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4.3 Feasibility of MRI-based Range Verification

4.3.3 Target Material Dependence

Si bien abundan los trabajos relativos al “modelo neoliberal” –durante bastante tiempo el modelo por excelencia o el único realmente existente– desde el punto de vista socio-político y económico, no faltan tampoco las aproximaciones a ese modelo con respecto al terreno de la subjetividad y la salud mental. Estos últimos aspectos han procurado deslindarse, por ejemplo, en libros como los que diera conocer el psicólogo mexicano Enrique Guinsberg a comienzos de este siglo. Aunque se rebasan allí las barreras de la etapa propiamente neoliberal y se establecen además paralelos e imbricaciones con la posmodernidad, no dejan de encararse las “patologías del fin de milenio”, dentro de las cuales se comenta el paso de un individualismo restringido a otro integral, bajo modalidades narcisistas, solipsistas, hedonistas junto a tendencias esquizoides como la anorexia y la bulimia.

Entre los lineamientos centrales de nuestro libro, hemos sostenido que la inclinación a "pasar por alto" la realidad, a reprimir la conciencia social y a enajenar las identidades personales, se manifiesta para "sobrellevar” un fuerte costo emocional: "hacemos como si" el canto de las sirenas neoliberales –cuando claman que el mundo pertenece al cuentapropismo– contiene una fuerza magnética inevitable, y que no podemos actuar en contrario. No admitimos el mensaje consumista a ultranza porque nos creamos que sea lo más racional, ni porque se nos imponga como tal, sino porque resulta más tolerable seguir usando la máscara de que nuestro éxito futuro depende de

nosotros que enfrentarnos con el hecho de que incluso nuestro consumo es una forma de trabajo para el capital. Sin embargo, nos seguimos comportando como consumidores felices y nos ofendemos cuando se nos impide "el libre consumo" que “garantice” nuestra autonomía. Planteamos el símil de una droga tomada a sabiendas de los efectos perniciosos que produce y que puede conducirnos al servilismo o al autoexterminio. Aunque no desconocemos su nocividad, la deglutimos igual. De ahí la siguiente neurosis: no sólo nos olvidamos del otro sino que hacemos "como si" no estuviésemos sufriendo nosotros mismos.

El marco general responde a una modernización conservadora que, mientras reproduce pautas provenientes de los países capitalistas centrales, adopta un discurso redentorista, pseudocientífico, tecnocrático, en el cual se postula el mejor de los mundos, sin grandes privaciones y con tiempo libre para quienes se suban al tren del progreso; un tren cuyas características fueron develadas en una obra desmitificadora –ya citada en el capítulo 6–, El universo neoliberal en la cual sus autores afirman que debemos subir al tren de la modernidad (como si hubiera uno solo), aunque no sepamos si va adonde queremos ir, e ignoramos si nos van a subir como pasajeros o como personal de servicio, al que se devuelve al punto inicial una vez terminado el viaje, o si a la llegada seremos trabajadores inmigrados. Vuelve así a implementarse el dogma del maquinismo, según el cual el mero silbato de una locomotora conllevaría el fin de las guerras y la conflictividad social.

Nos viene aquí a la memoria una distopía como la de Aldous Huxley y su mundo feliz, compuesto por un sistema de castas donde todo se halla absolutamente condicionado. Pese a la larga supervivencia de sus miembros, existen allí carencias fundamentales: desde las pasiones, la vida en familia –sustituida por pura promiscuidad–, la democracia, y la movilidad social, hasta el hábito de la lectura o el cultivo del saber tanto filosófico como científico. Tales limitaciones se ven suplidas por grandes dosis de una panacea farmacológica, el soma, al cual se lo presenta como un “cristianismo sin lágrimas”. Sin embargo, cabe evocar también que a esa atmósfera cerradamente mecanicista –juzgada como la civilización a secas– se le contrapone otra formación primaria, con una población maloliente que habita en una Reserva anacrónica de indios y mestizos, el Pueblo de Malpaís. En él, además de faltar los conforts materiales, se practica el catolicismo y se hablan lenguas muertas como el español; la gente se casa, concibe hijos, poetiza y conoce los dramas de Shakespeare: un autor prohibido como muchos otros desde el advenimiento del mundo feliz y del Gran Ser, Ford, quien había sentenciado que “la Historia es una Paparrucha”.

