5.6 Annex: Recursive Least Square Based Prediction
6.1.1 Model
Hay coincidencia generalizada entre quienes han analizado el des- arrollo de la guerra revolucionaria en la Argentina, y también por par- te de la subversión, que el secuestro del General Aramburu fue el pun- to de partida, el que marcó el desencadenamiento de la guerra desde el bando subversivo. El Estado continuó empleando a la justicia y a la po- licía para controlar el fenómeno.
El secuestro y asesinato del General Aramburu fue llevado a cabo por
Montoneros, y relatado minuciosamente por los conspicuos miembros de esa organización, Mario Firmenich y Norma Arrostito, en La Causa Pe-
ronista, Año I, Nº 9, del 3 de septiembre de 1974, durante el gobierno de la Sra. de Perón, con amplia difusión en el país. Vamos a transcri- bir algunos párrafos y sintetizar el relato.
p «Era el 29 de mayo de 1970. p Objetivos del hecho:
• El primer objetivo del Operativo Pindapoy, como la bautizaron en un principio los Montoneros era el lanzamiento público de la Organización.
• El segundo objetivo era ejercer la justicia revolucionaria contra el más inteligente de los cabecillas de la Libertadora.
• El tercero era eliminar “el proyecto de Aramburu para reempla- zar al régimen corporativista de Onganía (que) era políticamen- te más peligroso”.
p El General Aramburu fue secuestrado en su departamento de la ca- lle Montevideo de la Capital Federal, introducido en un automóvil y
llevado hasta cerca de la Facultad de Derecho, donde fue transferido a una pick-up, con la caja cubierta con toldo. En la caja, entre fardos de pasto, fue ubicado el secuestrado con dos guerrilleros que lo custo- diaban. Uno de ellos, dice Firmenich, «tenía a mano un cuchillo de combate. Ante cualquier eventualidad, ante la posibilidad de una trampa policial, ante la certeza de no poder escapar de un cerco o una pinza, iba a eliminar al jefe de la Libertadora (con el cuchillo)». p Serían las cinco y media o las seis (tarde el 29 de mayo) cuando lle-
gamos a La Celma, un casco de estancia que pertenecía a la familia Ramus. (En Timote, Provincia de Buenos Aires).
p Metimos a Aramburu en un dormitorio, y ahí mismo esa noche le ini- ciamos el juicio. El tribunal lo integraban los siguientes guerrilleros: Fernando Abal Medina, Jefe de Montoneros, Mario Firmenich, Ra- mus, y Capuano.
p Lo sentamos en una cama y Fernando (Abal Medina) le dijo: “Gene- ral Aramburu, usted está detenido por una organización revolucio- naria peronista, que lo va a someter a juicio revolucionario.” Recién ahí pereció comprender. Pero lo único que dijo fue: “Bueno.” “Su ac- titud era serena”.
p Era ya la noche del lº (junio). Le anunciamos que el Tribunal iba a deliberar. Desde ese momento no se le habló más. Lo atamos a la cama. Preguntó por qué. Le dijimos que no se preocupara. A la madrugada Fernando le comunicó la sentencia: “General, el Tribu- nal lo ha sentenciado a la pena de muerte. Va a ser ejecutado en media hora”.»
La revista publicó los comunicados de Montoneros sobre estos hechos. El Nº 3 era la sentencia que terminaba así:
p «3º Dar cristiana sepultura a los restos del acusado…» (A los asesi- nos les quedaba un resto de cristianismo, pero no cumplieron lo di- cho, como veremos).
Todo este relato es trágico porque una vida humana estaba en jue- go. Pero muestra una parodia. Los guerrilleros que quieren destruir el orden existente, hacer una revolución, implantar la “patria socialista”, siguen intentando copiar las formas de la “sociedad burguesa”, y mon- tan esta burda parodia, un mamarracho de tribunal de justicia, de or-
ganización militar y de piedad religiosa. Es un trágico juego que trae- rá graves consecuencias para el país.
Sigamos con el relato del juicio.
p «Cuando pasó la media hora lo desamarramos, lo sentamos en la cama y le atamos las manos a la espalda. Pidió que le atáramos los cordones de los zapatos. Lo hicimos. Preguntó si se podía afeitar. Le dijimos que no había utensilios. Lo llevamos por el pasillo interno de la casa en dirección al sótano. Pidió un confesor. Le dijimos que no podíamos traer un confesor porque las rutas estaban controladas. p El sótano era tan viejo como la casa, tenía setenta años. Lo habíamos
usado por primera vez en febrero del 69, para enterrar los fusiles ex- propiados en el Tiro Federal de Córdoba. La escalera se bamboleaba. p “Ah, me van a matar en el sótano”, dijo. Bajamos. Le pusimos un pañuelo en la boca y lo colocamos contra la pared. El sótano era muy chico y la ejecución debía ser a pistola. Fernando tomó la tarea de ejecutarlo.
p General –dijo Fernando– vamos a proceder. Proceda –dijo Arambu- ru. (Fue la última orden del General).
p Fernando disparó la pistola 9 mm al pecho. Después hubo dos tiros de gracia, con la misma arma, y uno con una 45. Fernando lo tapó con una manta. Nadie se animó a destaparlo mientras cavábamos el
pozo en que íbamos a enterrarlo.»(¡Para darle cristiana sepultura!. Cuando el cadáver fue descubierto en el pozo cavado en el sótano, es- taba recubierto de cal…).
