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11.4 Monitoring and setting boundaries
Los profesores que creen, sienten y viven la enseñanza transmiten mucho más que su saber. Transmiten al mismo tiempo sus creencias, sus sensaciones y la fe en ellos mismos y en sus interlocutores. Más que de encanto se trata de amor. Un amor mutuo y simultáneo. El placer de dar, el placer de recibir conjugados en primera persona del singular y del plural.
Los niños aprenden sin tensión, sin obstáculo para la comunicación, sin obligación, sino simplemente por placer. El profesor ha sabido crear una orientación psicológica hacia el desarrollo del potencial que favorece la armonía entre el exterior y el interior.
Únicamente la globalización, es decir, la implicación de los dos hemisferios del cerebro –el hemisferio derecho y el hemisferio izquierdo–, facilitará el trabajo de los jóvenes en lo que es una solución de reemplazo del aprendizaje tradicional, exclusivamente centrado en uno de los hemisferios, el izquierdo, el de la razón y la lógica. Únicamente la globalización contribuirá al equilibrio del niño y al desarrollo de su potencial, que no tiene límites en la medida en que se apele a él. La emoción ayudando a la razón, la lógica confortada por la creatividad y por la inventiva, la armonización de las dos funciones cerebrales principales: un hemisferio que sabe y no habla, y un hemisferio que habla pero que no sabe.
La globalización aporta un talento particular al alumno y capacidades decuplicadas al deportista. Dos flechas que apuntan en dirección a un ideal de conocimientos en los que el hombre debe apoyarse para alcanzar la hipotética perfección: la globalización.
Como hemos visto, en sugestología y en sugestopedia –esas aperturas hacia nuestro potencial no utilizado–, el aprendizaje pasa por una fase de preparación, un acondicionamiento. Es el descanso o la relajación. Descanso o reestructuración, para que se atenúen las agresiones de lo mental y se abra la primera puerta hacia las emociones. Esto llamó la atención a Micheline Flak, profesora de inglés en el liceo Condorcet, que, hace más de veinte años, se esforzó por hacer practicar a sus alumnos la relajación antes de cada clase. Tuvo que luchar mucho para imponer su pedagogía y, con la bendición de
horas escolares: en fines de semana y en la universidad de verano. Su objetivo: hacer que los profesores estén más distendidos y así puedan ser más eficaces. Igualmente ha escrito, con Jacques de Coulom, Des enfants qui réussissent[25] .
En un campo cercano, no se puede prescindir de la sofrología. Según el Petit Robert, la sofrología, término acuñado en 1962 por el neuropsiquiatra español A. Caycedo, del griego sos, que significa «armonía», y fren, «espíritu», es «el estudio de los efectos psicosomáticos producidos por diversas técnicas que tratan de crear estados particulares de conciencia (relajación, autoconcentración, sugestión) así como sus posibles aplicaciones en medicina». Una definición afinada por J. Garraud: «La sofrología es la ciencia de la armonía del espíritu, que va de la simple relajación a la hipnosis profunda». Apenas conocida en los años 60, se desarrolló considerablemente en los años siguientes en numerosas disciplinas deportivas. Los primeros deportistas en utilizarla y en sacar provecho de ella fueron los miembros del equipo helvético de esquí en los Juegos Olímpicos de 1968, en Grenoble, bajo la dirección del sofrólogo suizo doctor Abrosol. Otros deportistas se orientaron hacia la visualización creativa, que procede también de cierta forma de hipnosis, y que, en un estado de relajación, permite reemplazar la duda por el sentimiento de confianza en uno mismo.
Visualizar los resultados, el éxito y sentir la emoción de la victoria que sublima un entrenamiento físico intensivo son hechos que mantienen abierta la comunicación entre los hemisferios cerebrales. El cuerpo, el corazón y el pensamiento unificados dirigidos hacia la victoria. La angustia se borra poco a poco, la tensión cae, el temor al éxito también. Se habla entonces de volición, que es el acto por el que se determina la facultad de querer. En otras palabras, la voluntad es la facultad de querer, y la volición, una motivación que viene del interior. Ya no es preciso recurrir al dopaje químico, que, si bien inhibe artificialmente el estrés, presenta el doble peligro de la regresión cerebral y de la adicción.
En realidad, la sofrología inventada por el doctor Caycedo es una consecuencia directa de sus viajes a la India para iniciarse en el raja yoga (el yoga real) y al Tíbet con los lamas. Decidió aplicar esos métodos ancestrales al campo de la medicina exclusivamente y bautizar eso con el nombre de sofrología.
Antes, los soviéticos habían descubierto la fórmula mágica del deporte: la asociación músculos-cerebro. Es una pena que muy pronto truncaran su descubrimiento en provecho de los anabolizantes y otros polvos de la misma índole que tuvieron como efecto transformar sílfides en velludos mozos de cuerda.
