4.2 Beam and Image Quality in the Integrated Setup
4.2.4 MR Image Quality Quantitative Phantom Tests
En un sugestivo pasaje de Rayuela, Julio Cortázar rememora la teoría de León Chestov sobre las peceras con tabiques móviles. En esta alegoría los peces, ávidos por evitar frotarse la nariz con algo desagradable, jamás se decidirían a pasar al otro lado. Poco importaría la remoción de los límites sólidos de su pequeño universo. “Llegar hasta un punto del agua, girar, volverse, sin saber que ya no hay obstáculo, que bastaría seguir avanzando”.211 La naturalización del control extinguiría
la necesidad carcelaria de la pecera. Hay que advertir, sin embargo, que la disciplina de la escena se explica menos por la capacidad productiva del tabique imaginario que por unos efectos en los que se encuentran involucrados también los peces. Al nadar en círculos dentro de un espacio virtual, sus cuerpos ya no son el lugar de investidura de una potencia que los domina, sino partícipes necesarios de una repetitividad controlada de esas relaciones de poder. De modo que la efectividad de la norma se reitera en un proceso de sujeción ambivalente en el que pareciera que el sometimiento del deseo exige e instituye el deseo por el sometimiento.
El consentimiento brindado a la propia sujeción ha sido objeto de múltiples elaboraciones. En el presente trabajo, aunque no pretendimos ninguna síntesis grandiosa, buscamos dar cuenta del funcionamiento de esa desventura,212 pero no desde el diagnóstico de un fallo congénito de nuestra
hechura, sino como el resultado, en este caso, del modelo civilizador del neoliberalismo. La alegoría de la pecera no describiría a sujetos imbuidos de un temor natural para adentrarse en los espacios abiertos de la libertad sino un escenario en el que la norma produce subjetividad explotando la dependencia primaria de una existencia social. De ahí que, una vez caídos los tabiques económicos y políticos que en Nuestramérica representaron durante más de seis décadas los expedientes racionalizadores del neuroliberalismo, los individuos sigan bregando por imponerse una subjetividad ad hoc a las necesidades del mercado.
Para hacer más evidente esta comparación quisiéramos apelar a dos reconocidas obras pictóricas: El rapto de Europa, de Rembrandt, y La vuelta del malón, del artista argentino Ángel Della Valle.213
El pintor holandés ilustra el mito en el que Europa, representada por una mujer, es raptada por Zeus, encarnado en un toro. El dios, al llevar a la joven fenicia a Creta, cimentaría la cultura occidental. En la introducción tomamos prestado este mito para iluminar las instancias por las que atraviesa Europa tras la crisis financiera iniciada en 2008 y que nunca llega a su fin. En esta actualización del mito, raptada esta vez por un toro germánico, la joven viaja hacia un futuro en el que todas las contradicciones de la realidad se resolverían en un bienestar general. Para ello, no peregrina hacia ningún inicio, sino que insiste en agregar neos a una cultura liberal que no se resigna a morir. Podría decirse, y con razón, que muchas voces se alzan para advertirle a la joven la locura de esta reiteración insana; pero las instituciones “democráticas” imponen barreras de acceso a las opciones políticas alternativas. La violencia represiva que mantiene a los ciudadanos encerrados en un espiral decreciente de pauperización, reproduce la imagen del rapto.
Nuestramérica aparece en el segundo de esos escenarios propiciatorios. Para describirlo, en este caso tomamos prestada La vuelta del malón de Della Valle, una obra que sintetiza la imagen dominante del salvaje como enemigo de la civilización. En su sentido originario, el artista busca estigmatizar al Otro como lo incivilizado, y a lo incivilizado como el peor de los terrores. Edifica
212 La noción de “desventura” surge de un corrimiento hacia la historia para detectar una ruptura fatal que no debía
producirse. “Accidente trágico, desgracia inaugural, cuyos efectos no dejan de ampliarse hasta el punto de que se desvanece la memoria de lo anterior, hasta el punto de que el amor por la servidumbre ha sustituido al deseo de libertad” CLASTRES, Pierre, “Libertad, Desventura, Innombrable”, en Christian Ferrer (comp.), El lenguaje
libertario, ed. cit..
213 El análisis especular de sendas obras nos ha sido sugerido por Alejandro Boverio durante el XVI Congreso
una valla mental que impide la locura de pensar el mundo allende la frontera del río Salado, límite cartográfico con la barbarie. La escena está conformada por un grupo de aborígenes que galopan a toda carrera exhibiendo el botín del reciente pillaje. Entre cruces, incensarios y otros trofeos arrebatados por el malón, encabeza la huida una joven de tez blanca montada en la cabalgadura del secuestrador. La interpretación que proponemos invierte el sentido del relato del pintor. Abocados hoy a superar la prédica neuroliberal, hemos de ver en esa vuelta una liberación sin pedir permiso. Una liberación de la “civilización” que atraviesa la fantasía de una pampa delimitada arbitrariamente por un río. Nuestramérica aparece, entonces, como la moza consciente que, haciendo honor a la cultura de la resistencia, avanza hacia esos mundos alternativos. No escasean ejemplos de esas pulsiones liberadoras. Los más actuales: la revolución ciudadana de Ecuador, la bolivariana en Venezuela o Bolivia, o las experiencias en Uruguay, Argentina o Brasil.
En este volumen, no buscamos ahogarnos en un pesimismo descriptivo que agote el espíritu emancipador. Confiamos en que al llegar al final nos daremos cuenta de que no hay tabique y que bastaría seguir avanzando para abandonar la debacle neoliberal. El primer escenario nos advierte de la continuidad de los peligros. El segundo, de la perentoria necesidad de seguir avanzando para defender lo ganado. Reflejar nuestra imagen en los espejos de sendas pinturas torna imperioso reiterar la crítica a la ilusión neuroliberal. Ello será posible en tanto la discusión no se liquide en la simple alternancia de modelos técnicos de políticas públicas. De poco serviría la eliminación de los tabiques impuestos si los peces se mantuviesen fielmente adoctrinados a nadar en círculos intentando solo limpiar el agua infecta de una pecera que ya no existe o, mejor dicho, nunca ha existido. En la proliferación de una ética alternativa a la “rapacidad del mercado” estriba la clave para trascender la formal remoción de esos obstáculos que, de otro modo, el sujeto del neuroliberalismo no rebasaría.