Pero además, para que el miedo al futuro se convierta en esperanza en el futuro, hace falta modificar toda una tipología de comportamientos que, en lugar de abrir hacia el otro y acogerlo en su diversidad, encierra el presente en la prisión de las dudas y de los miedos. El contacto directo con uno mismo hace nacer la conciencia, es decir, la percepción por los sentidos internos de lo que viene del interior y por los sentidos externos de lo que se desarrolla fuera de nosotros.
La percepción lúcida de los otros, percepción externa añadida a la percepción interna, aporta al niño el elemento fundamental de su plenitud. El discernimiento y la aceptación de una vida interior conducen a dejar de rechazar los sentimientos desagradables. En vez de olvidarlos o de enmascararlos, admitir que están en nosotros, que forman parte de nosotros y que tenemos que vivir con ellos.
Las sesiones del círculo sirven para esto en el sentido de que son momentos en los que se comparte en autenticidad, con implicación gradual, y de que sirven de válvula a la complejidad de la vida afectiva. Implicación gradual porque ponemos en primer lugar el acento sobre las opiniones, las ideas, antes de movilizar toda nuestra atención sobre lo que es esencial en nuestra vida: los sentimientos y su aceptación. Nuestros sentimientos son fuentes de información irreemplazables.
La escucha de uno mismo, de los pensamientos, de las ideas y valores propios y de cómo se viven en nosotros reduce las tensiones internas.
Sin embargo, no hay que confundir el despertar o la revelación nacidos de la conciencia de uno mismo con la racionalización, tan estéril, ni la percepción con la proyección sobre los otros. Entonces podremos responsabilizarnos de lo que ocurre en nosotros, sin juicio, pero aceptando esos instantes de nosotros mismos. No somos ni peores ni más malvados porque nos duelan los dientes. Ese dolor es nuestro, afecta a nuestro comportamiento, pero, ciertamente, no a la realidad profunda de nuestro ser. Una vez que desaparece el dolor, todo vuelve a su lugar. Nuestro comportamiento también. Esas partes de nosotros mismos nos ayudan a conocernos, nos enfrentan a lo que nos afecta, a nuestros valores, a nuestras necesidades del momento y a todo lo que
tanto estoy resentido contra él, por lo tanto le ignoro a mi vez, puesto que todo el mundo actuaría así», es uno de los más viciados que pueda haber. Se puede no encontrar simpática a cierta persona, incluso si parece que me ignora, y decidir tener un comportamiento amable con ella.
Podemos elegir, por ejemplo, entre la dicha y la desdicha. Esta creencia en el automatismo pensamiento = sentimiento = comportamiento nos lleva a tener miedo de nuestras emociones porque pensamos que no podemos dominar nuestros actos. Ese atajo que nos protege de un eventual fracaso nos priva, al mismo tiempo, de nuestro poder personal. Nos convertimos en máquinas y, pulsando sucesivamente las teclas- pensamientos y las teclas-sentimientos, se supone que la luz del comportamiento parpadea automáticamente. Es una falta de conciencia de sí; es una falta de confianza en uno mismo. Un miedo a uno mismo.
La conciencia de la influencia de nuestros sentimientos sobre nuestros comportamientos nos vuelve más atentos aún a lo que sentimos. Aspirar a una conciencia clara y total del instante presente, tener una visión lúcida de la propia vida no exige un esfuerzo sobrehumano. El estar, plenamente, en el presente de la vida es algo que se aprende.
Una historieta zen abunda en ese sentido. El joven Anaoré había seguido una larga y penosa enseñanza para llegar a ser monje. Al sentirse preparado, fue a visitar a su maestro para decírselo. Llovía mucho ese día. Antes de entrar en la sala en la que le esperaba el maestro, el joven futuro monje deja sus zuecos y su paraguas. Cuando estaba informando respetuosamente al viejo monje del objeto de su decisión, el joven oyó que le preguntaba en primer lugar: «¿Puedes decirme dónde has colocado tu paraguas, a la izquierda o a la derecha de tus zuecos?». El joven fue incapaz de responder. Entonces, el maestro dijo: «¿Ves, Anaoré?, debes continuar la enseñanza y la práctica del Zen porque, durante un instante, no has estado presente a tu vida».
Tanto en la filosofía zen como en otras, se establece que todo se nos escapa cuando dejamos escapar el momento presente. Lo mental no se libera fácilmente de sus propias trampas. Saber lo que se quiere y hacia dónde se dirige uno forma parte de la conciencia que mantiene la confianza en uno mismo. Sin embargo, lo que dará fuerza a la vida es ser consciente cada vez que uno se desvía de la vía que ha elegido. Sin crítica ni culpabilidad; basta con volver a tomar la dirección correcta.
Algunas partes de nosotros, al ser múltiples y diferentes, se encontrarán en oposición mutua, como nuestras palabras y nuestros actos pueden contradecirse inconscientemente. Los comportamientos ya no deben valorarse según la escala maniquea del bien y el mal, sino como la manera que cada uno encuentra, en un momento dado, para satisfacer una carencia, sea material («Tengo sed») o no. Hacerse el interesante, por ejemplo, para atraer la atención y llenar una falta de atención y de