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Notion of ‘the other’

Chapter 4: A Shared Notion of Chineseness

4.5 Notion of ‘the other’

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ERASMO Y SU ÉPOCA1

Henos aquí en París, en los umbrales del siglo xvi: París e s un buen observatorio para otear a los cuatro vientos el horizonte d e Occidente. ¡Cuánta alegría a nuestro alrededor! ¡Qué impresión d e fuerza y de brío!

I

Se acabaron las guerras; las de los ingleses contra los franceses, las d e los Valois de Borgoña contra el rey de París, las d e los ingleses d e la rosa blanca contra los ingleses de la rosa roja. Surge una generación que no ha conocido estas miserias. Y al nacer, encuentra los pueblos reconstruidos, las ciudades reedificadas, los campos cultivados. E n e Lusi zu leben ... Por todas partes fastuosos cortejos, ciudades espléndi­ damente engalanadas, soberanos entusiásticamente aclamados: her­ mosos jinetes caracoleando, hermosas jóvenes desnudas sobre mitoló­ gicos tablados, y campanas a rebato, y salvas d e cañones, y rostros felices bajo coronas de violetas.

El mundo es joven; los reyes, también. La era de los carcam ales toca a su ñn: Luis XII, el abuelo tristín d e su pueblo, Maximiliano, el viejo va­ nidoso y todos los demás. Jóvenes d e floreciente salud les reemplazan. Carlos d e Habsburgo, tal como aparece retratado en Brujas, con esa mandíbula prognata que garantiza su legitimidad; Enrique VIII, gordo, sanguíneo y violento, que luchará encarnizadamente contra Francisco de Valois; y éste, un mozarrón narigudo d e espaldas anchas como una percha; así le muestran los Clouet. Carlos y él crece n bajo la mirada extasiada de dos mujeres que les miman, una madre y una tía, Marga­ rita d e Austria y Luisa de Saboya. La vida e s una fiesta. Y cuando vuelva de nuevo la guerra, la guerra de Italia, tomará -para los france-

1 Conferencia inédita, pronunciada en agosto de 1949. en Rio de Janeiro, ante la Aca­ demia Brasileña de las letras.

ses, se entiende, ya que no para los italianos- un aire d e desfile en tie­ rra de promisión.

El mundo se ensancha. Inmensas tierras, inmensos mares, se ofre­ cen a todos los deseos; Colón, sin proponérselo, encuentra un mundo en los confines del horizonte; los portugueses, rodeando con trazo firme las tierras africanas, ponen rumbo a las Indias Orientales. Por do­ quier se despiertan los apetitos, la fiebre de lucro y d e placer. Los nue­ vos ricos ponen manos a la obra, esos nuevos ricos cuyo papel provi­ dencial en nuestras sociedades describiera ya Pirenne. Los barcos de Lisboa, los capitales d e Brujas (y luego d e Am beres) trabajan a pleno rendimiento; corren ríos d e dinero. Consciente d e su propio triunfo, de su propia eficacia, se afirma y asienta una nueva clase. Su nombre es Burguesía.

La burguesía del siglo xvi es, en verdad, prudente y calculadora. Viajera también, y conquistadora, con sus m ercaderes por delante, siempre en movimiento, eternos conductores d e caravanas que siem­ pre ganan en el cambio, partiendo por un año, peregrinando cuatro o cinco antes d e regresar al hogar donde les espera su esposa, con el manojo d e llaves colgando del cinto, fiel la mayoría de las veces, por­ que bastante tiene con vigilar las arcas, criar a los hijos, cobrar las deu­ das, contar y pesar las monedas y hacer la colada con sus criadas.

Junto a los m ercaderes, viajan los aventureros del saber... Parten también atraídos por el Oriente, el fabuloso Oriente, país d e las mara­ villas. En aquellas tierras todo les reclama, todo les retiene; vestigios de la antigüedad, ruinas, viejos manuscritos roídos por las ratas, plan­ tas desconocidas y animales singulares, y, sobre todo, los pueblos, sus lenguas, sus costumbres, sus trajes, sus creencias. Y los conquistado­ res de la curiosidad van y vienen, se em barcan en Venecia, caen en manos de los infieles, son vendidos en Argel y apaleados por sus due­ ños, y luego, rescatados y salvados, vuelven con sus notas al viejo O c­ cidente...

