3 Greenhouse gas inventory information, including the national system
4.6 National forest legislation and programmes
julio de 1776, y Pedro de Cevallos, fundador del Virreinato del Río
de la Plata, el 1° de agosto de 1776
D
urante su visita a Washington en 1978, los Reyes de Espa- ña, Don Juan Carlos y Doña Sofía, asistieron a la inaugu- ración de un monumento a Don Bernardo de Gálvez, un insigne militar español que fue sucesivamente Gobernador de Luisiana y Virrey de Nueva España (México) durante el transcurso de la guerra por la independencia de los Estados Unidos de Norteamérica. Este emplazamiento escultórico, no explicado por su causa motivadora ni valorado por sus implicancias ulteriores, ha quedado desde entones en la ciudad que es Distrito Federal de los Estados Unidos de Norteamérica como si fuera un índice de piedra. Un símbolo afirmati- vo de una cuestión que hasta el día de hoy no ha habido interés en divulgar. Tal cuestión está referida a la participación de España en el nacimiento de los Estados Unidos de Norteamérica y en la diagrama- ción del Hemisferio Americano.Los Estados Unidos de Norteamérica se constituyeron como país independiente el 4 de julio de 1776. Casi simultáneamente —esto es, un mes después—, el 1 de agosto de 1776 por Real Cédula del Rey de España, se estructuraba el territorio del más grande de los virreinatos. Era el Virreinato del Río de la Plata, dentro del cual se hallaba el país hoy denominado República Argentina. El hecho de que ambas regiones se organizasen al mismo tiempo y en el mismo hemisferio no fue obra del azar. Su constitución estuvo y continúa entrelazada a una geopolítica y a una estrategia de extensión mundial.
Los Estados Unidos de Norteamérica, constituidos el 4 de julio de 1776, tenían una superficie aproximada de 1.000.000 de kilómetros cua- drados, con una población de 3.000.000 de habitantes, recostado sobre el Océano Atlántico. La superficie estimada de las 13 colonias no alcan- zaba a 1.000.000 km2, la superficie actual de los Estados Unidos es de
9.809.155 km2. Dichas colonias no constituían Estados dependientes de
la corona británica, sino que estaban regidos por la Compañía de las In- dias Occidentales, a la cual la corona británica otorgaba su apoyo militar y marítimo para mantener la seguridad.1 Tenemos así la situación en que
una empresa comercial resuelve el destino de un territorio y de sus habi- tantes, y la corona presta el concurso militar para hacer efectivas las deci- siones de la compañía privada que había comenzado a colonizar los hoy Estados Unidos. En la actualidad constituyen una nación con 9.000.000 de kilómetros cuadrados y con una población de 250.000.000 de ha- bitantes. Su territorio, de atlántico y granjero, devino bioceánico,
minero, industrial, tecnológico y altamente científico.
La situación de las Provincias Hispanoamericanas era muy dife- rente. El Estado Español (la corona) fue el poder público que llevó a cabo el descubrimiento, exploración y colonización de la América Española.
El Virreinato del Río de la Plata, de cuyo tronco queda hoy la República Argentina, fue estructurado por Real Cédula del 1 de agos- to de 1776 con una superficie aproximada de 7.000.000 de kilómetros cuadrados, que contenían una población que al iniciarse el siglo XIX bordeaba los 800.000 habitantes.2 Esta cifra se integraba con una
mitad de autóctonos y una mitad de hispanoindianos. Su distribución en tan vasto territorio ocupaba “más de la mitad en las cuatro Provin- cias del Alto Perú y sus circunscripciones de Moxos y Chiquitos”, “una sexta parte próximamente al Paraguay” y “como un quinto del todo en las provincias que componen el país argentino, incluyendo en
1. Khon, Hans, El pensamiento nacionalista en los Estados Unidos, págs. 37-41. Troquel, Buenos Aires, 1966.
2. Mitre, Bartolomé, Obras completas, volumen VI, pág. 4. Edición Congreso de la Nación. Buenos Aires, 1940. Las fuentes de este autor son: Wilcoke: History of the Viceroyalty of Buenos Aires; Lastarria, Miguel: Colonias Orientales del Río de la Plata; Cosme Bueno: Descripciones; Azara: Viajes; Helms:
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ellas las Misiones Jesuíticas del Paraná y Uruguay, después despo- bladas, y la Banda Oriental.”
