Este ha sido quizás el punto más problemático en los análisis de la estructura productiva del agro pampeano. Como los censos no discriminan a las explotaciones según su organización social del trabajo, y tampoco los informes técnicos avanzan más allá de consignar -a veces- la cantidad de brazos necesarios para la explotación "tipo" de la zona que consideran, la mayor parte de los trabajos formulan impresiones generales o se ven impelidos a sustentarse en supuestos muy generales para precisar sus apreciaciones. Entre estos trabajos podemos diferenciar a los que destacan el carácter familiar de la mayor parte de la producción agrícola, aunque reconociendo que buena parte de las explotaciones hacían uso de asalariados para los momentos de mayor actividad (Campolieti, 1929; Flichman, 1977; Forni y Tort, 1992; Ansaldi, 1998), y los que enfatizan el papel de la mano de obra asalariada (Boglich, 1937; Frigerio, 1953; Pucciarelli, 1986; Sartelli, 1997).
Es en el texto de Taylor donde encontramos algunas descripciones precisas de la mano de obra presente en distintos tipos de explotaciones. En la zona maicera comenta de una estancia de 18.000 hectáreas, que trabajaba en forma directa 6.000 hectáreas, empleaba un encargado, su asistente y 28 asalariados (la mayor parte de la misma era dedicada a pasturas y producción ganadera, aunque también se sembraba algo de maíz). La superficie restante era trabajada por 105 arrendatarios; éstos, con explotaciones de 60 a 120 hectáreas, hacían un intenso uso de la mano de obra familiar, pero por su extensión también requerían de asalariados. Taylor también describe una estancia en la zona de invernada de 4.050 hectáreas (1.600 vacunos y 3.500 ovinos) que empleaba un mayordomo y 18 hombres, aunque en los últimos años, había reducido la dotación a once asalariados. Por otra parte, una explotación de 365 hectáreas en una colonia oficial en Artalejos, dedicada al ovino, era trabajada por el productor, su hijo adolescente y un asalariado, que lo empleaba hasta que su hijo pudiera reemplazarlo (Taylor, 1948: 361).
Para poder avanzar en la medición de la importancia dentro de la producción agrícola, de las distintas unidades discriminadas por la composición de su mano de obra, hemos trabajado en base a los datos del Censo de 1937 utilizando algunos supuestos.
Aclaramos de entrada que en el censo no se discrimina a las unidades por su organización social del trabajo. Entonces, la hemos estimado a partir del número total de explotaciones que contrataban asalariados fijos y la cantidad de estos trabajadores por partido, que es la única información que se editó sobre la mano de obra (en el Apéndice 1, Apartado 1, explicitamos los supuestos y el modo de estimación49).
Según nuestras estimaciones, la mayor parte de la agricultura de las tres zonas estaba organizada en base al trabajo familiar, en todo caso con el auxilio de uno o dos trabajadores asalariados permanentes. Entre el 67% y el 89% de la superficie agrícola de las tres zonas estaría a cargo de estas unidades basadas en la mano de obra familiar, en forma exclusiva o con el apoyo de un asalariado (o, a veces, dos). Sin duda, también tenían la colaboración de asalariados transitorios especialmente durante el mes de cosecha. Como veremos en el siguiente apartado, éstos eran particularmente importantes en las unidades medianas de la zona norte, donde la cosecha del maíz se realizaba por entero de forma manual. Sin embargo, la cosecha del resto de los cereales y del lino se había mecanizado gracias a la expansión del uso de cosechadoras de arrastre durante los años veinte. De este modo, el peso del trabajo asalariado transitorio se había reducido de un modo notable en la zona sur -y en menor medida en el oeste- ya que las innovaciones tecnológicas había permitido a la mano de obra familiar abarcar crecientes superficies agrícolas.
Si analizamos las estimaciones con mayor detalle (Cuadro 1.17), se observa que, como común denominador, en las tres zonas las explotaciones familiares con el auxilio de uno o dos asalariados se hacían cargo de alrededor de un 40% de la superficie cultivada. Era en la organización del trabajo del área restante donde existían diferencias.