En la misma revista La Causa Peronista donde se publican estos hechos deleznables, se reproduce la carta extensa que el 9 de febrero de 1971 los Montoneros le dirigen a Perón (que residía en Madrid) dándo- le cuenta del asesinato. Entre otros conceptos expresa:
p «Tenemos clara una doctrina y clara una teoría de la cual extraemos como conclusión una estrategia también clara: el único camino po- sible para que el pueblo tome el poder e instaure el socialismo na- cional, es la guerra revolucionara total…
p El método a seguir es la guerra de guerrillas urbana y rural. Es pa- ra nosotros de fundamental importancia conocer sus opiniones acer- ca de estas consideraciones.»
A continuación reproduce la revista una carta atribuida a Perón (nunca desmentida), que es la respuesta de la anterior, desde Madrid, con fecha 20 de febrero de 1971. Entre sus párrafos citamos:
s «Estoy completamente de acuerdo y encomio todo lo actuado. s Como les explicará el compañero, (el portador) mientras las organi-
zaciones de superficie obedecen a una conducción centralizada, con las necesarias autonomías de las Delegaciones Provinciales, las or- ganizaciones que se encargan de la guerra revolucionaria tienen ab- soluta independencia en su conducción y coordinada más que nada por los objetivos.
s Creo que si se interpreta cabalmente la necesidad orgánico-funcio- nal de nuestro Movimiento en la lucha en que estamos empeñados, no habrá dificultades para que, en un futuro cercano, se llegue a un entendimiento completo, que será muy provechoso en la continuidad del esfuerzo revolucionario.» (Este entendimiento no se lograría cuando Perón retorne y asuma la presidencia del país. La guerrilla se le fue de la mano y escapó a su control en los años 1973 y 1974 hasta su muerte).
s «Totalmente de acuerdo en cuanto afirman sobre la guerra revolu-
cionaria. Es el concepto cabal de tal actividad beligerante. Organi- zarse para ello y lanzar las operaciones para pegar cuando duela y
donde duela es la regla… pero, por sobre todas las cosas, han de comprender los que realizan la guerra revolucionaria que en esa TODO ES LÍCITO SI LA FINALIDAD ES CONVENIENTE.1 s No es nueva la Guerra Revolucionaria y menos aún las Guerras de
Guerrillas.Pienso que tal vez la guerra de guerrillas ha sido la pri- mitiva forma de guerra, tan empleada en la afamada guerra de los
escitas y de Darío Segundo. (El viejo profesor de Historia Militar no pudo sustraerse a la tentación de dar su clase).
s De ello se infiere que los Montoneros, en su importantísima función
guerrera,han de tener comandos muy responsables.»
De estas “formaciones especiales”, nombre que dio Perón a la gue- rrilla, dijo el Dr. Ángel Federico Robledo, que fue Ministro de Defensa
de Perón, en un reportaje por televisión y reproducido por los dia- rios.2
■ «Quedó superado (se refiere a las dificultades para el retorno de Pe- rón), pero trayendo las consecuentes dificultades, una de las cuales fue la admisión dentro del peronismo de las fuerzas juveniles que, con el nombre de formaciones especiales, indudablemente llegaban
desde la vertiente de un enfoque ideológico marxista-leninista y res- pondiendo a aspiraciones y políticas internacionales. Y, en definiti- va, el peronismo aceptó su aporte. Eso me lo confesó un día conver- sando el General Perón, sencillamente porque eran “los enemigos de sus enemigos”. Vale decir, los tuvo que aceptar como aliados inevita- bles. Y los aliados inevitables terminaron resultando, a la postre, aliados carísimos.»
Añade Brocato:
e«El famoso charter fue en noviembre de 1972.» (Se trata del charter que trajo de regreso a Perón y en el que viajó Robledo, quien aduce que por los riesgos de ese regreso se negoció con la guerrilla). Brocato se- ñala acertadamente que ese no fue el motivo, usó la guerrilla desde años atrás. Dice Brocato: «Perón negociaba políticamente con las for-
maciones especiales –como él las denominó– desde hacía años.»