Estas diferencias entre crecimiento, distribución de habitantes y territorio se mantuvieron durante todo el siglo XIX y en el decurso de todo el siglo XX. Las guerras civiles y las sucedáneas andanadas inmigratorias jugaron un rol decisivo. Masacre y reemplazo del nati- vo y del hispanoindiano fue el criterio poblacional de la Argentina después de formalizada su presunta independencia. De país minero y
bioceánico se transformó en agropecuario y atlántico. El territorio quedó reducido a 2.000.000 de kilómetros cuadrados.
José de Gálvez (Visitador de Nueva España y Ministro de Indias), Bernardo de Gálvez (Gobernador de la Luisiana y Virrey de Nueva España) y Pedro de Cevallos (fundador y primer Virrey del Virreinato del Río de la Plata) son los nombres vinculantes entre la República Argentina y los Estados Unidos de Norteamérica. Ellos representan la simbiosis entre el mundo anglosajón-americano y el latino-hispa- no-indiano dentro de nuestro hemisferio.
Escasa y poco difundida es la bibliografía sobre estas personali- dades, cuya acción política ensambló latitudes continentales.1 Intenta-
remos reunirlos a todos para presentar otra alternativa que se diagramó para nuestro hemisferio. Esta concepción todavía tiene validez para el futuro. Estudiaremos su carácter novedoso a través de las vastas regio- nes que manipularon sus actores, lo cual no ha sido evaluado todavía por la historia.
La Guerra de los Siete Años entre Gran Bretaña y Francia, a la cual en su tramo final se acopló España como aliada de Francia por el Pacto de Familia, terminó con el triunfo de las armas inglesas. Jurídi- camente se instrumentó en el Tratado de París, de febrero de 1763. Este documento modificó profundamente el mapa de América del Nor-
1. Priestley, Herbert Ingram: José de Gálvez. Visitador New Spain 1765-1771. Ed. University of California Press, Berkeley, California, 1934; Sánchez Barba, Mario H., La última expansión
española en América. Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1957; Gálvez, José Iván, José de Gálvez en la Alta California 1769-1776. Estudio en La Nación, 27 de abril de 1990, secc. 4ª, pág.
3; Gálvez, José Iván: José de Gálvez. Su participación en la creación del Virreinato del Río de la
Plata. Estudio en La Nación, 5 de diciembre de 1976, sec. 4ª, pág. 3; Gammalson Hialman,
te, de las Antillas y de América Central, dándole a Inglaterra una presencia gravitante:
a) El Canadá, que era posesión de Francia, pasó a Gran Bretaña. b) Las islas situadas al sur de Terranova quedaron para Francia. c) Las Floridas (península y territorio sobre el Golfo de México)
pasaron de España a Inglaterra.
d) El Este del Río Mississippi pasó también de España a Inglaterra. e) Todas las Islas Antillas quedaron para Gran Bretaña, con excep- ción de Haití, Guadalupe, Martinica y Santa Lucía, que continua- ron en posesión de Francia, y Cuba, Este de Santo Domingo y Puerto Rico, que siguieron bajo el dominio de España.
f) El territorio de la Luisiana Francesa fue cedido por Francia a España, incluyendo la ciudad de Nueva Orleáns.
g) El Río Mississippi fue de libre navegación para Gran Bretaña. h) Gran Bretaña obtuvo también la tala de árboles en Belice (Hondu-
ras Británica).
