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Como le había prometido al Mudo hacía unos días, le dediqué una tarde a caminar por el lado norte de la playa, hice un esfuerzo por no pensar en lo largo del camino. Llevamos una bolsa con unas latas de cerveza y enrumbamos a lo desconocido. La arena era probablemente la más clara de todo el Perú, y digo más clara porque el Perú no tiene arenas blancas como el Caribe. El color es para mí indescriptible, tal vez la mejor manera de dar con el color es haciendo referencia al color “blanco arena”, nombre que se utiliza comúnmente en las ferreterías cuando se compra pintura que se asemeja a la arena. Al comienzo veíamos una amplia playa con algunos desperdicios y cabañas de pescadores, con corralones cercados por palos y ramas de árboles hundidos en la tierra. Se podía ver chanchos, gallinas y cabritos en los corralones, árboles de frutos y algunos sembríos que debían ser utilizados para el consumo diario. Los niños jugaban a la orilla del mar un partido de fulbito, con una pelota de plástico y piedras haciendo de arcos. El campo de fulbito era más imaginario que real, no había perímetro y la bola jamás salía, se podía correr por el mar en busca de la pelota y los chiquillos iban pateando a una pelota que parecía pegada al agua, hasta que por fin alguien la pateaba tan fuerte que regresaba a la arena. El balón mojado al contacto con los pies calatos de los chiquillos sonaba como látigo, seguramente les dolía pero no se quejaban, estaban acostumbrados. De la misma manera pateaban la bola húmeda y arenosa, debían sentir una lija en el empeine que los raspaba, no, los chiquillos seguían jugando, corriendo, empujándose, trompeándose y gritándose la vida. Al lado del fulbito había una parejita de niños haciendo volar una cometa casera. Por momentos lo lograban aunque todo esfuerzo terminó cuando el artefacto cayó al agua e indiscutiblemente se mojó. En la orilla y casi entrando al mar se hallaban grandes fierros como anclados profundamente, inamovibles servían para enlazar una cuerda que desaparecía conforme el mar avanzaba, contenían redes de pescar que hombres retintos por el sol recogían y reparaban. Luego de unos trescientos metros de camino las cabañas nos dejaron solos, con la arena queriendo invadir las pequeñas lomas de pastos chutos, el viento corría fuerte haciendo saltar la arenilla seca sobre las lomitas.

Ya lejos de la humanidad nos topamos con la primera bandada de aves que huía ante el temblor de nuestros pasos en perfecta coordinación, volaban en la misma dirección nuestra, hacia el norte, para luego virar hacia la izquierda, cruzando el mar y volviendo a aterrizar en la arena, a nuestras espaldas, como sabiendo que los humanos sólo se mueven en la misma dirección. El chirrido y festejo de las aves formaba junto con el ruido de las olas un concierto ambiental que sólo lo pueden escuchar en un disco compacto los habitantes de los países nórdicos. En el mar otra bandada de aves de distinta especie revoloteaba en el aire para de un momento a otro caer en picada en busca de peces, repitiendo la misma operación una y otra vez, sin fijarse en el tiempo, como sabiendo que ese era su turno y las demás especies tenían que esperar en la arena. Claro, yo no lo sabía, como sí lo sabía el Mudo, que algunas especies de aves sólo se alimentaban de conchitas, muy muyes y cangrejos por lo que no tenían que volar hacia el mar. Las aves de orilla tenían por lo general el pico muy corto, mientras las aves pescadoras tenían un pico más largo y grande, necesario para la faena. Fue en ese contexto que el Mudo empezó diciendo:

—Yo tengo quien te pueda dar cobijo y trabajo, y así poder cumplir tu sueño, te quedas con Lalo y solucionado tu problema, adiós a la civilización —dije bromeando.

