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4. Statistical Methodology for Flexibly Modelling Hierarchical Data with Missing

4.5. Model Estimation through Bayesian Inference

4.5.5. Model Choice and Goodness of Fit

Entonces, no sé si llegaré, en efecto, a diez. Me voy a detener seguramente en los nudos neuróticos que se siguen de continuar contando, después del 1, 2, 3 -que son R, S e I-, 4, 5, 6, claro está, pero también 7, 8 y 9. Pero verán que no solamente para quedarnos en la neurosis como tal -ya en otra oportunidad, y también en este espacio invitado por Nieves, puede referirme a los anudamientos y desanudamientos neuróticos-. Claro que tendré que pasar por allí necesariamente, pero esta vez orientado, digamos, hacia el trata- miento analítico de las neurosis, esto es, al campo de los anuda- mientos y desanudamientos bajo transferencia. En fin, veremos si eso me permite, esta es la cuestión, llegara proponer seis versiones del sinthomanalista -esto es el analista como sinthome-, a las que agregaré -lo que no es lo mismo-, tres versiones del analista-síntoma -ahora, sin “th”-. Y luego, quizás quedará una más, y así serían diez.

Voy a invitarlos, digamos, a formalizar las posiciones del psi- coanalista en una cura. Me parece que no son infinitas: al menos tomando en cuenta -justamente en cuenta- las combinatorias posi- bles que se siguen del hecho de incluir la inhibición, el síntoma y la angustia en el nudo de lo real, lo simbólico y lo imaginario, de allí se seguirían nueve -en principio-, nueve posiciones para el analista: tres que corresponden a un psicoanalista que desencadena, esto es, un analista-síntoma, signo de lo que no anda en lo real. Y seis que comporta la localización de un analista-sinthome, que anuda, que encadena: el sinthomanalista. No insistiré excesivamente aquí sobre el distingo en el que machaco hace tiempo: el que opone síntoma y sinthome, sólo brevemente enseguida y, luego, pueden leerse algunas cosas sobre ello2.

Del analista que desencadena, que desanuda, podría decirse que 2. Cf. p. ej. Schejtman, F., "Síntoma y sinthome”, en Schejtman, F.

(comp) y otros, Elaboraciones lacanianas sobre la psicosis, Grama, Buenos

Aires, 2012. una superposición de los dos sistemas, duodecimal y sexagesimal, lo

que se pone de manifiesto en algunos relojes en los que aparece eso, justamente, el uno que es uno y es cinco a la vez… en fin.

Todo esto no está tan alejado, en verdad, del asunto que nos convoca, que no se refiere ciertamente a cuestiones propiamente matemáticas o de historia de sistemas numéricos, sino al del número en psicoanálisis, porque Lacan llega a ubicar en el nivel del núme- ro eventualmente lo que él considera real en un sentido fuerte. Él lo dice así en la “Introducción a la edición alemana de un primer volumen de los Escritos”, que el número es de lo real, lo que queda ligado a la indicación siguiente: que “hay tipos de nudos, hay tipos de síntomas”. Es decir, se trata de lo que “hay en lo real”, y conduce a lo que he llamado el “realismo nodal” de Lacan -puede leerse al respecto el prólogo que escribí, justamente, para un libro de Nie- ves, Confines de la psicosis- que quizás podríamos llamarlo también realismo numeral, porque en realidad el nudo puede reducirse a una escritura numérica. De hecho, en culturas antiguas se contaba efectivamente introduciendo nudos en una soga.

No sé si voy a llegar a contar hasta diez. De hecho Lacan se propuso contar hasta seis… ¡y no llegó! Quiero decir, luego de que propuso -sobre el final del Seminario 22- Cuatro, cinco, seis como título para su vigésimo tercer seminario, iniciado éste -el Seminario 23- confiesa que hubiera sido demasiado contar hasta seis y decide, como se sabe, quedarse en el cuatro, lo que termina por ser justa- mente el sinthome, a la postre, título de ese seminario: El Sinthome. Y bien, son varias las razones que pueden proponerse para explicar por qué Lacan se desvía -el término es suyo, lo encuentran en la primer clase del Seminario 23- de su proyecto inicial, que era titular a ese seminario Cuatro, cinco, seis. En diversos trabajos le dí varias vueltas a ese asunto, así que no volveré aquí sobre eso, pero es cierto que al menos él señala que tal desvío se produjo por una invitación apremiante de Jacques Aubert a que abra con una conferencia el Vº Simposio Internacional James Joyce: es decir, se habría desviado de su proyecto inicial debido a su abordaje de Joyce.

