6.3 ‘Dancing’ between homes
6.3.2 Shifting homes
«Leibniz juez d e Spinoza: ¿d e qué nos sirve a nosotros, los historiado res. un libro, una tesis filosófica d e la Sorbona1 2 que lleva e s e titulo? No confundamos los campos. No transformemos los Armales en la Revue philosophiqu e...* Así hablan los juiciosos, amigos d e los justos límites. Su acreditada prudencia falla hoy. Confiad en G eorges Friedmann, in troducios en su libro: ¡cuán hermoso viaje, lleno d e peligros -q u e la ha bilidad del guía os hará sortear-, cuán hermoso viaje para el historia dor, a través d e las profundidades del espíritu y del corazón de los hombres, d e los grandes hombres d e finales del siglo xvul... Espíritu, corazón: palabras viejas y grandilocuentes. Sólo las empleo para hacer resaltar lo que hay de árido, d e inexacto y d e pobre en la concepción tradicional d e una historia intelectual que no presta atención más que al juego d e conceptos. No e s ésta, en absoluto, la clase d e historia que escribe G eorges Friedmann. Ciertamente, su libro se apoya en selec ciones y clasificaciones d e textos cuidadosas y rigurosas. Cierta mente, su libro establece documentalmente, con exquisito cuidado, esforzándose por fecharlas exactam ente, las relaciones complejas y cam biantes entre Leibniz y Spinoza, entre dos hombres, puesto que se conocieron personalmente; entre dos pensamientos, puesto que el spi- nozismo y el leibnizismo, dos sistemas poderosos, se han «entrecru zado en la historia» d e forma muy concreta. Pero los términos que uti liza G eorges Friedmann cuando escribe: «Se trata d e comprender por qué el prisma Leibniz. prisma vivo, sutil, sensible a su medio, dio d e Spinoza y del spinozismo unas im ágenes que aparecen en escritos dis persos a lo largo de más d e medio siglo», bastan para indicarnos que Leibniz et Spinoza no e s uno d e esos cofres d e m arquetería fabricados en serie por un honradoartífice, que yuxtapone meticulosamente peda-
1. Publicado en
Annales.
t. II (1947), pp. 45-S2.citos d e madera clara y oscura: trabajo vulgar, precios fijos y accesi bles a todos. No. Se trata d e penetrar en el interior d e dos mentes po derosas, d e dos mentes geniales y comprenderlas humanamente. El libro e s rico. No pretendemos dar un resumen en breves pági nas, ni agotar sus recursos. Vayamos directam ente a la cuestión esen cial para nosotros.
Y he aquí, pues, una vez expuesto en el primer capítulo el pensa miento tempranamente formado del joven Leibniz. genio precoz, al término d e su estancia en París, donde concluyó el descubrimiento del cálculo infinitesimal;1 he aquí, una vez examinados detallada mente, en una serie d e capítulos encadenados, todos los problemas que plantea la historia d e las relaciones d e Leibniz y Spinoza: relacio nes personales, relaciones intelectuales, préstamos concedidos y préstamos rechazados, deudas aceptadas y deudas rechazadas; he aquí que se desprenden las conclusiones, que se revelan los métodos originales, que se aclara el profundo designio del libro. El capitulo IX, Leibniz ju g e d e Spinoza, es, en primer lugar, un retrato psicológico d e Leibniz, retrato d e un hombre y no sólo d e un pensador, retrato d e un hombre que no es sólo un sabio y un filósofo, sino también un corte sano, un diplomático, un hombre d e confianza d e todos los poderosos del mundo; si se quiere, una esp ecie de Rubens d e la filosofía. Su pri mer protector, Juan Federico, le pone en contacto con las testas coro nadas, le relaciona con diversas princesas: Sofía Palatina, duquesa de Hannover, madre de Jacobo I de Inglaterra, Sofía Carlota, reina de Prusia por su matrimonio con Federico I, Sofía Dorotea, esposa del Rey-Sargento, cuya amistad, algo fría, algo superficial, costó al filó sofo un tiempo precioso, aunque compensado por la contrapartida material y psicológica. Este hombre hábil, este hombre inquieto, mun dano, uño de los hombres menos modestos que hayan existido entre todos los genios filosóficos, podía inscribir en la lista de sus corres ponsales, junto a los Hannover de Inglaterra, al príncipe Eugenio, a la emperatriz Amelia, esposa de José I, al zar Pedro el Grande, a los lan- graves de Hesse-Cassel y Hesse-Rheinfels, a los duques de Módena y d e Toscana y a otros muchos. Y, sin embargo, nos advierte Georges Friedmann, era un solitario que desde su infancia se forma sin maes tros y, a pesar de tan brillantes relaciones, perm anece solo, cada vez más solo en la vida, «sin preocuparse por el pensamiento ajeno si no era para reconocerse en él, dando el más claro ejemplo de mona- dismo filosófico que pueda ofrecer la historia de las ideas». Resulta imposible que este género d e existencia, al que tanto sacrificó, no le incitara a adoptar las necesarias precauciones. Enemigo por natura leza d e los extremismos, se ve abocado además, por su género de vida, a las mayores prudencias. Esto empieza a arrojar alguna luz, a
explicar ciertos rasgos singulares de las relaciones de Leibniz con Spinoza.