49 La base de la estimación se estructuró a partir de asociar el tamaño de las explotaciones con la contratación de asalariados en forma permanente. Si bien esto contradice el postulado explicitado en la Introducción, de no asociar directamente dimensiones de distinto orden, creemos que, como explicamos en el Apéndice 1 (Apartado 1), alterar levemente este supuesto no altera sustancialmente las estimaciones realizadas.
En la zona norte predominaba la agricultura realizada en explotaciones basadas exclusivamente en la mano de obra familiar: las unidades sin asalariados permanentes tenían el 52% de la superficie agrícola de esta zona50.
Cuadro 1.17.
Distribución de la superficie agrícola según la organización social del trabajo, 1937 zona norte zona oeste zona sur
Familiar 43 % 38 % 28%
Familiar con asalariados transitorios ** 9 % 3 % -
Familiar con asalariados (1 o 2 asal. permanentes) 36 % 39 % 39 %
Empresarial pequeño (3 a 5 asal. permanentes) 7 % 19 % 33 %
Empresarial mediano o grandes (más de 5 asalariados permanentes)
4 % * *
* no ha sido posible distinguir a las unidades con tres o más asalariados en las zonas oeste y sur. ** Unidades con asalariados transitorios al momento de realizarse el Censo (30 de junio) Fuente: Estimaciones propias en base a los datos por partido del Censo Agropecuario de 1937.
En la zona sur (más allá del peso de los que contrataban uno o dos asalariados) se destacaba la agricultura realizada en unidades con tres a cinco asalariados permanentes: concentraba el 33% de la superficie agrícola de la zona. En este tipo de explotaciones, además del trabajo asalariado, en muchos casos, se agregaban uno o dos trabajadores familiares, por lo que las podríamos caracterizar como unidades empresariales pequeñas. Sin embargo, en la superficie estimada se encuentran también sumadas las unidades que contrataban un mayor número de asalariados, pero que no las hemos podido diferenciar51. En el otro extremo, las explotaciones estrictamente
familiares estarían dando cuenta del 28% de la superficie sembrada en la zona sur.
50 Aquí sumamos el 43% que ocupaban las unidades sin ningún tipo de asalariados, y el 9% que tenían las explotaciones que tenían al menos un asalariado transitorio al momento de efectuarse el censo.
51 No ha sido posible distinguir a las unidades de más de 625 hectáreas, por lo tanto tampoco se pudo diferenciar internamente a las explotaciones con más de tres asalariados. Sin embargo, por toda la información recogida a través de los testimonios orales y fuentes escritas, suponemos que la mayoría de la agricultura era realizada en unidades con tres a cinco asalariados permanentes, y no en explotaciones con seis o más asalariados permanentes.
Por último en la zona oeste, las unidades familiares que no contrataban asalariados en forma permanente tenían un 41% de la superficie sembrada en esta zona52. En cambio, las explotaciones empresariales sólo concentraban el 19% de dicha
área.
En síntesis, en las tres zonas la mayor parte de la agricultura se encontraba en manos de distintos tipos de unidades familiares capitalizadas. Por un lado, explotaciones con un elevado nivel de mecanización que se basaban casi exclusivamente en el trabajo familiar (al que incorporaban un par de asalariados temporarios al momento de la cosecha), pero que, como veremos en el siguiente apartado, gracias a las maquinarias podían trabajar importantes extensiones. Por otro lado, unidades también basadas en el trabajo familiar pero con un nivel de mecanización más básico y que debían recurrir a contratistas para la cosecha y/o la trilla. Por último, en los dos extremos de las unidades familiares encontramos pequeñas unidades que trataban de realizar la mayor parte de las labores sin contratar nunca asalariados, y explotaciones basadas en la mano de obra familiar pero a la que agregaban un par de peones permanentes, y a veces algunos temporarios, y que con niveles de mecanización muy significativos, desarrollaban la agricultura en grandes extensiones.
