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CHAPTER 3 THERMAL MECHANICAL MODELING ON FRICTION STIR SPOT

3.4 Finite Element Model

3.5.4 Model Validation Using A Different Tool Geometry

casta y la secta. Se distinguen tres grandes religiones (islam, hinduismo y sijismo) y cinco lenguas predominantes (panyabí, guyaratí, bengalí, urdu e hindi), todas representadas entre las asiáticas en Gran Bretaña. Hay también pequeños grupos de budistas y zoroastristas, así como una complejidad ma- yor en cuanto a las lenguas; por ejemplo, las hablantes «bengalíes» son en realidad hablantes de sylhett i, las surasiáticas de la región pakistaní de Azad Kashmir hablan cachemira, y las que solicitan asilo político de Sri Lanka son predominantemente tamiles. Cada grupo religioso y lingüístico está seg- mentado a su vez por distintas castas y sectas. Las culturas que estos grupos habitan y, desde la perspectiva de género, las relaciones sociales de las que forman parte son diferentes entre sí.

Menos en el caso de los asiáticos que llegaron en familia después de ha- ber sido desterrados de Uganda por Idi Amin, las mujeres asiáticas migraron generalmente después que los hombres. Varios factores han infl uido en el rit- mo de la inmigración femenina, como, por ejemplo, los distintos momentos en los que han migrado los hombres de la India, Pakistán y Bangladesh, y las diversas medidas legales y administrativas introducidas por los sucesivos gobiernos británicos para reducir la inmigración negra. Por regla general, la migración de las mujeres indias ha precedido a la de las mujeres de Pakistán y Bangladesh. Así, la ratio relativamente alta de hombres comparada con la de mujeres entre estos últimos grupos sugiere que hay una proporción considerable de familias bangladesíes y pakistaníes que siguen a la espera de reagruparse.

Debido a la variación en el momento de migración, algunos de los temas y preocupaciones que atañen a las diferentes categorías de mujeres asiáticas cambian según el caso, aunque su posición estructural como mujeres negras las expone a muchas experiencias similares. Por ejemplo, muchas mujeres sijs de la India llevan residiendo en Gran Bretaña más de dos décadas, mien- tras que un alto número de mujeres bangladesíes acaba de llegar al país. Una considerable proporción de las mujeres sijs tiene un trabajo remunerado, se ha involucrado en diferentes luchas industriales y, ante la actual recesión, muchas han perdido sus empleos o han de hacer frente a la perspectiva de perderlos. Un área clave de preocupación para estas mujeres es la cuestión del desempleo. Por otro lado, muchas de las bangladesíes recién llegadas se enfrentan a la exclusión del mercado laboral, incluso antes de haber tenido la oportunidad de buscar un empleo. De forma similar, los problemas de vivienda de las familias sijs establecidas desde hace tiempo con vivienda en propiedad son cualitativamente diferentes de los de las familias bangladesíes en el este de Londres, que han sido alojadas en pisos de protección ofi cial de

baja calidad en zonas donde la violencia racial es habitual en la vida cotidia- na. La vida de las mujeres bangladesíes de estas zonas se caracteriza por un acusado aislamiento y por el miedo a los ataques raciales.

No es posible hacer justicia a la complejidad de la experiencia de las mu- jeres asiáticas en una obra de análisis general como ésta. Mi intención es esbozar un panorama general mediante la observación de su posición en el mercado laboral, en el ámbito doméstico y en la educación. Examinaré cómo el racismo patriarcal apuntala la experiencia de las mujeres asiáticas en cada uno de estos campos, y cómo esto se articula con discursos, políticas y prác- ticas estatales de carácter racializado, como las que se articulan en torno a los controles de inmigración. Discutiré las ideologías orientalistas europeas que construyen a las mujeres asiáticas como un elemento «pasivo». Mi objetivo es precisamente el contrario, señalar las muchas y diferentes formas en las que las mujeres de origen asiático en Gran Bretaña están estableciendo ac- tivamente sus propias agendas, desafi ando opresiones específi cas mediante métodos propios y marcando nuevas trayectorias políticas y culturales.

Las mujeres asiáticas y el trabajo remunerado

El uso de la mano de obra de mujeres asiáticas en el corazón de la metrópolis no es simplemente un fenómeno posterior a la Segunda Guerra Mundial. Ya desde principios del siglo XVIII, los empleados británicos de la Compañía Británica de las Indias Orientales importaban mujeres asiáticas a Gran Breta- ña para el servicio doméstico. Estas «ayas» eran requeridas para administrar los caprichos y las necesidades de los adultos y los niños blancos durante un largo y duro viaje de vuelta a Gran Bretaña. Algunas continuaban después con esas familias como empleadas domésticas, mientras que otras eran des- pedidas a la llegada sin un pasaje de vuelta a la India y conminadas a valerse por sí mismas. Muchas vivían en casetas miserables, sufrían el racismo y eran terriblemente explotadas (Visram, 1986).

