CHAPTER 3: METHODOLOGY
3.3. Modifying a Ramp Metering Algorithm to Meter Based on the Optimum Volume
La paz que todos buscamos requiere más que un deseo.
Requiere que actuemos: al aprender de Él, al escuchar
Sus palabras y al caminar con Él.
la mansedumbre de mi Espíritu, y en mí tendrás paz. Yo soy Jesucristo” 5.
Aprender, escuchar y caminar: tres pasos con una promesa.
Primer paso: “Aprende de mí”
En Isaías leemos: “Y vendrán muchos pueblos y dirán: Venid, y subamos al monte de Jehová, a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará acerca de sus caminos” 6.
En la cantidad cada vez mayor de templos en todo el mundo aprendemos de Jesucristo y de Su función en el plan del Padre como el Creador de este mun-do, como nuestro Salvador y Redentor, y como la fuente de nuestra paz.
El presidente Thomas S. Monson ha enseñado: “El mundo puede ser un lugar difícil y desafiante en el cual vivir… Cuando ustedes y yo vayamos a las san-tas Casas de Dios, cuando recordemos los convenios que hemos hecho allí, seremos más capaces de soportar toda prueba y superar cada tentación. En ese sagrado santuario encontraremos paz” 7.
En una asignación en una conferen-cia de estaca hace unos años, mientras prestaba servicio en Sudamérica, cono-cí a una pareja que lloraba la muerte reciente de su bebito.
Fue en una entrevista durante el transcurso de la conferencia que conocí por primera vez al hermano Tumiri y supe de su pérdida. Cuando hablamos, compartió que no solo le entristecía pro-fundamente la muerte de su hijo, sino que también le devastaba pensar que nunca lo volvería a ver. Me explicó que, siendo miembros relativamente nuevos de la Iglesia, habían ahorrado suficiente dinero para asistir al templo solo una vez, antes del nacimiento de su niñito, donde habían sido sellados como pareja y a sus dos hijas. Entonces describió cómo habían estado ahorrando dinero para poder regresar al templo, pero que
no les había sido posible llevar a su hijito para sellarse a él también.
Reconociendo un posible malenten-dido, le expliqué que ciertamente vería nuevamente a su hijo, si se mantenía fiel, porque la ordenanza del sellamiento que lo había ligado a su esposa e hijas tam-bién era suficiente para ligarlo a su hijo, quien había nacido en el convenio.
Sorprendido, me preguntó si era realmente verdad y, cuando le confirmé que así era, entonces me preguntó si estaría dispuesto a hablar con su espo-sa, quien había estado inconsolable las dos semanas desde que había fallecido su hijo.
El domingo por la tarde, después de la conferencia, me reuní con la herma-na Tumiri y le expliqué también a ella esa gloriosa doctrina. Con el dolor de su pérdida todavía tan reciente, pero ahora con un rayo de esperanza, me preguntó entre lágrimas: “¿Realmente podré tener a mi hijito en mis brazos nuevamente? ¿Realmente es mío para siempre?”. Le aseguré que si guardaba sus convenios, el poder de sellamiento que se encuentra en el templo, efectivo gracias a la autoridad de Jesucristo, cier-tamente le permitiría estar con su hijo nuevamente y tenerlo en sus brazos.
La hermana Tumiri, aunque des-truida por la muerte de su hijo, salió de nuestra reunión con lágrimas de
gratitud y llena de esperanza gracias a las sagradas ordenanzas del templo, hechas posible por nuestro Salvador y Redentor.
Cada vez que asistimos al templo —en todo lo que escuchamos, hacemos y decimos; en toda ordenanza en la que participamos; y en todo convenio que hacemos— se nos dirige a Jesucristo. Sentimos paz cuando escuchamos Sus palabras y aprendemos de Su ejemplo. El presidente Gordon B. Hinckley ense-ñó: “Vayan a la Casa del Señor y sientan Su Espíritu, y estén en comunión con Él, y conocerán una paz que no podrán hallar en ninguna otra parte” 8.
Segundo paso: “Escucha mis palabras”
En Doctrina y convenios leemos: “Sea por mi propia voz o por la voz de mis siervos, es lo mismo” 9. Desde el tiempo de Adán y en todas las épocas hasta nuestro profeta actual, Thomas Spencer Monson, el Señor ha hablado por medio de Sus representan-tes autorizados. Los que decidan escu-char y prestar atención a las palabras del Señor, proporcionadas mediante Sus profetas, hallarán seguridad y paz.
En el Libro de Mormón encontra-mos muchos ejemplos de la impor-tancia de seguir el consejo profético y de permanecer del lado del profeta, incluso una lección que se aprende
de la visión de Lehi del árbol de la vida, que se encuentra en 1 Nefi, capí-tulo 8. El edificio grande y espacioso nunca ha estado tan lleno, y el ruido que proviene de sus ventanas abiertas nunca ha sido tan desacertado, confuso y de burla que en nuestros días. En ese pasaje leemos de dos grupos de perso-nas y de sus respuestas ante los gritos provenientes del edificio.
Comenzando en el versículo 26, leemos:
“Y yo también dirigí la mirada alrededor, y vi del otro lado del río un edificio grande y espacioso…
“Y estaba lleno de personas… y se hallaban en actitud de estar burlándo-se y burlándo-señalando con el dedo a los que habían llegado hasta el fruto y estaban comiendo de él.
