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Rotational Casting

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7. Rotational Casting

Lo que los imperialistas realmente deseaban era la expansión del poder político sin la fundación de un cuerpo político. La expansión imperialista había sido desencadenada por un curioso tipo de crisis económica, la superproducción de capital y la aparición de dinero «superfluo», resultado de un exceso de ahorro que ya no podía hallar inversiones productivas dentro de las fronteras nacionales. Por vez primera la inversión de poder no abrió el camino a la inversión de dinero, sino que la exportación de poder siguió mansamente al dinero exportado, dado que las inversiones incontrolables en lejanos países amenazaban con convertir en jugadores a grandes estratos de la sociedad, en hacer que toda la economía capitalista dejara de ser un sistema de producción para trocarse en un sistema de especulación financiera, y de sustituir los beneficios de la producción con los beneficios de las comisiones. La década inmediatamente anterior a la época imperialista, la de los setenta del siglo pasado, pudo presenciar un crecimiento sin paralelo de las estafas, los escándalos financieros y el juego en la Bolsa.

Los pioneros de este desarrollo preimperialista fueron aquellos financieros judíos que habían ganado su riqueza fuera del sistema capitalista y a los que las Naciones-Estado en crecimiento habían necesitado para la obtención de empréstitos con garantía internacional33. Con el firme establecimiento de un sistema fiscal que proporcionaba más sólidas finanzas al Estado, este grupo tenía todas las razones para temer su completa extinción. Tras haber ganado durante siglos su dinero mediante las comisiones, fueron naturalmente los primeros en ser tentados e invitados a servir para la colocación de capital que ya no podía ser beneficiosamente invertido en el mercado doméstico. Los financieros judíos internacionales parecían especialmente indicados para semejantes operaciones comerciales esencialmente internacionales34, Más aún, los mismos gobiernos, cuya ayuda se necesitaba de alguna forma para las inversiones en lejanos países, tendieron al principio a preferir a los bien conocidos financieros judíos más que a los recién llegados a las finanzas internacionales, muchos de los cuales eran aventureros.

33

Por lo que a esto se refiere y para lo que sigue, compárese con el capítulo II.

34 Es interesante el hecho de que todos los primeros observadores de las evoluciones imperialistas recalcan muy

considerablemente este elemento judío que apenas desempeña papel alguno en obras más recientes. Especialmente notable, por su fidedigna observación y su muy honesto análisis, es al respecto el giro de J. A. HOBSON. En el primer ensayo que escribió sobre el tema «Capitalism and Imperialism in South África» (en Contemporary Review, 1900) dice: «La mayoría (de los financieros) eran judíos, porque los judíos son par excellence los financieros internacionales, y, aunque de habla inglesa, la mayoría son de origen continental... Acudieron (a Transvaal) en busca de dinero, y aquellos que fueron los primeros en llegar y más lograron, han retirado sus personas, dejando sus uñas económicas en los restos de la presa. Sé afirmaron sobre el Rand... como están preparados a afirmarse sobre cualquier rincón del globo... Fundamentalmente, son especuladores financieros que obtienen sus ganancias no de los genuinos frutos de la industria y ni siquiera de la industria de los otros, sino de la constitución, promoción y manipulación financiera de Compañías.» En

Imperialism, sin embargo, un ensayo posterior, HOBSON ni siquiera menciona ya a los judíos; en ese período ya se

había tornado obvio que su influencia y papel habían sido temporales y en cierto modo superficiales. Respecto del papel de los financieros judíos en África del Sur, véase el capítulo VII.

Después de que los financieros abrieron los canales de la exportación de capitales a la riqueza superflua que había estado condenada a la ociosidad dentro del estrecho marco de la producción nacional, se tornó rápidamente claro que los accionistas ausentes no se preocupaban de correr los tremendos riesgos que correspondían a sus beneficios tremendamente incrementados. Los financieros que ganaban comisiones carecían de poder suficiente para asegurarles contra tales riesgos incluso con la benévola ayuda del Estado: sólo el poder material del Estado podía lograrlo.