Como ya hemos visto, la migración asiática de postguerra a Gran Bretaña ha sido parte de un intenso fl ujo de mano de obra de la periferia europea y del Tercer Mundo a la avanzada Europa occidental. Los trabajadores asiá- ticos fueron empleados en Gran Bretaña como respuesta a la crónica esca- sez de mano de obra que conllevó la expansión económica de postguerra. Gracias al boom económico, para los trabajadores blancos fue relativamente fácil asegurarse empleos mejor pagados u obtener plazas de aprendizaje en talleres y en planes de formación. Esto provocó que la escasez de mano de

obra fuera más pronunciada en los sectores de la economía donde las con- diciones de trabajo eran malas y los salarios bajos, con lo que la mano de obra inmigrante acabó principalmente en este tipo de empleo. Así, los tra- bajadores asiáticos en Gran Bretaña llegaron a tener una desproporcionada representación en el ámbito textil, ropa y calzado, la industria metalúrgica, el transporte, las comunicaciones y la distribución. Entre estas ocupaciones principalmente manuales, los trabajadores asiáticos tendían a estar concen- trados en empleos de ninguna o baja cualifi cación.

La gran mayoría de las mujeres asiáticas llegaron con el objetivo de reu- nirse con parientes que ya estaban aquí, aunque, por supuesto, había algunas (estudiantes, viudas, mujeres profesionales solteras, etc.) cuya migración no coincide con este patrón. La concentración de hombres asiáticos en ocupa- ciones de bajo rango salarial pronto provocó que las mujeres asiáticas se in- corporaran al mercado de trabajo. Sus ingresos eran esenciales para el pago de las hipotecas y los alquileres, así como para afrontar el creciente coste de la vida. No obstante, la implicación de las mujeres asiáticas en el mercado de trabajo es desigual. Un estudio reciente ha demostrado que la actividad económica entre mujeres hindúes y sijs de la franja de edad entre 25 y 34 años es mayor que entre las mujeres blancas (Brown, 1984). En el caso de las musulmanas de la muestra, sin embargo, menos de un quinto de aquellas con posibilidad de trabajar tenían un empleo. Habrá que señalar que esta cifra supone probablemente una subestimación, dado que una proporción considerable de musulmanas se dedican al servicio doméstico, una forma de trabajo remunerado que suele quedarse al margen de las estadísticas. Un motivo que se adelanta a menudo para explicar las bajas tasas de actividad económica de las musulmanas es que sus familias no permiten que las muje- res trabajen fuera del hogar. Estas explicaciones exclusivamente culturalistas son, sin embargo, inadecuadas, pues no toman en cuenta factores como: la migración tardía de las mujeres musulmanas de Pakistán y Bangladés com- parada con las mujeres hindúes y sijs de la India; las diferencias en los nive- les de actividad económica de las musulmanas de África si se compara con las musulmanas del subcontinente asiático; la variación regional del número de musulmanas contratadas como mano de obra asalariada en el sudeste y sudoeste de Inglaterra en comparación con Yorkshire y la región central; la posición socio-económica de las mujeres antes de la migración y los distintos momentos históricos en los que estas mujeres entraron en el mercado de tra- bajo «moderno» en sus países de origen; y la estructura de los mercados de trabajo locales en las zonas de asentamientos musulmanes en Gran Bretaña. Además, las investigaciones sobre jóvenes mujeres asiáticas no logran mos- trar ninguna diferencia signifi cativa entre las aspiraciones laborales de las

jóvenes musulmanas y las de las no-musulmanas, lo que trae a primer plano la importancia de la cuestión generacional (véase el capítulo 2, y Parmar, 1982). Cuando toda esta serie de factores se tienen en cuenta, la infl uencia de la religión y de la familia deja de tener la importancia decisiva que a menudo se le atribuye en los discursos occidentales sobre las asiáticas.

