Part III: Applying the Framework
Chapter 9: Nibiru
Desde mediados del siglo u la Iglesia organiza sínodos, llamados sy-
nodus o concilium; primero concilios particulares, sínodos provinciales,
evidentemente tomando como ejemplo las dietas provinciales estatales; después, también sínodos interprovinciales, concilios plenarios, como en 210
las Iglesias egipcia, antioqueña, africana o italiana; finalmente, encuen- tros «de toda la Iglesia», concilios generales o ecuménicos. Hasta la fecha se cuentan 21 asambleas «ecuménicas» de ese tipo (a menudo denomina- das así con posterioridad) en el catolicismo, que no presentan característi- cas permanentes. (Las distintas fuentes -lo mismo que nosotros- utilizan los nombres de concilio y sínodo como sinónimos.)64
Pese a la importancia que revisten las asambleas eclesiásticas ecumé- nicas para los católicos, ni siquiera los primeros concilios «generales» decretaron nunca la primacía de Roma. Y naturalmente, las conclusiones de estas reuniones no las ratificó ningún «papa», ¡puesto que todavía no había ninguno! Muchas veces comunicaban sus decretos al obispo roma- no, pero también a otros. Así, por ejemplo, el Concilio de Arles -reunido en el año 314 «con el Espíritu Santo y sus ángeles» (angelis eius)- comu- nicaba al obispo Silvestre de Roma «lo que hemos decretado por deci- sión común, para que todos sepan lo que deben observar en el futuro», ¡pero no para que el obispo romano lo apruebe! ¡Ni para que decida! Na- die pensaba en ello. «A no ser por los sínodos, es imposible resolver los grandes problemas», escribe el obispo Eusebio de Cesárea. Algo similar pensaba el obispo Epifanio: «Los concilios crean certeza (aspháleid) en las cuestiones que surgen de vez en cuando».65
^ Las grandes asambleas eclesiásticas de la Antigüedad no fueron con- vocadas por el papa (cuyos legados incluso estaban a veces ausentes en los concilios «ecuménicos», por ejemplo, en Constantinopla en 381 y 553), sino por el emperador. Tenía a este respecto todos los derechos, y el papa ninguno. El emperador fijaba la fecha, el círculo preciso de los partici- pantes y los temas de deliberación. Inauguraba, dirigía y ratificaba estas conferencias, dándoles fuerza legal. Tenía también el derecho a darlas por finalizadas, aplazarlas o retrasarlas. Podía hacerse representar por al- tos funcionarios, o castigar a los obispos no comparecientes. Ni concilio ni papa alguno discutían por entonces estos derechos. Incluso un pontífi- ce tan arrogante como León I, pide al emperador Teodosio II que «orga- nice» un sínodo. Así, el historiador de la Iglesia Sócrates, considerado en general como uno de los más honrados de la Antigüedad, puede dejar constancia, a mediados del siglo v, y sin exageraciones, de que: «Desde que los emperadores comenzaron a ser cristianos, las cuestiones de la Iglesia dependen de ellos, y los principales concilios se han celebrado y se celebran a su arbitrio». Por supuesto, los gobernantes no reconocían a los papas ninguna primacía. No es hasta finales del siglo iv cuando Gra- ciano concede a la sede romana una especie de primacía jurisdiccional, aunque únicamente frente a los obispos de OccidenteJY Dámaso (des- de 378) es juez supremo sólo sobre los metropolitas7i)ero no sobre los sufragáneos, sometidos a la autoridad de los tribunales locales.66
Bien es verdad que ya entonces se pone de manifiesto un cambio, se 211
forma una nueva doctrina, una nueva concepción, en virtud de la cual el obispo de Roma es el jefe de toda la Iglesia y tiene autoridad sobre todos los cristianos. Esta tendencia, con un primer momento culminante repre- sentado por León I, ya la desarrollan los papas Dámaso (bajo el cual, sn 382, un sínodo celebrado en Roma habla por primera vez de la «pri- macía de la Iglesia romana» en lugar de, como antes, la «primacía de Pedro») y Siricio, que exhorta por doquier, señala, ordena, amenaza: «de-
cernimus», «iudicamus», «pronuntiamus», «disponemos», «juzgamos»,
