vivienda del señor párroco, Gaspar Coelho, y dirigió su prim era visita a la tumba del Apóstol, a quien veneraba principalmente como Apóstol de la India.
La iglesia de la sepultura 'era un antiguo edificio con una cruz primitiva y unas inscripciones raras en lenguas inin teligible. A partir dé 1523 la habían renovado y agranda do a expensas del rey de Portugal, y se hallaba separada de la casa cural por un jardín solamente. E n el templo se habían construido dos capillas, dedicadas la.una a la Santí sima Virgen y la otra a «un R e y santo». A 1a, izquierda del coro, en el lado del Evangelio, existía una capillita reduci da, cuya parte lateral la ocupaba un altar pequeño y angos to, de dos metros y medio de largo, lo estrictamente nece sario para celebrar en él el Santo Sacrificio. Ante él ardía una lám'para. E ra el altar en cuya pared- de fondo, se h a bían encerrado las sagradas reliquias halladas allí, en la
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tumba del Santo A póstol: restos de los huesos de su cuer po, y la férrea punta de la lanza sepultada con el cadáver. Allí, junto al sepulcro del Apóstol entró el Padre en ba talla con su Dios, suplicándole luz y gracia.
Cuando el párroco y los beneficiados rezaban en el coro las horas canónicas, se arrodillaba Javier en la capilla de la sepultura para rezar también él su Breviario ; y cuando su huésped se retiraba a descansar, levantábase él sigilosa mente, se dirigía a través del jardín parroquial a una ca seta contigua a la iglesia destinada para guardar la cera del altar de N uestra Señora, allí oraba y se disciplinaba des piadadamente.
Cuando lo advirtió Coelho, le avisó diciendo: «Padre maestro Francisco, no vayáis solo al jardín, porque por allí andan los diablos». Sonrióse el Phdre, pero en adelante to maba consigo a su criado malabar Antonio y le- hacía dor mir a la puerta de la casita.
U na noche despertóse de pronto el criado mientras J a vier oraba, y le oyó g rita r una y más veces en voz alta: «¡ Señora!, ¿y Vos no queréis ayudarme?» Al m'ismo tiem po se oían descargar recios golpes que duraron por largo rato.
A la mañana siguiente. Coelho no encontró al P adre en los Maitines, sino enfermo en su casa; y cuando el criado le dió parte del suceso de la noche anterior, el párroco se dirigió a la habitación de Javier y le dijo: «¿N o os dije yo que no fueseis de noche a la iglesia de Santo' Tomé?» Pero el Padre se contentó con sonreír y no añadió palabra. Dos días estuvo enferm o; mas cuando de nuevo se halló sano, continuó, a pesar de todo, su oración nocturna.
Y la luz llegó por fin.
Estaba visto. H asta que por Setiembre de 1546 volviese el Vicario general, Miguel Vaz, provisto de apremiantes
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órdenes y plenos poderes de Lisboa, no se podía esperar gran cosa en favor de la difusión de la fe en la India, a pesar de todas las órdenes de gobernadores, entre la indi ferencia y aun hostilidad de los empleados coloniales por tugueses y ante la triste experiencia de Jafnapatán.
Atendióse, pues, entretanto, a las Misiones fundadas. E n Ceilán trabajaban cinco Franciscanos con otros dos re ligiosos. E n la costa de la Pesquería, donde A rteaga se ha bía declarado inútil, entró a sustituirle un sacerdote secu lar español. Desde principios de año se ocupaban además allí, en compañía del sacerdote indígena Francisco Coelho, otros dos sacerdotes paravas recién ordenados, y Mansil- has, a quien el señor Obispo acababa de conferir las sagra das Ordenes. Ciertamente aún no sabía el latín necesario para rezar el Breviario y celebrar la Misa, pero podía, sin embargo, vigilar el trabajo de los demás, pues los recién convertidos no estaban m aduros todavía para la Confesión y Comunión.