Estos sabios, estos m ercaderes, estos burgueses tienen todos dos necesidades en común. La primera, la del saber; la d e la instrucción, esa herramienta llena de futuro. Recuerdo un cuadernillo del siglo xvi que tengo en casa, heredado d e alguien. Un honrado pedagogo lo uti­ lizó como modelo para enseñar a escribir a los niños. Con cuidada es­ critura trazó este animoso cuarteto;

Viva la plum a m agnifica y tam bién e l pergam ino... Quien d e escrib ir sa b e e l arte, bien p u ed e andar e l cam ino...

Pero la necesidad de conocer no cuenta, se empieza por la utilidad; se acaba, asqueado por el lucro, interesándose por la ciencia.

¿Y la segunda necesidad? Estos hombres sitúan la religión en el cen ­ tro de su vida, la encuentran en todas partes, en todo lo que hacen. ¿Dictan su testamento? Acto religioso; de ocho páginas, cuatro al me­ nos contienen invocaciones a Dios, a la Virgen, a los santos y santas de la corte celestial del Paraíso, así como legados a las iglesias, a los mo­ nasterios, a las cofradías, fundaciones para misas y limosnas. ¿Nacen? El primer y primordial sacramento, el bautismo. ¿Se casan? Otro sacra­ mento, cuyos ministros son los propios esposos, ante el sacerdote que les bendice. A su muerte, un sacramento más: la extremaunción. La campana de la iglesia lo regula todo, descanso, trabajo y oración, «Sólo son prácticas»... Mentira. Una práctica tan obsesiva moldea las mentes y sojuzga los corazones.

Pero, ¿cómo presentaba su religión la Iglesia cristiana a esta socie­ dad burguesa del Renacimiento? ¿Qué pan d e cada día ofrecía a sus fieles o, más bien, cómo explicaba su esencia y su sentido? Lo he seña­ lado ya; lo repetiré en breves palabras.

La elite tenía mucho trabajo. Aunque, al p arecer, la época d e las grandes construcciones dogmáticas hubiera concluido, la mentalidad no desapareció d e la noche a la mañana. Duns Escoto el franciscano, había enseñado, entre 1300 y 1308, en Oxford y en París, antes d e ir a morir a Colonia, y su sistema había dado la vuelta a las universidades. Posteriormente, otro franciscano, Guillermo d e Ockam, en el condado de Surrey, estudiante primero y profesor después en Oxford, muerto en 1349 ó 1350, reaccionando vigorosamente contra las tendencias del tomismo, había proclamado la imposibilidad d e conciliar razón y fe. Había que aceptar el dogma, sin comprenderlo. Por definición, éste era inaccesible a la criatura. Y Guillermo sólo dejaba a ésta una alter­ nativa: practicar, sin entregar el corazón a la Iglesia; inclinarse, creer sin amor las afirmaciones del dogma, o bien refugiarse en el misti­ cismo. Y los conventos rebosaban d e hombres y m ujeres que, lejos d e las agitaciones y el bullicio mundanos, trataban d e unirse directa­ mente a Dios y, en paz, meditaban sobre el gran libro d e la época. La Im itación. Pero, ¿y los hombres d e acción, los que trabajaban en el si­ glo y para el siglo? ¿Y los m ercaderes? ¿Y los burgueses? Lo poco que podían saber d e estas enseñanzas les dejaba decepcionados, con el alma yerma. Practican, por supuesto. Pero en el fondo d e su alma, e s­ tán paralizados por una sensación de vacío. Querrían, desearían ar­ dientemente poseer una fe clara y sencilla, que les dijera sin ambigüe­ dades: «Éste es tu d eber; esto es lo que tienes que hacer para estar en paz con tu conciencia, viviendo, trabajando, actuando en el siglo...» Y mientras tanto, esperan.

Hay otros más, tras ellos, que esperan: la masa gris, anónima, cu­ bierta d e prendas descoloridas a fuerza d e lavados -com o las que vis­ ten los campesinos y herreros d e los Le Nain-. Ahí están los Jacques, los Vilains, apenas d ife r e n c ia le s d e los animales con los que compar­