Relaciones singulares y bastante enigmáticas para quien no se con forma con explicaciones banales, especialm ente insuficientes en este caso y tratándose de estos hombres. Spinoza y Leibniz se conocieron. En una hermosa página, traducida por G eorges Friedmann, Freuden- thal nos muestra a Spinoza1 recibiendo, en otoño de 1676, en su mo desta vivienda de Paviljoensgracht, al joven y elegante consejero del Elector de Maguncia.
El decorado es sencillo: algunos muebles, los instrumentos d e un ta llador de lentes, y (único lujo d e la casa) unos libros preciosos en un ar mario de haya. Spinoza está debilitado por una larga enfermedad, su rostro está pálido, demacrado. La muerte ya le ha marcado. «Sólo sus ojos, grandes y profundos, arrojan su acostumbrada claridad y su se renidad bienhechora sobre el visitante...» Éste, esbelto, bien vestido, d e pie frente a Spinoza. inclina su poderosa frente hacia él. «A pesar de su juventud, tiene ya grandes éxitos a sus espaldas; su corazón está lleno d e ambiciosas esperanzas. Sus ademanes son corteses, pero or gullosos y comedidos... Con voz alta y agradable expone sus críticas contra las leyes cartesianas del movimiento y desarrolla una nueva for mulación del argumento ontológico. No escucha de buen grado las ob jeciones de Spinoza, pues "es obstinado y no soporta que le contradi gan*. Para corroborar la justeza d e sus opiniones, las lleva escritas y se las le e al sabio modestamente sentado a su lado. Éste las examina, con sidera atentamente esta expresión nueva d e una idea que ya no lo es, y, finalmente, da su asentimiento. Y, a su vez, sale d e la reserva en que se mantenía d e cara a su joven visitante. Cuenta a Leibniz diversas anécdotas d e su vida y d e la política d e los últimos años; se detiene en la noche en que, indignado por el atentado cometido contra los herma nos de Witt, propuso colocar, ce rca del lugar del crimen, un cartel es
1. Señalemos algunas fechas importanies en la historia de las primeras relaciones de Leibniz con el pensamiento de Spinoza y con el mismo Spinoza. La primera mención que hace Leibniz de Spinoza figura en una carta de abril de 1669 dirigida a Thomasius: Spinoza sólo es entonces para Leibniz el autor de los Principia Renab D escartes, publicados en 1663, la única obra firmada por Spinoza. Cuando aparece en 1670 el Tractatus theologico-politi-
cu s [hay edic. esp. Tratado teológ ico-p olitico (Estudio preliminar de E. Tierno Galvén), Ma drid. Ed Tecnos. 1968], Leibniz se asocia a las protestas, a las indignaciones que el libro despierta en su medio; pero ¿ha leído el Tractatus? En mayo de 1671 el tono se hace más mo derado: d o leo virum doctum . ut apparet, huc prolapsu m ; y poco después Leibniz escribe su primera carta al «señor Spinoza. médico muy célebre y filósofo muy profundo», illustris et
am plissim us v ir en ella sólo se tratan cuestiones de óptica. Respuesta pronta y cortés de Spinoza. que propone a Leibniz enviarle su Tratado teológ ico-p olitico. Leibniz acepla en cantado. Sigue un intercambio de cartas perdidas: Spinoza califica a Leibniz de lib éra le in-
genium : en ese momento Leibniz entra en relaciones con Antome Amauld (finales de 1671 o comienzos de 1672); y, en una célebre carta, denuncia <el espantoso libro» sobre la libertad de pensamiento que intenta minar las bases de la religión. Pero Leibniz no dice a Amauld que se escribe cortésmente con el autor del abominable libro.
