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Chapter 3. Methods & Results

3.5 Analytic Mapping Deliberation

3.5.1 Objective Responses:

También según Elías, un profeta hebreo, Dios habla de una manera parecida a esa. Se nos dice que Elías presenció «un huracán tan violento que descuajaba los montes y resquebrajaba las rocas delante del Señor». Pero Elías se dio cuenta de que «el Señor no estaba en el viento», ni el terremoto ni en el fuego que se produjeron a continuación. Después del fuego, «se oyó una brisa tenue». Elías oyó que Dios le hablaba desde aquel silencio. O como traducía la versión inglesa tradicional de la Biblia: Elías oyó «la silenciosa voz» de Dios (1 Reyes 19,11-13).

Tal vez si nos esforzáramos por sintonizar con esa silenciosa voz comprobaríamos que susurra a nuestro alrededor y, lo que es más importante, dentro de nosotros mismos. Parker Palmer, ministro cuáquero, lo expresó así: «La vocación no procede de una voz “exterior” que me llama a convertirme en algo que no soy, sino de una voz “interior” que me llama a ser la persona que desde siempre estoy destinado a ser, para hacer realidad el yo original que Dios me asignó al nacer»4.

Ahora bien, ¿cómo podemos reconocer esa voz interior? Según el ministro protestante Frederick Buechner, Dios se comunica con nosotros a través de nuestros más profundos intereses y preocupaciones de seres humanos: «La llamada de Dios se produce en ese lugar donde se encuentran el hambre profunda del mundo y nuestro propio deseo profundo»5. Y una de mis amigas, al preguntarle cómo puede influir Dios en nuestras decisiones relacionadas con el empleo, afirmó que ella veía el dedo de Dios en nuestras habilidades y circunstancias: «Los dones y talentos que Dios nos ha dado son pistas que nos indican el plan de Dios para cada uno de nosotros». Otro amigo se expresó en términos parecidos, destacando como indicios las pasiones y los intereses que no solo nos motivan a nosotros para alcanzar la excelencia, sino que además afectan a todas aquellas personas que ven nuestra excelencia en acción: «Lo que estimula a una persona a rendir con un nivel de excelencia posee una cualidad espiritual que inspira, nutre y corrobora su trabajo... Comprobar que alguien demuestra poseer un talento extraordinario –por ejemplo, jugar al tenis, cantar, predicar, cuidar a un enfermo– me trae a la memoria la gracia de Dios y parece ser una forma realmente admirable de que esa persona utilice su tiempo y energía».

Cada vez que esa amiga comprueba que la excelencia humana está dedicada a un fin digno, ve actuar a Dios. También el poeta jesuita del siglo XIX Gerard Manley Hopkins encontraba la voz y la presencia de Dios en incontables encuentros de cada día: «Cristo juega en diez mil sitios, / bello en sus miembros, y bello a los ojos [que] no [son los] suyos»6.

Tal vez Dios habla también a través de nuestras circunstancias, de esos giros imprevisibles y, en ese sentido, inesperados– de la vida que finalmente convencen a todos, menos a los más obstinados de nosotros, de una verdad que el padre Ciszek aprendió durante los largos años que pasó en una prisión de la antigua Unión Soviética:

los seres humanos no controlamos tantos aspectos de nuestra vida como a veces nos imaginábamos cuando éramos jóvenes invencibles de veinte años. Aprendemos esta verdad a partir de la inolvidable predicción que hizo Jesús al apóstol Pedro: «Te lo aseguro, cuando eras mozo, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías. Cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras» (Juan 21,18). Algunos especialistas del Nuevo Testamento interpretan este melancólico versículo como una tentativa del autor del Evangelio de Juan de presentar el espantoso martirio de Pedro como una experiencia asumible para la joven e insegura comunidad cristiana.

En cualquier caso, ¿quién no ha vivido el misterio de Pedro, aunque sea en pequeña escala? Nosotros mismos somos conscientes de tener un control menor sobre nuestros destinos de lo que nos imaginamos en otro tiempo. Los planes de carrera no salen como esperábamos; nuestros cuerpos no responden como lo hacían en otro tiempo; las tragedias imprevistas, las muertes de personas a las que amábamos y los fracasos matrimoniales obligan a posponer sueños largamente acariciados. Algunos sueños no solo se posponen, sino que mueren.

Sin embargo, increíblemente se abren otras puertas y surgen otras posibilidades. Encontramos nuevas vías que nos permiten abrirnos paso en el mundo. Como Ignacio de Loyola, cuyos sueños de carera militar se hicieron añicos juntamente con su pierna, nos ponemos finalmente de pie y caminamos de nuevo. De hecho, mirado retrospectivamente, nuestro paso por la decepción y el trauma puede parecer un tiempo de gracia. Tuvimos dificultades para levantarnos de nuevo por nuestro propio coraje y determinación, pero no nos faltó un toque fortalecedor, como cuando Jesús sujetó con su mano la mano de una niña muerta, al tiempo que le decía: «“Talitha qum”, que significa “¡Niña, levántate!”» (Marcos 5,41). Efectivamente, nos levantamos, y en el transcurso de una etapa posterior de nuestra vida, a menudo caminamos más lejos y escalamos alturas superiores que antes ni siquiera nos habíamos atrevido a imaginar. Vemos que las grandes tragedias personales no solo traen dolor, sino a veces también semillas de nuestra propia resurrección.

¿Cómo debemos interpretar los cursos de nuestras vidas, a veces sorprendentemente dichosos y a veces decepcionantes, inesperados e impredecibles? ¿Qué sucede cuando la muerte o la ruina económica nos obligan a reconsiderar lo que esperamos de la vida; cuando los maestros o tutores encuentran y fomentan un talento que nosotros mismos desconocíamos poseer; cuando nuestro éxito supera nuestros sueños más salvajes; cuando los gestores dirigen nuestras carreras en direcciones escogidas al azar; cuando no nos ofrecen un trabajo que deseamos desesperadamente; cuando algunos amigos señalan oportunidades que nosotros desconocíamos totalmente, o cuando nos empeñamos en perseverar en una pasión personal sin demasiadas probabilidades de éxito? ¿Sirven todos estos casos simplemente para justificar el ingenio, la resiliencia, la fortaleza y la imaginación humanas? ¿O también actúa en ellos de una

manera inefable la mano de Dios que, como dice Hopkins, «juega en diez mil sitios, / bello en sus miembros, y bello a los ojos [que] no [son los] suyos»?

De acuerdo, pero ¿por qué no ambas cosas? Así es como yo interpreto a Ignacio de Loyola, el antiguo militar y capitán, personalidad de tipo A, que no obstante supo adaptarse para leer la voluntad de Dios en las sutiles incitaciones de las consolaciones y las desolaciones. Lo diré de otro modo, sirviéndome de uno de los grandes lemas de la espiritualidad jesuítica: «¡Encuentra a Dios en todas las cosas!».

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