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Objective Function Maximization Using Heuristic Optimization Algorithm

CHAPTER 5. OPTIMIZATION FUSION ALGORITHM BASED ON MUTUAL-PIXEL-

5.2 Objective Function Maximization Using Heuristic Optimization Algorithm

Independientemente de si tenemos hijos biológicos o adoptivos, el viaje de la paternidad desde que son pequeños inevitablemente comporta sentimientos de posesión y propiedad. Por este motivo, en ninguna otra relación invertimos más que en la que compartimos con los hijos. Si bien esta inversión es la marca preciada de la paternidad, conlleva peligros que debemos conocer desde el principio, el más importante de los cuales es la sensación de poseer el control.

Todavía recuerdo la revelación que tuve cuando estaba de parto. Había seguido todos los cursos Lamaze habidos y por haber y había leído todo lo que había podido para prepararme para la maternidad; pensaba que iba bien armada para la montaña rusa de dar a luz. Sin embargo, vi claro al comienzo del proceso que por mucho que pensara que sabía, mi sensación de control era solo una ilusión. Hubo complicaciones que me obligaron a renunciar a mi fantasía de un parto «natural» y me forzaron a aceptar medicación a la que me había jurado que no iba a sucumbir. Con dolor agonizante, mi mente se resistía al hecho de que necesitaba ayuda. Respiré, empujé y grité. Deseaba dar a luz a mi manera, maldita sea, e iba a luchar a capa y espada por mi fantasía.

Finalmente, me di cuenta de que mi hija tenía otros planes para mí. Que fuera a llegar al mundo a su manera no era algo que yo hubiera contemplado. Ella no se sentía cómoda con el parto y quería que su madre cambiara su curso. Cuanto más lo intentaba, más se resistía ella, hasta excretar meconio en mi interior como señal de su malestar.

Entonces los médicos me informaron que debían practicar una cesárea. No me lo podía creer. «¿Cómo? ¿Yo?», pensé. «¡Seguro que puedo hacerlo de forma natural!» Supliqué que me dieran más tiempo, con la esperanza de dar la vuelta a la situación. El médico me dio un poco más de tiempo, pero me habló con firmeza: «En este momento, el bebé corre riesgo y debemos diri​girnos al quirófano.» Mi esposo vio mi dolor y comprendió lo decepcionada que me sentía. También sabía que debía despertarme de mi estupor y modificar la manera en que estaba expe​ri​mentando el parto. «Debes aceptar el proceso, debes pensar en ella», me instó. «No se trata de ti y tu fantasía. Ahora se trat​a de ella.»

los hijos rara vez sigue nuestros planes. No «creamos» las personas que serán, no les damos forma ni los moldeamos, solo los acompañamos a través de la infancia hacia la vida con el fin de que sean ellos quienes definan su propia vida. En nuestra errónea creencia de que somos responsables de las personas en que se convertirán, olvidamos apreciar la naturaleza de la sociedad que formamos con ellos.

COMPRENDER LOS LÍMITES DE NUESTRO CONTROL

Amy, madre de tres hijos menores de siete años, se lamentaba en terapia: «Por un lado, me dices que soy responsable de todo lo que hacen mis hijos, pero también me dices que no tengo ningún control. Entonces, ¿sobre qué tengo control? ¡Estoy confundida!»

«Sí, eres responsable de cómo te comportas con ellos», le expliqué, «y no, no tienes control sobre ellos. El arte de la educación consciente radica en la comprensión de que nuestra capacidad de control sobre los niños es limitada, como mínimo, y decididamente minada por nuestra creencia de que la poseemos. Nuestra misión consiste en estar a cargo de su seguridad y bienestar, pero esto tiene un límite claro. Si no vemos este límite, cometeremos el error de creer que disponemos del control sobre su verdadera identidad.»

Como muchos padres, Amy no sabía cómo definir su rol con los hijos. Se sentía responsable de sus éxitos y felicidad, y asumía que necesitaba controlar sus estados de ánimo, comportamiento y decisiones. Solo cuando empezó a ahondar en la comprensión de los límites de su «descripción de tareas» pudo darse cuenta de que había confundido el cometido de guiar a sus hijos con controlar a sus hijos.

El único control del que disponemos, como padres, es el de nuestros propios sentimientos y reacciones, junto con las condiciones que establecemos en el hogar. Nuestro problema es que realmente no sabemos controlarnos a nosotros ni las condiciones que creamos en el hogar, lo cual nos desvía hacia el control de los hijos.