tigmatizando a los asesinos como *los últimos bárbaros*. Luego abre un cajón, saca el manuscrito d e su gran obra, la suma d e su filosofía, que Leibniz d eseaba conocer desde hacía años. Spinoza le e algunas impor tantes proposiciones d e su Ética. Leibniz puede medir ahora el alcance d e la filosofía spinoziana, d e la que, hasta entonces, sólo había cono cido fragmentos insignificantes a través d e amigos, d e cartas d e Spi noza. Así, parecían derrumbarse las murallas que habían separado a los dos genios entre si.»
De hecho, después de este encuentro, durante el poco tiempo que vivió aún Spinoza (murió unos m eses más tarde, en febrero d e 1677), Leibniz y él se escribieron, se interrogaron curiosos sobre sus resp ec tivos pensamientos. Mientras tanto, mientras está en relación epistolar directa con Spinoza, Leibniz, como si lo ignorase todo del sabio de Amsterdam, escrib e a su viejo maestro Thomasius que el autor de Tractatus theologico-politicu s e s un «judío expulsado d e la sinagoga a causa d e sus opiniones monstruosas, según le escriben d esd e Ho landa». Y. a continuación, tomando d e nuevo la pluma, asegura al autor del «monstruoso» libro que le estima en gran manera, m agni aestim et.* Es preciso explicar esto, y explicarlo de un modo digno d e Leibniz: quiero decir, d e un hombre d e riqueza y complejidad singulares. Por otra parte, esto no es algo accidental ni monstruoso. Hasta el final d e su vida, sin abandonar nunca su idea d e que Spinoza e s un gran hombre, ante el que conviene inclinarse, Leibniz denunciará, con violencia a veces, el peligro spino
2
ista.Una primera explicación, muy sencilla, consiste en decir: Leibniz se deja llevar por la corriente: se puede ser un genio filosófico, una enci clopedia viviente, el último de los hombres del Renacimiento, y no te ner tanto carácter como talento. Es cierto. Y este aspecto de la cuestión no se le ha escapado a Georges Friedmann. Ya d escribí el vivo y mati zado retrato trazado, en su libro, del Leibniz cortesano, diplomático y mundano, que tanto contrastaba con el Spinoza retirado, al que su misma prudencia confinaba a una vida meditativa, lejos del vulgo. Pero, por mucha destreza con que se diga, sobre todo cuando se dice con destreza, ¡cuánto queda aún por decir!.,.
En primer lugar, que Leibniz, al atacar a Spinoza, al denunciarle como peligro público, no se aislaba de los hombres de su tiempo. Nos resulta difícil medir la violencia, la frecuencia, la multiplicidad de las reacciones que provocó el Tractatus: «el más pestilente de los libros» es fórmula usual en la pluma d e los Thomasius, los Rappolt, los Dürr, los Miegius, los Melchior, los Burman y los Graevius, todos ellos em peci nados en denigrar el libro y en denunciar al escritor, al monstruoso ju dío expulsado d e la sinagoga, que no se avergüenza de haberlo es- 1