Tan pronto como se hizo patente que la exportación de dinero tendría que ser seguida por la exportación de poder gubernamental, la posición de los financieros en general, y la de los financieros judíos en particular, resultó considerablemente debilitada y la dirección de las transacciones y de las empresas comerciales imperialistas pasó gradualmente a manos de los miembros de la burguesía nativa. Muy instructiva a este respecto es la carrera en África del Sur de Cecil Rhodes, que, siendo completamente un recién llegado, pudo suplantar en unos pocos años a los todopoderosos financieros judíos y llegar a ocupar el primer lugar. En Alemania, Bleichroeder, que en 1885 había sido socio fundador de la Ostafrikanische Gesellschaft fue reemplazado con el barón Hirsch cuando Alemania comenzó la construcción del ferrocarril de Bagdad catorce años más tarde por los nuevos gigantes de la empresa imperialista, Siemens y el Deutsch Bank. De alguna manera la repugnancia del Gobierno a otorgar auténtico poder a los judíos y la repugnancia de los judíos a comprometerse en negocios con implicaciones políticas coincidió tan bien que, a pesar de la gran riqueza del grupo judío, no llegó a desarrollarse una lucha por el poder después de que concluyó la fase inicial de especulación y ganancia de comisiones.

Los diferentes gobiernos nacionales consideraban con recelo la creciente tendencia a transformar los negocios en una cuestión política y a identificas los intereses económicos de un grupo relativamente pequeño con los intereses nacionales como tales. Pero parecía que la única alternativa a la exportación de poder era el deliberado sacrificio de una gran parte de la riqueza nacional. Sólo mediante la expansión de los instrumentos nacionales de violencia podía ser racionalizado el movimiento de inversión exterior e integradas al sistema económico de la nación aquellas violentas especulaciones de capital superfluo que habían provocado el juego con los ahorros. El Estado extendió su poder porque, teniendo que elegir entre pérdidas mayores que las que cualquier cuerpo económico de cualquier país podía soportar y mayores ganancias que las que cualquier pueblo abandonado a sus propios medios se hubiera atrevido a soñar, sólo podía escoger el último camino.

La primera consecuencia de la exportación de poder fue el hecho de que los instrumentos de violencia del Estado, la policía y el Ejército, que en el marco de la nación existían junto a otras instituciones nacionales y eran controladas por éstas, quedaron separados de este cuerpo y promovidos a la posición de representantes nacionales en países incivilizados o débiles. Aquí, en regiones atrasadas, sin industrias ni organización política, donde la violencia disfrutaba de más campo que en cualquier país occidental, se permitió crear realidades a las llamadas leyes del capitalismo. El huero deseo de la burguesía de hacer que el dinero engendre dinero como los hombres engendran hombres siguió siendo un feo sueño, mientras que el dinero tuvo que recorrer el largo viaje de la inversión a la producción; ningún dinero había engendrado dinero, pero los hombres habían hecho cosas y dinero. El secreto de este nuevo logro afortunado era que las leyes económicas ya no se alzaban en el camino de la rapacidad de las clases poseedoras. El dinero pudo por fin engendrar dinero porque el poder, con desprecio completo por todas las leyes —tanto económicas como éticas—, podía apropiarse de la riqueza. Sólo cuando el dinero exportado logró estimular la exportación de poder pudo hacer realidad los designios de sus propietarios. Sólo la ilimitada acumulación de poder logró producir la ilimitada acumulación de capital.

Las inversiones exteriores, la exportación de capital, que había comenzado como una medida de emergencia, se tornó característica permanente de todos los sistemas económicos tan pronto como fueron protegidas por la exportación de poder. El concepto imperialista de la expansión, según el cual la expansión es un fin en sí mismo y no un medio temporal, hizo su aparición en el pensamiento político cuando resultó obvio que una de las más importantes funciones permanentes de la Nación-Estado sería la expansión del poder. Los administradores de la violencia empleados por el Estado pronto formaron una nueva clase dentro de las naciones y, aunque su campo de

actividad se hallaba muy alejado de la madre Patria, disfrutaron de una considerable influencia en el cuerpo político de ésta. Como no eran más que funcionarios de la violencia, sólo podían pensar en términos de política de poder. Fueron los primeros que, como clase y apoyados en su experiencia cotidiana, afirmaron que el poder es la esencia de cada estructura política.

La nueva característica de esta filosofía política imperialista no es el lugar predominante que concedió a la violencia ni el descubrimiento de que el poder es una de las realidades políticas básicas. La violencia ha sido siempre la ultima ratio de la acción política y el poder ha sido siempre la expresión visible de la dominación y del Gobierno. Pero ni una ni otro habían sido anteriormente el objetivo consciente del cuerpo político o el propósito definido de cualquier política determinada. Porque el poder entregado a sí mismo sólo puede lograr más poder, y la violencia administrada en beneficio del poder (y no de la ley) se convierte en un principio destructivo que no se detendrá hasta que no quede nada que violar.