De esta m anera se hacía ya lo suficiente por el cultivo espiritual de la India, y cuando por el otoño llegasen los nuevos Herm anos de Portugal y se hiciese volver a los príncipes a Ceilán, podrían acompañarles en el viaje y nyu-
darles en la conversión de sus súbditos. ***
A Javier, en cambio, le llamaba Dios a las islas del O riente para inform arse del que había de ser campo de batalla de sus compañeros. P or Mayo partió por tierra pa ra Goa un correo ligero. Llevaba un escrito de Javier para don M artín Alonso. E n él participaba el Padre a su ilus tre bienhechor el viaje que proyectaba al Oriente, le agra decía todos sus beneficios y le suplicaba escribiese al capi tán de Malaca le proporcionara oportunidad de viaje para la isla de Macasar. E n una segunda carta se despedía del
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maestro Diego, de Micer Paulo y de Cosme Anes en estos térm ino s:
«Quiso Dios por su acostumbrada misericordia acordar se de mí, y con mucha consolación interior sentí y conocí ser su voluntad, ir a aquellas partes de Malaca, donde nue vamente se hicieron cristianos... Y para que sepan a Dios pedir acrecentamiento de fe, y gracia para guardar su ley, traduciré en su lengua el P aternóster y el Avemaria y otras oraciones, como es la confesión general, para que con fiesen a Dios sus pecados cotidianamente. Esto les servirá en lugar de confesión sacramental hasta que Dios provea de sacerdotes que entiendan la lengua... Estoy tan determi nado a cumplir lo que Dios me dió a sentir en mi alma, que, a no hacerlo, me parece que iría contra la voluntad de Dios, y que en esta vida ni en la otra me haría m erced; si no fue sen navios de portugueses para Malaca, iré en algún navio de moros o de gentiles. Tengo tanta fe en Dios N uestro Señor, carísimos Hermanos, por cuyo am or sólo hago este viaje, que aunque de esta costa no fuese este año navio ninguno, y partiese un catam arán (o balsa), iría confiden- ter (confiadam ente) en él, toda mi esperanza puesta en Dios».
H asta fines de Agosto no se hacían a la vela los barcos mercantes que desde Santo Tomé salían para Malaca.
Permaneció, pues, Javier junto a la tum ba del Apóstol durante cuatro meses. El tiempo que le quedaba libre de la oración lo empleaba entonces com'o siempre, en trabajar por las almas.
Los habitantes de la pequeña colonia eran su consüelo. Más de una sorprendente conversión coronó sus esfuerzos. Tal fué, por ejemplo, la de un tal Juan Barbudo, que hacía quince años no se confesaba, y a quien durante dos sema nas enteras dió los santos Ejercicios.
X I I I . '— S a n F r a n c is c o J a v ie r a rro d illa d o en s u ch o z a pide a D io s luz y g r a c ia en fe rv ie n te o ra ció n (1545).
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Pero, sobre todo, le aconteció ganar por entonces a un nuevo compañero de trabajo para los macasares, llamado
Juan d’E iro, soldado veterano que por medio del comercio se había conseguido una pequeña fortuna. Contaba treinta y cinco años y vino en pos del Padre desde Ceilán a Santo Tomé para hacer con él una confesión general de toda su vida y seguirle después como compañero.
Javier, a quien el mal éxito de sus experiencias con A r- teaga hacía ya más cauto, se le mostró difícil en un prin cipio. Sin embargo se dispuso por fin a darle los E je r cicios.
A la orilla del río, y como a media hora de la iglesia de Santo Tom ás se elevaba una silenciosa colina en medio de una región solitaria, cubierta toda ella de bosques y male za. E n su cumbre existía una gruta con una fuentecilla y sobre su entrada se veía cincelada una cruz. E n este lugar, según la tradición de los naturales, sufrió el m artirio el Apóstol Santo Tomás. Allí se volvió^pues, Javier con Juan d’Eiro, a quien preparó para la confesión. Y fué tal el fervor del ejercitante que al día siguiente a su confesión vendió su barco y toda su hacienda para seguir como dis cípulo al Padre en perpetua pobreza.
***
P or el correo terrestre que desde Goa trajo a Javier la carta de D. M artín Alonso, llegó asimismo la noticia de que había aparecido en las Molucas una flota castellana veni da de Nueva España, y de que el enérgico F ernán de Sousa de Tavora había partido de Goa con tres navios y doscien tos hombres, con el fin de tomar prisionero al español o arrojarle al menos de aquellas islas.
A fines de Agosto se despidió, pues, Javier de su hués ped Coelho, y acompañado D ’E iro emprendió el viaje
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para Malaca en la regia nave de Coromandel. Llevaba con sigo una reliquia de Santo Tomás, regalo del señor párroco. E n adelante la traerá siempre en un relicario pendiente al cuello junto con la firm a de su P adre Ignacio y la fórmula de sus votos.
C A P IT U L O X IX
Malaca (1545)
Sumario: Llegada. — D iego Pereira; el mundo m alayo; pre paración del viaje a Oriente; trabajando por las almas. — La oración del Santo; el niño poseso. — Cartas de E uro
pa. —■ E l archipiélago malabar. — V iaje de exploración
hacia Levante. — Pensando en la China.
E
lya de Javier desde Goa. El viaje se hacía atravecapitán de la nave era Antonio Pereira, conocido sando el golfo de Bengala y dirigiéndose por alta m ar a lo largo del extremo N orte de Sumatra, lugar fre cuentado por los temibles piratas mahometanos de Atchín, y siguiendo después por el estrecho de Malaca, salpicado de escollos y bajíos, donde era preciso andar durante el día con toda precaución sondeando de continuo, y detenerse du rante la noche, anclando la embarcación.Cuando a fines de Setiembre y al cabo de un mes de viaje, se divisaba por fin a Malaca, respiraba todo el mundo.
