Se dirigió hacia el baño tranquilamente tratando de no trastabillar, había bebido más de la cuenta, a diferencia de Felipe no se le notaba, sabía guardar su compostura, se fijaba mucho en su manera de actuar de modo que nunca resaltara en él algún tipo de comportamiento irregular u hostil como lo hacía Felipe. Mario caminaba en busca de un baño más privado. El de la piscina, donde iba la mayoría de los invitados de la fiesta, estaba atestado de gente y seguramente algún prepotente le tocaría la puerta para que se apurara. A Mario no le gustaba hacer las cosas con rapidez, se tomaba su tiempo para todo y para estos menesteres más todavía. Preguntó a un mozo por el baño del hotel y caminó por un jardín con bloques de cemento señalando un camino que era iluminado por la Luna llena. Pensaba que había llegado el momento de parar todo ese alcohol que lo adormecía y le causaba problemas al hablar, entró al baño y abrió una de las puertas que escondían los inodoros. Entró, cerró la puerta y se bajó la bragueta. Miccionó con placer al sentir que su vejiga se encogía, luego descargó. No, eso no es para mí, se decía, eso de comer o bailar para disminuir los estragos son cojudeces, yo no he nacido para eso.
En sus años de adolescente solía entrar a los baños o a cualquier lugar donde pudiera hacerlo tranquilamente. Se introducía el dedo en la boca hasta que tocara la amígdala. Se convulsionaba un par de veces y a una tercera lograba arrojar las substancias que había bebido. Eso le daba una sensación de calma temporal, de bienestar, pero no era el santo remedio, con el tiempo aprendió de sus amigos otras cosas, tomaba aspirinas o anfetaminas. Ese mismo grupo de amigos fue el que lo llevó a conocer nuevas maneras de recuperarse de un marasmo.
Tras haber estado en sucesivos colegios de prestigio, Mario fue expulsado de uno tras otro, sus padres no sabían qué hacer. Le hicieron encefalogramas, sesiones con terapeutas y psicólogos, pero todo parecía normal. El problema según un psicólogo era que Mario detestaba el estudio. Al margen de un pequeño desorden de atención, Mario era inteligente pero flojo. Así llegó a primero de secundaria para incorporarse al último colegio en Lima que lo podía aceptar, el Juan Pablo II, un colegio donde al igual que él llegaban alumnos y alumnas que habían sido expulsados de los mejores colegios, y era el único que aseguraba que los hijos de los padres preocupados de ver que ellos se descarriaban no vuelvan a repetir el año o ser expulsados. La enseñanza se basaba en pequeñas clases con profesores especialistas en chicos problemas, los cursos eran los necesarios y se daba hincapié en que los alumnos entendieran. Las horas de clase también eran menores. Lo que hacía que estos alumnos aprendieran eran los talleres después de clases, los alumnos no podían partir a su casa sin haber resuelto las tareas que se les encargaba a diario, ejercicios y cuestionarios básicos que podían ser resueltos por cualquiera con un poco de paciencia. Mario se encontró con muchos estudiantes que como él eran considerados problemáticos, no le quedó otra más que hacerse amigo de ellos y por el resto de su estadía en la secundaria fue su grupo de referencia, salvo algunas visitas a sus primos y antiguos compañeros de clase. En este ambiente se hallaba Mario quien no dudó en salir después de clases con ellos y enfilar a algún lugar desconocido en busca de aventuras.
Con ellos fue a un burdel por primera vez y tuvo su primera borrachera en el parque Kennedy a punta de cajas de vino tinto. Aprendió a fumar cigarrillos y habanos, se tiraba la pera
algunas veces y terminaba en algún boliche o chingana del centro de Lima o la avenida Argentina. Otras veces simplemente se largaba al cine, preferiblemente porno. Competía con sus amigos en el baño del colegio a quien se tiraba la paja más rápido y quién lanzaba esperma más lejos. Lo bautizaron cuando fumó su primer pito de marihuana, vicio que había dejado, pero no por completo al ingresar a la universidad. Al término del colegio sus padres lo matricularon en una academia preuniversitaria. Se demoró un año en ingresar, pero al fin lo hizo y a la única cafetería con universidad adentro, la de Lima. En la academia se topó con nueva gente, diferente a la que había estado acostumbrado a ver, recordó los años en que detestaba no estar limpio y las vulgaridades que jamás se imaginó iba a adquirir como propias. Le dedicó menos tiempo a ver a sus amigos del Juan Pablo II, sólo los veía los días de semana, pero eso no significó dejar atrás los vicios aprendidos, con el tiempo y ya en ese último año los dejó de ver completamente.
Mario guardaba otro vicio que escondía de todos, menos de sus amigos de la secundaria quienes habían sido los incitadores. En la universidad había recobrado la costumbre de ser discreto y no demostrar debilidades ante nadie, le gustaban mucho sus nuevas amistades y no quería perder el rumbo con ellas. Pensaba que sólo lo hacía para contrarrestar el maldito alcohol, ése que le producía adormecimiento, que no lo dejaba gozar del resto de las reuniones y fiestas, y en este caso la celebración del año nuevo con sus amigos. Se repetía a sí mismo “esto no es una adicción es sólo para contrarrestar el alcohol”.
