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5. The construction of habituality

5.2. The syntax of habituality

A lo lejos noté una figura conocida. María Isabel venía caminando por la orilla con una salida de baño con estampado de florecillas que parecía hecha a su medida. El viento soplaba la tela del vestido dejando entrever sus muslos. Llevaba una toalla en sus brazos, los cuales estaban cruzados como si estuviera a la defensiva, tenía la cara lavada y llevaba unas sandalias puestas. Se acercó sonriendo sin fijar la mirada en ninguno de los dos como esperando alguna señal de aceptación por parte nuestra o tal vez verdaderamente necesitaba de una calurosa bienvenida. Pegué un salto e inmediatamente el Mudo me siguió con la misma intención, la recibimos con un beso y un abrazo, lo menos que podíamos hacer, y le pedimos que se sentara con nosotros. Las horas de sueño le cayeron muy bien, su rostro reflejaba frescura. A pesar de haber estado al sol, María Isabel no se había quemado, tenía la piel igual de rosada que en invierno y sus ojos se veían mas azules al acecho del sol.

—Cómo estás, no sabía que eras tan dormilona —le dije como para romper el hielo— te ves muy bien—.

—Gracias por tu cumplido, cuéntame qué han hecho —María Isabel cambió de tema como si nada antes hubiera pasado, como si el pasado fuese eso, solamente pasado.

—Nos despertamos tarde por la mañana, lo primero que hicimos fue dar una larga caminata por la playa. Al regreso pedimos algo de comer y tomar. Hace un rato vino Malena, dijo que le gustaría quedarse más tiempo en la playa, ninguno de sus amigos puede alargar el viaje porque tienen que regresar mañana. Al Mudo y a mí nos pareció buena idea y nos vamos a quedar. Que te parece si nos acompañas. Es decir, si no tienes planes hechos, te vendría bien quedarte con nosotros —dije.

—Me encantaría, el problema es que vine en carro con unos amigos y no tengo cómo regresarme después.

—Eso no es problema —dijo el Mudo— nosotros nos encargamos de eso, te conseguimos un bus de regreso o un ticket de avión.

María Isabel lo pensó unos segundos y aceptó la propuesta. —¿Qué vas a hacer más tarde? —dije.

—Ya tengo la entrada para la fiesta de Punta Sal, aunque no tengo muchas ganas de ir, no pierdo nada ya que me encontraré con amigas mías.

No nos costó mucho convencerla. No sabía si le agradaría la idea de pasar los siguientes días con Malena que ya la conocía de la universidad, al Mudo que recién lo había conocido y en una situación caótica, y a mí por el hecho de no haber planificado nada con anterioridad. Todos nosotros teníamos padres y aun vivíamos con ellos, pensé que ésa sería una dificultad para tomar decisiones, afortunadamente ninguno de nosotros la tuvo. Los tiempos evidentemente habían cambiado mucho, los padres que en su mayoría habían nacido en los cuarenta y cincuenta, tenían que ajustarse a las nuevas necesidades y costumbres de los jóvenes. Los míos eran padres conservadores a los que no me costaba convencerlos si entablaba una conversación inteligente. Les planteaba lo que quería de tal forma que no me pudieran decir que no, planeaba los pros y los contras de antemano para después salir airoso si se presentaba algún problema. Esto, aunque

descabellado es común en los hogares de muchas familias tradicionales, los padres quieren ejercer control y saber a toda hora donde se encuentran sus hijos y qué hacen, sin importar si estos son varones y tienen veintidós años. Aún más complicado es cuando se trata de una mujer. El control es más estrecho al igual que la libertad. Ejercer el control con los hijos hasta cierto punto era necesario. Las últimas dos décadas que el Perú vivió fueron aterradoras, no sólo por su política y economía en permanente crisis sino por sus conflictos sociales. La violencia terrorista había causado muchos estragos entre sus habitantes, había que ser precavido y no exponerse demasiado. Recuerdo todavía el “toque de queda” y las llamadas zonas de emergencia, nada más que territorios desmilitarizados donde la nueva bandera ya no era más la bicolor. Los estandartes alzaban la bandera roja con la hoz y el martillo, símbolo de una ideología extranjera. Para desgracia nuestra el país siempre estuvo en el medio de dos frentes, con visiones opuestas y antagónicas. Éstas eran razones suficientes a mi entender para comprender las preocupaciones de nuestros padres que no quisieran ver el regreso de sus hijos, después de unas vacaciones, en ataúd.

