Faltaban diez minutos para las doce. Las calles estaban llenas de gente gritando, bebiendo y bailando. Los primeros arrancadores se prendían y explotaban a cincuenta metros de altura. El aire olía a pólvora hasta condensarse en una nube gris. Los chiquillos en las calles tiraban indiscriminadamente cuetes y cuetecillos que explotaban a pocos metros del gentío. Un poblador de la zona echa un vaso con querosene sobre los maderos y paja que rodean al muñeco de la suerte (anunciando el conteo final del año viejo) que prende inmediatamente iluminando los alrededores con su brillo. El humo negro emanaba de los materiales en combustión y el gentío rodeaba el fuego con júbilo. Gente que jamás se había visto en su vida se saludaba y abrazaba, besos, apretones de mano y palmadas en la espalda estaban a la orden del día como si fueran viejos amigos de siempre. Las barreras sociales se desplomaban con facilidad por el efecto desinhibidor del alcohol y las drogas. Los amigos se abrazaban con fervor como si fuera su último día en la Tierra. Las parejas se besaban excitadamente al compás de un merengue de moda casi irreconocible. La música salía a todo volumen de varias chinganas al mismo tiempo haciendo imposible percibir una canción a la vez.
Abracé a Felipe que se encontraba más cerca de mí, como había dicho estaba cumpliendo con su palabra de beber hasta no poder más. Tenía una botella de coca cola de dos litros mezclada con ron Appleton, botella que había traído en una mochila desde Lima, y que cuidaba como si fuera oro en polvo, prefería no comprar en las tiendas de abarrotes substancias que eran de procedencia dudosa. Mario y el Mudo hacían lo mismo, hasta que cada uno de los cinco se saludó mutuamente e hicimos un círculo y brindamos por nuestra amistad y un mejor año. Levantamos nuestros vasos, cervezas y botellas y dirigimos los líquidos hacia nuestros labios, bebimos unos segundos sin respirar y rompimos a carcajadas.
Una hora después el muñeco de la buena suerte estaba quemado, sólo quedaban cenizas a su alrededor y un pedazo de madera carbonizada todavía humeando. El clímax de las doce había pasado, el gentío se había roto en grupos que apretaban los locales. La música y el baile seguían. Botellas desparramadas en la calle, vasos y puchos de cigarros eran evidencia de los festejos. Por donde quiera que había un local estaba lleno de gente, asimismo en las casas de los vecinos, por las puertas y cortinas abiertas, se lograba ver grupos de gente en plena jarana. Era contradictorio ver cómo la gente se divertía y tiraba la casa por la ventana en tiempos tan difíciles de crisis económica, anarquía social y una dictadura corrupta que se disfrazaba muy bien ante los ojos de la gente y la prensa internacional. Aún así los peruanos por aquellos días dejaban de ir a las huelgas, dejaban sus amarguras, dejaban de marchar hacia la plaza sin armas pidiendo recobrar sus trabajos e integridad moral ante un gobierno que no existía moralmente o mejor dicho ante gobiernos que nunca existieron moralmente. La pobreza, conflictos sociales y crisis económica nunca fueron un impedimento para festejar en la tierra de los Incas.
Para nosotros era hora de irse. El festejo informal de las calles fue bueno hasta ese momento, era mejor cambiar de ambiente y buscar un transporte que nos llevara hacia la fiesta de Punta Sal. Ubicamos a Rodrigo y lo saludamos, al igual que a Cecilia y los amigos del restaurante. Le anunciamos que estábamos listos para partir y que sólo esperábamos que él se nos
uniera. Planes A y B habían fracasado para Rodrigo; Cecilia sucumbió ante la presión de dejar de tomar y yacía sentada en una silla, a su lado se encontraba un comensal que sí estaba dispuesto a llevársela a la orilla del mar en esas condiciones y hacerla feliz. Para Rodrigo era difícil hacer el amor con una mujer sedada, mejor era una que estuviera no necesariamente sobria pero sí en sus cabales. La chica del vestido celeste también había sucumbido a los estragos de la noche, parecía tener los ojos idos quizás por los efectos de alguna droga y estaba colgada de los brazos de su pareja, aparecida después del conteo. Por ahora todavía en pie no le quedaba más que el plan C y se nos unió porque le sería imposible dormir después de los tragos de la noche. El ron ejercía un efecto de agitación en las células de su cerebro, causándole un insomnio-post-trago al contrario de lo que me sucedía a mí después de un vaso con whisky, era la única bebida que en pequeñas cantidades me hacía dormir.