En su reloj daban las cuatro de la mañana, la noche había avanzado con rapidez y era necesario recuperar el tiempo perdido. Saca su billetera del bolsillo izquierdo del jean y la abre. De los pliegues extrae un billete de un dólar y de una falsa pared busca un objeto con los dedos. Lo encuentra y lo pone en la tapa del inodoro al igual que su billetera y el billete. Es un paquetito pequeño de papel platina que está doblado en cuadraditos. Lo abre con mucha torpeza, ha perdido gran parte de la noción del tacto y maldice porque las putas cervezas lo ponen así, ruega que dios lo ayude a poder abrirlo, y que su contenido no se caiga al suelo. Cae sudor frío de la frente, se lo seca con el hombro y prosigue. Logra abrir el paquetito de aluminio por fin, su contenido es blanco. Mario se pregunta si serán suficientes cinco gramos de cocaína, la mejor del mundo, nada que ver con esa mierda que venden en los Estados Unidos y Europa, la suya era de laboratorio casero y sabía de su pureza. Nada malo le podía pasar, era el mismo proveedor de siempre, y lo mejor de todo, es más barata que en el extranjero porque aquí es donde se produce, aquí es donde nace toda la cojudez, ésta es la madre de todos los corderos. Se moja el dedo índice con un poco de saliva y lo pega muy despacio en el papel platina, y como le habían enseñado en el Juan Pablo II se pasa el dedo por la encía superior y saborea. Está exquisita, nunca falla. Deja el papel platina sobre la tapa del inodoro y comienza a enrollar el billete casi nuevo, duro, lo suficiente para que deje un agujero en el medio del rollo. Tarda un minuto y ruega a dios que lo ayude a terminar con esa agonía. Sus dedos están incontrolables, cómo le gustaría que alguien lo ayude, pero eso sería delatarse, no lo podría hacer jamás, con sus nuevos amigos sería un suicidio, no lo podrían entender, nunca más le dirigirían la palabra, todos ellos son de buenas familias, igual que él. Se acuerda que por unos años sus modales eran como los de un perro y las vulgaridades de sus amigos de la secundaria le trajeron problemas en la academia preuniversitaria. Se dio cuenta que su lenguaje y manierismo eran los de una persona de ínfima categoría, no, eso no podría pasar de nuevo, era feliz donde estaba y no quería que nada lo arruine, quería tener una vida normal, un futuro prometedor y una buena mujer. Seguramente tendría dos hijos, pero tampoco sabía qué hacer con su otro problema, no sabía si valía la pena mantener una vida de apariencias al casarse con una mujer y además tener hijos, no, eso no es
cosa fácil, si no estoy seguro no lo hago, tengo que planearlo, hay tiempo para eso, por ahora tengo que terminar este maldito rollo.
El sudor frío seguía chorreando de la frente. Se lo seca nuevamente con el mismo hombro. La camisa está mojada por el sudor en la parte derecha del hombro. Por fin termina de enrollar el billete. La tarea siguiente era más fácil, pero nada deleznable por lo malo de su pulso. Extrae de su billetera la tarjeta de identificación de la Universidad de Lima y traza dos pequeños surcos en el papel platina, todo estaba casi listo. Se agacha hacia la tapa del inodoro, baja la cabeza y aspira el aire que rodeaba el papel platina, detestaba el olor a ácido que se desprende, pero aun así lo sigue oliendo, no lo puede evitar. Tiene que ser cuidadoso con eso, no quiere que el olor lo delate en su casa o con sus amigos. Se acerca el billete enrollado hacia la fosa nasal derecha y se tapa la izquierda, comienza a aspirar el primer surco de sur a norte. Siente un ligero ardor y el sabor que se cuela por su garganta. Lo pasa y repite el mismo procedimiento con el segundo surco y la fosa izquierda. Levanta la cabeza, se para y aspira repetidas veces como si hiciera yoga, con fuerza para no desperdiciar los residuos en las paredes nasales. Guarda el papel platina en la pared falsa de su billetera y limpia los utensilios con papel higiénico para no dejar huellas u olor alguno. Los ordena en su billetera y se la guarda en el bolsillo izquierdo del jean como de costumbre. Transcurre unos segundos pensativo, contradictoriamente sin ninguna idea en la cabeza. Luego entra en contacto con la realidad, abre la tapa del asiento, se baja los pantalones, piensa en sus amigos, piensa en aquel nuevo amigo que han conocido, Rodrigo, tiene buen cuerpo, es alto y es tablista. Lo recuerda cuando lo vio entrar al mar con websuit, le delineaba el cuerpo como al de un bailarín de ballet, como al de un torero andaluz. Se masturba rápidamente, no le toma mucho, está muy excitado. Descarga y se limpia. Se acomoda el jean y la camisa. Revisa que todo esté bien y sale. Se mira en el espejo bajo el cual se encuentra el lavatorio. Abre la llave, y se lava las manos con jabón liquido. Una vez limpias empoza en sus dos manos un chorro de agua y se lo echa en la cara. Se siente mejor, piensa Mario, aunque el pulso todavía le falla, ya mejorará en unos minutos se dice, siente remordimiento por lo que ha hecho. Como siempre se perturba. Por qué él, por qué a él le suceden esas cosas, y sus amigos qué, por qué él tenía que estar entre dos mundos ocultándose de los demás, de sus amigos y de sus padres. Se mira al espejo y se repite, no es una adicción lo hago para neutralizar el alcohol.