De esta manera Inglaterra quedó con el dominio de la mitad de Amé- rica del Norte (Canadá) y tomó posiciones estratégicas para controlar la otra mitad. Hay que recordar que en esa época España, con el Virrei- nato de Nueva España (México), estaba en posesión de todo el oeste americano hasta el litoral del Océano Pacífico inclusive; que Francia se extendía por todo el centro de ese territorio a través de la Cuenca del Mississippi, que mantuvo hasta 1804, y que Rusia conservaba inalterable su América Rusa (Alaska), que retuvo hasta 1867. Al Gol- fo de México los españoles lo denominaban “el seno mexicano”. Por lo tanto, al ser colindante de todos estos lugares, Gran Bretaña quedó en posesión del “balanceo de poder” del mundo al comenzar la se- gunda mitad del siglo XVIII.1
José de Gálvez era en ese entonces integrante del Consejo de Cá- mara de S.M. el Rey de España y Supremo de Indias. La política de
1. Rodríguez, Mario (Catedrático de Historia de la Universidad de Southern, Los Ángeles, California),
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España en América en esos años fue programada y ejecutada perso- nalmente por él. Designado Visitador General, se trasladó a México, donde arribó a mediados de 1765. El objeto de su viaje fue consoli- dar y extender el dominio español sobre la zona de Alta California, un lugar fundamental después de los cambios de la Paz de París de 1763, que hemos señalado. Su plan fue el siguiente:
1) Consolidar la ocupación de la Alta California que había queda- do a merced de las pretensiones inglesas y rusas (Gálvez: 1990). La expulsión de los jesuitas en 1767 había agravado el despue- ble de esos territorios. José de Gálvez dispuso que la Orden Franciscana reemplazase a los asentamientos jesuíticos y que misioneros de la misma ocuparan los asentamientos de España desde San Diego hasta San Blas; esto es, toda la Península de California y dentro de todo el Golfo de California.
2) Ocupada la Alta y la Baja California, el objetivo siguiente es la posesión de Monterrey para instalar una zona marítima españo- la, que abarcase desde San Francisco por el norte hasta San Diego por el sur. La Bahía de San Francisco fue explorada duran- te esos viajes (1768-1769) constatándose que “es tan grande que podría contener no solamente toda la armada de España, sino también todas las de Europa”, según refiere el Padre Juan Crespi, uno de los exploradores de José de Gálvez. (Gálvez: 1990). 3) Asegurar a los buques españoles provenientes de Asia frente al
peligro de los piratas ingleses y holandeses, para lo cual se imponía fundar el puerto y plaza fuerte de Monterrey. En cumplimiento de este objetivo de alta estrategia, las avanzadas de José de Gálvez ocuparon este lugar el 30 de abril de 1770. (Gálvez: 1990). La fundación de Monterrey formó con los puertos de San Francis- co y de San Diego, un bastión decisivo para la protección de la nave- gación española en el Océano Pacífico. Con esto quedó organizada la provincia de Alta California. La fundación de la ciudad de Los Ánge- les en 1771 y de San Luis en 1772, como las fundaciones de los pue- blos y ciudades de la Baja California (península y golfo del mismo nombre), integran esta política de alta inteligencia, gran estrategia y rapidísima ejecución. Con esto, la consolidación del poder marítimo
español en el Pacífico detuvo el avance de Gran Bretaña en América del Norte y representó un poderoso disuasivo para las pretensiones rusas desde Alaska hacia el sur. A fines de 1771, José de Gálvez puso fin a su misión en América.
La importancia de Monterrey quedó demostrada por la ocupación que de esa plaza hizo en 1818 Hipólito Bouchard, como corsario del gobierno de Buenos Aires que comandaba el buque “La Argentina”. Como hemos de ver, el enclave británico de Buenos Aires conquista- do en 1806 y afianzado definitivamente a partir del 25 de mayo de 1810, tuvo, entre otras finalidades, la destrucción de la presencia marítima española en el Océano Pacífico, impidiendo de cualquier modo su reemplazo por las marinas de las nuevas repúblicas.1 Fue así como
los países latino-hispano-indianos de América quedaron monolíticamente aislados del mundo y vinculados únicamente con Gran Bretaña.
