3. NS-NMF: A NEIGHBORHOOD STRUCTURE ASSISTED NONNEGATIVE MATR
3.2 Neighborhood structure assisted NMF and its application in anomaly detection
La violencia de género es la manifestación de agresiones dirigidas hacia el sexo femenino. En lugar de violencia de género, me parece más pertinente nombrarla violencia hacia la mujer, pues no debemos olvidar que la palabra género es empleada tanto para hombres como para mujeres, y no podemos excluir al sexo masculino cuando hablamos del género. Ramírez menciona que
inicialmente, el uso de la categoría género estuvo vinculado a los estudios de la mujer, pero su uso rechaza la idea de los mundos separados hombre/mujer, ya que la experiencia de un género tiene que ver forzosamente con el otro, visto como una serie de relaciones sociales a través de las cuales los sujetos se construyen e identifican como hombres y como mujeres. (2000:29)
Debemos entender la palabra género como un distintivo tanto femenino como masculino y descartar la idea de que le pertenece sólo a las mujeres, puesto que los estudios de género realizan investigaciones sobre ambos sexos.
La violencia es una actitud que se aprende socialmente y se desarrolla dependiendo de los estímulos con los que cuenta el individuo para practicarla. Dentro de la división de los géneros, Bourdieu (2000) especifica que al interior de diversas culturas, lo masculino es superior lo femenino y, por tanto, crea más derechos de dominación sobre el otro. Así,
La violencia hacia las mujeres debido a su pertenencia genérica, no es un problema que se explique por adicciones, condiciones de pobreza, problemas psicológicos del agresor etc., es un problema de relaciones de poder entre sexos, manejado desde una perspectiva de sometimiento; como tal, las normas, costumbres, valores y asignación de jerarquías a los roles de género que lo sustentan, se refuerzan en todos los ámbitos, pero es dentro del seno familiar donde se reproducen y se adquieren durante la infancia. De tal forma que los antecedentes de violencia experimentados por la pareja en sus familias de origen sí representan un factor de probabilidad para producir estructuras familiares similares. En este capítulo se revisan los antecedentes de violencia experimentados por las mujeres casadas o unidas y sus parejas en sus respectivas familias de origen, y el agresor familiar más frecuente en la niñez de las mujeres. (ENDIREH, 2006:12)
En este sentido, la violencia es la principal característica de la naturaleza humana, como sugiere Freud (1985), el papel de la cultura y el proceso de socialización es contener los impulsos del id, o animal humano. Tanto hombres como mujeres han vivido un proceso de civilización que les ha asignado roles que han permitido al varón ejercer violencia sobre la
mujer, mientras ésta asume su papel de subordinada y se somete. Es posible que la inferioridad física y la presión social sobre ella, la limiten a resignarse a aceptar el rol femenino con todos los atributos que socialmente se le han imputado.
Al respecto, Fonseca argumenta que:
La violencia hacia las mujeres se da en respuesta a un sistema de género que determina la subordinación de éstas hacia los hombres, bajo una serie de procesos h6itóricos-culturales [sic] que se manifiestan en la realidad. La violencia se ejerce por hombres con una masculinidad precaria bajo la consigna de poner a las mujeres en su “sitio” y en respuesta al miedo de los propios varones de perder el poder hegemónico. Tal violencia se desarrolla con apoyo de las instituciones legales, religiosas y sociales, que son dominadas por hombres. (2008:129)
Pero para entender la legitimidad de la violencia debemos entender primero el significado de esta palabra; según Velázquez,
la palabra “violencia” indica una manera de proceder que ofende y perjudica a alguien mediante el uso exclusivo o excesivo de la fuerza. Deriva de vis, fuerza. El mismo origen etimológico tienen las palabras “violar”, “violento”, “violentamente”. “Violentar’ significa ejercer violencia sobre alguien para vencer su resistencia; forzarlo de cualquier manera a hacer lo que no quiere. Esta última definición se refiere al uso y abuso de la fuerza física y a obligar, mediante cualquier tipo de coacción, a que una persona haga algo en contra de su voluntad. (2003:27)
La violencia se suscita en las relaciones de pareja como un mecanismo de convivencia “común” para muchas mujeres.