Todos los niños serían superdotados a poco que se les diera la posibilidad de movilizar el conjunto de los aspectos de su personalidad. Con facultades que a menudo se descuidan, casi se subestiman, aunque hoy están claramente identificadas: creatividad,
sensibilidad, imaginación, intuición, espiritualidad…
No olvidemos nunca que genios creadores como Einstein y Edison fueron muy malos alumnos en su tiempo.
Por desgracia, todos los malos alumnos no tienen la suerte de disponer de una mamá como la de Edison, convencida del ineluctable éxito de su niño, que respondió al maestro de su hijo cuando se quejaba del execrable trabajo de este último: «Señor, mi hijo es un genio, él lo demostrará».
Sin duda es lo que le hubiera gustado oír al pequeño Romain J., de seis años y medio, cuando su maestra, estando él presente, durante media hora, recitó a su madre apreciaciones y comentarios negativos. Ni una palabra positiva, ni un rayo de esperanza. A partir de ese momento, y es la mamá de Romain quien me lo aseguró, el niño se volvió más insoportable que nunca. Una actitud que evidentemente nació de aquella letanía de reproches y de la pasividad de la madre, que él percibió como una traición.
Al tener conciencia de ese nuevo bloqueo, esta última tomó la decisión de no ver a la maestra más que al final del año, y no todos los meses como inicialmente había pedido la misma maestra. Es verdad que el pequeño Romain, dotado intelectualmente y psicológicamente precoz, no era de los más fáciles de soportar cotidianamente. Se salía de las normas admisibles.
Muy a menudo, nuestros hijos nos superan, y nosotros somos los primeros sorprendidos. Un despertar tan precoz pone en cuestión las certezas de nuestro proceso educativo. Se sabe hoy que el cerebro del genial Einstein no tenía nada de extraordinario, y su inteligencia, nada de excepcional en los primeros años de la escolaridad. A veces se menciona que su CI no pasaba de 100, el umbral de la inteligencia social.
Como con Edison, detengámonos un instante en el caso de Einstein. Nacido en Alemania, hizo en el instituto de Múnich unos estudios secundarios mediocres. Emigrado a Suiza, se integra en el Instituto Politécnico de Zúrich, donde no brilla ni por su asiduidad ni por la excelencia de sus resultados escolares. Prefiere la lectura de los grandes sabios, Helmholtz, Maxwell y Ernst Mach. A la salida de la universidad, encuentra un trabajillo de empleado en la Oficina Federal de Patentes de Berna, un trabajo que presenta una gran ventaja: tiempo. Tiempo para consagrarse a lo que
Su biógrafo, B. Hoffman[26] , profesor de Matemáticas a su vez, escribe a propósito de él: «Einstein tenía en sí la verdadera magia que trasciende la lógica».
La lógica, en efecto, no puede resolver todo. Sentimos la necesidad de ir más allá del razonamiento para resolver los problemas que se nos plantean. Precisamos traspasar las fronteras del pensamiento convencional.
El maestro debería ser un despertador del alma. El núcleo del aprendizaje, su éxito o su fracaso, reside en el corazón del alumno. Y en ninguna otra parte.
Siempre me ha sorprendido la falta de adaptabilidad de los profesores a los cambios críticos de la educación: de primaria a secundaria, del colegio al instituto, de la escuela a la universidad. Numerosos problemas psicológicos tienen como origen esas rupturas escolares. En general, en cierto nivel se da cierta forma de aprendizaje. Después, se pide al alumno que la destruya para adaptarse al nivel superior, y de nuevo destruir esta nueva forma de adquisición en provecho de otra totalmente diferente. Es una falta de respeto por el alumno, a quien se pide una verdadera gesticulación intelectual. Como si el recorrido escolar no tuviera una, sino varias finalidades sucesivas.
Tomemos el ejemplo de la enseñanza de la lectura a los más pequeños. Se comienza por aprender el alfabeto. Después se olvida el alfabeto para aprender las sílabas. Después se aprenden las palabras. Entonces las sílabas ya no sirven para nada. Ese proceso consiste, pues, en destruir todo lo que se ha construido para llegar a la formación de frases.
Ahora bien, el cerebro funciona siguiendo un modo global y analítico casi permanentemente. Cuando un niño quiere representar un rostro, comienza por dibujar un redondel. Solo después lo llena. No comienza por hacer una nariz, una boca o unos ojos.
Sin saberlo, los niños dan rienda suelta al hemisferio derecho. Es lo que les hace tan creativos e inteligentes. No proceden por razonamiento, van a lo esencial: la globalización. Pero una globalización en la que el hemisferio izquierdo no hace más que coordinar, racionalizar e intelectualizar lo que ha sentido, sin poder decirlo, el hemisferio derecho.
Como Napoleón, tenemos derecho a preguntarnos: «¿Por qué los niños son tan inteligentes y los hombres tan tontos?».