El 30 de enero de 1776 José de Gálvez asume el cargo de Ministro de Indias, que retiene hasta su muerte en 1787. Es precisamente en este año de 1776 cuando, con el transcurso de poco más de un mes, se producen en el Hemisferio Americano dos actos que van a gravitar en la política del mundo. Son tales la Independencia de los Estados Uni- dos de Norteamérica el 4 de julio de 1776 y la creación del Virreinato del Río de la Plata, con capital en Buenos Aires, el 1 de agosto de 1776. Los analizaremos sucesivamente.
La participación del gobierno español y del gobierno francés en la Independencia de los Estados Unidos de Norteamérica comenzó antes que ningún agente de estos Estados Unidos hubiese llegado a España (Rodríguez, Mario, 1976: 84). En el mes de mayo de 1776 se inició la intervención del gobierno de Francia y del gobierno de España con el aporte de un millón de libras tornesas, que en forma secreta facilitaron cada uno. Estos fondos fueron los primeros de una masa de varios millo- nes que España entregó a través de una compañía ficticia denominada
1. Quartarolo, Mario, Fragata La Argentina. Su vuelta al mundo (1817-1819), Edición Comando de Operaciones Navales. Secretaría General. Departamento de Estudios Históricos Navales. Buenos Aires, 1967, págs. 82-90.
2. Rodríguez, Mario: La Revolución Americana de 1776 y el Mundo Hispánico, Tecnos, Madrid, 1976. pág. 86, con una documentada bibliografía sobre la cuestión.
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Rodríguez Hortales y Compañía (Rodríguez, Mario, 1976: 86). El tabaco americano, al mismo tiempo, comenzó a ser intercambiado por municiones y suministros en los puertos españoles de Nueva Orleáns y La Habana. Esto se mantuvo en forma ininterrumpida.2 El nacimien-
to de los Estados Unidos resultó así la expresión de una política fran- co-española, a la vez que una diferencia americana dentro del mundo anglo-sajón.
El Dr. Benjamín Franklin (de Pennsylvania), Silas Deane (de Connecticut) y Arthur Lee (de Virginia) integraron la primera delegación de las colonias rebeldes. Deane propició una alianza entre Francia, España y los Estados Unidos (noviembre de 1776) donde “la perpe- tua unión de las tres naciones arrebataría a los ingleses todas sus posesiones en Norteamérica y las Indias Occidentales... el libre co- mercio entre ellas perpetuaría la alianza para siempre y a los británi- cos no se le dejaría nunca participar de ese tráfico... Francia podía retener la mitad de las pesquerías del norte y todas las islas azucare- ras... Los Americanos se quedarían con Canadá, Terranova, Nueva Escocia, St. Johns, las Floridas, Bermudas y Bahamas... y si España decidía unirse a la alianza, los Estados Unidos declararían la guerra a Portugal y tratarían de que se incorporara al territorio español” (Rodríguez, Mario, 1976: 86).
Es importante destacar que la incorporación de Canadá a los Esta- dos Unidos y la fusión de España con Portugal y sus respectivos do- minios de ultramar, otorgaba a estas negociaciones un ámbito que abar- caba casi todo el planeta. Franklin, por su parte, era terminante en cuanto a su exigencia de anexar el Canadá a los Estados Unidos como condición para arribar a la paz: “Si Inglaterra desea la paz —escri- bía— no tiene más que reconocer la independencia americana, y si quiere la reconciliación, ceder el Canadá”.1 La realidad de territorios
hemisféricos y continentales era así una primacía esencial para los fundadores de los Estados Unidos. Algo muy diferente a lo que acon- teció con el Tratado Anglo-Argentino del 2 de febrero de 1825 y con la Constitución Nacional del 1º de mayo de 1853.