Para María Isabel las cosas no eran difíciles porque su madre era divorciada y no había quien ejerciera el control de padre machista, su madre confiaba en ella plenamente y le daba libertad. Malena era la más engreída de la casa y siempre se salía con la suya, sus padres eran jóvenes aún por lo que ella gozaba de más libertades que la mayoría de sus amigas que provenían de familias chapadas a la antigua como la mía. El Mudo por el contrario carecía de control. Su padre era un hombre mayor y emprendedor que se pasaba el día en la empresa y las noches con la amante de turno. Su madre no trabajaba y por tampoco era ama de casa, todo lo opuesto, pasaba el tiempo en los clubes, reuniones, cócteles, bautizos, fiestas de cumpleaños, estrenos de películas y salas de exposiciones de los más exquisitos pintores y escritores de moda. Según las propias palabras del Mudo él se crió con los empleados, acogió como su madre postiza a doña Carmela, cocinera de la casa desde que él tenía uso de razón. Ella era una señora de piel canela, cabellos rizados y grises, sesentona y de una corpulencia sin parangones, con su metro ochenta de estatura imponía autoridad y respeto. Era la única persona que sabía de su paradero y lo que sucedía en su vida. Él la saludaba todas las mañanas con un beso en la mejilla y un abrazo al despedirse. Carmela se encargaba de aconsejarlo, y cuidarlo en tiempos de enfermedad. Nunca se llegó a casar a pesar de haber tenido innumerables enamorados, decía que ninguno de sus novios podía haberle dado las comodidades que tenía en la casa de los Cieza de León, lo que le daba más tiempo para dedicarse a los habitantes de la casa. Si hubiera tenido una familia propia las cosas habrían sido distintas. Carmela no solamente se dedicaba al Mudo a quien le tenía un cariño muy especial si no a todos los demás hijos.

El sol estaba cayendo, el aire corría con fuerza, la temperatura había disminuido unos grados, el mar se mantenía tibio, yo diría que a la temperatura perfecta para quedarse todo el día chapoteando. Me di un último chapuzón en el mar y luego me dirigí al hostal. Dejé atrás a María Isabel y al Mudo sentados en la arena esperando el sunset. Les dije que no se demoren, era mejor quitarse la sal con un buen baño y dormir unas horas para estar en buenas condiciones, la celebración de la noche iba a ser larga.

Cecilia, la dueña del hostal, estaba en la terraza, sentada alrededor de una mesita de plástico con una cerveza de litro vacía y otra a la mitad, junto con dos señoras.

—Hola, no te he visto en todo el día Piero, dónde has estado. Ven tómate un vaso conmigo, yo te invito —dijo Cecilia con el pelo suelto y extendiendo el brazo con un vaso en la mano.

—Sería todo un placer, si la casa invita no me opongo. He tenido un día magnífico, caminé por toda la playa y la pasé fenomenal con mis amigos, no sabes lo bueno que está el mar a esta hora.

—Me vas a decir a mí que soy de aquí. Ya no voy tanto a la playa, pero en mis años mozos... me hubieras visto, yo era regia, tenía una cinturita y todos los chicos me invitaban a salir. Tuve muchísimos pretendientes, lástima que me terminé casando con el peor de todos. Tan simpático y no sabes lo borracho que me salió, lo dejé después de tener mi segundo hijo. Si no fuera por lo que me dejaron mis padres no sería hoy dueña de este hostal porque el desgraciado se desapareció, y jamás aportó un centavo, no le he visto más.