El hecho de que con frecuencia los actos de violencia sean considerados como situaciones normales por las mujeres que los padecen, contribuyen a su invisibilidad y permite que los agresores no sean castigados. Paralelamente las mismas mujeres violentadas tienen dificultad para identificar hechos agresivos en su contra, pues por la construcción cultural de su género tienden a pensar que efectivamente son merecedoras de las agresiones recibidas. (INEGI, 2006: 4) En la naturalización del rol femenino la violencia ha sido justificada por las mismas mujeres. Muchas de ellas se autoflagelan y justifican los actos violentos de su pareja porque, dicen, no han sabido ser lo suficientemente buenas como para merecer el respeto del otro. En otros casos, las violencias forman parte del sentido común y pasan desapercibidas, pero causan daños, sobre todo psicológicos, en las víctimas.
Esta violencia no sólo se vive en el espacio privado, también en el espacio público existen diversas manifestaciones de violencia que, de una u otra manera, van marcando la vida de las mujeres que las experimentan, pues
son violencias cotidianas que se ejercen en los ámbitos por los que transitamos día a día: los lugares de trabajo, educación, salud, recreación, la calle, la propia casa. Se expresan de múltiples formas; producen sufrimiento, daño físico y psicológico. Sus efectos se pueden manifestar a corto, mediano y largo plazo, y constituyen riesgos para la salud física y mental. (Velázquez, 2003: 30)
Las mujeres han llegado a tal punto de aceptación de la violencia en su vida cotidiana que muchas veces no se dan cuenta de que han sido violentadas. Se ha incurrido en el error de pensar que violencia es sinónimo de golpes, y no se toman en cuenta todas aquellas violencias que no implican contacto físico, como la violencia psicológica, económica y patrimonial o, en palabras de Bourdieu, violencia simbólica. Velázquez explica que
Uno de los principales efectos de las violencias cotidianas contra las mujeres es la opresión y el quebrantamiento de la identidad que las constituye como sujetos. La violencia transgrede un orden que se supone que debe existir en las relaciones humanas. Se impone como un comportamiento vincular coercitivo, irracional, opuesto a un vínculo reflexivo que prioriza la palabra y los afectos que impiden la violencia. (2003: 30)
Este quebrantamiento de la identidad se refleja en el comportamiento sumiso de muchas mujeres que han adoptado su rol de víctimas y aún no han hecho nada por liberarse de las experiencias violentas que viven a diario. Ya sea porque les es imposible liberarse de su opresor o porque se han resignado a vivir su rol de víctimas. Esto sucede porque
La cultura victimista se construye según un estricto maniqueísmo: todo hombre es potencialmente un violador y un hostigador, toda mujer una oprimida. Mientras que los hombres son lúbricos, cínicos, violentos, las mujeres aparecen como seres inocentes, bondadosos, desprovistos de agresividad. Todo el mal proviene del macho. (Lipovetsky, 2002: 65)
El mal que aqueja a las mujeres no es, precisamente, su convivencia con el sexo opuesto sino, la resignación ante su papel de víctima y su miedo a reaccionar ante los actos violentos, pues
los hombres aparecen, en todos los aspectos y en todo proceso de su construcción social, como los dominantes y poderosos, muchas veces identificado como el “victimario”, mientras que la mujer se ve como la figura subordinada, dominada, la víctima. (Ramírez, 2002: 32-33)
Esto quiere decir que las mujeres aún pueden realizar acciones para mejorar su condición; sin embargo, un gran número de ellas ha decidido continuar viviendo la violencia y asegurar su “bienestar” al ser parte de un sistema patriarcal donde se deben respetar las reglas establecidas para cada uno de los géneros. De hecho:
Las manifestaciones de violencia dentro de la pareja no se reducen únicamente a los golpes, sino que comprenden toda una gama de actos psicológicos, físicos y sexualmente coercitivos, así como la explotación y el abuso económico practicados contra las mujeres por su pareja actual o anterior, todos sin el consentimiento de la mujer. Cada uno de estos hechos encierra particularidades y características que los hacen importantes, sin embargo, cada uno depende del grado de tolerancia o de percepción por parte de las mujeres y la frecuencia con que estos actos se presentan. (ENDIREH, 2006:11)
Según el INEGI (2006), La violencia contra las mujeres concibe el sometimiento de la mujer en todos los aspectos su vida; enfatiza que afecta su libertad, dignidad, seguridad, intimidad moral y física. En México, el 67% de las mujeres, mayores de quince años ha sufrido violencia ya sea en la comunidad, el trabajo, la escuela o la familia. De hecho, las manifestaciones de violencia, en algunos casos han culminado en el homicidio de las víctimas.