Arthur Lee arribó a Burgos el 28 de febrero de 1777. El gobierno español no lo dejó llegar hasta Madrid. “Permitir a un americano operar en una pequeña ciudad como Madrid, donde los espías ingle- ses abundaban, ponía en grave aprieto a la política de ayuda secreta a los americanos y esto podría provocar la guerra entre España y Gran Bretaña prematuramente” (Rodríguez, Mario, 1976: 90). Por eso se reunió en Burgos con los dos representantes del Rey de España: el Marqués de Grimaldi —ex ministro de Estado— y Diego de Gardoqui, comerciante de Bilbao. “En la esfera española —dice Mario Rodríguez (1976: 91)— la Compañía Gardoqui operaba igual que la de Beaumar- chais en Francia, comerciantes privados que utilizaban el dinero del Estado para comprar y vender municiones, el vestuario y los suminis- tros necesarios en la zona de guerra de América”.
Ante las urgencias americanas que exigían una inmediata guerra de España y Francia contra Gran Bretaña, la estrategia del Ministro de Esta- do José Moñino, Conde de Floridablanca, fue más eficiente para los Es- tados Unidos. Floridablanca explicaba que la neutralidad franco-españo- la, en esos momentos, era el peor de los males que podía soportar Ingla- terra. La neutralidad formal de Francia y España disimulaba la ayuda
económica encubierta que recibían los norteamericanos a través de la
sociedad Willings, Morris y Co. de Filadelfia, que era la equivalente a lo que la Beaumarchais para el gobierno de Francia y a lo que la Compañía Gardoqui para el gobierno de España. Además, el tráfico marítimo inglés no soportaba las pérdidas: los buques ingleses tenían que viajar en con- voy, protegidos por barcos de guerra para evitar a los corsarios america- nos, tal como lo venían haciendo los españoles desde que Inglaterra do- minaba los mares por medio de sus corsarios. Esto elevaba los fletes y seguros marítimos, haciendo muy costosos los precios de los productos ingleses. El transcurso del tiempo en esta situación acumulaba las pérdi- das del comercio británico. La guerra económica así concebida por los españoles se intensificó en el transcurso de 1777. Durante este año se incrementó la cantidad de buques españoles y franceses que llevaban su- ministros para los sublevados que eran desembarcados en los puertos del Caribe y estaban consignados a casas comerciales norteamericanas. Este servicio de aprovisionamiento se intensificó por los territorios espa- ñoles al Oeste de los Apalaches y en la cuenca del Mississippi. Bu-
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ques de bandera española que los ingleses no se atrevían a requisar llevaron incesantes aprovisionamientos para los norteamericanos.
El bloqueo inglés a los puertos de los Estados Unidos sobre el litoral Atlántico resultó inútil. Aquí el protagonismo de José de Gálvez como Ministro de Indias y el de su sobrino Bernardo de Gálvez como Gobernador de la Luisiana española adquiere toda su trascendencia. Ellos canalizaron y efectivizaron el programa de ayuda secreta del gobierno de España a los norteamericanos. Más tarde, formalizada ya la guerra (1779) fue mérito de Bernardo de Gálvez erradicar a los ingleses de las posiciones que ocupaban en Fort Manchaca, Baton Rouge y a todo lo largo de la margen oriental del Mississippi. Poste- riormente Bernardo de Gálvez venció a los ingleses en Pensacola,1
Florida, y esos territorios volvieron a poder de España, que recuperó así el control del “seno mejicano”, a la vez que afianzaba las fronte- ras sudoriental y occidental de los Estados Unidos. La participación de las armas españolas en la guerra de la independencia de los Esta- dos Unidos resultó de esta manera, decisiva (Rodríguez, Mario, 1976: 98-99 y 117).
La creación del Virreinato del Río de la Plata fue simultánea a la acción de España para consolidar la existencia de los Estados Unidos de Norteamérica. Por esta política bien pensada, el poder anglicano y el de sus aliados perpetuos, los portugueses, recibió un duro golpe en América del Sur, a la vez que el ámbito hispano-latino formaba el más extenso de los países de habla castellana. José de Gálvez como Ministro de Indias tuvo en este quehacer una “visión realizadora”, como lo demuestra José Iván Gálvez (1976). Pedro de Cevallos fue el olvidado impulsor de esta gran política. En un extenso documento que lleva fecha 20 de febrero de 1763, Cevallos había reiterado al Rey