3.1 INTRODUCTION AND CONTEXT FOR THE STUDY
3.3.2 Narrative Inquiry
1 . LIBERTAD, I G U A L D A D Y A L T E R I D A D , TRES C O N D I C I O N E S DEL D I Á L O G O
A. D e s d e la libertad y en i g u a l d a d
El diálogo es un méto- do con leyes propias. Y, en cuanto método, no constituye un fin en sí mismo, se dialoga para algo y por algo. Para que se dé un auténtico diálogo es preciso que se cum- plan una serie de con- diciones. Qp ellas hablamos en esta ficha.
La primera condición que se exige para que pueda darse un auténtico diálogo es la liber-
tad. El diálogo en modo alguno puede ser impuesto por la fuerza. Sólo cuando los agentes del
diálogo participan libremente con una auténtica voluntad de dialogar, y no como algo impues- to, puede éste llegar a resultados positivos.
Los interlocutores del diálogo deben también situarse en un plano de igualdad. Por ello el mejor símbolo del diálogo ecuménico es la mesa redonda, aquella en la que no caben pues- tos de honor, ni presidencias.
Actitud de igualdad que debe además ir acompañada de una actitud de reciprocidad, que lleva a ambas partes a abrirse al doble movimiento de dar y recibir. La confianza y la acepta- ción mutuas están en la base de todo diálogo posible.
B. El respeto a la a l t e r i d a d
Para que exista auténtico diálogo es necesario aceptar al otro como un tú, en cuanto otro, como un interlocutor cuyo pensamiento y cuya experiencia puede y debe enriquecer al pro- pio yo. Aceptar la diferencia, respetar la identidad y la perspectiva del otro, sin buscar recon- ducirla a la propia posición, y sin pretender incorporar al otro a la propia forma de pensar, es un presupuesto necesario de todo diálogo.
El diálogo no tiene como objetivo transformar a la otra persona, sino permitirle ser un tú que puede complementar al propio yo, aceptar la diferencia del otro, respetándolo como suje- to, y no considerándolo como mero objeto. Así lo expresa A. Hedge: "El propósito del diálogo no es cambiar a la otra persona, sino arriesgarse a ser cambiado uno mismo a través de un proceso de mutua transformación que puede resultar del diálogo. El diálogo no es un lugar para tratar de convertir a nadie; es crear una historia común. El diálogo no significa que los participantes tienen que estar de acuerdo en todo. El proceso constituye un fin en sí mismo, en el que los participantes deberían aprender a respetarse y enriquecerse mutuamente pese y debido a las diferencias. Puede llegar a ser un proceso educativo en las circunstancias de vivir en una sociedad plural".
El objetivo del diálogo tampoco consiste en que uno de los interlocutores resulte vence- dor sino, como afirma Chenu: "Reconocer al otro como otro, amar al otro tal cual es, y no como un ser que hay que conquistar, consentir que sea diferente, frente a mí, sin intentar usurpar la verdad de su conciencia y de su búsqueda, sin poner en juego mis motivos de reserva antes que mi confianza".
El diálogo presupone igualmente la existencia tanto de elementos comunes como de divergencias. Elementos comunes necesarios para que el diálogo no se torne en la superpo- sición de dos monólogos. Pero también divergencias que no deben ser negadas ni disimula- das, sino reconocidas y afrontadas de forma positiva, como una posibilidad de nuevo enri- quecimiento que quizás pueda incluso ayudarme a comprender mejor aspectos de mi propia tradición.
2. LAS D I F I C U L T A D E S DEL D I Á L O G O
A. Reconocer nuestras limitaciones y a d m i t i r q u e los otros t i e n e n algo q u e aportarnos
Para dialogar no sólo se necesita ser y sentirse uno mismo, reconociendo los propios valo- res, también es preciso cuestionarse a sí mismo, y ser capaz de poner en entredicho parte del propio legado, reconocer las limitaciones de la postura propia, sus deficiencias, etc.
En ese sentido, se afirma que el ecumenismo exige conversión, pero no una conversión de unos a otros, de unas Iglesias a las otras, sino una conversión que supone interrogarse por las propias posiciones, buscando mejorarlas en contacto con los otros. Esta conversión debe producirse tanto en un nivel personal como eclesial.
B. Dos e n e m i g o s d e l d i á l o g o : el proselitismo y el falso irenismo
En lo referente al proselitismo remitimos a la ficha 37
El irenismo es el intento de permanecer unidos, resaltando los elementos comunes y rele- gando a un segundo plano las diferencias. Pero cuando esta actitud se lleva al extremo, minimi- zando o escondiendo las diferencias, se cae en un 'falso irenismo' que no respeta la doble fide- lidad que caracteriza la actitud ecuménica: fidelidad a la voluntad de Jesús que nos llama a la unidad y fidelidad a la propia tradición. Por ello, Unitatis Redintegratio se muestra tajante: "No
hay nada tan ajeno al ecumenismo como el falso irenismo que daña la pureza de la doctrina católica y oscurece su sentido genuino y cierto" (n. 11).
El fuerte rechazo que el movimiento ecuménico ha mostrado siempre hacia el falso ire- nismo brota de la convicción de que la unidad no puede construirse a costa de la búsqueda de la verdad. Una unidad que pretendiese buscar lo común renunciando a todo aquello que crea conflicto, se estaría desviando de la verdadera unidad a la que Cristo llama. Ceder y renunciar a la verdad no es el camino para alcanzar la unidad visible -no sería, en ese senti- do, aceptable una unidad que fuera resultado de la cesión por ambas partes-. La unidad sólo se alcanzará profundizando en la verdad recibida.