En nuestro país, para el 2003, 1301 mujeres fueron asesinadas. La mayoría de estos casos de muerte corresponde a problemas de violencia intrafamiliar. En sólo dos años, el número de mujeres muertas por violencia familiar incrementó a 2,159. Lo que indica que este fenómeno sigue siendo un problema sin control en nuestro país.
Las manifestaciones de violencia que se viven en el país, corresponden a causas diversas manifestadas tanto en el espacio público como en el privado. Según datos del INEGI, existe evidencia de cinco formas de violencia hacia la mujer: emocional, económica, física, sexual y discriminación. Según los resultados ofrecidos por la ENDIREH 2006, las manifestaciones de violencia en México ocupan los siguientes índices:
Violencia contra las mujeres en México. 2006 Tipo
Ámbito
Emocional Económico Físico Sexual Discriminación
Hogar 41.4 22.4 19.6 8.4 --- De pareja 37.5 23.4 19.2 9.0 --- Familia 15.4 1.0 2.9 --- --- Patrimonial --- 5.8 --- --- --- Comunitaria (espacios públicos) 36.6 --- --- 16.6 --- Escolar 12.3 --- 6.7 2.1 --- Laboral 11.9 --- 1.3 1.0 23.7 Total 60.6 25.8 23.5 23.0 6.0 Fuente: ENDIREH 2006
Los datos mostrados en la tabla anterior reflejan que el mayor porcentaje de violencia corresponde a la violencia emocional, esto se debe a que la violencia emocional o simbólica se ha definido como una manera de violentar a las mujeres sin dejar marcas visibles. Como menciona Bourdieu (2000), el Estado ha pasado de permitir acciones de violencia material a acciones muy sutiles de violencia simbólica. Como a la fecha está penado arremeter en contra de las mujeres por medio de la violencia física, se ha incurrido a nuevas manifestaciones de violencia simbólica en donde se puede ocultar o, muchas de las veces, pasar por alto las manifestaciones de violencia.
Para el INEGI la violencia contra la mujer puede ocurrir en cualquiera de las siguientes modalidades: física, sexual, emocional, económica y patrimonial; o también traducirse en discriminación, hostigamiento, acoso y abuso, teniendo lugar ya sea en la esfera privada o pública; es decir, no solo se considera cuando ocurre en el contexto de la vida de pareja, sino también cuando acontece en el ámbito comunitario social, educativo o laboral (INEGI, 2006), Por ello, a continuación haré una breve descripción de tres espacio en donde las mujeres viven manifestaciones de violencia en su contra: el hogar, la escuela y el trabajo.
2.1 Mujeres violentadas en el ámbito privado
En el hogar es donde mayor número de mujeres viven diversos tipos de violencia asociados con el modus vivendi de su comunidad. En muchas de las ocasiones, la violencia que se vive dentro del ámbito privado corresponde a la herencia familiar, es decir a cuestiones que tienen que ver con las prácticas y costumbres que las personas han aprendido de la familia.