Esta contradicción, inherente a todas las subsiguientes políticas del poder, cobra, sin embargo, una apariencia de sentido si se la considera en el contexto de un proceso aparentemente permanente que no tiene final ni objetivo, sino él mismo. El análisis de sus realizaciones puede así carecer de significado y el poder puede ser considerado como un motor autoalimentado y siempre en marcha de toda acción política que se corresponda con la legendaria e inacabable acumulación del dinero que engendra al dinero. El concepto de expansión ilimitada, que sólo puede colmar la esperanza de ilimitada acumulación de capital y produce la acumulación del poder sin otros fines, hizo casi imposible la fundación de nuevos cuerpos políticos, tal como hasta la era del imperialismo había sido siempre resultado de la conquista. En realidad, su consecuencia lógica es la destrucción de todas las comunidades existentes, las de los pueblos conquistados tanto como las de la madre Patria. Porque cada estructura política, nueva o vieja, entregada a sí misma, desarrolla fuerzas estabilizadoras que se alzan en el camino de una transformación y expansión constantes. Por eso todos los cuerpos políticos parecen ser obstáculos temporales cuando se les ve como parte de una eterna corriente de creciente poder.

Mientras los administradores de un poder permanentemente creciente en la era anterior de un imperialismo moderado ni siquiera intentaron incorporar a los territorios conquistados y preservaron las atrasadas comunidades políticas existentes como vacías ruinas de una vida ya desaparecida, sus sucesores totalitarios disolvieron y destruyeron todas las estructuras políticamente estabilizadas, tanto las propias como las de los demás pueblos. La simple exportación de violencia convirtió a los servidores en amos sin darles la prerrogativa del amo: la posible creación de algo nuevo. La concentración monopolística y la tremenda acumulación de violencia en la madre Patria convirtieron a los servidores en activos agentes de la destrucción, hasta que, finalmente, la expansión totalitaria se trocó en una fuerza destructora de la nación y del pueblo.

El poder se convierte en la esencia de la acción política y en el centro del pensamiento político cuando es separado de la comunidad política a la que debería servir. Esto, ciertamente, es consecuencia de un factor económico. Pero la resultante introducción del poder como único contenido de la política y de la expansión como su único fin difícilmente hubiera hallado tan universal aplauso ni hubiese encontrado tan escasa oposición la consiguiente destrucción del cuerpo político de la nación, si no hubiese respondido perfectamente a los deseos ocultos y a las convicciones secretas de las clases económica y socialmente dominantes. La burguesía, durante largo tiempo excluida del Gobierno por la Nación-Estado y por su propia falta de interés por los asuntos públicos, fue políticamente emancipada por el imperialismo.

El imperialismo debe ser considerado primera fase de la dominación política de la burguesía más que como última fase de capitalismo. Es bien sabido cuán poco habían aspirado a gobernar las clases poseedoras, cuán contentas se habían mostrado por cada género de Estado al que pudieran confiar la protección de los derechos de propiedad. Para ellas, desde luego, el Estado había sido siempre sólo una bien organizada fuerza policíaca. Esta falsa modestia tuvo, sin embargo, la curiosa consecuencia de mantener a toda la clase burguesa fuera del cuerpo político. Antes que súbditos de una monarquía o ciudadanos de una república eran esencialmente personas particulares. Esta particularidad y la preocupación primaria de ganar dinero había desarrollado una serie de normas de

conducta que han sido expresadas en diversos proverbios: «Nada triunfa como el triunfo», «El que puede, tiene razón», «Lo justo es lo útil», etc., que necesariamente proceden de la experiencia de una sociedad de competidores.

Cuando, en la era del imperialismo, los hombres de negocios se convirtieron en políticos y fueron aclamados como hombres de Estado, mientras que a los hombres de Estado sólo se les tomaba en serio si hablaban el lenguaje de los empresarios con éxito y si «pensaban en continentes», estas prácticas y estos medios particulares fueron transformados gradualmente en normas y principios para la gestión de los asuntos públicos. El hecho significativo de este proceso de revaluación, que comenzó a finales del pasado siglo y todavía sigue en marcha, es el de que se inició con la aplicación de las convicciones burguesas a los asuntos exteriores y sólo lentamente se extendió a la política interior. Por eso las naciones implicadas apenas se mostraron conscientes de que la indiferencia que había prevalecido en la vida privada y contra la que el cuerpo público siempre había tenido que defenderse a sí mismo y defender a sus ciudadanos particulares, estaba a punto de ser elevada a la categoría de un principio político públicamente honrado.

