Sólo en el último acto se hizo evidente que el drama de Dreyfus era una comedia. El deus ex
machina que unió al dividido país, que hizo que el Parlamento se tornara favorable a una revisión y
que finalmente reconcilió a los elementos opuestos del pueblo, desde la extrema derecha a los socialistas, no fue nada más que la Exposición de París de 1900. Lo que no habían conseguido los editoriales diarios de Clemenceau, el pathos de Zola, los discursos de Jaurès y el odio popular hacia el clero y la aristocracia, es decir, un giro del sentimiento parlamentario en favor de Dreyfus, fue al final realidad por el temor a un boicot. El mismo Parlamento que un año antes había rechazado unánimemente una revisión, ahora, por una mayoría de los dos tercios, aprobaba un voto de censura a un Gobierno anti-Dreyfus. En julio de 1899 llegó al poder el Gabinete de Waldeck-Rousseau. El presidente Loubet perdonó a Dreyfus y liquidó el asunto. La Exposición pudo inaugurarse bajo el más brillante de los cielos comerciales y se registró una confraternización general: incluso los socialistas se tornaron elegibles para los puestos gubernamentales; Millerand, el primer socialista que llegaba a ministro en Europa, recibió la cartera de Comercio.
¡El Parlamento, convertido en campeón de Dreyfus! Este era el resultado final. Para Clemenceau, desde luego, constituyó una derrota. Ante ese amargo epílogo denunció el ambiguo perdón y la amnistía aún más ambigua. «Todo lo que se ha hecho —escribió Zola— es hacinar
95 Véase, de FERNAND LABORI, «Le mal politique et les partis», en La Grande Revue (octubre-diciembre de 1901):
«En Rennes, desde el momento en que el acusado se declaró culpable y el abogado renunció a recurrir por la esperanza de conseguir un perdón, el caso Dreyfus como gran cuestión universal y humana, quedó definitivamente cerrado.» En su artículo titulado «Le Spectacle du Jour», ClemenCeau habla de los judíos de Argel, «en cuyo favor Rothschild no formuló la más mínima protesta».
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Véanse los artículos de CLEMENCEAU titulados «Le Spectacle du Jour», «Et les Juifs!», «La Farce du Syndicat» y «Encore les Juifs», en L’Iniquité.
juntos en un solo y hediondo perdón a hombres de honor y a pillos. Todos han sido arrojados a la misma marmita»97. Clemenceau quedó, como al principio, profundamente solo. Los socialistas, sobre todo Jaurès, dieron la bienvenida tanto al perdón como a la amnistía. ¿Acaso no se les aseguraba un puesto en el Gobierno y una representación más amplia de sus intereses específicos? Unos meses más tarde, en mayo de 1900, cuando el éxito de la Exposición ya estaba asegurado, apareció por fin la auténtica verdad. Todas aquellas tácticas apaciguadoras serían a expensas de los
dreyfusards. La moción en pro de una ulterior revisión fue derrotada por 425 votos contra 60, y ni
siquiera el propio Gobierno de Clemenceau, en 1906, se atrevió a confiar la revisión a un Tribunal ordinario de Justicia. La absolución (ilegal) a través del Tribunal de Casación fue un compromiso. Pero la derrota de Clemenceau no significó la victoria para la Iglesia y el Ejército. La separación de la Iglesia y del Estado y la prohibición de la enseñanza parroquial dio al traste con la influencia política del catolicismo en Francia. De forma similar, el sometimiento del servicio de información al Ministerio de la Guerra, es decir, a la autoridad civil, privó al Ejército de su influencia de chantaje sobre el Gobierno y la Cámara y le retiró cualquier posibilidad de realizar investigaciones policíacas por su propia cuenta.
En 1909, Drumont presentó su candidatura a la Academia. Antaño, su antisemitismo había sido elogiado por los católicos y aclamado por el pueblo. Ahora, sin embargo, «el más grande historiador desde Fustel» (Lemaître) se vio obligado a dejar paso a Marcel Prévost, autor de la en cierto modo pornográfica Les demi-vierges, y el nuevo «inmortal» recibió las felicitaciones del padre jesuita Du Lac98. Incluso la Compañía de Jesús había dado fin a su pugna con la III República. El cierre del caso Dreyfus marcó el final del antisemitismo clerical. El compromiso adoptado por la III República absolvió al acusado sin otorgarle un proceso regular, mientras que restringía las actividades de las organizaciones católicas. En tanto que Bernard Lazare pedía iguales derechos para ambos bandos, el Estado había formulado una excepción para los judíos y otra que amenazaba la libertad de conciencia de los católicos99. Las partes en conflicto quedaron ambas fuera de la ley, con el resultado de que la cuestión judía, por una parte, y el catolicismo político, por otra, quedaron en adelante proscritos del terreno de la política práctica.
Así se cierra el único episodio en el que las fuerzas subterráneas del siglo XIX emergieron a la plena luz de la historia escrita. El único resultado visible fue que dio nacimiento al movimiento sionista —la única respuesta política que los judíos hallaron frente al antisemitismo y la única ideología en la que llegaron a tomar en serio una hostilidad que les colocaría en el centro de los acontecimientos mundiales.
97 Véase la carta de Zola fechada el 13 de septiembre de 1899, en Correspondance: lettres a Maître Labori 98 Véase HERZOG, op. cit., p. 97.
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La posición de Lazare en el affaire está muy bien descrita por CHARLES PÉGUY en «Notre Jeunesse», Cahiers de
la quinzaine, París, 1910. Considerándole como el verdadero representante de los intereses judíos, Péguy formula las
demandas de Lazare de la siguiente manera: «Era un partidario de la imparcialidad de la ley. Imparcialidad de la ley en el caso Dreyfus, ley imparcial en el caso de las Órdenes religiosas. Esto parece una broma; esto puede llevar lejos. A él le condujo al aislamiento en la muerte» (traducción tomada de la Introducción a Job's Dungheap, de Lazare). Lazare fue uno de los primeros dreyfusards que protestó contra la ley relativa a las congregaciones religiosas.