Tal vez sería por los tragos de más que había bebido, no sólo ella, el pueblo entero estaba de copas, que me recibió con alegría y me contó con mucha confianza las historias de su vida. No era sólo ella, la gente de Máncora era más receptiva, el trato se sentía más caluroso y contaba sus anécdotas con mucho agrado. Pensé que la gente era más abierta con algunos turistas como yo porque sabían que siendo forastero no regresaría y no podría influenciar en sus vidas, ni utilizar en provecho propio sus confesiones.

Cecilia esa tarde no era la dueña del hostal, era una chica más que sólo quería divertirse sanamente en la víspera con sus amigas. Ellas sonreían y hablaban poco. Noté que había una cierta jerarquía entre ellas. Cecilia era quien dirigía la batuta, saludaba a la gente que pasaba y le ordenaba a los empleados los últimos preparativos para la noche. Era considerada una mujer importante por sus paisanos. Le conté que iba a quedarme unos días más en su hostal, lo que la alegró mucho, me sugirió lugares para conocer y un guía si lo necesitaba. Me hizo prometer que cenaríamos antes de partir en un restaurante que ella siempre frecuentaba.

—Y ya has conseguido alguna chica bonita, porque un chico tan buen mozo como tú debe tener a las chicas alborotadas, y no te pienses mal porque yo podría ser tu madre —dijo Cecilia.

—No —le dije entendiendo su mensaje y al mismo tiempo incitándola— una chica tan joven como tú no podría ser mi madre jamás.

Sonrió coquetamente y me dijo que era todo un caballero, que esa era la manera de tratar a las mujeres, no como esos bárbaros que sólo quieren una sola cosa, no comprenden que una mujer necesita halagos, regalos y atención. Terminé mi vaso y me disculpé porque tenía que partir, en otra ocasión me hubiera quedado encantado de pasar tiempo con ella. Me sentía cansado y era prudente replegarse para realmente disfrutar una larga noche. Me bañé rápidamente en el patio trasero del hostal con agua fría. Me sentía limpio, como si me hubiera quitado un peso de encima. Entré al cuarto lentamente porque sabía que Felipe, José y Mario estarían dormidos, me acosté y cerré los ojos.

—Prefiero la playa cuando está vacía, yo le huyo a las multitudes —afirmó el Mudo— si fuera por mí viajaba sin compañía, es más, este viaje decidí hacerlo porque mi primo me invitó, preferí obviar los planes de otro grupo de amigos. Con Felipe me llevo muy bien y aunque somos diferentes cada uno se respeta y no se mete en la vida del otro. Prácticamente no conocía a nadie, José y Mario son nuevos para mí y fíjate que he hecho una buena amistad con ambos.

—Yo sí necesito de multitudes —contestó María Isabel— siempre es bueno tener gente a mí alrededor, no me gusta sentirme sola.

—La soledad no es mala ni buena, es sólo un momento que tienes para ti mismo en el que ningún otro individuo puede entrar, es un momento para ti, para pensar, soñar, imaginar o simplemente no pensar en nada. He aprendido a valorar los momentos como éste, mirando el mar, escuchando las olas, viendo cómo el cielo se transforma de celeste panza de burro, pasando

por amarillo y terminando por rojo. A veces cuando hay nubes arriba de la puesta del sol puedes ver el reflejo amarillo-rojizo en el cielo todavía iluminado. Ahora, si tengo la oportunidad de estar acompañado con alguien como tú, pues mejor, disfruto de la compañía de algunas personas mas no de las multitudes.

—Pero viniste sabiendo que encontrarías mucha gente y eso no te agrada.

—Tenía el dinero para viajar, por otro lado, la opción de quedarme en Lima no me atraía, siempre es bueno cambiar de ambiente, y por la gente, bueno son cosas que hay que aguantar, son gajes del oficio.

—Es raro porque tú vienes de una familia numerosa, has estado rodeado de gente siempre, desde que naciste, en cambio mi familia no es numerosa y se rompió el lazo cuando mis padres se separaron.