Resulta significativo que los modernos creyentes en el poder estén en completo acuerdo con la filosofía del único gran pensador que trató de derivar el bien público del interés privado y que, en bien del interés particular, concibió y esbozó una Comunidad, cuyas bases y cuyo fin último es la acumulación de poder. Hobbes, desde luego, es el único gran filósofo al que la burguesía puede reivindicar justa y exclusivamente como suyo, aunque sus principios no fueran reconocidos por la clase burguesa durante largo tiempo. El Leviathan de Hobbes35 expuso la única política según la cual el Estado se halla basado no en algún género de ley constituyente —sea ley divina, ley natural o ley del contrato social— que determine los derechos y los perjuicios del interés del individuo con respecto a los asuntos públicos, sino en los mismos intereses individuales, de forma tal que «el interés privado es el mismo que el público»36.

Difícilmente existe una sola norma de moral burguesa que no haya sido anticipada por la inigualada magnificencia de la lógica de Hobbes. Proporciona un retrato casi completo, no del hombre, sino del burgués, un análisis que en trescientos años ni ha quedado anticuado ni ha sido superado. «La Razón... no es nada sin el Cálculo»; «un sujeto libre, una voluntad libre... (son) palabras... sin significado; es decir, absurdas». Ser sin razón, sin capacidad para la verdad y sin voluntad libre —es decir, sin capacidad para la responsabilidad—, el hombre se halla esencialmente en función de la sociedad y juzgado por eso según su «valía o valor... su precio; es decir, según lo que se daría por el uso de su poder». El precio es constantemente evaluado y reevaluado por la sociedad y la «estima de los otros», depende de la ley de la oferta y de la demanda.

El poder, según Hobbes, es el control acumulado que permite al individuo fijar precios y regular la oferta y la demanda en tal forma que contribuyan a su propia ventaja. El individuo considerará su ventaja en completo aislamiento, desde el punto de vista de una minoría absoluta, por así decirlo. Entonces comprenderá que puede perseguir y lograr su interés sólo con la ayuda de alguna clase de mayoría. Por eso, si un hombre sólo es impulsado por sus intereses individuales, el deseo de poder debe ser la pasión fundamental de ese hombre. Regula las relaciones entre el individuo y la sociedad, así como todas las demás ambiciones, porque de las riquezas se deducen el saber y los honores.

Hobbes señala que en la lucha por el poder, así como en sus capacidades originarias para el poder, todos los hombres son iguales; porque la igualdad de los hombres está basada en el hecho de que cada uno tiene por naturaleza poder suficiente para matar a otro. La debilidad puede ser

35

Todas las citas que siguen, cuando no llevan la mención correspondiente, proceden del Leviathan.

36 Resulta bastante significativa la coincidencia de esta identificación con la pretensión totalitaria de haber abolido las

contradicciones entre los intereses individuales y públicos (véase el capítulo XII). Sin embargo, no debería despreciarse el hecho de que lo que más deseaba Hobbes era proteger los intereses particulares, pretendiendo que, rectamente comprendidos, eran también los intereses del cuerpo político mientras que por el contrario los Regímenes totalitarios proclamaron la inexistencia de la esfera privada.

compensada por el engaño. Su igualdad como homicidas potenciales coloca a todos los hombres en la misma inseguridad, de lo cual surge la necesidad de un Estado. La raison d’être del Estado es la necesidad de obtener alguna seguridad para el individuo, que se siente amenazado por todos sus semejantes.

La característica crucial en la descripción del hombre que hace Hobbes no es todo el pesimismo realista por el que ha sido elogiado en los últimos tiempos. Porque, si fuera cierto que el hombre es un ser tal como Hobbes afirma, sería incapaz en manera alguna de encontrar ningún cuerpo político. Hobbes, desde luego, no logró, ni siquiera deseó lograr, la incorporación definitiva de este ser a la comunidad política. El Hombre de Hobbes no debe lealtad a su país si ha sido derrotado y se le excusa de cualquier traición si resulta que cae prisionero. Aquellos que viven fuera de la Comunidad (por ejemplo, los esclavos) no tenían ya obligaciones respecto de sus semejantes, sino que se les permitía matar tantos como pudieran; mientras que, por el contrario, «ningún hombre tenía libertad para resistir a la espada de la Comunidad en defensa de otro hombre, sea culpable o inocente», lo que no significa que no exista camaradería ni responsabilidad entre el hombre y el hombre. Lo que les mantiene juntos es un interés común que puede ser «algún crimen capital, por el

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