“Y después que hubieron probado del fruto, se avergonzaron a causa de los que se mofaban de ellos; y cayeron en senderos prohibidos y se perdieron” 10.
En el versículo 33 leemos de otros que tuvieron una respuesta diferente ante el escarnio y la burla proceden-tes del edificio. El profeta Lehi explica que los que estaban en el edificio “nos señalaban con dedo de escarnio a mí y también a los que participaban del fruto; pero no les hicimos caso” 11.
La diferencia clave entre los que se avergonzaron, cayeron y se perdieron, y los que no prestaron atención a las burlas procedentes del edificio y per-manecieron con el profeta, se encuen-tra en dos frases: primero, “después que hubieron probado”, y segundo, “los que participaban”.
El primer grupo había llegado al árbol, había permanecido por un tiempo con el profeta, pero solo había
probado el fruto. Por no continuar
comiéndolo, permitieron que las burlas procedentes del edificio influ-yeran en ellos, alejándolos del profeta
hacia senderos prohibidos, donde se perdieron.
A diferencia de los que probaron y luego se desviaron estaban los que fueron hallados continuamente
partici-pando del fruto. Esas personas hicieron
caso omiso del bullicio del edificio, permanecieron al lado del profeta y disfrutaron la seguridad y la paz con-siguientes. Nuestro compromiso con el Señor y Sus siervos no puede ser un compromiso parcial. De ser así, queda-mos vulnerables ante los que procuran destruir nuestra paz. Cuando escu-chamos al Señor mediante Sus siervos autorizados, permanecemos en lugares santos y no podemos ser movidos.
El adversario ofrece soluciones falsas que aparentemente proveen res-puestas, pero que nos alejan aún más de la paz que buscamos. Nos ofrece un espejismo que tiene la apariencia de ser válido y seguro, pero finalmente, al igual que el edificio grande y espacio-so, caerá, destruyendo a todos los que buscan la paz dentro de sus muros.
La verdad se encuentra en la sen-cillez de una canción de la Primaria: “Siempre obedece los mandamientos; tendrás gran consuelo y sentirás paz ” 12.
Tercer paso: “Camina en la mansedumbre de mi Espíritu”
No importa cuánto nos alejemos del camino, el Salvador nos invita a regre-sar y caminar con Él. Dicha invitación de caminar con Jesucristo es una invi-tación de acompañarlo en Getsemaní,
y de Getsemaní al Calvario, y del Calvario al sepulcro en el huerto. Es una invitación a observar y aplicar Su gran sacrificio expiatorio, cuyo alcance es tan personal como es infinito. Es una invitación a arrepentirse, a hacer uso de Su poder limpiador y a tomar Sus amorosos brazos extendidos. Es una invitación a tener paz.
Todos hemos sentido, en algún momento de nuestra vida, el dolor y la aflicción relacionados con el pecado y la transgresión, pues “si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros” 13. Sin embargo, “aunque [nuestros] pecados sean como la gra-na”, conforme apliquemos la expiación de Jesucristo y caminemos con Él mediante el arrepentimiento sincero, “como la nieve serán emblanqueci-dos” 14. Aunque nos haya agobiado el peso de la culpa, obtendremos paz.
Alma hijo se vio obligado a afrontar sus pecados cuando lo visitó un ángel del Señor. Describió la experiencia con estas palabras:
“Mi alma estaba atribulada en sumo grado, y atormentada por todos mis pecados.
“… Sí, veía que me había rebelado contra mi Dios y que no había guarda-do sus santos mandamientos” 15.
Tan graves como fueron sus pecados, y en medio de esa prueba, continúa:
“También me acordé de haber oído a mi padre profetizar al pueblo concer-niente a la venida de un Jesucristo, un Hijo de Dios, para expiar los pecados del mundo.
“Y… clamé dentro de mi corazón: ¡Oh Jesús, Hijo de Dios, ten misericor-dia de mí…!” 16.
“Y no fue sino hasta que imploré misericordia al Señor Jesucristo que recibí la remisión de mis pecados.
la recuerdan; a otros les ofende. Otros, entre quienes se cuentan algunos eruditos sobre la familia, la desatien-den o la desdeñan. Muchos otros no se oponen particularmente a ella, pero tampoco se comprometen con ella. Mucha gente desea que pudiéramos tomar medidas al respecto, pero creen que nuestra sociedad sencillamente ya no puede o no va a hacerlo” 1.
Como Iglesia, creemos en los padres. Creemos en el “ideal del hombre que pone a su familia en primer lugar” 2. Creemos que “por designio divino, el padre debe presidir la familia con amor y rectitud y es responsable de proveer las cosas necesarias de la vida para su familia y de proporcionarle protección” 3.
Por el élder D. Todd Christofferson Del Cuórum de los Doce Apóstoles
H
oy deseo hablar sobre los padres. Los padres son fundamentales en el divino plan de felicidad y deseo alzar mi voz de aliento a todos los que se esfuerzan por cumplir bien con ese llamamiento. Alabar y alentar la paternidad y a los padres no supone avergonzar ni excluir a nadie. Hoy simplemente me centro en el bien que los hombres pueden hacer en las más elevadas de las responsabilidades mas-culinas: ser esposo y padre.David Blankenhorn, autor del libro
Fatherless America, ha observado: “En
la actualidad, la sociedad estadouni-dense está fundamentalmente dividida y es ambivalente respecto a la noción de la paternidad. Algunos ni siquiera