ten su vida en una promiscuidad a la vez equívoca y fraternal. ¿Qué confusas reflexiones se elaboran lentamente bajo sus greñudas ca ­ belleras? Van a la iglesia. Asisten los domingos, lejos del altar, d e pie junto a la puerta. Se persignan cuando e s preciso, se arrodillan cuando e s debido, pero no saben nada d e la religión que practican. ¿Quién podría instruirles? El ministro e s casi tan ignorante como ellos; trabaja como ellos, con sus manos, por un salario, por cuenta d e los «grandes». Y mientras se verifican los ritos, su pensamiento se evade; huyen con la imaginación a su refugio, al bosque, a las llanu­ ras y al monte bajo; allá donde habita el antidiós d e los deshereda­ dos: Satanás. Guardan en su interior la tradición d e los viejos cultos malditos que se creen extinguidos; un paganismo inmemorial les co­ rroe. Y a veces se reúnen en bandas feroces, con las hoces al hom­ bro. Les reconcom e un viejo fondo d e comunismo agrario: el eterno comunismo del campesino que reivindica el agua y el árbol, el pez del río, el venado del bosque, las abejas d e los campos, sus bellotas, sus animales rojos y negros. Ejército inmenso d e rebeldes en poten­ cia, presto para un súbito despertar, viviendo al margen d e una so­ ciedad que quiere ignorarles y a la que ellos quieren ignorar, por­ que les desprecia. Inclinándose sobre ellos, se d escubre el confuso sentimiento de las grandes génesis -d e los grandes partos de mun­ dos desconocidos...

II

1510-1520. En estos años -co sa inaudita- alguien e je rc e sobre Europa un verdadero reinado intelectual. El primero d e los sobera­ nos espirituales del mundo moderno (el segundo se llamará Vol- taire). Un hombre pequeño, frágil, delgado, siem pre quejándose d e 9u salud. Débil, en efecto, y sin fuerza física, moriría, sin embargo, septuagenario. Sin fortuna, sin familia, fruto irregular d e los breves amores de una muchacha de Gouda y d e un joven metido a sacer­ dote. Y para colmo, exclaustrado; internado en un convento a los doce años, recibió el sacerdocio en 1492; y en 1493, abandonando su monasterio, se echó a recorrer el mundo en traje secular.

Le llamaban Erasmo d e Rotterdam. Pero, un dato más, carecía d e patria verdadera. En una Europa que se constituía en nacionalida­ d es fuertes, vivía con el antiguo espíritu universalista d e la cristian­ dad. como ciudadano d e la República Cristiana -y no d e los Países Bajos, a pesar d e los esfuerzos d e Huizinga por mostrar en él al ho­ landés. Y hacia ese desgraciado, hacia e se viejo precoz, atormen­ tado por un mal de piedra que, paradójicamente, pretendía curar con vino de Arbois, hacia e se viejo friolero, de nariz ganchuda, la­ bios delgados, frente amplia e inteligente medio oculta por un bo­

nete d e doctor, subían los homenajes y las alabanzas; cuya letanía se podría recitar como hace W ackem agel en su H istoire d e Bále.

También los soberanos, por su parte, se conmovían. La inteligencia se convertía en una fuerza política. Carlos V gratificaba a su «súbdito natural» con una pensión y un título d e consejero. Al enterarse d e ello, Francisco 1, que soñaba con crear el Colegio de Francia, le invitaba a visitar París, suscribiendo al pie de la carta con su escritura de rasgos amplios y torpes: «Os advierto que, si queréis venir, seréis bienvenido. Francisco.» Enrique VIII, ese Barba Azul teólogo, le brindaba una pen­ sión. Y finalmente, Pablo III le ofrecía el capelo, que rechazó prudente­ mente.

Sus escritos se agotan a poco de aparecer. Del E logio d e la locura se tira la fabulosa cifra de 1.800 ejem plares; un mes después sólo quedan 60. El erudito Van der Haeghen se ha pasado la vida desenmarañando el inconmensurable océano de ediciones y reediciones: más d e tres­ cientas del N uevo Testam ento, más de trescientas d e los Adagios, más d e trescientas del Elogio, más d e seiscientas d e los C oloquios... ¿Por qué esta fama, por qué esa audiencia?