—No te rías, lo digo en serio, algún día lo haré, no ahora que me falta terminar mi carrera, cuando pasen algunos años y sea un arquitecto con éxito ahorraré para construirme una casa aquí, con la esperanza de algún día establecerme definitivamente. Esto es maravilloso en comparación con la vida de Lima. Estos días han sido magníficos, no los podría cambiar por nada del mundo. La gente es más amable, el Sol brilla casi siempre y ni hablar del mar, las aves y la comida. Sería un loco en no reconocer que lo que tenemos en nuestras narices es lo mejor que hay, lo demás es deprimente. No nos olvidemos del tráfico de la ciudad, la neblina en todo el otoño e invierno, sin contar los días de verano que están nublados, además la humedad es exagerada, no creo haya ciudad en el mundo donde semejante humedad se dé sin que siquiera llueva. Y ni qué decir de la gente, nadie es capaz de ayudarte si tienes un problema, todos te sonríen y te miran de reojo, ni qué decir de la famosa mirada despectiva de arriba para abajo como si te estuvieran chequeando desde el pelo hasta la punta de los zapatos. No hermano, la gente es pura envidia, puro rencor y egoísmo. En resumen, la gente es una caca y para qué sigo si nos vamos a deprimir en un día tan bonito. Recuerdas que Lima era la ciudad de los reyes, la ciudad jardín y qué sé yo, pues pasó a ser Lima, la horrible, según Salazar Bondy, y yo le añadiría terminando el siglo veinte “Lima: la ciudad corrupta”. Y creo que me quedo corto, fíjate en cada gobierno desde la República, ya sea militar o demócrata o seudo demócrata, todos han sido lo mismo, puro robo, ansias de poder y venganza por todo lo que un cojudo, o sea cualquier presidente, no pudo tener cuando crecía, ya sea dinero, alcurnia, estatus o reconocimiento. Todo es la misma chola con distinto calzón como dicen por ahí. Esto te lo cuento a ti porque me has caído bien, pareces ser una persona abierta, olvídate, si me pusiera hablar así con la mayoría de gente, me tasarían de loco, de comunista, qué sé yo.

—No concuerdo en todo Mudo, pero me parece interesante tu punto de vista. Qué te parece un brindis, ya se acabó tu cerveza, vamos tómate ésta —le alcancé una lata de la bolsa y brindamos por los buenos tiempos.

—No es broma Piero, fíjate lo que nos pasó el otro día, estábamos divirtiéndonos en pleno año nuevo y de repente, ¡plaf! Nos asaltan. ¿Qué es esto?, ya no se puede vivir tranquilo y lo peor no es el asalto sino quien nos asaltó, resultó siendo un policía y nosotros los criminales. Sólo en un país como éste sucede, por eso ando armado, porque nadie vela por mi persona. El Estado roba y las fuerzas de seguridad también, entonces quién nos va a defender, pues uno mismo, no queda otra Piero. Cómo es posible que el encabezado del diario local diga que policía fue asaltado en la carretera y muerto vilmente por unos delincuentes, el delincuente fue él. Bonita época la que nos ha tocado vivir, felizmente todavía quedan rincones como éste que lamentablemente serán comercializados en unos años hasta convertirse en un balneario tumultuoso como Ancón o Agua Dulce.

El Mudo se detuvo un momento para apreciar otra bandada de aves que huía rápidamente, sincronizadamente ante nuestra no bien apreciada presencia, las estábamos sacando de su rutina diaria, que impertinentes. Toma un trago de cerveza y respira hondamente mirando al horizonte.

—Que maravilla, es increíble, que te parece Piero, seguro que te duelen los pies, tomate un poco de cerveza —propuso el Mudo.

—Por supuesto Mudo, yo sólo hago caso sin quejarme —dije secando lo que quedaba en la lata.

—Déjame decirte esto antes que se me olvide para terminar la idea, es una frasecita de un compañero del colegio que no he vuelto a ver mas, qué será de su vida. Estábamos en el salón de

clase al inicio de la hora de matemáticas, el profesor estaba revisando las tareas y mi compañero para variar no la había hecho. Copiándose de mis apuntes me dice: Sebastián el que no es conchudo muere cojudo. Esa frase se me quedó grabada en la mente y no la entendí hasta tiempo después. Cuando terminé el colegio la volví a escuchar de diversas personas que tenían eso en común: la conchudez. Obviamente mi compañero lo tuvo que aprender de alguien y ese alguien de otro alguien, así hasta resultar en un efecto multiplicador en el que el culto a la conchudez se vuelve una filosofía, tan fuerte como la religión. Se empieza copiando la tarea, plagiando en los exámenes, falsificando la firma de los padres en memorandos y libretas de notas mediocres para luego seguir el mismo procedimiento en la adultez en la que la conchudez se vuelve delito. De copiar la tarea del colegio se pasa a adulterar productos, encarecer servicios, cobrar de más, por supuesto evadir impuestos y pagar por lo bajo a autoridades de la ley por algún beneficio material, que de ninguna manera rechazan la corruptela, en muchos casos la generan ellos mismos. Ya te digo la gente es una caca. Y mejor cambiamos de tema porque no quiero aburrirte con mis ideas. Además es un día demasiado precioso como para seguir hablando de tanta podredumbre.

