CHAPTER 6. CONCLUSION AND FUTURE RESEARCH DIRECTION
A.1 Tunable threshold parameters
5.1 MPC maximization based iteration scheme
Si no me hubiera embarcado en el viaje de la consciencia cuando tenía poco más de veinte años, nunca hubiera sido consciente del efecto de mi mundo interior en mi realidad exterior. Como muchas otras personas, no tenía ni idea de que no conocía mi
verdadera identidad.
Conectar con el mundo interior de uno mismo y con los seres que realmente somos es un arte, algo que hay que ir adquiriendo con tiempo. Si nos lo enseñaran en el colegio, el mundo sería un lugar completamente distinto del que es hoy. Simplemente no habría toda la disfunción, el crimen y la violencia con que lidia la sociedad.
Tener a mi hija es lo que me despertó y me hizo comprender que mi ser esencial se había perdido en el proceso de mi crecimiento. ¡Fue un despertar duro! Aunque llevaba toda una década practicando la concienciación (mindfulness, en inglés) antes de ser madre, me hallé poco preparada para la arremetida de los desencadenantes de reacciones con que mi hija venía acompañada. Igual que al iniciar el ejercicio físico uno se da cuenta de que hay músculos de los que no sabía su existencia, ocurre lo mismo con la paternidad. Por muy iluminado que uno crea estar, tener un hijo le desvela un sinfín de cosas para las que no estaba preparado.
Esto es muy comprensible si uno se para a pensar. No conocía a este ser, cuyo cuidado se le confía. Se supone que hay que poseer un control absoluto, pero enseguida uno se da cuenta de que no podrá jamás controlar a esta persona. Se supone que debe sentir un afecto imperecedero por ella, y quizá lo sienta. Pero también es probable que desencadene en uno toda clase de sentimientos complicados que rápidamente deshinchan la burbuja del cariño. La verdad es que simplemente uno no sabe cómo va a pensar, sentir o reaccionar con el niño, porque cada momento junto a él es totalmente nuevo. Por este motivo la práctica de la concienciación, que enseña a vivir el momento presente como si fuera nuevo, es especialmente valiosa para la educación. Si bien no crea inmunidad contra los desencadenantes que nos harán saltar, al menos ayuda a recuperarse y hacerse presente, que es la mejor manera de comprender por qué salta uno.
de la educación significara que estas cosas nunca me pasan a mí. Siempre contesto: «No soy inmune a la reactividad, y de hecho nunca me siento decepcionada cuando salto. Mi humanidad no está por encima de la de nadie. Sin embargo, la disciplina y el arte de la concienciación me han servido mucho para recuperar mi centro más rápidamente que antes de ser consciente. También me ha permitido disipar toda ilusión de que cuando salto la culpa sea de mi hija. La única diferencia en mi manera de educar con la de otra persona es que mi mirada se dirige hacia mi proceso interior. No veo el comportamiento de mi hija como desencadenante. Veo mis propias heridas como desencadenantes, y su comportamiento es solo la cerilla que los enciende. Esto me permite siempre mantener el espejo ante mi proceso interno. En lugar de señalarla a ella con el dedo, dirijo el foco hacia mi interior.»
CÓMO EMPECÉ A DESPERTAR
Voy a explicar una de las debilidades que descubrí en mí al empezar a despertar a la consciencia. Los primeros años como madre, me sentía incapaz de poner límites. Empezaba con fuerza, pero si mi hija insistía, cedía casi al instante. Mi pequeña poseía el poder de doblegarme en segundos. El ritmo iba así: «No, no, no... sí.» Veía los efectos de esta incoherencia en el comportamiento de mi hija. Ella enseguida aprendió que para salirse con la suya, solo debía presionar un poco más y mamá cedería. Esto creaba un ciclo negativo entre ambas. Yo sabía que la causa era yo y la única solución consistía en descubrir la razón por la que me mostraba tan incoherente.
No hace falta buscar lejos para hallar la causa de nuestra insensatez. Simplemente debía examinar mi educación, que me había condicionado, como a la mayoría de mujeres de mi generación, para sentirme más cómoda en el rol de persona complaciente y que se amolda. Tomar el papel de fijadora de límites y decir «no» me resultaba poco familiar. Me sentía incómoda al hacer cumplir las normas. Sabía qué era correcto y qué estaba mal, pero algo bloqueaba mi capacidad de comunicarlo a mi hija. ¿Cuál era la raíz de mis dudas a la hora de hacerme valer? ¿Por qué temía tanto hacer respetar un límite? Solo cuando hurgué en mi pasado y fui consciente de cómo yo había sido condicionada conseguí llegar a la raíz de mi miedo.