Los hijos llegan con su propio sello. Esto implica que vienen con un temperamento concreto y una manera propia de relacionarse con el mundo. Algunos son enérgicos y ruidosos, mientras que otros son tranquilos y silenciosos. Algunos vienen con angustia y cólicos, mientras que otros planean y flotan. No se nos pide que conservemos las cualidades que nos gustan de ellos y nos deshagamos de las que no. Es cierto que podemos ayudarlos a desarrollar las cualidades que están en mayor conso​nancia con su identidad verdadera, pero no a través del control y la imposición. Son como son. Solo cuando aceptamos esto podemos conectar con ellos y cubrir sus necesidades emocionales. La rendición ante su naturaleza inherente, que incluye sus talentos y sus limitaciones, es esencial para dotar a la relación que compartimos con ellos de respeto

y contacto significativo.

Cuando nos damos cuenta de que nuestro control se limita a nuestro ser y al entorno del hogar, pasamos la responsabilidad de los cambios necesarios de los hijos a nosotros. Es nuestra responsabilidad hacernos propio lo que se nos ha dejado a cargo. Una vez que aceptamos que creamos las condiciones en que viven los hijos, podemos empezar a preguntarnos cuestiones como:

¿Estoy creando un entorno que favorece la armonía o la desarmonía?

¿Qué estoy haciendo o dejando de hacer que conduce a mis hijos a comportarse de una manera determinada?

Para ilustrar lo que esto significa en la práctica, no podemos obligar al niño a cepillarse los dientes, aunque somos responsables de crear las condiciones que le ayuden a ver la importancia de cepillárselos a diario. Nosotros preparamos el camino y ellos eligen cómo caminar con nosotros por el mismo. Mientras conservemos la energía centrada en preparar el camino en consonancia con su temperamento, habremos hecho un buen trabajo.

Una de las afirmaciones que pronuncié en el programa Oprah’s Lifeclass encontró eco en muchas personas del público. «No podemos controlar a los hijos», expliqué, «solo podemos crear las condiciones para que crezcan.» Esto significa que debemos dejar de emplear la energía en intentar controlar cómo son y cómo serán en el futuro. Mientras sigamos centrando la atención en esto, lucharemos en una batalla perdida. El verdadero reto consiste en mantener la mirada en los parámetros que verdaderamente se hallan bajo nuestro control: nosotros y la forma de funcionar de nuestro hogar.

REDEFINIR EL CONCEPTO DE CONTROL CON EL FIN DE EDUCAR SERES HUMANOS REALES

Tendemos a olvidar que «nuestros hijos», los niños con que hemos sido bendecidos, son antes que nada seres humanos. En nuestra obsesión por convertirlos en productos de nuestra educación, podemos olvidar el hecho de que están aquí para recorrer su propio y singular camino.

Como los hijos son más pequeños y más jóvenes que los padres, inconscientemente – a veces no tan inconscientemente– interpretamos que son menos sabios e incluso menos humanos que nosotros. Dudo que cualquier padre o madre diga que los hijos son menos humanos, pero con frecuencia actuamos como si lo fueran, ignorando o anteponiéndonos a su singularidad.

las que tienen derecho aunque puedan resultar hirientes. No podemos permitir que las emociones fuertes que algunas de las experiencias de nuestros hijos evocan en nosotros enturbien el hecho de que ellos recorren su propio camino, no el nuestro.

No tenemos derecho a dictar cómo deben expresar su humanidad. Por otro lado, contamos con el privilegio de enseñarles la importancia de ser fieles a sí mismos encarnando lo que ellos valoran. Nuestro cometido consiste en aceptarlos, celebrar su existencia a medida que su vida se va desplegando. De esta manera honraremos la relación particular de cada niño con su propia humanidad, incluidos no solo sus asombrosos puntos fuertes sino también sus limitaciones.

Si su hijo es tímido, ¿significa verdaderamente que sea deficiente de alguna manera y precise que le empuje para que sea asertivo? ¿O sería mejor dejarle que simplemente experimente su timidez? En la misma línea, si su hijo suspende un examen o un curso, ¿es realmente porque es perezoso? ¿O es porque tiene valor experimentar las propias limitaciones con una asignatura en concreto?

Soltar las riendas del control sobre los hijos es probablemente la tarea espiritual más difícil a la que nos enfrentamos como padres. Resulta especialmente complicado cuando sentimos la presión de otros padres, además de los maestros, para llegar a donde toca. Cuando los hijos no están a la altura de las normas del desarrollo, a menudo nos sentimos juzgados por los demás, especialmente los demás padres. Estos juicios crean escasez, que nos presiona para cernir nuestro control sobre los hijos. Creemos que cuanto más les controlemos, más les podremos cambiar. No nos damos cuenta de que creamos el efecto contrario de cimentar los comportamientos aún más.

