• No results found

Cuando el papa Benedicto XV, en el año 1921, incluyó la fiesta de la Sagrada Familia en el calendario litúrgico de la Iglesia, quiso poner ante los ojos, en la crisis por la que entonces pasaba la familia, un «maravilloso ejemplo», como reza la oración del día de esta fiesta. Esta definición del sentido de la fiesta no ha perdido nada de su actualidad en la situación presente, en la que la crisis de la familia se ha hecho aún más radical y manifiesta. Ya el concilio Vaticano II, en su Constitución pastoral sobre la Iglesia en el

mundo de hoy Gaudium et spes, en la que se abordaron los problemas, entonces actuales y candentes, de las personas y de la comunidad humana, dedicó su atención en primer lugar a «promover la dignidad del matrimonio y de la familia»2. En este hecho se puede percibir «una inspiración profética a la vista de las grandes dificultades que en los últimos tiempos han pesado sobre la institución familiar»3. Este desafío prioritario, que forma parte del legado permanente del concilio Vaticano II, ha sufrido en el entretiempo una dramática agudización ulterior, por cuanto la institución de la familia está expuesta hoy a múltiples cuestionamientos, que van desde su menosprecio en el discurso público de la sociedad, pasando por el desdén a su identidad y derechos, hasta la identificación consciente y jurídicamente legitimada de otras formas de convivencia humana con la familia en su sentido humano y cristiano.

Dado que, según la concepción cristiana, la institución familiar se basa en la institución del matrimonio entre un varón y una mujer, que se sella para toda la vida y que se caracteriza por la fidelidad y la indisolubilidad, hay que abordar la crisis actual del matrimonio y la familia desde la raíz. El problema más hondo habrá que verlo, sin lugar a dudas, en la creciente y extendida incapacidad de las personas para tomar decisiones vinculantes y definitivas: incapacidad que tiene una inmediata relación con la situación de la mentalidad moderna. Ya las ciencias históricas muestran el cambio constante de todo lo humano y rechazan la idea de lo permanente. Las ciencias humanas, sobre todo la psicología y la sociología, incitan a las personas a desentenderse de lo definitivo y a considerar la vida humana como una corriente continua de decisiones que se van sucediendo unas a otras. La teoría de la evolución diluye plenamente la estabilidad del mundo en procesos que se repiten, y considera al ser humano como una pura y simple etapa en la historia del devenir. En esta situación de la mentalidad moderna, a la que el papa Francisco califica atinadamente con el nombre de «cultura de lo provisional», las decisiones vinculantes y la fidelidad apenas si cuentan ya entre los valores primarios, porque cada vez más las personas se han vuelto tan refractarias a las relaciones como ávidas de ellas. Esta actitud se puede reconocer ya en que se ha hecho muy inusual hablar de «mi cónyuge»; se prefiere hablar de «mi pareja» o «mi actual pareja». Con esto se plantea, de forma conscientemente aguda, la pregunta decisiva para la salud de la persona y el bienestar de la comunidad humana: ¿qué tipo de persona responde a la definición de ser humano? ¿Es el Playboy que huye de un encuentro fugaz a otro y en ese trasiego no tiene tiempo alguno para establecer realmente una relación con un tú concreto y único? ¿O es más bien aquella persona que mantiene el sí dado una vez a un varón/mujer concreto, camina hacia delante juntamente con él/ella, y en ese sí no sucumbe nunca al anquilosamiento sino que, cada vez con mayor hondura, aprende a entregarse libremente al tú y, en ese proceso, a hacerse libre a sí misma?

En este contexto se plantea también el problema de la actitud actual hacia el hijo, porque el matrimonio llega a ser familia a través del hijo. Dado que, según la concepción cristiana, el amor matrimonial entre mujer y varón no puede recluirse ni girar en torno a sí mismo, sino que se sobrepasa a sí mismo mediante los hijos y por causa de ellos, el

amor entre varón y mujer y la transmisión de la vida forman un todo indisoluble. Con los hijos, a los padres se les confía responsabilidad sobre el futuro, de tal manera que el futuro de la humanidad pasa en gran medida por la familia: «Sin la familia no hay futuro, sino envejecimiento de la sociedad, un peligro evidente para las sociedades occidentales»4. Este proceso tiene lugar hoy porque las parejas, sobre todo en Europa, apenas si quieren ya tener hijos. El motivo más radical de que para muchas personas aparezca ya como apenas asumible la aventura del hijo, hay que buscarlo en que, para esas personas, el futuro se ha vuelto tan inseguro que se les formula la pregunta angustiada: cómo puede uno lanzar nueva vida a un futuro que se percibe como desconocido. Porque las personas solo pueden transmitir con responsabilidad vida humana cuando pueden transmitir no solo vida biológica sino también, y de manera especial, vida en un sentido integral: dicho con precisión, cuando se puede transmitir un sentido que aguante incluso en las crisis de la vida y una esperanza que sea más fuerte que todas las incógnitas del futuro. Por esta razón, las personas solo transmitirán la vida y solo la confiarán a un futuro incierto si profundizan nuevamente en el misterio de la vida y, en ese proceso, reconocen que el único capital seguro de cara el futuro es el mismo ser humano.

Desde esta perspectiva se comprende que el problema de la familia es, en realidad, el problema del ser humano mismo y que el actual cuestionamiento de la institución familiar representa también un ataque a la idea cristiana del ser humano, como ya diagnosticó en la década de 1980 el entonces cardenal Joseph Ratzinger: «La lucha por el ser humano se libra hoy en gran medida como lucha a favor o en contra de la familia»5. En la actitud frente a la familia sale a luz, no en último lugar, el modo como el ser humano se entiende a sí mismo. Porque la decisión a favor de la familia contiene un mensaje inequívoco: que la fidelidad conyugal entre dos personas y la consiguiente entrega en el amor y la transmisión de la vida no representan ninguna amenaza o mengua de la libertad humana sino su auténtica realización. Si la posibilidad más alta de la libertad humana consiste en la capacidad de tomar decisiones definitivas, solo es capaz de llegar a ser auténticamente libre aquella persona que puede ser también fiel, y solo puede ser realmente fiel quien es él mismo libre. Porque la fidelidad es el precio que hay que pagar por la libertad; y la libertad es el precio que gana la fidelidad. Este estilo de vida, de una fidelidad libre y de una libertad fiel, puede verlo realizado el cristiano en la Sagrada Familia como en su modelo prototípico; y para ese estilo de vida es ella un «ejemplo maravilloso».