Hágase notar que no culpo mi educación ni a mis padres por ello. Comprender lo que enciende nuestras heridas internas es importante y fundamental para acabar con nuestra reactividad externa. Pero debemos adquirir esta comprensión sin juicios ni culpas. Nuestros padres seguían su propio camino, y lo importante es comprender cómo nos afectó a nosotros.
Al ir retirando capas de mi psique, me fui haciendo consciente de mi profundo deseo de aprobación. Esto parecía una motivación central en mis interacciones con los demás.
¿Les gustaba? ¿Me veían como la buena? Empecé a ser consciente de cómo este deseo de aprobación superaba mi voluntad de hacer lo correcto. En algún momento de mi infancia había un anhelo de ser considerada buena, y era este anhelo no cumplido lo que dictaba la relación presente con mi hija. Con el fin de cubrir esta necesidad no cubierta, había creado una falsa identidad: un ego cuya personalidad era la de «complacedora». Esta versión no auténtica de mi ser se interponía en mi capacidad de educar a mi hija como ella necesitaba.
Cuando veía a mi hija descontenta conmigo, esto me recordaba cuando de pequeña no complacía a los demás. Como no había resuelto estas viejas decepciones en mi interior, era incapaz de tolerar estos sentimientos cuando surgían en el presente. De manera inconsciente, capitulaba ante sus exigencias con el fin de conservar la imagen de mí misma de la «buena». Así de retorcidos son los viejos patrones, y nos sabotean de las formas más insidiosas, paralizando nuestra capacidad de reaccionar ante nuestros hijos como necesitan que lo hagamos. Mi hija necesitaba que su madre fuera clara y resuelta. Cuando intuitivamente captó que no lo era, se grabó el mensaje de que un «no» en realidad no era un «no» y que podía salirse con la suya a base de exigencia e insistencia. A su vez, ella me resultaba inclemente, cosa que todavía encendía más mis desencadenantes internos, haciéndome ver como la «mala». A pesar de saber que este patrón era poco sano y que no era en absoluto culpa suya, no tuve poder sobre mi participación en él hasta que fui descubriendo por qué me portaba como lo hacía. Cuando me responsabilicé de mi parte en la dinámica y vi cómo yo era la que causaba la desconexión, la relación volvió a su posicionamiento sano y empezó a florecer.
Los niños educados por padres que viven en una identidad falsa crecen en espacios contaminados llenos de energía emocional poluta. En lugar de una energía parental conectada con el niño, esta se ve enturbiada con voces, mensajes y creencias del pasado o la cultura: cosas que a menudo no tienen nada que ver con el niño que está ante nosotros. Cuando los padres no están en consonancia con su propia verdad, sino que actúan condicionados por la inconsciencia de sus ancestros y la sociedad, proyectan estas creencias en sus hijos. Incapaces de ver a sus hijos como son, actúan a ciegas según mandatos del pasado, sin siquiera saber que lo están haciendo.
En lugar de fijar límites firmes para mi hija, mi incoherencia la empujaba hacia un patrón poco sano de privilegio y magnificencia. Esta no era su voz natural; era una reacción a mi incoherencia. En alguna parte de su psique, aprendió que su madre no iba a pronunciarse a menos que ella subiera el volumen de sus exigencias. Por supuesto, cuando lo hacía, enseguida la castigaba, provocando su confusión. Así es como inconscientemente creamos «malos» comportamientos y luego castigamos a los hijos por tenerlos. En este caso, solo cuando llegué a la raíz de mi necesidad no resuelta de aprobación conseguí romper el patrón.
Cuando no se deja que se desarrolle la identidad del niño para que tome su forma auténtica y florezca como es debido, se empieza a forjar un vacío interior. Este vacío es lo que causa problemas, ya que el niño intuitivamente desea llenar este sentimiento hueco –dolorosamente, cabe añadir, ya que el comportamiento disfuncional del ego para obtener atención es un mal sustituto de la verdadera valoración de la identidad. Empezando por cuando no se nos permitía escuchar nuestra auténtica voz de pequeños, aprendimos a ignorar nuestra verdadera identidad. Como nuestro verdadero ser queda enterrado, empezamos a experimentar una desconexión interna, que lleva al descontento y una vida que, en mayor o menor medida, se vive mal. Sabemos que algo no está bien, aunque no sabemos exactamente qué falla ni cómo se produjo.
Cuando nos sentimos así, nuestro instinto es culpar de ello a los demás o a las circunstancias. Igual que hacían nuestros padres en momentos de inconsciencia, proyectamos el sentimiento en quienes nos rodean. Seguimos el mantra: «Es culpa de otros que yo me sienta mal, y van a pagar por los platos rotos de mis sentimientos.» O bien dirigimos nuestra rabia contra los que nos rodean o, en el caso de la depresión, la volvemos contra nosotros.