Pero no se trata de minimizar los efectos de las ideologías relativas a lo doméstico y lo femenino sobre la situación tanto de las mujeres blancas como de las negras en el mercado de trabajo. La expectativa de que las tareas do- mésticas y el cuidado de los niños sean principalmente responsabilidad de la mujer, así como las ideas sobre la conveniencia de ciertos tipos de empleo para las mujeres fuera del hogar, desempeñan un importante papel al cir- cunscribir el tipo de trabajo remunerado, ya sea a tiempo completo o parcial, sea o no reconocido como cualifi cado (teniendo en cuenta que la defi nición de cualifi cación está socialmente construida en sí misma), y al circunscribir el nivel de remuneración recibido. Así, por ejemplo, en Gran Bretaña, una mayor proporción de mujeres que de hombres realizan un trabajo a tiem- po parcial; las mujeres se concentran en el sector servicios; en cada tipo de ocupación, las mujeres tienden a ser empleadas en los niveles más bajos; las mujeres están concentradas en trabajos de bajo rango salarial y este trabajo es a menudo defi nido como no cualifi cado, incluso cuando implica compe- tencias complejas (Beechey y Whitelegg, 1986). La posición de las asiáticas en el mercado de trabajo se ve afectada no sólo por ideologías de género, sino también por su localización estructural como trabajadoras negras. De media, los hombres asiáticos ganan substancialmente menos que los hom- bres blancos. Esto signifi ca, en parte, que una alta proporción de mujeres asiáticas, en comparación con las blancas, ha tenido que aceptar empleos a tiempo completo por pura necesidad económica, más que por elección pro- pia. Incluso en industrias donde la mano de obra femenina es predominante, las asiáticas se concentran en los trabajos de nivel más bajo. En contraste con el patrón general de concentración femenina en el sector servicios, las muje- res asiáticas se encuentran más a menudo en trabajos de bajo rango salarial, de baja o ninguna cualifi cación, en el sector industrial, especialmente en el textil que ha sufrido un declive reciente (Beechey y Whitelegg, 1986).

Como veíamos en el capítulo anterior, el perfi l de empleo de las mu- jeres y los hombres asiáticos ha cambiado relativamente poco durante las últimas tres décadas, con numerosos datos que ponen de relieve la discri- minación hacia estos trabajadores en términos de acceso al empleo, promoción y formación. Las jóvenes asiáticas, nacidas y crecidas en Gran Bretaña, no son menos objeto del racismo de lo que lo han sido sus padres; y su búsqueda de

trabajo parece ser menos fructífera, incluso si tienen una cualifi cación equi- valente o superior a la de sus homólogas blancas. El desempleo asiático ha aumentado de forma espectacular durante la última década. La tasa de desempleo entre los asiáticos es substancialmente mayor que entre los blancos, con una cifra el doble de alta para las asiáticas que para las blancas. En el capítulo anterior hemos visto que hay diversas razones para ello, incluyendo la concentración de mujeres asiáticas en industrias y niveles de cualifi cación en declive, la reestructuración de la economía mundial, que implica cambio tecnológico y deslocalización de empleos, y la discriminación debida al racismo. Al mismo tiempo se ha dado un crecimiento en la economía de sweatshop [maquilas], que permite que al- gunas corporaciones multinacionales accedan a mano de obra barata y desechable, formada por desempleados y subempleados. Muchas asiáti- cas trabajan en esta economía, especialmente como trabajadoras en talle- res domésticos, un sector que se ha caracterizado por la explotación de sus trabajadores (Mitt er, 1986).

En varias ocasiones desde principios de la década de los sesenta, los trabajadores asiáticos se han visto obligados a ir a la huelga para mejorar sus condiciones de trabajo. Salarios bajos, tarifas distintas por el mismo trabajo según los trabajadores fueran blancos o asiáticos, asignación de las peores tareas a los asiáticos en el proceso de producción y acoso racial y sexual fueron algunos de los aspectos clave de las más importantes luchas industriales iniciadas por trabajadores asiáticos (véase el capítulo 1). Las mujeres asiáticas han desempeñado un papel central en todas estas luchas. La huelga de Imperial Typewriters de 1974 en Leicester, y la huelga de Grunwick de 1977 en Londres fueron protagonizadas principalmente por mujeres, y todos los huelguistas de la fábrica de caramelos Chix en Slough y en Fritt ers en el norte de Londres fueron mujeres. Las mujeres han sido igualmente la columna vertebral de otras luchas industriales a través de actividades para movilizar apoyos entre las comunidades asiáticas. Por ejemplo, cuando los hombres asiáticos de la fábrica de caucho Woolfe fue- ron a la huelga a mediados de los sesenta, las asiáticas fueron el pilar de la solidaridad de la comunidad, y esto se demostró tan crucial como la unión entre los trabajadores. Estas luchas pusieron de relieve un racismo endémi- co, tanto entre los compañeros de trabajo blancos como en el movimiento sindical.