U na iglesita blanca, dedicada a N uestra Señora, en la cumbre de una colina; a sus pies y rodeada de un muro de arcilla, una fila de casas de m adera con su iglesia parro quial y su amenazador castillo junto al río; y al otro lado de éste, a mano izquierda, la población indígena, rodeada toda ella de interminables bosques vírgenes, este era todo el gran centro comercial entre la India y el lejano Oriente.
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P ara cuando llegó Javier, había ya salido por encargo del capitán de Malaca hacia los Macasares, a cuidar de los recién convertidos, un sacerdote acompañado de muchos portugueses. P o r otra parte, el tiempo de hacer la nave gación había pasado, y hasta Enero no comenzaba a so plar de nuevo el viento Oeste.
Javier, por consiguiente, se vió forzado a esperar hasta recibir nuevas noticias de Macasar, aguardando a la vez la época propicia para el viaje.
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El capitán de la fortaleza, el anciano señor párroco y el rico comerciante Diego Pereira, a quien fué presentado Ja vier por Antonio Pereira, se hubiesen considerado felices de albergar al Padre en sus casas. Pero él se estableció en una cabaña, junto al hospital, en compañía de Juan d ’Eiro.
Los tres meses y medio que allí permaneció, le sirvieron para familiarizarse con el mundo malayo oriental.
S u prim er cuidado fu é la preparación de su viaje ai Oriente. La lengua ordinaria de todas las islas de aquellos mares, era la malaya. Con indecible trabajo y con la ayuda de gente versada en dicha lengua, tradujo a ella las partes más importantes de la doctrina cristiana: el Credo, acom pañado de -una aclaración de cada artículo; la Confesión general, el Padrenuestro, el Avemaria, la Salve Regina y los diez Mandamientos.
F uera de esto, buscaba por todas partes noticias sobre aquellas tierras. Respecto a los macasares, se le contaba que los naturales adoraban al s o l; no tenían templos ni sacer dotes de ídolos, y cada una de las tribus sostenía perpetua y sangrienta guerra contra las demás.
E l cristiano rey de Ternate, D. Manuel, a quien Javier conoció en Goa, acababa de m orir poco antes de llegar és te a Malaca. E n su lugar encontró el P adre a su sucesor
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mahometano, llamado H airum , que dominaba perfectamen te la lengua portuguesa. E l capitán de Ternate, Jordán de Freirás, le había hecho encadenar y mandar a la India como traid o r; pero, en cambio, el de Malaca le declaró inocente, y el Rey se dirigía ahora al gobernador de la India para so meterse a su juicio. Si en Goa llegaba a convertirse al cris tianismo, podía esperarse una buena mies en su reino.
Javier se entregó entre tanto, en Malaca, a la salvación de las almas. Los enfermos del Hospital merecieron sus primeros cuidados. E n pos de éstos llegaba su vez a los sa nos. Cada día convocaba con su campanilla a los niños, a los esclavos y esclavas y a los cristianos indígenas y los reunía para el catecismo en una iglesia dedicada a N uestra Señora del Monte, donde además hacía también a las mu jeres de los portugueses, durante la semana, un sermón sobre la Confesión, Comunión y los Artículos de la Fe.
El fruto apareció bien pronto. Cesaron las costumbres idolátricas y supersticiosas y las lecciones de catecismo su plantaron a los cantares deshonestos. Sin esto, predicaba todos los domingos y días de fiesta a los portugueses sobre la muerte, el juicio y el infierno, am'enazando a la ciudad impenitente con el futuro juicio de D ios; y poco después, fué tal la afluencia al confesonario, que durante dos o tres días apenas encontró el Padre tiempo para tom ar un pe- dacito de pan. Parecido fué el fruto conseguido por me dio de su mismo trato personal. Hacíase invitar a la mesa de los pecadores; ganábase su amistad con lo jovial y ama ble de su carácter, y los movía después a tom ar en m atri monio a las compañeras de su pecado, o a expulsarlas si no de sus casas.
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¿Q ué es lo que proporcionaba al P adre tan irresistible poder sobre los corazones?