1. Idéntica actitud, por consiguiente, que la que antes señalábamos, a propósito de las relaciones con Antoine Arnauld.
crito. El jefe d e los arminianos holandeses, Limborch, habla -qu é ha llazgo- d e la erudición defecada por Spinoza, erudiüo defaecata. Pero Raniero van Mansvelt, profesor d e Utrecht, no se conforma con las inju rias. Quiere sanciones y apela (no es el único), contra el corruptor del pueblo, a los rigores del brazo secular...*
Entonces, ¿Leibniz se deja llevar por la corriente? No del todo. Leib- niz está preocupado, cada vez más preocupado a medida que pasan los años, por la turbulencia de su época. Percibe a su manera, es decir, a la vez certera y poderosamente, esa «crisis d e la conciencia europea, que le hacía hablar en sus N uevos ensayos1 d e la revolución general que amenazaba a Euorpa». Pero no olvidemos que una idea anima toda su filosofía y circula por su obra como una corriente de agua viva que tan pronto aparece como desaparece, no olvidemos que una idea nu tre a la vez, en Leibniz, temas teológicos y temas lógicos, una ética y una estética, una filosofía del espíritu. Es la misma idea que vivificaba ya la obra masiva y desordenada d e tantos pensadores del Renaci miento, d esd e Nicolás de Cusa a Giordano Bruno: todos insisten reite radamente en la perfecta armonía del cosmos, la unidad en la multipli cidad.1 2 3 Y Leibniz es, aunque posterior a ellos, mucho más clara y detenidamente, el filósofo d e la armonía. Su actividad irónica en el campo religioso no procede d e otro fondo espiritual que su propia bús queda d e una lengua universal o un alfabeto lógico del pensamiento humano. Para Leibniz, las divisiones entre los cristianos constituyen un escándalo tanto para la razón como para la fe, son tan inaceptables para el espíritu como las contradicciones internas que presenta la ciencia en algunas de sus etapas.
Y esto no e s todo. En unas páginas notables, Georges Friedmann de sarrolla este tema: Leibniz «el más importante de los filósofos del sen tido común cristiano». No sitúa, ni a Leibniz ni a su pensamiento, al nivel de las almas excepcionales, al nivel d e los inspirados, de los exaltados, de los ascetas y de los genios, sino -en cuanto hombre preocupado por las realidades, en cuanto hombre consciente de las solidarida-
1. Véanse los insultos que prodiga a Spinoza el autor del libro de los Trois graixls im-
posteu rs (que son Herbert de Cherbury, Hobbes y Spinoza), Christian Kortholt: «¡Asi le coma la rabia! Es Benedictus Spinoza. que más bien debería llamarse Maledictus», etc. Su hijo, al reeditar el libro, le corea con más violencia todavía.
2. IV. 13. ed. Gerhardt, t. V. p. 443.
3. Georges Friedmann insiste en varias ocasiones (y especialmente en su substancioso apéndice) no sólo sobre lo que pueda deber a sus predecesores renacentistas el pensa miento de Leibniz. sino también sobre el aspecto «hombre del Renacimiento» de aquel a quien propone llamar «Paracelso del siglo xva», no sin cierta exageración por lo que res pecta a Paracelso y sin cierta injusticia por lo que respecta a Leibniz. No por ello es menos cierto que este «moderno». Leibniz, formado en la escolástica, siguió siendo toda su vida, en ciertos aspectos, un escolástico: lo cual le inclinaba a interesarse por las especulaciones de esos «naturalistas» del Renacimiento que. también ellos, en muchos aspectos, se asemejan a los escolásticos, aunque pongan de su parte la preocupación por representar al mundo en su infinidad y en la intimidad de sus fuerzas vivas. Leibniz les ha seguido hasta las vertien tes ocultistas y cabalísticas de su turbio pensamiento. No olvidemos que muy joven se afilió a los Rosa-Cruz de Nuremberg. y que no dejó de interesarse por una química que era aún alquimia
d es europeas- al nivel del hombre medio de su época En las cues tiones esenciales d e la teodicea y la moral, tiende a acomodarse a las nociones generales d e un catecism o concreto. El orden del uni verso exige para él la existencia d e un ser soberanam ente inteli gente, un ser todopoderoso que pueda salvaguardar este orden d es pués d e establecerlo. La creación no se hizo al azar; una voluntad entreverada d e bondad presidió sus maravillosas realizaciones. La justicia exige otra vida en la que el hombre responda d e sus actos en la tierra. No e s posible una sociedad sin moral, ni e s posible una moral sin Dios. Sobre estas y otras cuestiones, Leibniz ha tratado siem pre d e acomodarse al sentido común, al estado d e ánimo y a la sensibilidad media d e sus contemporáneos. Su filosofía ap arece -cad a vez más, a medida que su vida se encamina hacia su fin- como un esfuerzo perseverante por racionalizar los principales dog mas d e la religión y darles una expresión conforme, por encima de las divisiones intestinas d e las Iglesias, a la inteligencia y a la sensi bilidad media d e los fieles. )