Esto no representa una excusa genérica de las manifestaciones de violencia, sin embargo, “Ser testigo o víctima de eventos violentos en la familia, es un elemento que facilita un futuro violento, si además el entorno social es reforzado con la permisividad impuesta por normas y valores que sustentan relaciones de poder privilegiando al sexo masculino, las agresiones fluirán casi naturalmente” (ENDIREH, 2006:26) pues “la
«educación» transmite antivalores, injusticia, discriminación, desprecio e intolerancia hacia
el sexo femenino que culturalmente son aprendidos, permitidos, reproducidos por la sociedad. (ENDIREH, 2006:57).
El hecho de ser testigo o víctima de eventos de violencia en la infancia o en la juventud, es un elemento que determina las posibilidades de que estos actos sean efectuados por quien los percibió tiempo atrás, es decir, que la herencia determinada por los actos violentos vividos dentro del entorno familiar incrementa las posibilidades de un futuro violento.
Así es como se va aprendiendo y heredando el comportamiento violento que, la mayoría de las veces, es efectuado en contra de las mujeres. El problema generado de esta relación de poder entre los sexos repercute en las manifestaciones de violencia vividas dentro y fuera del hogar, pero el verdadero problema reside en que muchas mujeres consideran que es normal que se susciten actos de violencia dentro de su entorno, es decir, que la herencia familiar les ha inculcado que deben aguantarse y cumplir con su rol de mujeres sumisas. Es de esta forma que
El hecho de que con frecuencia los actos de violencia sean considerados como situaciones normales por las mujeres que los padecen, contribuyen a su invisibilidad y permite que los agresores no sean castigados. Paralelamente las mismas mujeres violentadas tienen dificultad para identificar hechos agresivos en su contra, pues por la
construcción cultural de su género tienden a pensar que efectivamente son merecedoras de las agresiones recibidas. (ENDIREH, 2006:4)
Por esta razón, en nuestro país es difícil detectar al 100% los actos de violencias que viven las mujeres, pues son ellas mismas quienes deciden callar y, con ello, ocultar estos actos que con el paso del tiempo, se vuelven impunes, pues pocas mujeres tienen el valor de denunciarlos.
En el caso del Estado de Veracruz sólo el 16.7 por ciento de las mujeres que han sufrido violencia se han atrevido a denunciar ante las autoridades locales: “Estas cifras denotan la enorme problemática de la vulnerabilidad femenina (ENDIREH, 2006:11). Esto se debe a diversas causas que obstaculizan que las mujeres se decidan a recurrir a las autoridades para frenar los actos de violencia cometidos en su contra. Algunas causas de esta conducta femenina es la falta de credibilidad en las autoridades, el miedo a la represión de parte de su victimario, la vergüenza y el miedo al qué dirán. El miedo a que los hijos la responsabilicen de que su padre esté en la cárcel, etc.
A continuación tenemos una tabla que sugiere diversos comportamientos femeninos contra la violencia:
Causas por las que no se denuncia en Veracruz
Causa Porcentaje* Por miedo, debido a sus hijos o por amenazas de su pareja 35.6 No le da importancia, él tiene derecho a reprenderla 34.4 Por vergüenza o para que su familia no se enterara 25.5 No confía en las autoridades 22.4 Otros 16.9 Fuente: ENDIREH 2006
*Los porcentajes rebasan el 100% de las mujeres violentadas porque algunas han manifestado más de una causa por la que no denunciaron
Treinta y cinco de cada cien veracruzanas violentadas tiene miedo a denunciar, ya sea porque tiene miedo que este acto repercuta en sus hijos o porque su pareja le ha amenazado. A treinta y cuatro de cada cien no le importa el hecho de haber sido violentada porque su pareja tiene derecho a reprender; este hecho se relaciona con el cumplimiento de rol tradicional donde la mujer es considerada objeto de su marido. Este hecho representa que sumisión trae consigo el hecho de que la violencia sea considerada como un acto común que las mujeres deben aguantar.