La otra cara de la moneda es que la razón de que nuestros hijos sean capaces de afectarnos como lo hacen es que nosotros no estamos tampoco en contacto con nuestro centro vital. Como los hijos, funcionamos con la sensación de carencia provocada por nuestra identidad ignorada. En ausencia de nuestro verdadero ser, confiamos en nuestro ego como identidad, el cual por supuesto consta de capas de programación forjadas en la infancia. Vemos que, hasta que nos centramos en nuestro auténtico ser, los hijos inevitablemente desencadenarán nuestra inseguridad y el drama resultante, ya que nos echan en cara nuestra falta de identidad, cosa que nos duele y debemos desviar de algún modo. Evidentemente, como el comportamiento no deseado se inicia por alguna carencia, nuestra reacción al comportamiento del niño solo perpetúa la disfunción que ya existe en el hogar.
Cada vez que reaccionamos de manera tormentosa –quiero decir, como si en una nube de tormenta nos viéramos abrumados por oscuras explosiones de energía– vislumbramos la profunda desconexión con nuestro ser interior. La belleza de los hijos es que nos hacen de reflejo de esta reacción desmesurada. Cuanto más estallamos en tormenta, más truenan ellos para mostrarnos que nos relacionamos con ellos en un estado de base poco sólida.
Pero no me malinterprete: las tormentas con muchos truenos no necesariamente vienen cargadas de rabia o violencia. En ocasiones la reactividad se manifiesta de maneras más silenciosas. La disfunción no siempre significa gritos ni insultos. A veces se produce sutilmente, y se requiere un elevado nivel de consciencia para captar lo que ocurre. Al ver a tantas familias en el diván de terapia, me he vuelto dolorosamente
sensible a estos sutiles cambios de energía. Una madre hace una mueca inconscientemente y su hijo reacciona instantáneamente dejando caer los hombros. O un padre cierra el puño con fuerza y sus hijos inmediatamente saben que deben detenerse en seco. En ocasiones, las reacciones más tenues poseen el más profundo efecto en los seres queridos. Me acuerdo de una adolescente que lo describió a la perfección diciendo: «Cuando mi madre se calla, es como si gritara, pero más fuerte, y como si me pegara, pero más pavoroso.» Solo cuando nos atrevamos a despertar a estos cambios de energía y observar el efecto dominó en el estado de nuestros hijos, entraremos en un estado de mayor consciencia y paternidad.
Creo firmemente que el profundo apego con los hijos es una de las maneras más poderosas de empujarnos hacia este nivel de despertar. Es maravilloso que los niños tengan en nosotros el efecto de hacernos plantear esta dolorosa introspección. En su singular yuxtaposición de intimidad y desapego –en un sentido, son nuestros, y en cambio no nos pertenecen– se nos brinda una visión de lo que muchas tradiciones sabias denominan «rendición». Esto implica entregarnos por completo al momento presente sin imponer condiciones ni control para el futuro. En esta zona gris, cuando las muchas manifestaciones del momento presente se aceptan, aprendemos a vivir la vida con valentía. Los hijos, que son maestros en el arte de vivir en zonas grises, nos enseñan a vivir libres del pasado. Nos enseñan que, a pesar de que la vida rara vez se ajusta a nuestros planes, somos totalmente capaces de equiparnos para superar estos retos. Cuando experimentamos esta metamorfosis, la vida adopta una gloria insuperable. Al librarnos del apego a ideales rígidos y objetivos futuros, podemos centrarnos en nosotros y nuestras familias con espontaneidad, alegría y ligereza.
RECONOCER LA LLAMADA DE NUESTRO YO PERDIDO
Leila, una madre de cuarenta y un años de edad con dos niños pequeños, experimentaba una terrible ansiedad que se expresaba en forma de paranoia al dejar a los hijos con la canguro. «Sé que es anormal y extremo», admitía, «pero cada vez que pienso en dejar a mis hijos, de cinco y dos años de edad, con una extraña, me entra el pánico.» Vino en busca de ayuda porque su incapacidad de dejar a los niños con la canguro estaba afectando a su capacidad de cuidarse no solo a ella sino también a los hijos.
En el caso de Leila, lo que ella sentía como resultado de su ánimo roto tomó forma de estrés. Estaba tensa y exhausta hasta el punto de sentirse quemada. Al explorar las raíces de esta situación en su pasado, habló de un incidente particularmente traumático cuando sus padres la dejaron con una canguro porque tuvieron que ausentarse cuatro meses para ir a trabajar al extranjero. Al relatar la historia, la asombraron las
similitudes de su pasado con su situación presente. Ella tenía cinco años, como su hija ahora, y su madre era unos años más joven que Leila ahora. La historia se repetía de extraña manera.