Para poder comprender la simultaneidad del predominio de las unidades familiares en un contexto de explotaciones con importantes extensiones53, es que
debemos analizar con detalle el proceso de mecanización que se había desarrollado en la agricultura pampeana desde fines del siglo XIX, prestando especial atención a su incidencia en la organización social del trabajo. Si bien el siguiente apartado puede resultar un tanto detallista en la descripción de las maquinarias, consideramos que resulta imprescindible para, por un lado, desterrar ciertas imagenes de un agro escasamente mecanizado y con productores cuasi-campesinos, y por el otro, para resaltar el impacto, sobre las formas sociales de producción, de la difusión de la
52 Sumando el 38% sin asalariados y el 3% con asalariados temporarios.
53 Especialmente en la zona sur, pero también en el oeste (donde el 60% de la superficie agrícola estaba en unidades de más de 200 hectáreas). Incluso el 52% de la superficie agrícola de la zona norte se encontraba en explotaciones de más de 100 hectáreas.
cosechadora de arrastre en los años veinte y treinta, cuestión un tanto descuidada en la literatura especializada.
5. 4. La mecanización de la agricultura pampeana
En líneas generales puede afirmarse que la agricultura pampeana se desarrolló desde finales del siglo XIX con un muy alto nivel de mecanización. Aunque se mantuvo la tracción animal, todas las labores fueron rápidamente mecanizadas, con la excepción de la cosecha del maíz. Las enormes extensiones cultivadas (las unidades eran mucho más grandes que las de la mayoría de las otras regiones agrícolas del planeta) y la escasez de brazos determinaron que fuera no sólo costoso sino materialmente imposible realizar las labores de modo manual, tal como lo analizara Sartelli (1997).
A continuación describimos la mecanización en cada una de las diferentes labores.
Roturación y siembra
En cuanto a las labores de roturación, en la región pampeana, desde fines del siglo XIX asistimos a un reemplazo del arado de mancera tirado por bueyes, por el arado de asiento con dos rejas impulsado por caballos54. Esta transformación en la
técnica de roturación redujo el requerimiento de trabajo de 4,9 días/hombre por hectárea en 1872, a sólo 0,6 días/hombre en 1904 (según estimaciones realizadas por Frank, 1970). Además, en la década del veinte encontramos una incipiente incorporación de tractores (la arada con tractores y cuatro rejas reducía el tiempo de arada de una hectárea a 1,5 horas, según Coscia y Cacciamani, 1978: 9). Algunos de estos tractores, que tenían ruedas de metal, eran adquiridos solos y otros venían con las trilladoras nuevas (a kerosene) que unos pocos productores compraron en los años veinte. Según los testimonios que hemos recogido, los tractores resultaron poco eficaces ya que se rompían muy frecuentemente y por lo tanto su difusión fue escasa hasta la década del cuarenta. Sin embargo, tampoco debe inferirse que los tractores eran tan extraños en el agro pampeano, especialmente en algunas zonas. Por ejemplo, en 1928, en Tres Arroyos había un tractor cada cinco explotaciones según nuestros cálculos basados en el registro de la editorial Kraft (1929)55. Pero en el conjunto de la provincia de Buenos Aires sólo
había en 1937 8.481 tractores ubicados en 7.698 explotaciones. Frente a un total de 108.649 explotaciones en la provincia, tenemos que sólo el 7% de los establecimientos estaban tractorizados, con un promedio de 1,1 tractores en cada uno de ellos.
En cuanto a la siembra, en un primer momento se sembraba "a maleta" (con una bolsa desde arriba del caballo), pero rápidamente se introdujo el uso de las sembradoras tiradas por caballos.