Pensé que sería difícil conseguir alguien que nos transportara a esas horas de la noche. Para sorpresa nuestra había gente trabajando. Los amigos de Rodrigo, Lalo y Anita, nos comentaron que había un paradero de taxis y buses a quinientos metros del hostal, con suerte tendríamos la oportunidad de parar algún bus en la vereda, después de todo estábamos en plena carretera Panamericana. Al llegar encontramos un taxi con su chofer durmiendo echado en el asiento trasero. Pasó un susto cuando vio a seis hombres que se asomaban por la ventana. Para tranquilizarlo le preguntamos si podría llevarnos, no se opuso y dijo que sí, nos costaría cinco soles por cabeza. Se llamaba Óscar, tendría unos cuarenta años, pelo chuto y adquiriendo tonos grises a los lados, una barriga amplia como un barril y una cabeza descomunal comparada con su baja estatura. El vehículo era suyo y llevaba haciendo taxi los últimos dos años desde que perdió su trabajo. Era de color azul pálido, un Chevrolet de los setenta, casi destartalado y todavía andando nos llevó a nuestro destino, veinte minutos al norte de Máncora.
—Tengo que llenar la olla —dijo Óscar—, por eso es que tengo que chambear mientras todo el mundo se jaranea, además en fiestas se saca buena plata.
Arribamos a lo que según Óscar era la entrada a Punta Sal, un desvió de unos pocos kilómetros. Al igual que la carretera el desvío era oscuro a pesar de la Luna llena, había que ser un lugareño para reconocer los puntos claves.
—Listo muchachos, si necesitan un jalón de vuelta yo los puedo traer, dudo mucho que tenga otra carrera, si vuelvo vacío no tengo ganancia —dijo Óscar.
—Entonces nos regresas tú, espéranos aquí en la entrada del hotel, estaremos saliendo a las seis, que te parece —sugirió Felipe.
—Así quedamos maestro, pero no me fallen.
Como habíamos previsto que no fuera cierto la entrada libre a la fiesta, fuimos preparados con unos billetes extras. Nos cobraron sólo diez soles por la entrada en lugar de los veinticinco dólares que pagó la mayoría. Ya había empezado y éramos los últimos. El hotel era de reciente construcción y la fiesta se desarrollaba en la terraza que rodeaba a la piscina, un toldo comprendía la pista de baile y las mesas. Percibimos un ambiente más sano que el que habíamos dejado atrás. Los invitados bailaban, otros conversaban en las mesas, en la playa y al borde de la piscina.
—Esto se parece a una fiesta de Lima, no pensé que sería así, todavía tengo en mi mente la playa de mi niñez —afirmé con nostalgia.
—Ha cambiado mucho, hay un par de hoteles y se han construido muchas casas... además, por cincuenta dólares la pareja no podría ser menos —aseguró Rodrigo.
—Qué te parece si vamos a buscar a las chicas, ésa es la razón por la que vine, yo sabía que esta fiesta iba a ser así, me aburre la clase de gente que viene —dijo el Mudo.
Al contrario de lo que el Mudo pensaba, yo no tenía reparos en ver una vez más a la pequeña elite limeña, lo importante para mí era saludar a conocidos y pasarla bien, así que fui por unas cervezas que vendían en una carpa instalada para la ocasión. Pagué e inmediatamente me alcanzaron unas latas de una batea llena de cervezas de toda forma que flotaban entre el agua y cubitos de hielo.
Malena estaba exuberante bailando como si fuera su quinceañero. Esperé a que la canción terminara y me acerqué a ella. Por el tono rojizo de su piel supuse que había estado bailando hasta ese momento, la saludé por el año nuevo y la saqué del lugar. Junto con los muchachos nos fuimos en busca de María Isabel que estaba sentada en una de las tantas mesas redondas de mantel blanco con los restos de lo que había sido el bufé. Conversaba tranquilamente con sus dos amigas que le hacían compañía, sólo había bailado un par de veces con un viejo amigo a pesar de que le encantaba contonearse apenas escuchaba música. Su ex enamorado se encontraba también en la fiesta, no únicamente quería evitar problemas con él, sino que además se sentía con pocos ánimos. La saludamos y nos sentamos en la mesa con ella. Malena quien ya sabía lo que había acontecido la noche anterior entre María Isabel y su ex, se sentó a su lado y comenzó a chismosear de lo último que sucedía en la fiesta. Fulana de tal se había agarrado a fulano de tal siendo fulana pareja de otro fulano que asistía a la misma fiesta y una amiga suya había sido vista a la orilla del mar simulando tener relaciones sexuales con un chico porque ambos tenían la ropa bien puesta, no se la habían quitado. Ante esto no pude más y solté:
—Cuál es la diversión de simular un acto sexual si realmente no lo están haciendo. — Malena rió maliciosamente.