—Si tú quieres cambiamos de tema, por mí no te preocupes, yo no me aburro, si estuviera aburrido ten por seguro que ya te hubiera dicho que te calles. Por el contrario, te repito que me parece interesante tu opinión sin decir con esto que estoy de acuerdo en cada palabra —afirmé tajantemente porque me interesaba escuchar más de su discurso.

—Cómo me hubiera gustado nacer en otra época Piero. En la época medieval o anterior a todo indicio de vida materialista. A veces pienso que sería feliz cultivando la tierra, cosechando sólo lo necesario para comer, sólo para subsistir, sin interrumpir el proceso normal de la naturaleza, sin alterarla. También me hubiera gustado nacer en las Cruzadas o en las guerras mundiales, la acción es algo que me llama, todo lo que pueda producir adrenalina me gusta. Hubiera sido un guerrero romano luchando contra los bárbaros del norte, con espada y a caballo. Hubiera querido ser un soldado del imperio del sol en la época de los incas como Cahuide en Sacsayhuaman. Todo lo que tenga que ver con el pasado me fascina. El primer libro de novela histórica que me impactó fue el corsario negro. Yo me imaginaba siendo el corsario, navegando por los mares del Caribe y atacando naves españolas sólo para subsistir, sólo para poder seguir navegando, sólo para seguir descubriendo nuevos parajes, nuevos pueblos, gente diferente. En alguna época se me ocurrió postular a la marina de guerra, pero luego de una conversación con mi padre desistí, me hizo ver que la vida de un marino es muy dura y sin reconocimiento, un marino gana sólo para los cigarros.

—A mí también me hubiera gustado nacer en otra época Mudo, a principios de siglo y vestir trajes de lino como lo hacía mi abuelo, a veces cuando veo fotos de esa época me imagino la vida en blanco y negro.

—Debe haber sido una época muy interesante Piero, aunque los problemas que te mencioné anteriormente hubieran sido el pan de cada día, a menos que nacieras rico —otra vez paró de caminar para observar a las aves, tomar un trago y respirar hondo—. De niño pensaba en ser un ave, creía era lo más libre que se podía ser, volar por ultramar y pescar cuando se me antoje. A medida que fui creciendo cambié de opinión, me di cuenta que las aves no tenían libre albedrío, que todas volaban al mismo tiempo y a las mismas horas, que eran esclavas de su gregarismo. Eran a su vez esclavas de su consumo, tenían que pescar para volar, si no pescaban se morían de hambre. Toda su vida era destinada para volar, pescar y procrearse, jamás tenían la posibilidad de pensar, de sentir; llegué a la conclusión que con todos los defectos prefería ser humano. Aun cuando el hecho de ser humano traiga consecuencias no deseadas, como la envidia, avaricia,

codicia, odio, discriminación y resentimiento. Y no son sólo esas desventajas, hay muchas otras que tardaríamos horas en enumerar. A pesar de todo puedo sentir y hacer las cosas que me gustan, rodearme de gente que me haga sentir bien y creo yo que también las hago sentirse bien; para mí esa es la finalidad de la vida. Por ejemplo, el estar aquí contigo compartiendo este paseo y apreciando la naturaleza es invalorable, no le pondría precio, es más, el día que no pueda hacer estas cosas me mato. Si por obra del destino llego a tener una enfermedad terminal o un mal que me deje sin poder moverme y depender de una enfermera, ese día me mataría, me pegaría un tiro en la cien con mi revólver, no lo pensaría dos veces, no valdría la pena vivir sin disfrutar de la vida. Recuerdo a mi abuelo, los últimos años de su vida fueron postrados en una habitación con una enfermera que le daba de comer en la boca, lo bañaba y cuidaba de él como si fuera un bebe. Me hacía reír cuando todavía estaba en sus cabales y le daba una palmada en el trasero a la enfermera, estoy seguro que el día que no lo pudo hacer más se sintió muerto en vida. Ahora debe estar allá arriba viendo y escuchando las tonterías que hablamos, debe estar en un lugar mejor. Tarde o temprano ése es el futuro que nos espera Piero, lógicamente falta mucho para eso. —Yo no le tengo miedo a la muerte, pero sí al sufrimiento, a la agonía de los últimos días, esos en los que no puedes hacer nada para remediar el dolor —dije.