—Es cierto y tal vez sea eso lo que me hace ser así, puedes estar rodeado de mucha gente, pero solo a la vez. En mi casa cada uno hace lo que tiene que hacer por eso me he acostumbrado a ser independiente.

—Me gustaría ser como tú en algunos momentos, no tener la necesidad de ver gente, siento que soy dependiente.

—Tú sola te darás cuenta cuándo cambiar María Isabel o mejor dicho mejorar tus cosas, no tienes que ser como nadie.

—Sí, te entiendo, no tengo que ser como tú, me refiero a que no puedo seguir manteniendo relaciones que ya no tienen solución, me aferro a lo que tengo y no lo dejo por temor, me conformo con lo que ya tengo. Desde pequeña he sentido que me hace falta algo, quiero tener una familia normal, un hogar a donde llegar, un esposo al que abrazar e hijos que criar. No pienso ser una ama de casa, en lo absoluto, por eso me preparo y me esfuerzo por ser la mejor en lo que hago, incluso soy mejor que muchos hombres a mi alrededor, lo que necesito es una estructura.

—Lo que necesitas es un núcleo familiar que te acoja, algo que te dé lo que no tuviste cuando crecías.

En aquella puesta del Sol el Mudo y María Isabel hablaron de muchas cosas que a lo mejor si se hubieran conocido en otras condiciones jamás lo hubieron hecho. María Isabel ya no tenía nada que esconder, había sido descubierta en el momento más bajo, una desgracia que muchas mujeres viven y callan, no se permiten ver la realidad por temor a que sus propios ideales se destruyan. ¿La reacción de maría Isabel hubiese sido distinta si el Mudo no hubiera estado presente esa noche? Por suerte él estuvo presente, y a ella no le quedó más remedio que aceptar la realidad, aunque de manera involuntaria. Mi teoría sobre el destino escrito de la gente estaba por quebrarse, no había contado con la intervención pasiva que el Mudo protagonizó, mi teoría se quebró. La reflexión de María Isabel por cualquiera que hayan sido las razones demostró que no siempre los hechos anteriores determinan el futuro.

—No te quiero molestar con mis problemas —resintió María Isabel—, recién nos hemos conocido y ya te estoy hablando de cosas difíciles de entender. Hay algo en ti que me da la confianza para poder hablarte así.

—Es muy normal lo que estás contando, son cosas que le pasan a cualquiera, son ideas que le pasan a cualquiera por la cabeza. Imagínate qué pasaría si no llegáramos a estos niveles de abstracción —respondió el Mudo.

—Hasta cierto punto, no es muy común conversar con alguien de estas cosas, incluso con mis amigas me es difícil hablar de ciertos temas. Hay gente que no quiere escuchar tus problemas, no quiere saber de ellos, sólo mantienen una relación por encima, otros aprovechan

tus debilidades en tu contra, para más adelante echártelas en cara o traicionarte contando secretos que juraron no decir jamás.

En más de una ocasión había constatado lo frágil de las relaciones humanas entre los limeños. Mi abuela decía que sólo se debe confiar en la sangre, “tu familia es lo único que tienes, todos los demás se van cuando tienes problemas”. Contar un secreto es como cantarlo al aire, todo el mundo se entera. Los secretos están hechos para romperlos. La manera más fácil de saber quienes son mis verdaderos amigos comienza por probar sus lealtades contándoles algo que aparentemente me da vergüenza, si al paso de unos días no he escuchado en boca de nadie lo que conté, entonces no he sido traicionado. Si por el contrario escucho en otras lenguas lo que tan secretamente he contado entonces he sido traicionado y sé quien lo hizo. Es difícil confiar en los demás, caso contrario a lo que ocurrió entre el Mudo y María Isabel que se entendieron fácilmente, claro está, bajo ciertas circunstancias imprevistas, y que se dieron mutua confianza rápidamente y sin barreras.

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