Erasmo, evidentemente, era un hombre de talento; talento d e escri­ tor en latín. En un siglo de latinistas, fue quizá el mejor, y, si no el más correcto, al menos el más al día y el más agudo; tenía la habilidad, el arte d e saber decirlo todo con una palabra, sin énfasis; la finura, el tacto, la destreza de insinuar en vez d e asegurar. Esto y más cosas. En primer lugar era europeo, ni d e Gouda ni d e Rotterdam; Granvela diría más tarde, hablando d e sí mismo, la palabra justa: «Nosotros, hombres d e todas partes.» Erasmo trabajó en todos los países, vivió en todas las capitales; frecuentó Francia, que le sedujo, Inglaterra, donde contaba con un gran amigo, Tomás Moro; Alemania, d e Estrasburgo a Basilea y Friburgo, y esa Europa en miniatura constituida por los Países Bajos. La Italia veneciana, toscana y romana. Su experiencia se había nutrido d e toda esa Europa presente y pasada. jY cuántos colaboradores! Los de G recia y Roma, d e Homero a Cicerón y a San Jerónimo; d e Séneca a O rígenes pasando por Lucrecio. Cuántas tradiciones confluyen en él: aristotelismo, platonismo, neoplatonismo, estoicismo; los Evangelios y San Pablo, pero también los lolardos, que conoce a través d e Colet, y los husitas, a través d e Vitrier. Se le llama conciliador. Absurdo. Para Erasmo, los pensamientos de Aristóteles y Platón, d e Homero y Virgi­ lio, d e Séneca y O rígenes no son conciliables. Son nuestro mundo, un mundo completo y en bloque. Se pasa de un autor a otro, d e un libro a otro; se completan uno con otro. Se aplican los mismos métodos críticos a la Biblia que a las obras maestras profanas; es el método de Valla. Al hombre de su época no se le corta en rebanadas: aquí el cristiano, allá el pagano, Ante sí se colocan en la mesa todos los platos, los más nutriti­ vos, los más exquisitos: «Come. Bebe. Ésta es tu sustancia. Ésta es tu propia vida.»

Ese mismo latín que maneja d e forma tan excelen te - lo que hoy le priva d e su antigua aureola y hace que. por ejemplo, los C oloquios, esos Ensayos d e Montaigne en diálogo, si no en acción, sean sólo con­ sultados por eruditos latinizantes-, e se latín le servía; allá donde lle­ gaba la cultura cristiana, es decir, d e lengua latina, allá llegaba la voz d e Erasmo. Su voz fina, insinuante. Y moderna. La más moderna, sin duda, d e las voces d e su tiempo. Y que quería oír incluso en boca de los niños, a los que s e esforzaba en enseñar un latín correcto; esta preocu­ pación ap arece en la primera parte d e los C oloquios. Así pues, en el seno d e una sociedad burguesa, deseosa d e instruirse, Erasmo predi­ caba el saber, y hacía todo lo posible por extenderlo.

Pero recordemos: el burgués que quería saber, quería también creer. Y d e nuevo e s Erasmo quien le brinda con qué satisfacer sus ne­ cesidades. Una religión muy libre, muy abierta, muy pura; la religión soñada.

Nada d e credos rígidos y poco atractivos. En el centro d e toda la vida religiosa, un hombre que habla, enseña, cinra, ama y consuela; el Cristo del Evangelio interpretado, con la mayor buena fe, por la razón. Nada d e mediadores entre él y sus criaturas. No e s que apartara a la Virgen ni a los santos y santas del Paraíso, sino que Erasmo los coloca en su lugar, que e s el de personajes secundarios y no el d e protagonis­ tas -d e subordinados y no d e superiores. Nada d e pesimismos desa­ lentadores, que cortan las alas y hacen decir a los m ejores (o compor­ tan el riesgo de hacérselo decir): «¿y para qué?». Erasmo, con esfuerzo y habilidad, trata d e atenuar los efectos y el horror de la tara primige­ nia, la mancha del pecado original. Erasmo, con esfuerzo y persuasión, intenta al mismo tiempo borrar el temor a la muerte que, para tantos hombres y mujeres, hace d e la vida un suplicio; intenta devolver al hombre una confianza plena en sí mismo, en su propia virtud, en su ín­ tegra honradez. ¿Lo primero el dogma? No. Lo primero la moral; la in­ dividual, pero también la social. Con un espíritu libre y abierto, Erasmo trata los dolorosos problemas que se plantean a las conciencias rectas, problemas de higiene social; el d e las enferm edades contagiosas, el del mal que los franceses llaman italiano y los italianos francés, de! que habla sin falsos pudores. El problema de la guerra, ante todo, cien ve­ c e s abordado por el último de los creyentes en un universo cristiano que aboliese las guerras. Éste e s el fondo de la religión d e Erasmo; esto es lo que predica Erasmo, en 1509, en el Enchiridion. Esto e s lo que p re­ dica en 1511 en el E logio d e la locura y en los escritos siguientes, espe­ cialm ente en los C oloquios, con palabras como balas:.