«decretamos». En poco tiempo, esos términos se incorporan al lenguaje de la cancillería papal, cuyas decretales imitan los ejemplos del derecho civil y no se diferencian en nada de los decretos imperiales. No obstante, ni Dámaso ni Siricio reivindican el mando frente a un concilio. Anasta- sio I (399-401) se considera todavía sólo como la cabeza de Occidente. Y para la Iglesia oriental, aún en el siglo vi el papa es solamente el patriar- ca de Occidente. Tampoco entonces se desarrolla desde Roma ninguna actividad misionera decisiva. «Los intentos de asignar al papado ante- rior a Gregorio Magno un papel director en el misionado cristiano no re- sisten las críticas de las fuentes» (Baus, católico). Por el contrario, a la sede de Constantinopla se la llama cada vez con mayor frecuencia «apos- tólica». Desde el siglo vil se interpreta allí en un sentido antirromano la leyenda de la designación de Andrés, el apóstol de la ciudad, sobre todo porque, según Juan, 1,40, Jesús le eligió antes que a Pedro. En el siglo ix, el patriarca bizantino Focio se sirve del más antiguo apóstol, y el «pri- mero elegido», Andrés, contra las reivindicaciones de supremacía de Roma y de su primer «papa». «Puesto que muchos años antes de que su hermano fuera obispo de Roma, se hizo cargo de la sede episcopal de Éizancio.»67
De todos modos, también en Occidente los gestos de dominio de los jerarcas romanos, que fueron manifestándose desde las postrimerías del siglo iv, su incansable ambición de ser los superiores de todos los obis- pos, encontraron oposición. «Así, el obispo de Parma -informa el sínodo romano reunido en 378 bajo el papa Dámaso- conserva la iglesia en sus manos, sin ningún pudor, a pesar de haber sido destituido por nuestro tri- bunal; así, Florencio de Puteoli [...] después de seis años ha vuelto a in- troducirse furtivamente en su ciudad, mantiene ocupada la iglesia y pro- voca disturbios.»68
Sobre todo las residencias episcopales más importantes preferían igno- rar a Roma: Cartago, Vienne, Narbona o Marsella, donde, por ejemplo, el venerado Próculo, al que Jerónimo consideraba santo y muy erudito, sin preocuparse de las protestas romanas ejercía los derechos de metropolita que le había adjudicado un sínodo de Turín. Incluso después de su desti- tución, amparándose expresamente en el Concilio de Turín continuó con- sagrando obispos, «con una insolencia que sobrepasa lo habitual», «con
férreo atrevimiento y olvidando toda vergüenza», tal como se irritaba el papa Zósimo, llamando a los «privilegios turineses» de Próculo «subrep- ción desvergonzada». Sin embargo, Próculo hizo tan poco caso de la ci- tación para acudir a Roma como el metropolita Simplicio de Vienne, al que Zósimo atribuyera también «desvergüenza», si bien no logró solu- cionar la disputa con los obispos galos, ni con Lázaro de Aix, al que odiaba de manera especial, o los obispos Tuentius y Ursus. Aunque el ro- mano tenía mayor autoridad frente a la Iglesia italiana, en modo alguno dominaba en todo el Occidente. Milán competía con Roma. Al llegar el siglo v, los sínodos occidentales consultaban en las cuestiones importan- tes a los jerarcas de Roma y de Milán por igual, lo mismo que el Concilio de Cartago en 397. O bien, como sucedió en el de Toledo (400), se pos- ponía la decisión hasta que «el actual papa [...], el obispo de Milán y los restantes sacerdotes de la Iglesia» escribieran. Al parecer, los de Galia e Iliria se dirigían a veces más a Milán que a Roma. Sin embargo, la rela- ción entre ambos era en cualquier caso «una coordinación colegial». La sede «apostólica» gozaba de la máxima consideración, pero el obispo ro- mano «no ocupaba ninguna posición excepcional de derecho». Y los «concilios se mantenían independientes y con los mismos derechos junto al papado» (Wojtowytsch). No eran «solamente la principal fuente de de- recho de la Iglesia, sino también, junto con la Biblia, la principal fuente de fe» (H.-G. Beck).69
La oposición a Roma fue a veces especialmente intensa en África, donde a comienzos del siglo v se contaban alrededor de 470 sedes epis- copales.
Un sínodo nacional cuestionó entonces al pontifex maximus romano la posibilidad de decidir correctamente, y desde luego niega que su juicio sea superior. Los dirigentes eclesiásticos norteafricanos rechazan brusca- mente la exigencia de mando y no conceden a Roma ninguna competen- cia decisoria en cuestiones de fe y disciplina. Los prelados están seguros de poder reconocer por sí mismos la doctrina correcta. Sólo la invasión de los vándalos, el regimiento de «herejes» arríanos en África, dio lugar allí a una estrecha cooperación de los católicos con el obispo romano, al que los sínodos de Cartago y de Milevo (416, 417) pidieron la ratificación de sus edictos. La invasión de los visigodos en Híspanla determinó también una relación más estrecha de la Iglesia hispana con Roma. No obstante, el Concilio de Cartago de mayo de 418 amenazó de nuevo con la exco- jnunión las apelaciones «transmarino», restaurando así un antiguo prin- cipio legal de la Iglesia.70
Lo poco afectos a Roma que eran los africanos lo demuestra un inci- dente cuyo tratamiento forense se extendió durante varios pontificados a comienzos del siglo v.