Le dije: «Tu reacción a dejar tus hijos con una canguro es extrema a causa de lo que te ocurrió de niña. Como tus sentimientos de temor quedaron sin procesar, ahora se desencadenan dada la situación presente. Con tu pasado, es natural que no confíes en los cuidadores. Es un reflejo de una falta de confianza profundamente arraigada.»
La gente me pregunta a menudo: «¿Cómo puedo ponerme en contacto con mi yo perdido?» Aquí vemos cómo se produjo en el caso de Leila. A través de lo que ocurría a los hijos, empezó a reconocer cómo su yo perdido –su ánimo roto– intentaba captar su atención. Comenzaba a comprender que a menos que prestara atención a lo que pasaba en su interior, reflejado en el espejo de los hijos, y aprendiera a cuidar de sus necesidades de manera sana, seguiría presentando disfunciones.
Bajo la sensación de malestar, nuestro yo perdido siempre está presente en la reactividad ante los demás. Si estuviéramos preparados para ver todas las reacciones emocionales que presentamos como señal de que nuestro yo perdido sale a relucir, absolveríamos a los demás de arreglarnos y en su lugar nos concentraríamos en cuidarnos y conectar con nuestro interior. En lugar de juzgar a los otros por hacernos saltar, debemos expresar gratitud por las situaciones que permiten que nuestra verdadera identidad se revele, ya que es una oportunidad dorada para entrar y ver lo que nunca se arregló.
Al sumergirnos en este proceso, es importante darnos cuenta de que nuestro ego – nuestras capas superficiales– jugó un rol destacado en nuestra educación, al ayudarnos a gestionar situaciones amenazadoras. Por esta razón, no deberíamos sentir resentimiento hacia estos aspectos de nuestro ser. Al mismo tiempo, cuando lo que debían de ser defensas temporales se solidificaron, de manera que ya no podíamos acceder a nuestra identidad auténtica, nos hallamos prisioneros de nuestra reactividad como consecuencia.
Examinar las múltiples capas de nuestro ser es algo que debe emprenderse progresivamente, empezando con las generalidades heredadas de la cultura, los mitos aprendidos sobre cómo vivir y cómo educar. Entonces, profundizamos, desenmascarando las capas formadas en nuestra familia de origen. Bajo estas capas, encontraremos nuestra verdadera identidad en toda su pureza y belleza.
Entablar amistad con nuestro yo perdido
Los aspectos de nuestro yo perdido siempre nos acompañan hasta que los reclamamos. Cuanto más conscientes seamos de ellos, menos comportamientos
disfuncionales presentaremos, y lo mismo es válido para los hijos.
Dicho esto, debo señalar que la consciencia del yo perdido es fundamentalmente distinta a sus manifestaciones distorsionadas. Para comprobar la diferencia, tomemos una situación en que nos sentimos rechazados por un amigo. Una reacción inconsciente típica a este sentimiento de rechazo podría ser alguna de las siguientes:
Llamar la atención al amigo sobre el asunto. Sentirnos mal o lamentarnos.
Dejar de hablar al amigo. Hablar mal del amigo.
Este tipo de actuaciones no son conscientes. Son simplemente una intensificación de la reactividad. El mero hecho de hablar del incidente no significa que se produzca una revelación al respecto.
Entonces, ¿qué aspecto revestiría la consciencia en este caso? Cuando el sentimiento de rechazo surge en nuestro interior, es la señal de que nuestro yo perdido se ha activado y se está expresando a través del vacío que sentimos. En este punto realizamos un cambio crucial para mirar ya sea hacia fuera o hacia dentro. Al mirar hacia dentro y hacernos presente con el vacío que sentimos, en lugar de culpar o reaccionar contra la persona que desencadena este sentimiento en nosotros, nos empezamos a encontrar. «¡Hola, yo perdido!», podemos decir. «Bienvenido. Cuéntame cosas sobre ti. Estás aquí para enseñarme algo sobre mí mismo en este momento, y tengo curiosidad. Estoy dispuesto a aprender de tu presencia.» Esta es la diferencia clave entre ser consciente o pensar que se es consciente.
El punto crucial es que en lugar de intentar deshacernos del sentimiento, lo guardamos en la consciencia, lo observamos en su estado «tal cual es». Por eso, cuando Leila preguntó: «Entonces, ¿cómo me deshago de este miedo?», le recordé: «No puedes deshacerte del miedo deseando que desaparezca. La única manera natural de disiparlo es guardarlo en la consciencia, lo cual significa que ni te regodees en él, ni actúes en base a él ni lo reprimas.»
Le enseñé el modo de hacerlo: «En lugar de decirte que no debes ser paranoica, simplemente deja que la emoción surja en tu interior. Reconócelo y deja que te acompañe. Debes saber que no define tu momento presente. Es algo del pasado y por