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Al abandonarse las expectativas y los análisis objetivistas y sincrónicos de la sociedad y al dejar de lado las explicaciones basadas en aspectos estructurales, institucionales y simbólicos del proceso social, se comenzó a desarrollar un interés centrado en la materialidad y la espacialidad.

En las últimas dos décadas, dentro del enfoque y los avances de la teoría social se ha abordado el estudio de las sociedades pasadas buscando rescatar al agente social y las relaciones sociales en las cuales está inmerso y es partícipe, como así también las prácticas y a su proceso de producción y reproducción. De esta manera se concibe que las prácticas, las relaciones y experiencias intersubjetivas se desarrollan en entornos materialmente constituidos, en relación con objetos (y a través de ellos) y dentro de espacios significativos. En concomitancia con estos postulados centraremos nuestro análisis en la espacialidad y la materialidad y las tomaremos como eje interpretativo, ya

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que coincidimos en considerar que ambas juegan un papel activo en la conformación de la vida social.

Ahora bien, ¿cuál es el concepto de espacio del que partimos?. En primera instancia diremos que concebimos al espacio como multidimensional. En este sentido, y siguiendo la propuesta de Soja (1985), distinguimos conceptualmente tres tipos de espacios: el espacio físico de la naturaleza, el espacio mental de la cognición y representación y, por último, el espacio social o espacialidad. Ésta última, además de estar producida socialmente, al igual que el anterior (espacio mental de la cognición), se diferencia de las anteriores por estar constituida materialmente. La materialidad de las espacialidades está referida a la cultura material socialmente inserta en un espacio, tanto a la infraestructura física, como los objetos muebles que ayudan a construir el significado del mismo (Hodder 1994).

La concepción del espacio por parte de las sociedades no puede entenderse sino como parte de una determinada forma de ordenar y construir la realidad (Hernando 1999). Está íntimamente relacionada con una determinada percepción del mundo material, y la forma en que este espacio se estructure dependerá de la manera en que ese grupo haya decidido organizar su experiencia con la realidad circundante.

En este sentido, creemos que la disposición espacial de los asentamientos humanos y, la forma en que las sociedades usan el espacio circundante para establecerse y llevar a cabo sus actividades cotidianas responden a una compleja causalidad, en la que las decisiones específicas, a nivel colectivo y a nivel personal, son determinantes en la forma de apropiación y construcción de ese espacio. Esto nos permite concebir al espacio no sólo como un elemento de construcción social sino también como un elemento de construcción simbólica.

Por estar socialmente producida, la espacialidad, refleja en cierto modo, la estructura de la sociedad que la produjo. De alguna manera las estructuras y relaciones

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espaciales son la forma material de la estructura social y las relaciones sociales (Soja 1985).

Por estar constituida significativamente la espacialidad, comunica sentidos y transmite mensajes no verbales sobre como es la estructura de esa sociedad, que acciones y relaciones han sido habilitadas y cuáles clausuradas y qué se espera del comportamiento de los agentes sociales (Acuto 2001). En este sentido, un espacio humanizado es el medio para, y el resultado de la acción, permitiendo que cierta acciones ocurran e inhibiendo otras (Lefébvre 1991). El espacio social, entonces, produce y reproduce desigualdades sociales al marcar la pertenencia o exclusión a ciertos ámbitos o grupos (clases sociales, género, unid. domésticas, etc.), actuando como un poderoso mecanismo en la construcción de las identidades de los individuos que allí interactúan. Entonces, la acción de habitar y poblar lugares puede considerarse como una materialización de una identidad social (Curtoni 2000) ya que al actuar los individuos en una espacialidad participan activamente en la creación de sus sentidos y significados.

De esta manera las espacialidades tienen un aspecto dual (sensu Giddens 1995), ya que si bien están construidas socialmente, a la vez construyen a las sociedades y a los agentes que las generaron. Desde esta postura, se aborda la forma en que el individuo interactúa en el marco de la estructura, planteando que son algo más que sujetos pasivos, y considerando que son agentes que contribuyen a las condiciones que aseguran la reproducción o transformación social. Giddens (1995) a partir de la Teoría de la Estructuración establece la relación entre la estructura social y la acción individual. Sugiere que el individuo tiende a entender y utilizar las reglas sociales, modificarlas y estructurarlas de forma creativa. De ese modo, el individuo puede robustecer o transformar las reglas de la estructura social a partir de la creatividad y la innovación, volveremos sobre este punto en el siguiente apartado.

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Desde esta perspectiva, las relaciones y acciones edifican la espacialidad, pero a su vez esta última impulsa la constitución de cierta clase de acciones y relaciones sociales por lo cual el espacio construido y/o conceptualizado también estructura a las personas, contribuye a la reproducción social, a la constitución de los individuos como integrantes y participantes en una sociedad, esto es, son generadores de habitus, determina conductas, experiencias, etc. A su vez, la organización y la estructuración del espacio existe una restricción en la circulación entre distintos espacios y en la toma de decisiones sobre cuestiones funcionales que tiende a limitar, restringir, condicionar o dirigir.

En este marco, concebimos que los objetos, los paisajes y los lugares no son contenedores o elementos inertes en la dinámica social, sino que, activamente producen, reproducen y transforman a las mismas existiendo una relación dialéctica entre éstos (Soja 1989, Lefébvre 1991, Bender 1993; cito en Acuto 2007). Así, mientras que las acciones y las relaciones sociales producen y dan forma a la materialidad y espacialidad de manera contingente, al mismo tiempo estas últimas producen y reproducen prácticas sociales, relaciones e identidades (Acuto 1999, 2007).

De acuerdo a lo que plantea Soja (1985), las espacialidades pueden cambiar siendo completamente reestructuradas, ya sea en su materialidad, en sus significados o en ambas; por lo que la espacialidad y la temporalidad se entrecruzan en un proceso social complejo que va creando una secuencia histórica de espacialidades que evolucionan gradualmente y que va dando forma a las prácticas recursivas de las actividades cotidianas.

La experiencia espacial está investida de determinadas relaciones de poder que se sustentan en correspondencias jerárquicamente organizadas, ya sea en función de la edad, el género, la posición social o las relaciones económicas (Acuto 1999). La producción y reproducción social del espacio no es un proceso neutro sino que está cargado de situaciones de conflicto, relaciones de dominación y luchas de poder y control social. De

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esta manera puede ser que un individuo este habilitado o capacitado para participar en uno o varios espacios, pero algunos también se le presentan clausurados o pueden no ser competentes para intervenir. Entonces, son la experiencia y la rutina los elementos claves para que logre la aptitud y la competencia necesaria para actuar en un paisaje de la manera socialmente esperada y lograr el habitus (sensu Bourdieu 1977) necesario (Acuto 1999). A su vez, los individuos al actuar en una espacialidad participan activamente en la creación de sus sentidos y significados.

Durante el proceso de constitución de las espacialidades se produce una disputa por la instauración de una clase de materialidad y significados apuntados hacia la producción y reproducción de un determinado orden social y control sobre los comportamientos sociales (Foucault 1976). En la estructuración de una sociedad son los grupos que tienen el poder los que tratan de establecer ciertos principios de estructuración sobre el espacio social. Esto demuestra que el espacio está cargado de ideología representado y legitimando el orden social (McGuirre 1991). Este orden social produce procesos de dominación pero también procesos de resistencia constituyendo ambos parte de la dinámica de conflictos y lucha inherentes a una estructuración social. Sin embargo, es posible que a través de la actuación sobre las espacialidades se produzcan transformaciones en la sociedad.

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