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Entre la pueril resistencia anárquica que brega por utópicas ensoñaciones y los vetustos modos autoritarios que proponen un orden policial, el proceso civilizatorio recicla sus repetidas crisis. Hoy, la brecha económica, la manipulación de conciencia, la falta de condiciones equitativas para el desarrollo, han terminado de consolidar un cuadro desalentador. Una inalterable realidad donde el discurso de los derechos ha desplazado la lucha por la igualdad. Un ámbito opaco donde la llamada libertad positiva está capitulando frente a la arrogancia de quienes se dicen defensores de la libertad negativa.

Vivimos tiempos complicados. Somos testigos de una época donde un conjunto de obligaciones universales se han ido instalando más allá de las culturas, las religiones

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y los intereses comerciales. Esto es así, curiosamente, aun cuando no hay lealtades; aun cuando casi ni quedan valores y/o certezas confiables. Los cimientos del Estado-Nación están siendo corroídos por fuerzas económicas globales que operan centrífugamente y sin domicilio fijo. La resiliencia del Estado-Nación tiene lugar en momentos en que los desafíos ambientales, comerciales, del terrorismo global superan su capacidad de respuesta. En la era de las comunicaciones, no solo el capital se organiza y muda su residencia más rápido y eficazmente que las fuerzas del trabajo. Tal como sucedía en las postrimerías de la Edad Media y en los albores del Renacimiento, el Derecho – especialmente el derecho internacional de los derechos humanos, traspasa las fronteras y derriba los prejuicios tribales sin ninguna vacilación16.

La política, inevitablemente, se lo ha destacado en el ámbito de lo local. Contrariamente, vivimos en un mundo cada vez más desarraigado y fuera de su eje. Compartimos un tiempo donde la lógica económica ha hegemonizado los modos reflexivos sobre cómo se auto-percibe una racionalidad que ha abandonado al sujeto. Si toda acción se basa en la elección y, si toda elección se sostiene por defecto de verificadas preferencias, desde el punto de vista de un observador neutral es plausible, los complejos mecanismos y tiempos de la política parecen ser hoy ilógicos o inadmisibles.

Sea como fuere, nos tocan vivir tiempos difíciles. Ciertamente, además, compartimos la transformación escatológica de una psicología colectiva que, muy a menudo, no para de victimizar a quienes son responsables de sus propias desgracias. Una forma de pensar que enfatiza la protección de algunas diferencias aunque al mismo tiempo fulmina aquellas que no se someten a sus determinaciones. Una psicología vulnerable, masificada y, a la vez, tan prepotente como compulsiva con las diferencias. Un modo inclemente de disciplinar cualquier disciplina que cuestione el (des)orden desatado. Un pensamiento que definitivamente resiste a quien resiste su hegemonía.

Tal lo dicho, entonces, la deconstrucción de nuevas identidades auto-interesadas, no ha dejado de erosionar los supuestos prácticos de la ciudadanía sino que ha afectado la idea misma de democracia. La misma, se encuentra hoy loteada por grupos organizados que, paradójicamente, usan sus procedimientos para impugnar sus principios y fines. Si el pueblo queda reducido a una acumulación estadística, a la reconstrucción cuantitativa de individuos eternamente divisibles en nuevas e infinitas identidades descartables, como es lógico, la política democrática pierde sentido.

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Por otra parte, es otro dato de la realidad, la técnica se nos ha escapado de las manos17. Y en la tendencia, la enseñanza de la “game-theory”, por ejemplo, ha venido

desplazando la educación cívica. Porque, claro, si toda acción se basa en la elección, y si toda elección tiene que anclarse en preferencias, las cuales, como es lógico, son analizadas desde el punto de vista de un agente maximizador de la utilidad económica, así las cosas, es pleno, una supuesta valoración “neutral” de beneficios y cargas habrá de administrar una aritmética fungible de resultados intercambiables. En esta lógica, de suyo, la sumatoria de cocientes abstractos de bienestar suplanta el cuerpo de creencias, valores e intereses colectivos que, entre otras cosas, alguna vez dieron sentido al concepto de “bien común”.

Más allá del fenómeno ecuménico de expansión de la economía capitalista y sin desconocer la proliferación de regímenes políticos apoyados en constituciones liberales en todos los continentes, la verdad es que la fragilidad de las condiciones domésticas e internacionales de justicia desatan consternación y preocupación general. Así las cosas, la precariedad de la paz universal resulta hoy un dato omnipresente e incontrastable. Como en esos retratos distópicos de ciencia ficción, entonces, estamos asistiendo a la mansa muerte del homo-sacer. En sus exequias, asistimos a un tiempo post-metafísico donde atávicos modos de situarse en el mundo están colapsando. Estamos presenciando también la concurrente agonía del naturalismo, del positivismo y hasta del materialismo. Y ciertamente, también está languideciendo el sentimiento religioso en diversas geografías del planeta y en amplias franjas de la población.