La cosecha fina
54 Entre nuestros entrevistados, muchos recordaban que sus padres o abuelos comentaban que a fines del siglo pasado y principios de éste se araba con arados de mancera, o al menos esta era la herramienta con que comenzaban las labores los que recién se insertaban en la producción agrícola de la zona. El uso de los arados de dos rejas con asientos aparece en nuestros relatos hacia la década del diez y algo más tarde el empleo de los de tres rejas. 55 Hemos acotado el análisis cuantitativo de la información consignada en esta fuente a los
productores con explotaciones mayores de 50 hectáreas y menores de 3.000, debido a que sólo en esta escala parece poseer representatividad del conjunto de los productores del Partido. Por razones de espacio no podemos explicitar aquí nuestro análisis de la representatividad del relevamiento efectuado por la editorial Kraft. El mismo se encuentra en Balsa (1994a).
En el caso de la cosecha de los cereales finos, las actividades de segado y de trilla evidenciaron importantes progresos en las primeras décadas del siglo XX. Cabe aclarar que prácticamente desde el comienzo de la expansión agrícola estas actividades se realizaron de forma mecánica56. Según las estimaciones de Frank (1970: 4) se
requerían ocho días de trabajo con hoz o cuatro con guadaña para segar una hectárea de trigo. En cambio, una segadora cortaba cuatro hectáreas en un sólo día. Por lo tanto, desde fines del siglo XIX se segaba estos cereales con una segadora57. En torno al
cambio de siglo, se las reemplazó por las espigadoras58 que poseían un elevador que
depositaba el cereal en una chata que la seguía al costado (Frank, 1970: 7)59. Tanto en
las entrevistas como en Miatello (1904) se describe la presencia de siete trabajadores en torno a la espigadora60. Otra modificación de las actividades de segado ocurrió con la
introducción de las atadoras, que incorporaban un sistema automático de atado en gavillas del cereal61.
56 Incluso Adelman (quien evalúa la mecanización agrícola existente hasta 1914 como atrasada en relación con Canadá) opina que en las máquinas para cosechar el trigo no existía este atraso (Adelman, 1989: 440-447).
57 Estas máquinas cortaban al cereal y lo iban tirando al costado, excepto que se les adosase una plataforma donde varios peones fueran cosiendo gavillas. Luego se lo recogía y llevaba con rastras hasta donde estaba, o iba a estar, la trilladora.
58 Las espigadoras también eran denominadas cortadoras Tanto los productores entrevistados, como Estancias y chacras (Kraft, 1929) utilizan esta denominación para las máquinas de segado que no ataban al cereal ni lo trillaban. El término resulta ajeno a la bibliografía de la época. Podemos suponer que se debería referir a las espigadoras, ya que su difusión, según los relatos, fue posterior a la primera década de nuestro siglo.
59 Las espigadoras tenían una cuchilla más ancha que las segadoras y que, además, recogía sólo las espigas de trigo.
60 Estas máquinas requerían de un sólo hombre que las condujese y de seis a diez caballos que la propulsasen según el tamaño de su plataforma de corte. Pero además se necesitaban unos tres chateros y un pistín para transportar el cereal, además de un emparvador y un ayudante, ya que, por lo general, en espera de la llegada de la trilladora se emparvaba el cereal para evitar los efectos de las inclemencias climáticas. Seguramente, en explotaciones de dimensiones reducidas, algunas de estas labores podían escalonarse en el tiempo, reduciendo la cantidad de hombre necesarios.
61 En general iban dos hombres en esta máquina: un conductor adelante y uno atrás para que atara manualmente por si fallaba el sistema de atado (el "pajarito"). Se necesitaban, además, dos peones para llevar las gavillas con rastras, dos amontonadores, un horquillero y un emparvador.
Por su parte, si bien en un comienzo se utilizó la trilla "a pata de yegua" (Frank, 1970), hacia fines de siglo las trilladoras a vapor se impusieron definitivamente. En un principio eran trasladadas con bueyes pero ya en este siglo eran autopropulsadas por su motor. Se instalaban en un lugar del campo y trillaban todo el cereal que, por lo tanto, había que llevarlo hasta allí62. Estas enormes máquinas requerían del trabajo duro y
constante de alrededor de 20 a 25 hombres. Se necesitaban varios carros para transportar el cereal hasta la trilladora, es así que se veía avanzar por los campos pequeñas formaciones que, como trenes, eran impulsadas por el motor a vapor y avanzaban a paso de hombre.