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H abía entre los pecadores por él reconciliados con Dios, un portugués llamado R odrigo de Siqueira. Javier le acogió en su choza, movióle a confesarse y recibir la sagrada Co munión de ocho en ocho días, y le hizo resolverse a em prender su vuelta a Portugal en la prim era embarcación, a fin de evitar de una vez para siempre la ocasión próxim a de su pecado. ^
M ientras dormían de noche sus compañeros, acostum braba Javier levantarse y abandonar el recinto. Siqueira lo advirtió y tuvo curiosidad de observar lo que hacía. Ocul tóse ,un día a sus espaldas y vió cómo desaparecía el Padre en una choza próxima. Siqueira lo observaba todo por entre las rendijas de aquel tabique de hojas de palmera, y viole arrodillarse ante una mesita sobre la que descansaba una cruz hecha de madera de Santo Tomás, y orar allí con los brazos levantados hacia el cielo durante gran parte de la noche. Junto a la mesita había un catre con su red he cha de cuerdas de coco, y una gran piedra' negra le servía de almohada. Cuando el Santo se sentía dominado por el sueño, se echaba allí a descansar por breves horas. Tanto Siqueira como Juan d’Eiro con Antonio y Diego Pereira, le encontraron así repetidas veces durante las noches si guientes, al atisbarle en secreto.
No era, pues, de extrañar, la veneración de Diego P e reira por el Padre, a quien ni se atrevía a hablar sino con la cabeza descubierta. A un los mismos paganos y mahome tanos le llamaban el «santo Padre», y le besaban la mano al encontrarle de camino.,
No tenía por eso nada de sorprendente que se tuviese tan gran confianza en su intercesión para con Dios, que se le llamase por todas partes para orar sobre los enfermos, y que aun recobrasen muchos subditamente la salud por medio de sus oraciones.
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mente enferm o e incurable un hijo, de quince años, del dis tinguido ciudadano Fernández de Ilher. E n semejante aprieto su madre, natural de Java, hizo venir a una hechi cera, quien, entre otras ceremonias supersticiosas, dejó atado un cordón a la muñeca del muchacho. Pronto empe zaron a m anifestarse en el enfermo las más horribles con torsiones y señales como de poseso. Poco después quedó sin sentido y como si estuviese muerto. Llam aron por fin entonces al Padre. Con la furia de un demonio se levantó precipitadamente el paciente en cuanto fijó sus ojos en el sacerdote. Javier, en cambio, se mantuvo tranquilo; arro dillóse en tierra, y poniéndose a leer en un libro permane ció así poco más o menos por espacio de dos horas. A con tinuación hizo traer la estola, el misal, el agua bendita y la cruz; pronunció sobre el joven los exorcismos, y el en ferm o quedó sano.
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E l barco que en Octubre venía de Goa trajo a Javier un gran legajo de cartas de sus compañeros de Europa, y entre ellas una de su Padre Ignacio, referente al buen pro greso de la Compañía de Jesús, y otra de Pedro Fabro sobre la actividad desplegada por él mismo en Alemania y principalmente en la ciudad de Colonia, amenazada de los herejes.
Llorando de gozo leyó el Santo las cartas y recortó las firm as de sus Herm anos para llevarlas consigo cual precio sa alhaja.
P o r el mismo tiempo tuvo también noticia de que el nuevo gobernador, D. Juan de Castro, había desembarcado en Goa, en compañía de otros tres Je su íta s: el maestro de Gramática solicitado de tiempo atrás, P . Nicolás Lancilotti, italiano; su compatriota el P. Criminal, y el español Juan de Beira.
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Debido al cambio de Gobernador, se había vuelto a apla zar el regreso de los príncipes de Ceilán. Mandó, por tanto, ' Javier a Criminal y a Beira partir para la Pesquería y acom pañar allí a Mansilhas.
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D urante el tiempo que el P adre se detuvo en Malaca, aguardando noticias sobre el resultado de la expedición a Macasar, tuvo oportunidad de enterarse sobre la situación de las cosas en el archipiélago malayo del lejano O riente y principalrriente en las Molucas.
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Pero hacia fines de año llegaban noticias poco favora bles de tierra de los macasares. Juzgábase haber hecho lo bastante por entonces en favor de aquellos neófitos con en viarles al clérigo que, en el mes de Agosto, se fué para allí en unión de los portugueses. E n cambio, los abandonados cristianos de Amboino y las Molucas, pedían a su vez se les socorriese. Desistió, pues, Javier del plan de ir a Maca sar, y resolvió ir más allá, hasta A m boino y T e n a te , pues se le ofrecía buena oportunidad de examinar a ojos vistas la Misión del Extrem o O riente y tom ar después las medi das necesarias conforme a lo observado.
E l día de A ño Nuevo de 1546 zarpaba de Malaca el na vio de Banda. E n él em'prendió el santo Padre, acompañado de Eiro, su viaje de exploración hacia Levante.
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Mas no eran sólo las Molucas. O tro gran pueblo preocu paba además por entonces al alma de Javier: la poderosa China. E s verdad que sus puertas se hallaban cerradas bajo pena de muerte a los extranjeros. P ero desde Malaca par tían cada año muchos barcos hacia aquel país, para comer-
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ciar secretamente en las islas de la costa con los habitantes