Si ustedes leen los textos que usualmente se escriben en la ac- tualidad sobre el sinthome podrán corroborar que, en general, se lo superpone con la cara real del síntoma y/o se lo supone un resultado al que se accede en el fin de la cura. En efecto, se llega a oponer por ejemplo, el síntoma metáfora en el primer Lacan, al sinthome, la cara real del síntoma, desplegada más bien en su última enseñanza, vertiente a la que se accedería además llevando un análisis hasta su término, lo que adicionalmente entregaría la posibilidad de un “sa- ber hacer” con ese real.

Y bien, me parece que no hay versiones más alejadas del sintho- me que propone Lacan que aquellas, toda vez que, para empezar, el sinthome para Lacan no es real, ni simbólico, ni imaginario, sino aquello que permite que lo real, lo simbólico y lo imaginario se mantengan enlazados: reparación del o de los lapsus del nudo que dejan sueltos a los registros. Lacan lo expone con mucha claridad de ese modo entre los capítulos V y VI del Seminario 23. De modo que el sinthome no es real en sí mismo, por lo menos entendido como noción. Después sí, podemos ver, caso por caso, si algún ele- mento de lo real, para alguien, puede funcionar como sinthome, pero también se pueden abordar estructuras sinthomadas, sostenidas en la prevalencia de algún elemento de lo imaginario o bien de lo simbólico.

Por otra parte, tampoco se sigue del Seminario 23 de Lacan que se halle el sinthome al fin del análisis. De hecho, cuando Lacan tiene que dar el ejemplo de alguien para el cual propone un sinthome, no sólo se refiere a alguien que no llevó un análisis hasta su término, sino a alguien que no lo comenzó jamás: James Joyce. Y ello abre, entonces, la interesante posibilidad de concebir estructuras sintho- madas, es decir estabilizadas sirviéndose del artilugio del sinthome, antes del análisis, por fuera del análisis, durante el análisis y, claro está, también, luego del mismo.

En cualquier caso, si el sinthome tiene función de anudamiento, como lo propone Lacan en el Seminario 23, es bien claro que sólo se consulta a un analista cuando para alguien el sinthome deja de está en el filo mismo de su tarea, al menos si se atiende a la etimo-

logía de “analizar”, que proviene del griego Αναλuω -analýo- que es “desato”. Analizar en un sentido estricto es desatar. El análisis, para Freud, no es síntesis, es… ¡análisis! Ciertamente que al analista no le toca solamente desatar, pero quizás uno puede decir que pro- piamente, radicalmente, él es analista en un sentido estricto, en el nivel de la función de su deseo en tanto que desata, desencadena, eventualmente cuando inspira cierto “deseo de despertar” -Miller lo propone así en un artículo de hace muchos años3- aun cuando sepa

que el despertar es imposible. El deseo, en un sentido estricto, quie- bra la homeostasis, si es que uno entiende a la homeostasis como el nombre freudiano de la estabilidad del aparato, es decir del enca- denamiento. Pero, es cierto, que el analista tampoco es un fanático del desencadenamiento… tantas veces le toca acompañar, a quien lo consulta, en el re-anudamiento. Por no señalar que muchas veces ata al desatar y desata al atar. Pero aquí, a los fines de lo que hoy les propondré, veremos tres versiones del analista que desencadena y vamos a ver si podemos establecer además seis versiones del analista que encadena, que ata, que anuda, que enlaza.