Si la política necesita tiempo y, precisamente, el hombre contemporáneo no lo tiene, está claro, el tiempo que sobre, si en realidad lo hubiere, es un tiempo para el esparcimiento. El tiempo que le quede, de tal suerte, se traduce en dinero o es mero tiempo de entretenimiento. Y el dinero cuesta. La distracción también cuesta. Cuando no hay tiempo ni condiciones comunitarias para hablar en el espacio público, ciertamente, militar

17 Dado el momento de la historia, en una conferencia en Leipzig, el 1 de diciembre de 1944, Schmitt abordó un tema que parecía absurdo. Este autor se puso a analizar la distancia entre romanistas y germanistas al concentrar sus reflexiones en torno al tema de la “filosofía jurídica europea”. Más allá de los detalles de

erudición, Schmitt está preocupado por algunos aspectos menos superficiales de la presentación. Esto es, lo que está pensando trasciende la dicotomía así planteada y apunta a desnudar el vínculo que la filosofía jurídica europea ha sabido establecer entre justicia y orden político. Schmitt, en este sentido, advierte el verosímil y lamentable hecho en cuanto que la disposición de armas y tecnologías poderosas la prepotencia de la ciencia, iba a poder caer en manos de cualquier gobernante inescrupuloso. Algo que, sin duda, aflige a cualquier individuo sensato. Por eso, en su crítica, se vislumbra un interesante llamado de atención. Lo que está intentando rescatar es un incentivo que hoy está completamente ausente. Su advertencia invita a cuidar las arcanas enseñanzas del Derecho y por esto mismo, es que se vuelve también fundamental repasar (reconfigurar) el vínculo que alguna vez comunicó el Derecho con la Política.

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por los valores y los principios –actuales y futuros– de la Constitución, es una pretensión fuera del radar del presente.

Estamos desorientados. En este presente post-político, irracionales maneras de aislamiento e indiferencia entre las personas, están siempre justificadas. Desde la televisión y las redes sociales, solo algunos expertos –en economía, en derecho, en neuro- ciencias, tal vez–, son convocados para administrar verdades, son responsables de determinar demoscópicamente las preferencias estadísticas relevantes. En resumidas cuentas, decretado el deceso de la Política, no solo se ha decidido enterrar un modo de entender y defender la Constitución. Con ello, las abatidas ideologías están recibiendo también su elogio fúnebre. Se están despidiendo a los “grandes relatos”, a todos los lenguajes y narrativas que alguna vez sostuvieron la idea de comunidad política y del autogobierno. En esta instancia, el llamado pensamiento único se encuentra hoy colmando el programa de su legalidad intrínseca.

Sea como fuere, algunas cosas siguen pasando. Algunas intuiciones y vivencias todavía no han logrado ser demolidas. Por caso, en el ámbito constitucional al menos, la

querelle entre Política y Derecho todavía no se encuentra completamente saldada. Ante la espectacularidad de la creación y ante el conflicto constitucional que siempre revive, por ejemplo, el magisterio de la actividad Política suele recobrar vigor. Aquí sucede lo que Ranciére sintetiza bajo el título del escándalo de la política. Ese suceso permanente que no es otra cosa que un escándalo a partir de la igualdad. Vale decir, el “escándalo de la política es la igualdad de cualquiera”, como lo afirma el nombrado18.

A guisa de conclusión, propongo una idea final. Algo interesante que nos dejó una pensadora de fuste. Un legado específico de alguien que, sin esquivar los nudos de los grandes problemas de la filosofía, invitaba empero a reflexionar sin barandas; sin apoyaturas de donde sostenernos. Alguien que se atrevía a pensar con otros. Con relación a la resiliente actividad política, entonces, Hannah Arendt supo esclarecer y decir palabras esenciales. Arendt, por ejemplo, supo marcar la diferencia entre propósito, fin, meta y sentido en la Política19. Y esto es muy importante e iluminador.

No hay que olvidar que el sujeto –agente de los valores y conquistas del constitucionalismo–, antes de ser un sujeto de derecho –o un maximizador de su propio

18 Ranciére, Jacques, El Odio a la Democracia,Amorrortu Editores, Buenos Aires, 2000, p. 71.

19 A diferencia de la meta o el fin, sostiene Arendt que el “sentido de una cosa está siempre encerrada en

ella misma”. Y el sentido de la Política no es otro que la Libertad. Cfr. Arendt, Hannah, ¿Qué es la Política?,

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beneficio–, alguna vez, supo ser un sujeto histórico. Fue un sujeto consciente de su libertad. Un sujeto que voluntariamente decidió hacer Política como expresión de esa libertad. Eso, claramente, está patente en la letanía de la pensadora. Mis reflexiones acompañan esta sensibilidad. Por eso, concluyo restituyendo unos interrogantes sensatos. Preguntas simples. Quizás, la imagen del ciudadano todavía no se ha extinguido del todo y es probable tal vez, que el lector esté entendiendo de lo que le estoy hablando. Preguntémonos entonces, ¿es la igualdad, la libertad y el bien común, parte de un espejismo devenido irreal? ¿Se trata de partes de un decorado ya perimido e irrecuperable? ¿O se trata acaso de un recuerdo fecundo del sentido de la Política que todavía merece atención?

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