«Has recibido el bautismo, pero no eres cristiano. ¿Pero hay acaso cristianos que no hayan recibido el bautismo? San Sócrates, rogad por nosotros...» Y durante la Eucaristía, el gran misterio por el que pelea­ rán durante siglos los teólogos rivales d e Iglesias rivales: transubstan- ciación, comunión bajo las dos especies, etc., Erasmo dice, tajante, una

palabra - e l sentim iento d e una p resen cia-, amistoso y reconfortante. ¿Meditar sobre la dolorosa Pasión del Crucificado? Más bien asimilar su profunda moral, porque Cristo es, ante todo, ejem plo y moral. ¿Cristo? Nil aliud quam caritatem , sim plicitatem , puritatem .

No continúo; evoco al burgués d e hace un rato, al hombre sencillo y práctico, inclinado a la acción, que no tiene tiempo para perderlo en sutilezas... Erasmo le ofrece el cristianismo que desea, hecho a la me­ dida d e un europeo del Renacimiento.

Pero ahí está la Iglesia, la Iglesia institucionalizada, con su infinita po­ tencialidad d e conservadurismo, la iglesia que no p arece haber con­ tado nunca con el tiempo... Y Erasmo lo sabía, y sabía también que su única posibilidad d e éxito estribaba en g anarse a los príncipes d e la Iglesia; al jefe d e esta Iglesia, al papa. Por tanto, y por encim a d e todo, nada d e cisma, nada d e separación ni d e ruptura; perm anecer en el seno d e la Iglesia, trabajar dentro d e ella, y, cuando seamos los due­ ños, Trajano impondrá la Razón. León X haría d e la P hilosophia Christi la doctrina oficial d e una cristinadad moderna. Pero en agosto d e 1518, León X promulgaba la bula Contra erro res Martini Lutheri; quisiera Erasmo o no, era la sentencia d e muerte d e la Philosophia Christi. Era el cisma. Su sueño había terminado.

¿Será necesario continuar esta historia? ¿Para qué evocar a Lutero -e s e Lutero cuyo nombre acabo d e pronunciar, ese Lutero que pronto em prendería contra Erasmo la eterna lucha d e los hombres monolíti­ cos, de los hombres sin matices ni agilidad mental que consideran ésta como un vicio? ¿Para qué evocar toda esta historia, tan rica en ense­ ñanzas, tan llena de ecos en nuestros corazones y en nuestros espíri­ tus? Lutero, la antítesis viva de Erasmo. Lutero, el alemán, profunda­ mente germano que, a fin de cuentas, no habló ni actuó más que para alemanes. Lutero, el hombre del pueblo con todos los prejuicios del pueblo -en primer lugar, su antisemitismo violento, brutal, categórico; Lutero, que sabe latín pero lo abandona pronto para hablar y escribir en alemán, creándolo, por otra parte, como lengua literaria. Cuando se ha leído un C oloquio de Erasmo -su fino diálogo sobre las m ujeres y la vida femenina, sobre los dolorosos y delicados problemas que plan­ te a- y se ca e en algún pasaje de Lutero acerca del matrimonio, su bru­ talidad nos asquea; «Señor Dios, qué difícil es amar a la mujer y a los hi­ jos -Ach„ lieb er Herrgott! Quanta res est am are conjugem et ¡ib eros.» Y añade todavía: Scortum, fa cile possim u s am are; conjugem , non ítem; podemos amar fácilmente a una prostituta; no así a la esposa legítima... Martin Lutero lleva en su interior un ingenuo anarquismo, un horror a la ley que engendra rebeldía, y la fidelidad matrimonial es ley: tL eg e lata, fraus ¡eg is nascitur.> No, la doctrina de Lutero no es la de Erasmo; más aún, el hombre Lutero no es el hombre Erasmo.

Se dice: Erasmo e l vencido, Lutero el vencedor. Se d ice porque los moderados pesan siem pre menos, mucho menos, en la historia, en la opinión pública (esa opinión hecha, ante todo, a b ase d e moderados; pero ¡es tan fácil ser héroe d esd e un sillón!) que los violentos. ¿Y por ello habría influido menos en su siglo Erasmo el agudo, el inteligente, Erasmo el prudente -p ero de una prudencia no exenta d e un innega­