—Para algunas chicas eso es bastante, a mí también me parece tonto, pero no deja de ser algo que tiene que ser comentado. Si lo vas a hacer lo haces con todas las de la ley, no quiero decir que yo lo vaya a hacer y menos en la arena —dijo dejando ver que no era una chica fácil.
Con María Isabel al lado nos mudamos donde se encontraba la muchedumbre. Su rostro cambió cuando el Mudo le habló:
—Yo no soy muy bailador pero la música está buena, y contigo al lado no puedo dejar pasar esta oportunidad.
—No sé si sea buena idea, quizás dentro de un rato más.
—Qué te preocupa, tu ex, ya lo vi y se está jaraneando, estás conmigo, no dejaré que nada te pase.
Ofrecí un brindis por la belleza de las chicas, Felipe ofreció uno más por los mejores cueros de todo el norte refiriéndose a ellas, colgándose del cuello de Rodrigo que lo soportaba como si éste se fuera a caer. Felipe llevaba la botella de coca cola por la mitad, se sentía como nunca, feliz, borracho y entre amigos a los cuales abrazaba, besaba y les decía que los quería.
—Yo te quiero primo —dijo Felipe abrazando a su primo Sebastián “el Mudo”—, tú eres mi mejor primo, a pesar de que somos muy distintos te quiero —lo besaba en la mejilla y se colgaba en sus hombros con todo el peso de su cuerpo exhalando un aliento caliente que olía a ron.
—Yo también Felipe —dijo el Mudo.
—Y qué esperas para darme un beso o no somos primos o crees que esto es de maricas, si fuera marica ya todos lo sabrían, a lo mejor tú lo eres Mudo —dijo Felipe soltando una carcajada.
A medida que Felipe seguía tomando se convertía en un ser diferente, cada vez más hostil y prepotente, quería demostrarle a todo el mundo los sentimientos que normalmente se cohibía de mostrar, nos apachurraba y nos hablaba a la cara con una ligera lluvia que salía de sus frases exaltadas y sentimentales.
—Cualquiera que se le enfrente a mis amigos se las ve conmigo —repetía Felipe con ánimos de buscar pleito con algún intruso que se le aparecía en su imaginación—, a quien sea le saco la mierda.
No se dejaba calmar, su fuerza era intempestiva, su peso demasiado para el control de un solo individuo. Aún Rodrigo tenía dificultades para mantenerlo a raya. Me fijé en la hora, eran las dos y media de la mañana, me di cuenta que habíamos pasado varias horas sin comer y tal vez a eso se debían las incongruencias de Felipe que seguía insistiéndole a ese personaje de su imaginación que no se metiera con sus amigos. Avisté el lugar de donde provenían algunas viandas y nos dirigimos hacia él. Pedí al mozo un vaso con agua y le introduje dos Alka Seltzer que llevaba en mi bolsillo, siempre previendo algún infortunio de esta naturaleza, imaginé que alguno de nosotros se pondría mal.
—¿Qué es esto? —refunfuñaba Felipe.
—Eso te va a hacer bien, tómatelo —le dije, al tiempo que se lo bebía de un solo trago. —Qué buen amigo eres Piero —balbuceaba Felipe con la poción chorreándosele por los labios y cayendo en el cuello de su camisa.
—Para eso son los amigos —respondí quitándole la botella de coca cola—, ahora vamos a comer algo y después puedes hacer lo que quieras.
El mozo nos dio dos platos de restos de bufé y dos trozos de torta de chocolate. Junto con Rodrigo llevamos los platos hacia una mesa y nos sentamos, las chicas que ya habían comido antes nos vieron engullir velozmente. Mario decía estar inapetente y no probó bocado. Felipe a regañadientes comía de la cuchara de sopa que su primo le metía por la boca. Pasamos la comida con tragos de cerveza. Un eructo más ruidoso que oloroso salió como huyendo despavorido de las entrañas de nuestro enfermo amigo. Para entonces Malena y María Isabel habían entrado en complicidad como siempre que dos mujeres se reúnen y conversaban alegremente del comportamiento inusual de Felipe. Los demás no estábamos sobrios ni borrachos, tal vez en aquel punto en el que uno sabe que un trago más y se pierde el control, el equilibrio, la noción del tiempo, la ubicación y el tacto. Yo me sentía con el mentón adormecido, cerraba los dientes y no percibía el contacto de mis molares, caminaba sin problemas, aunque sabía que si alguien me empujaba bruscamente me caería al suelo con estrepitosamente. Podía hablar casi normalmente, mi lengua como mi mentón también estaba adormecida y sabía que cuando bebía de más las palabras se trababan. No quería que eso me sucediera, hacer de bufón en año nuevo y con las chicas viéndome sería una vergüenza. Las chicas se reían y pensaban que la mejor manera de quitarnos el alcohol sería haciéndonos bailar, había que sudar el trago con el baile y en tan solo unos pocos minutos el cambio fue dramático.