El veinticinco por ciento de las mujeres que sufren violencia tiene pena de que los demás se enteren de su situación o no quiere que su familia se entere de que sufre este tipo de actos dentro del matrimonio. Un veintidós por ciento no confía en las autoridades y el dieciséis por ciento manifestó otros motivos por los cuales no se atreve a denunciar.
En Veracruz, la violencia dentro del espacio privado es más baja en comparación con la media nacional, ocupando este estado el lugar número 19 en el número de mujeres violentadas en comparación con los demás estados de la republica. Sin embargo, este dato no es nada alentador si pensamos en el hecho de que el 42 por ciento de las mujeres veracruzanas ha sufrido diversos tipos de violencia dentro de su relación.
Distribución porcentual de mujeres casadas o unidas que sufrieron violencia a lo largo de su relación, en Veracruz
Sin violencia Con violencia
Nacional 53.3 46.7
Veracruz 57.6 42.6
Fuente: ENDIRHE 2006
De estos hechos de violencia dentro de las relaciones maritales o de concubinato, se derivan en cuatro tipos distintos, según la ENDIREH 2006: emocional, económica, física y sexual. Los cuales, podemos ver que se distribuyen de la siguiente manera:
Distribución porcentual de mujeres casadas o unidas según el tipo de violencia vivido a lo largo de su relación, en Veracruz
Tipo de violencia Porcentaje
Emocional 82.0
Económica 58.6
Física 46.6
Sexual 16.8
Fuente: ENDIRHE 2006
La mayor parte de las mujeres sufre violencia emocional o psicológica, esto se debe a que como menciona Bourdieu (2000a) después que el estado crea diversos mecanismos para controlar la violencia, surgen nuevas formas de violencia simbólica, donde los daños no se pueden ver a simple vista. Las ofensas, los gritos, la omisión y diversas manifestaciones de discriminación son las que componen este tipo de violencia que explicaré más adelante.
La violencia económica también es un recurso de manipulación de las mujeres; este tipo de violencia lo viven más de la mitad de las mujeres a los largo de su relación de pareja. La violencia física es vivida por el 46.6 por ciento de las mujeres y el 16.8 por ciento han vivido violencia sexual, la cual, la mayoría de las veces se acompaña tanto de violencia física como emocional.
2.2 Mujeres violentadas en el espacio escolar
Hablar de que existe “violencia” en la escuela es atribuir a la institución escolar una responsabilidad enorme, apoyada en un término fuerte que puede caer en malas interpretaciones. María Inés Bringotti y otras colaboradoras plantean en la hipótesis de su investigación sobre las múltiples violencias de la violencia en la escuela que “el fenómeno llamado ‘violencia en la escuela’ no es un concepto unívoco ya que designa el resultado de múltiples violencias que se ejercen a nivel individual, en la familia, en las instituciones y desde lo social, que se articulan y potencian entre sí […] (2005:28).
El espacio escolar, a pesar de ser un espacio donde se fomenta la difusión y transmisión del conocimiento, es un espacio donde se recae repetidas veces en manifestaciones de violencia que afectan la vida de los y las estudiantes.
En la escuela se viven distintos tipos de violencia manifestados en las acciones y el lenguaje de su población, sin embargo “Maestros, directivos y alumnos difícilmente enuncian la palabra violencia para calificar los acontecimientos que dificultan el trabajo escolar” (Furlan, 2005: 634) porque la mayoría de los actos de violencia dentro de espacio escolar, en especial el acoso, el hostigamiento y la violencia emocional, tienden a ocultarse y/o negarse. La violencia física es más evidente y por tanto más difícil de ocultar.
Tanto maestros como alumnos han tomado a las estudiantes como blanco de sus diferentes formas de agredir al género femenino. Tal vez por la necesidad de mostrar hombría sometiendo al “otro”, pero pocos de los casos son revelados por miedo al agresor, a