Un exponente del submundo periférico aparece en la obra de Huxley como el Salvaje con mayúsculas –un personaje de extramuros criado en la reserva–, quien, aunque sucumbe en el intento, se va a medir con ese otro mundo artificial y opresivo, que se ha enseñorado de todo: hasta de las mismas Islas Malvinas (traducidas como Falkland en la versión castellana consultada).

Salvando las grandes distancias prototípicas, cabe asociar esa figura huxleyana a la de otros sujetos ficcionales que han sido resimbolizados como el de Calibán; sujetos a través de los cuales el colonizado problematiza al colonizador y se resiste a someterse a su sojuzgadora tabla de valores.

Dentro de esa polifacética tradición libertaria y entrando de lleno en lo que está aconteciendo en nuestra actualidad, pueden mencionarse, entre tantas estimulantes alternativas.

un historiador de la filosofía y la sociología –Christian Laval– que propugna una contraconducta ante los dictámenes de vivir en continua rivalidad y que nos lleva a reinventar la existencia, a construirnos una racionalidad alternativa: la “racionalidad del común”;

 la aparición de premios Nobel de economía que no siguen como de consuno los dictámenes monetaristas y exigen duras restricciones a la banca y a los monopolios transnacionales para evitar desastrosas consecuencias comunitarias;

 presidentes nuestroamericanos que no vacilan en recurrir a una terminología innovadora y desafiante: la que se permite hablar de depredadores sociales globales y terroristas económicos, con lo cual se retoma desde el gobierno la mejor óptica socialista sobre las políticas neoliberales;

 un Consejo de Derechos humanos de la ONU condenando la especulación financiera y los fondos buitre –la cara frontal del imperialismo– para proteger el derecho a la vivienda, la salud y la de educación;

 las mismas Naciones Unidas planteando la necesidad de fijar un marco regulatorio a la deuda externa soberana, sin que falten otras voces autorizadas como las de Eric Toussaint que propician la anulación lisa y llana de las deudas del Tercer Mundo dada su manifiesta ilegitimidad;

Junto a todas esas reivindicaciones puntuales contra el neuroliberalismo y más allá de actitudes triunfalistas, se encuentra el palpitar de una nueva Hora americana; una hora similar a aquella que se vislumbró durante los primeros pasos independentistas, durante el reverdecimiento del sueño bolivariano bajo el Novecientos y actualmente con un insospechado proceso de institucionalización de nuestra unidad continental, sin subordinaciones a inveterados factores antagónicos y con el protagonismo del poder popular, el buen vivir o la interculturalidad. Todo ello sin soslayar la importancia de oponerse a los resabios desarrollistas subsistentes en la presente etapa pos-neoliberal de la región como los que trae consigo el polémico paradigma económico extractivista y la impiadosa explotación de los recursos naturales llevada a cabo por las empresa transnacionales, lo cual puede estar dando lugar a toda una nueva etapa en el devenir del capitalismo mundial.

En resumidas cuentas, con nuestro libro se arriesga una doble propuesta: una teórica en la cual se busca hacer visible y pensable cómo los discursos (incluso aquellos tenidos por más populares) están estructurados a partir del sentido común del éxito y el fracaso individual que da cuerpo a todo el campo ideológico del neuroliberalismo. Al describir desde distintos enfoques los principios de la ética de los gladiadores del mercado no quisimos confrontarla con la realidad, si lo hiciéramos estaríamos, de algún modo, manteniendo vigente la fantasía que pretendemos impugnar. Sino que el objetivo estuvo puesto en volver a explicitar que la irrealidad de todo aquello que va en contra del “peso de las cosas” no proviene de su carácter utópico, sino de la potencia de las fuerzas que se conjuran para impedir, siquiera, su enunciación.

La otra variante propuesta apela más a la acción, en sintonía con la vertiente del epígrafe que transcribimos de Julio Cortázar: “hacer de la palabra un instrumento de combate para la liberación”, en este caso, para liberarnos de un embozado destructor de la humanidad y la naturaleza: el neoliberalismo y su parafernalia simbólica. A tal efecto, reiteramos nuestra redenominación terminológica: la adopción de un vocablo más indicativo como el de neuroliberalismo para designar al espíritu posesivo, a la mercadofilia y a una ideología ultraindividualista desde la cual se accede por arte de gracia al bienestar y al equilibrio universal, mientras se niega perversamente la distancia astronómica que media entre menesterosos y potentados, entre ecología y desastre ambiental.

POSTFACIO

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