—¿Qué te parece Piero? —le decía Malena a María Isabel como buscando una segunda opinión que la animara más a sentirse atraída hacia mí.
—Me parece simpático, es más bajo que tú, te has dado cuenta —dijo María Isabel.
—Es obvio, pero eso es lo de menos, hace tiempo que encuentro algo en él que me atrae, no es como los demás, aunque lo aparenta. Es el único hombre que no reacciona ante mis encantos sin embargo creo que en la playa logré mi cometido, estoy segura que le gusté porque lo chapé mirándome el busto y su mente parecía estar en otro lado... oye y que hay de ti, sé que te gusta el Mudito, cada vez que te habla te cambia la cara, me parece churro, tiene una cara preciosa.
—No estás muy lejos de la verdad, me gusta y a la vez no quiero dejar que algo suceda, no ha pasado más de un día desde que tuve esta mala experiencia y no quiero saber nada de los hombres, al menos por un tiempo.
—No todos son iguales, no te digo que te lo chapes ahorita mismo, pero dale una oportunidad, tus ojos brillan cuando él se te acerca.
—Lo sé, si fuera por eso, como tú dices, me lo chaparía en un segundo, pero no hay que apresurarse, hay tiempo para todo, por ahora vamos a pasar unos días juntos y allí lo voy a conocer mejor. Cuando me habló en el malecón la noche anterior me gustó su forma de mover los labios, es tierno y tiene una carita linda. Me escuchaba atentamente lo que le contaba, y luego pasó su brazo sobre mis hombros, y sentía su cuerpo dándome calor, se portó increíble conmigo.
—Y qué te gustaría hacer con él —dijo Malena maliciosamente y sonriendo.
—Lo mismo que tú a Piero —se rió complacientemente María Isabel—, lo que no entiendo es no sólo que a ti te gusta Piero, sino que lo noto raro cuando está contigo, sabiendo como es él que no le gustan las chicas “vanidosas”. Según lo que me contaba de ti es que eras muy vanidosa y eso lo sacaba de quicio, no me dijo que no le gustabas en ningún momento, sólo mencionaba eso, bueno eso fue hace bastante tiempo y quizás haya cambiado... es sólo que me parece raro tú y él.
—Eso es bueno, lo saco de quicio, y qué te parece el tal Rodrigo, está guapo, ¿no? Dice Piero que lo conocieron en el hostal y se han hecho amigos, un poco mayorcito, tal vez eso lo hace más interesante.
—A mí me gustan los hombres mayores, son más maduros y no tienes que aguantar toda esa malacrianza, los mayores ya saben lo que quieren y son más caballerosos con las mujeres.
—Bueno, qué te parece si los sacamos a bailar antes que se nos duerman, total para eso pagué, para divertirme.
—De acuerdo Malena, pero mira al pobre Felipe con los brazos sobre la mesa.
—No te preocupes igual lo traemos, un poco de baile le va a hacer bien. ¡Chicos! Vamos todos a bailar, yo tengo más amigas y las puedo presentar a los que no tienen pareja y si no hay chicas no importa, bailan conmigo —ordenó Malena.
Levantamos a nuestro enfermo y lo llevamos a la pista de baile, un tabladillo colocado esmeradamente para la ocasión. Formamos un círculo entre nosotros y bailamos cada uno como pudo y como quiso. Felipe en un trance se colocó en el medio y contradictoriamente al ritmo Salsa que se estaba bailando ensayó algunos pasos psicodélicos e imitaba a John Travolta en Pulp Fiction pasándose los dedos en forma de victoria por la cara, de un lado hacia el otro. Mario que decía estar a punto de reventar, se fue al baño y nos dejó por un rato.
Después de tres canciones recuperé las energías, Felipe parecía que estaba mejor, aunque no lo dejamos beber. Un par de amigas de Malena se nos unieron y ya Rodrigo tomaba de la cintura a una ellas y la dirigía con naturalidad al ritmo de merengue o salsa, no lo sé. El Mudo no muy complacido con tanto ritmo latino sólo atinaba a seguirle los pasos a los demás y rezando porque no tocaran “El meneíto” que lo volvía loco, odiaba bailarlo. Era un baile de borregos según él. El baile sincronizado no era su fuerte. Lo único de lo que yo estaba preocupado mientras