Y además, Leibniz lleva en su interior una constante preocupación por reconfortar, tonificar al hombre, que nunca le abandonará. Frente al universo, no hay que replegarse sobre uno mismo, como un enfermo que pad ece estoica y resignadam ente. Hay que saber, hay que repetirse que el orden del universo e s bueno, que el mal sólo figura en él a condición d e proporcionar un bien mayor, que, por consiguiente, hay que amar este universo tal cual es, leer en él esta gloria de Dios que cantan los cielos triunfantes. No hay razón para el pesimismo, esa raíz de la incredulidad. La armonía universal es el principio del óptimo perpetuo. Y Dios tendrá en cuenta cada una de nuestras lágrimas, pues nuestro destino no termina aquí en el día de nuestra muerte. Leibniz exige una inmortalidad personal, soporte necesario de una moral que estimule a los hombres por la contemplación d e las recompensas y los castigos prometidos. Por eso, es decir, por su carácter «masivo» y «medio», la filosofía leibni- ziana reviste aún más interés para el historiador. Al historiador lo que le importa, ante todo, no e s lo raro, lo exquisito, lo único, sino el estado d e ánimo común del hombre medio, en todas las épocas. Y cuando Leibniz se acomoda a ese estado d e ánimo, cuando Leibniz lo traduce en términos filosóficos, cuando Leibniz lo inserta a lo largo d e uno d e los sistenpas más perfilados y más comprensivos que la filosofía d e los antiguos nos haya legado, el historiador tro pieza con un filón que no d ebe dejar escapar. Leibniz se convierte por tanto, para el historiador, en testigo precioso de la fuerza co mún, la potencia persistente y constrictiva d e ciertos sentimientos, d e ciertas ideas, precisam ente en una época en la que los espíritus avisados sienten la amenaza que pesa sobre esas ideas, sobre esos sentimientos y reaccionan tanto más fuertemente.
Dicho esto, icómo se aclaran las relaciones entre Leibniz y Spinozal ¡Cuánto más sentido cobran para el historiador! ¿Simple tejido de anécdotas personales? En absoluto.
Leibniz -com o d ice Georges Friedmann con enorme justeza en una de sus páginas- es él mismo cuando ataca violentamente a Spinoza, cuando presenta su filosofía como criminal, cuando le coloca pública mente en el banquillo de los réprobos, pero sigue siendo él mismo, no deja de ser él mismo cuando estudia en secreto ese rico pensamiento que le atrae y cuyo vigor y serenidad no puede dejar de reconocer.1 Tanto más cuanto que -y aquí Georges Friedmann penetra hasta el fondo en los repliegues de un pensamiento difícil-, si no hay nada tan diferente del sistema de Leibniz como el sistema de Spinoza, Leibniz no pudo dejar de percibir, sin embargo, que en sus orígenes (o, mejor dicho, en sus fuentes) se confunden idénticas intuiciones monistas y naturalistas. Por un lado, está la sustancia única d e Spinoza, Deus siv e Natura, ajena a toda exigencia d e finalidad, de subjetividad, de huma nidad. Ciertamente, el sistema de Leibniz es muy diferente. Pero, en el fondo, ¿acaso la naturaleza no es para él, al mismo tiempo que armonía, un todo en el que cada elemento participa d e la misma sustancia? Allá donde hay una mónada ¿no hay también, en último análisis, un pensa miento más o menos confuso, un espíritu más o menos envuelto en divi nidad? La filosofía d e Leibniz es en el fondo «un monismo del espíritu», y la realidad d e la materia aparece huidiza, frágil en su sistema... Ade más, ¿consigue romper la sustancia única del panteísmo, la sustancia única de Spinoza, como hubiera deseado, en una infinidad d e frag mentos originales? De hecho, para él las sustancias no son sino en cuanto son d e Dios. Por mucho que Leibniz intente dispersar la sustan cia en una uniformidad d e sustancias, cada una d e ellas sigue siendo la