Me acuerdo de Madison, madre de una chica de diecisiete años con un desarrollo atípico. «Se te presenta el reto de redefinir tu idea de control», le dije. «Más que con una hija con un desarrollo típico, estás obligada a enfrentarte a la idea de disponer de muy poco control. Con el fin de soltar tu deseo de controlar el resultado de la vida de tu hija, deberás sustraerte a la idea de ser su madre, como tal, y verte más como su mentora espiritual. Para que esto sea posible, antes has de ver a tu hija como un ser espiritual.»

Madison reaccionó con miedo: «¿Qué quieres decir? Soy su madre. No sé cómo ser otra cosa.»

«Nuestro rígido apego al papel de madre o padre puede mantenernos encallados en un nivel superficial», le expliqué. «Aunque nuestra cultura apoya el rol de padres, apegarse a estos roles acaba limitando nuestra capacidad de conectar enteramente con los hijos como seres espirituales. Si adoptáramos una perspectiva más amplia, conectando con los hijos espiritualmente, reconoceríamos que la vida se trata de algo más que ayudarlos simplemente a crecer. Se trata de que cada uno de nosotros recibe una vida a lo largo de la cual se nos presentarán retos que debemos superar. Los retos

son distintos para cada persona. Para trabajar con el fin de superar los nuestros, necesitamos la ayuda de los seres queridos. Tu hija no debería sentir que sus retos significan que algo va mal. Simplemente pide aceptarse tal como es. Cuando la ayudes a aceptar sus retos en lugar de sentirse resentida ante ellos, posiblemente observarás que ella no puede ser quien es sin sus retos. A ella le hace falta que aceptes sus limitaciones por lo que son, luego a partir de esta posición de aceptación, necesita que la ayudes a crecer hasta su máxima expresión dentro del contexto de dichas limitaciones. Cuando vemos a los hijos con lo que llegaron a esta vida y respetamos esta parte intrínseca de su naturaleza, somos capaces de ayudarles a transformarse en la dirección que ellos necesitan, no la que nosotros creemos que necesitan. Esto es lo que significa hacer de mentor espiritual.»

Madison empezó poco a poco a descubrir la sutil pero profunda diferencia entre controlar las limitaciones de los hijos, intentando que se adapten a lo esperado, y aceptar a los hijos para que tengan la oportunidad de integrar sus limitaciones en su camino de transformación. Cuando hubo comprendido el poder de esta otra manera de ver a su hija, inmediatamente detectó cambios en su relación, y me contaba con alegría: «Ya no nos peleamos por los deberes. Me angustiaba por sus deberes, e insistía en que los acabara del todo. Ahora le digo que haga lo que pueda y celebro sus logros. Cuando ve que acepto su esfuerzo, resplandece de orgullo y de hecho se esfuerza más de lo que había visto antes. No puedo creer que yo era la que bloqueaba su camino. Pensaba que castigarla la ayudaría a cambiar, pero ahora veo que estaba menoscabando su capacidad.»

Los hijos automáticamente se percatan de nuestra aceptación o su ausencia. Cuando notan que comprendemos su temperamento básico, liberan energía almacenada para protegerse de nuestras críticas. Esta liberación de energía conlleva una renovación del compromiso con su propio crecimiento y expansión. Cuando comprendemos el poder de nuestro papel como mentores espirituales, honramos el espíritu de su interior que anhela realización.

Pasar de padres a guías espirituales En lugar de:

Ver a un niño, veré a un ser espiritual.

Identificarme como padre o madre, me identificaré como socio. Comparar a mi hijo con mis estándares, lo ayudaré a crear los suyos. Aferrarlo con dependencia, lo liberaré hacia la autonomía.

Redefinir el comportamiento

Nuestra tarea sagrada como padres es redefinir la agresión contra nuestro control como defensa, la mentira como reacción contra nuestra rigidez, el enfado como rebelión contra nuestra desconexión, el desafío como barrera a nuestra resistencia,

la ansiedad como manera de evitar nuestro juicio,

la distracción como reflejo de nuestro propio caos interior, la tristeza como marca de nuestra propia falta de valoración. Cuando vemos a los hijos portándose mal

como estímulo para nuestro despertar,

les absolveremos de la carga de tener que corregirse.

En su lugar, encarnaremos el cambio que su comporta​miento despierta en nosotros.

Al hacerlo...

nos integraremos emocionalmente y liberaremos a los hijos.

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