Racismo patriarcal, cultura y «familia»

Este epígrafe está dividido en dos partes. En la primera parte mi objetivo es mostrar que la legitimación del racismo estatal en la Gran Bretaña de post- guerra se ha apoyado, fi rmemente, en construcciones ideológicas particulares sobre las prácticas culturales asiáticas. Ejemplifi co este punto en referencia específi ca a la introducción e implementación de controles de inmigración. Asimismo, repasaré, aunque brevemente, los efectos de la política de inmi- gración en las comunidades asiáticas, especialmente en las mujeres. Ade- más, señalaré las considerables coincidencias entre los discursos coloniales y los discursos contemporáneos, ambos mediatizados por la cuestión racial, sobre la posición de las asiáticas en las relaciones de género. En otras palabras, la primera parte se ocupa de las inscripciones de «la familia asiática» a través de las prácticas institucionalizadas del Estado británico. La segunda parte se centra en la «familia» como experiencia vivida.

La «familia» asiática y el racismo de Estado

La trayectoria del racismo británico anti-negro está estrechamente vincu- lada a la historia del desarrollo del capitalismo y su relación con el colonia- lismo y el imperialismo. Las ideologías de la «raza» han sido una caracte- rística central en la constitución histórica y en la elaboración y reorganiza- ción contemporánea de la división internacional del trabajo; han sido un punto clave en la reproducción de una clase trabajadora británica dividida racialmente (Hall et al., 1978). El Raj británico fue legitimado por un discur- so de «misión civilizadora» que era, en el mejor de los casos, arrogante. Se reconoció que la India «había tenido una civilización», esto es, que se trataba de una estructura política más con un pasado que con un presente: había perdido el norte y descendido a un sopor caótico del que necesitaba «des- pertar». De qué forma debía ser «despertada» exactamente variaba según los intereses económicos, políticos y religiosos de la categoría particular del «civilizador» en cuestión. Los comerciantes de la Compañía Britá- nica de las Indias Orientales y, posteriormente, los distintos segmentos del capital industrial, comercial y fi nanciero, los administradores del go- bierno colonial, los misioneros, etc., todos tenían intereses parcialmente solapados, pero que con frecuencia entraban en confl icto. Las diferentes tendencias políticas en Gran Bretaña (conservadores, liberales, utilitaris- tas, laboristas, sufragistas, comunistas, etc.) encontraron sus fervientes partidarios en la India. Es más, el gobierno colonial de la India fue un campo de batalla para estas ideologías, al competir todas ellas por la

hegemonía, por presentar «la solución» al deslizamiento de la India hacia su actual «declive». Pero no eran tanto soluciones como factores consti- tutivos de aquello para lo que se presentaban como solución. Las repre- sentaciones coloniales ofrecían lecturas cosifi cadas y contradictorias de las culturas indias, construidas de diferentes formas: nobles y espiritua- les pero también poco realistas y profundamente supersticiosas; sutiles y sensuales a la par que licenciosas y brutales; majestuosas pero ostentosas; repletas de antigua sabiduría «científi ca» a la vez que caracterizadas por una emotividad desenfrenada en oposición a la racionalidad «occiden- tal» (Hutchins, 1967; Greenberger, 1969). Estos discursos se elaboraban a menudo en torno a la noción de la «familia» como portadora de estas culturas, y en torno al imaginario de las mujeres indias como criaturas implacablemente oprimidas que debían ser salvadas de su degradación. Los británicos se proclamaban como fuerza liberadora en las colonias, especialmente para las mujeres, si bien, como muestran Liddle y Joshi (1985), la política colonial en los temas concernientes a la posición de las mujeres estaba plagada de contradicciones. Mientras se liberalizaba la ley en algunos temas, en otros las políticas o bien reforzaban la desigualdad de género existente, o bien creaban una nueva forma igualmente opresiva para las mujeres, si no más. Liddle y Joshi explican que los británicos no tenían ningún interés en la posición de las mujeres en sí, más que en la medida en la que las divisiones de género mediaban en la estructura del imperialismo.

Parece existir una notable continuidad entre los discursos imperiales sobre las asiáticas y aquellos construidos en torno a la experiencia de las asiáticas en la Gran Bretaña de postguerra. Muchos de los discursos acadé- micos, políticos y populares contemporáneos las presentan también como «dóciles» y víctimas «pasivas» de las arcaicas costumbres «tradicionales» y de los dominantes hombres asiáticos. Estos discursos patologizan a la familia asiática, al presentarla como el problema principal de las mujeres asiáticas, en lugar de prestar atención a la problemática creada por las des- igualdades raciales, sexuales o de clase. Plantear una continuidad entre los discursos imperiales y los contemporáneos no pasa por sugerir una identi- dad entre ambos. Como ha explicado Stuart Hall, el racismo de hoy en día es el racismo de una formación social en decadencia y no el del «mediodía imperial». Se inscribe en la crisis económica, política y cultural experimen- tada en el corazón de la metrópolis, y tiene su propia especifi cidad (Hall, 1978). Los nuevos discursos recurren a lo antiguo pero conectan con nue- vos repertorios al insertarse en condiciones sociales y culturales que han