—Para eso te pegas un tiro en la cien, para terminar la agonía, creo que todos tenemos ese derecho, aunque la ley diga que no, total si me mato a quien van a culpar si ya estoy muerto, mandarán mi cadáver a la cárcel.

—Yo no llegaría a esos extremos Mudo, dejaría que el destino labre mi camino, lo dejaría en manos de dios.

Nos detuvimos después de unos kilómetros de caminata, hacia atrás no se veía el extremo opuesto de la playa y por delante se podía apreciar a corta distancia el fin de la playa, cortada por las faldas de un cerro terroso. Nos dimos la vuelta y emprendimos el camino de regreso, el sol comenzaba a inclinarse hacia el horizonte sin todavía mostrar sus destellos rojizos. El mar parecía calmo y el viento soplaba con frescura. El sol menos fuerte seguía acariciándonos de nuestro lado derecho dibujando una sombra que se alargaba cada vez más sobre la arena. Nos quedaba una lata de cerveza que compartimos entre los dos. Antes de seguir adelante le planteé al Mudo que nos metiéramos al mar, el agua debía estar cálida por los rayos solares y la corriente tibia del norte, al menos para mí era tibia en comparación con lo gélida de las aguas de Lima y el sur del Perú. Nos zambullimos y nos quedamos disfrutando del mar. Floté como siempre lo hacía y me dejé llevar por el sol que entraba forzosamente entre mis ojos cerrados. Imaginé Punta Sal y los recuerdos de mi niñez, esta vez sentí algo distinto, las cosas habían cambiado, Punta Sal ya no era lo mismo, mi vida no era lo mismo, había visto morir a un hombre, la imagen de la linterna y el ruido de los tiros era lo único que conseguía imaginar.

—Qué delicioso está el mar Piero.

—Sí, el agua está muy buena. Cuando cierro los ojos veo una linterna, disparos y un hombre cae al suelo, antes me imaginaba que me bañaba en Punta Arenas, ahora me es difícil traer esos recuerdos —añadí esperando una respuesta.

—Yo sé lo que te sucede, estás todavía nervioso por lo que pasó, ya se te pasará, así es la vida, unas son de cal y otras de arena, no pienses mucho en el asunto —respondió el Mudo.

—No pienso en eso, se me aparece sin querer, no soy yo el que lo ocasiona, debe ser mi subconsciente.

—Debe serlo Piero, el subconsciente trabaja de manera muy rara, ni yo mismo puedo comprender lo que a veces siento o pienso, ya se te va a pasar, vamos a seguir caminando que nos falta mucho para llegar al pueblo.

Salimos del mar y recogimos nuestras gorras, lentes para sol, una cajetilla de Hamilton y nos dirigimos hacia el sur.

—Sabes Piero, si muero me gustaría que me incineren y que la mitad de mis cenizas sean echadas al mar y la tierra, allí de donde vinimos, polvo fuimos y polvo seremos. No quiero un velorio sino una reunión que se convierta en fiesta donde la gente hable con alegría de mí, de los momentos buenos y malos, que brinden y que no lloren. El llanto me parece un acto hipócrita. Los actos de constricción deben hacerse a solas y no a la vista de gente que va a un velorio a contar chistes, gente que no te conoce y no te tuvo nunca estimación alguna. Mi despedida debe ser con mis amigos y amigas, los pocos que tengo, porque no se necesita tener un batallón de amigos para ser feliz. Me acuerdo que nos hacían cantar una canción de Roberto Carlos cuando estábamos en tercer grado de primaria, la canción decía: Yo sólo quiero tener un millón de amigos. De pequeño te la crees, quieres ser amigo de todos, pero así no es, no se puede ser amigo de todos, es imposible. A lo más podrás tener muchos conocidos, pero amigos de verdad unos cuantos, lo demás son cojudeces. Así que acuérdate, no vayas a llorar en mi entierro que te jalaré las patas cuando estés durmiendo.

—No digas eso ni en broma Mudo, te podría pasar.

—Si pasa, pasa, si no, no. En esas cosas no existen las cábalas, el destino es el destino, no porque yo diga algo así significa que se va a cumplir. De todos modos, algún día tú y yo tendremos que morir aunque no lo queramos... Basta de hablar de muerte por ahora, cuéntame cómo te va con Malena, la veo muy interesada, yo creo que ya la tienes Piero, sólo falta que te lances, anda no seas maricón. ¿Qué perderías?, si te dice que no, entonces ya sabes que fue un

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