Durante la década del veinte aparecieron trilladoras más chicas y a kerosene. Estas requerían de siete a once personas y su tractor era utilizable en la tracción de herramientas agrícolas (arados, atadoras, etc.). Era móvil, así que no se emparvaba sino que se trasladaba la trilladora hasta donde estaba el cereal en pequeños montículos. Sin embargo, este modelo de trilladora tuvo escasa difusión, ya que, como veremos, en esa misma década se extendió el uso de la cosechadora.
Luego de la trilla, de la que salía el cereal embolsado, el último paso era, o bien apilar el cereal en los galpones, o transportarlo hasta la estación63. Según la importancia
económica de los agricultores era el tamaño de sus galpones. Para los trabajos de acomodar las bolsas dentro de ellos se contaba con la mano de obra asalariada contratada para la cosecha. Aquellos medianos chacareros que poseían galpones trataban de realizar esta labor con sus hijos y ahorrarse el gasto de los salarios, sobre todo si la cosecha no había sido buena.
62 La trilladora constaba de un motor a vapor, con una caldera calentada a paja, y de la trilladora propiamente dicha, a la que el motor transmitía su fuerza a través de una cinta. Dos elementos la perfeccionaron: un tubo de salida que directamente formaba las eras con la paja (antes había que hacerlas manualmente) y un embocador que ahorraba mano de obra (inventado, según los entrevistados, en Tres Arroyos).
63 El transporte hasta la estación se hacía en carros o, excepcionalmente y hacia finales de la década del veinte, en camiones. Si la distancia a la estación era pequeña, muchos agricultores realizaban el traslado personalmente. Si en cambio estaba más distante o carecía de carros, lo hacía un carrero. Los carros eran grandes, transportaban 120 a 180 bolsas. Algunos grandes productores habían adquirido camiones para realizar esta tarea.
Este desarrollo tecnológico se correspondió con modificaciones en la organización social del trabajo. En un primer momento, la agricultura se desenvolvió en base a medieros (o "medianeros") y encargados asalariados alentados o contratados por mayordomos, administradores, terratenientes ganaderos, almaceneros o agricultores connacionales. El que así comenzaba utilizaba herramientas de escasísimo costo (muchas de ellas facilitadas por el que otorgaba el campo): se roturaba con arado de mancera o de una reja, se sembraba a maleta y se segaba con una segadora. Había muy pocas trilladoras en cada partido y había que esperarlas, por lo tanto se emparvaba inevitablemente. Las extensiones cultivadas eran pequeñas, de 50 o 100 hectáreas en la zona sur e incluso menores en el norte y el oeste, y se realizaban las labores con la mano de obra familiar, con excepción del trillado que lo realizaba un contratista con asalariados al que se le pagaba por bolsa y en dinero.
A medida que la agricultura se extendió y los medieros se convirtieron en arrendatarios y se capitalizaron, el proceso de mecanización se incrementó. Los agricultores poseían ahora arados de una o dos rejas, sembradoras y atadoras. Extendieron progresivamente la superficie cultivada hasta las 200-400 hectáreas (especialmente, en la zona sur) e incorporaron algún asalariado para la arada (sobre todo si sus hijos eran todavía pequeños64) y otros más para la cosecha. La actividad de
trillado continuaban realizándola equipos de contratistas externos, con excepción de las chacras o estancias que poseían sus propias trilladoras.
Pero la transformación social más significativa en relación con la cosecha se dio al incorporarse las cosechadoras: una misma máquina segaba y trillaba el cereal en una sola operación.
64 En la zona sur, al menos, muchos de los inmigrantes llegaron con una edad de 15 a 25 años entre 1905 a 1920. Por lo tanto sus hijos tuvieron 15 años recién durante la década del veinte o del treinta.
La incorporación de las cosechadoras de arrastre
En las décadas del diez y comienzos del veinte, algunos pocos agricultores