Como les decía, sin insistir demasiado en ello, parto del distingo -que creo puede leerse en el Seminario 23 de Lacan- entre el síntoma -que en francés se escribe symptôme- y la grafía que Lacan recupera de una versión antigua del síntoma en francés e introduce en la conferencia “Joyce el síntoma”, el sinthome. A mí me parece que en el Seminario 23 -queda especialmente claro entre los capítulos V y VI de ese seminario- se puede plantear una oposición fuerte entre el síntoma y el sinthome. Entiendo que allí -entre esos dos capítulos- el sinthome alcanza una suerte de estabilidad conceptual cuando se lo empareja con la noción del lapsus del nudo. Porque, precisamente, Lacan va a definir al sinthome como una reparación del lapsus, de la falla del anudamiento, que permite a sus tres registros enlazarse.

3. Cf. Miller, J-A., “Despertar” en Matemas I, Manantial, Buenos Aires, 1987.

guardo para siempre de los embates de lo real. Si la cosa concluyera de ese modo tendríamos una versión lacaniana de la novela rosa abrahamaniana que Lacan critica tan fuertemente en “La dirección de la cura y los principios de su poder”. Claro que ya no lo vamos a llamar “felicidad genital”, o cura absoluta, pero a veces ciertos abor- dajes de la identificación con el síntoma al fin del análisis se acercan bastante a eso.

Lo que digo es que, además del sinthome que se puede conseguir al fin del análisis y que me parece dable encontrar -porque efec- tivamente luego de verificar la inexistencia del Otro, tanto como del hecho de que no hay relación sexual no dejamos al analizado angustiado, inerme en ese punto, tuvo que haber inventado alguna salida más o menos novedosa para el asunto, algo menos reiterativo que su neurosis, algo menos estereotipado que la perversión fan- tasmática-… bien, además del sinthome resta el síntoma: algo del síntoma (sin th) queda, se corrobora. Eventualmente se consigue un remedio no tan neurótico para enfrentar el hecho de que no hay re- lación sexual -y eso es el sinthome post-analítico-, pero además, hay lo incurable del síntoma que convive con las eventuales invenciones sinthomáticas.

Al síntoma conviene abordarlo en el nivel de esa letra de goce que se pone en cruz e impide que las cosas anden, y un psicoaná- lisis, por más lejos que llegue, no lo anula. Si en el nivel del sintho- me post-analítico se encuentra un saber hacer ahí con determinado fragmento de real, un fin de análisis también deja un resto de no saber hacer ahí de ningún modo con eso. Y mejor que quede bien ceñido... sino uno puede creer que ese sinthome lo puede todo. Es- toy refiriéndome estrictamente a lo incurable. Vale la pena indicar- lo. Dejémosle la idea del pragmatismo extremo, al nominalismo y relativismo actual que cree poder reducir lo incurable del síntoma de un modo absoluto: esa no es la vía del psicoanálisis.

funcionar anudando: es decir, se consulta cuando algo se ha des- encadenado. Cuando la angustia, que es signo de ese desencadena- miento, empuja. O bien, cuando el síntoma -sin th- indica que algo no anda en lo real: la piedra en el zapato que impide caminar, que impide circular. Se concurre al analista cuando la cosa no marcha. Y la transferencia ya es re-anudamiento, el analista allí re-enlaza lo que se ha desanudado: sinthomanalista, como pude anticipar.

Así, hay sinthome antes del análisis -lo que sostiene estable y más o menos adormecida una neurosis-, después es su vacilación la que lleva a alguien a consultar con un analista, y luego el analista puede ser un buen remedio que venga a reparar esa falla que trajo a su paciente a la consulta. Y de allí, como se sabe, surge muchas veces del entorno del paciente la queja de que éste ahora depende de ese analista como una muleta. Pocas veces falta la novia, el hermano, el padre, en fin, el allegado que denuncie hasta qué punto el consul- tante depende de ese analista que, de pronto, se ha vuelto un punto firme de amarre en la existencia. Y ese punto es tan firme, el remedio tan bueno frente al hecho de que no hay relación… que hay que ver si los análisis no se prolongan justamente por eso. Una vez que se encontró una suplencia tan adecuada… ¿por qué dejarla? En fin, lo que destaco aquí entonces es que, efectivamente bajo transferencia se halla esta función del sinthomanalista y vamos a ver que pueden encontrarse seis posiciones distintas para ese re-anudamiento trans- ferencial.