Cuando sale del baño se percata que son las cuatro y media, se ha demorado treinta minutos en el baño, espera que nadie note su tardanza. Se siente culpable nuevamente, lo acosan los remordimientos. Mientras camina por los bloques de cemento que hacen de camino y a la luz de la Luna se apena de lo que pudo haberle hecho a Felipe. Él era un buen amigo, bonachón que lo ayudaba en los exámenes, las asignaciones y hasta lo defendía de los demás cuando se metía en problemas. Aquella vez que impidió que entraran sus amigos de la secundaria a robar a casa de Felipe todavía estaba fresca en su memoria. Mario había sido encargado del reglaje. Sabía todo, desde la hora que salían y regresaban y donde se encontraban las cosas de valor. Trató de convencer a sus amigos de la secundaria que era demasiado peligroso, que tenían una alarma silenciosa que se activaba y estaba dispersa en lugares de la casa que él desconocía. Lo obligaron a seguir indagando hasta que desistieron. Mario les había contado que habían contratado un vigilante vestido de civil que rondaba la casa por las noches, tuvo que canjear el botín de la casa de Felipe por otro de un no muy amigo suyo también de la universidad con el que había compartido horas de estudio en la casa. Aunque ya no los veía como antes, siempre acudían a él para pedirle favores, siempre favores de tipo económico, y él, a cambio de su silencio accedía a darles información sobre algunas familias que conocía.
Mario se alegraba de haber tenido la oportunidad de entrar a la universidad y conocer gente nueva. A sus padres les gusta sus nuevas amistades, están contentos, lo dejan salir y llegar a la hora que quiere, le dan una mesada que le sirve para salir con sus amigos y de vez en cuando comprarse cocaína de la buena. Eso sí, sus padres no saben nada, no sería bueno que se enteren, se caería todo por la borda, tampoco sería bueno que se enteren de su antiguo pasatiempo, no lo perdonarían nunca no solamente por ser un vulgar soplón de ladrones sino por el hecho de haberle robada las joyas a su propia abuela, a su propia sangre. Se alegra de haber tenido la oportunidad de enderezar su vida, más vale tarde que nunca, se dice.
Todo eso ha quedado atrás dice Mario, tratando de convencerse que es cierto, sus vicios no son un problema, eso lo puede controlar y además no le hace daño a nadie. Sus principios han vuelto a renacer, a enraizarse en él y a brotar nuevas hojas, quiere ser feliz y vivir una vida tranquila con gente que lo quiera, que lo acepte como es. Esto último le hace pensar que hay algunas cosas que vale la pena no ser descubiertas, no decírselas a nadie, guardárselas para uno mismo, la verdad sólo le traería problemas.
Rumbo a la pista de baile trastabilla, pero sabe mantener el equilibrio y no irse de cara contra el piso. Sus amigos lo esperan, están bailando cada uno a su manera. Felipe sigue intoxicado con Pulp Fiction y el Mudo sólo se mueve de un lado para otro sin ritmo, caso contrario a Rodrigo quien baila a buen paso con una bella chica a la que agarra de la cintura, luego de las manos y finalmente le da una voltereta como a una prima ballerina. Mario se imagina que él es quien está bailando con Rodrigo, le gustaría mirarlo tiernamente, sentir su olor, acariciarlo y besarlo. Es imposible se dice, eso no pasaría jamás, perdería todo, lo mejor sería guardar sus cosas para él mismo, no se lo contaría a nadie jamás, ni a su gran amigo Felipe que lo recibe con un abrazo y palmadas en la espalda, le dice que lo quiere y también que por qué se ha demorado tanto. Mario intuye que Felipe lo ha estado chequeando últimamente y que se preocupa de él, piensa que tal vez es sólo un comentario de borracho y finge no escucharlo.
—Te conozco picarón —dice Felipe ebriamente.
Mario no hace caso alguno y decide acoplarse al grupo y bailar, no se iba a poner nervioso por ese comentario, Felipe sólo está borracho y le gusta joder, se dice. De casualidad o queriéndolo Mario se pone al lado de Rodrigo, le hace un gesto y le da una palmada, acercándose y robándose su olor, cierra los ojos por unos segundos y se siente feliz. Ya no importan ni su temblor en las manos ni sus remordimientos, otra vez está de vuelta en el lugar donde ha escogido estar, al lado de sus amigos.