7. World Vision Program Implementation
7.1 Observations at different delivery points
Este evangelio que acabamos de escuchar pertenece al mismo sermón que oímos el domingo pasado y presenta el núcleo de la enseñanza de Jesús. Al igual que el domingo pasado, también en este la enseñanza de Jesús no es algo completamente nuevo. El respeto y el buen trato hacia los demás es algo que está, como decíamos hace una semana, en el patrimonio moral común de la humanidad. E, incluso entre los judíos, el rabino Hillel había sintetizado toda la ley en una expresión: “no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti”. Pero Jesús dice más.
1 – Amarás
El evangelio de hoy presenta una primera parte que, además de usar repetidamente la palabra amor, se abre y se cierra con la misma expresión: amad a vuestros enemigos, haced el bien (v. 27 y 35); y en el centro de toda esta parte está la denominada “regla de oro”: lo que
queráis que os hagan los hombres, hacédselo vosotros igualmente (v. 31). Como podemos observar, la
expresión de Jesucristo está en forma positiva, es decir es mucho más abierta y amplia que la forma negativa de no hacer a los demás lo que no queramos que nos hagan a nosotros. No se trata simplemente de no matar, no robar, etc. sino de hacer positivamente el bien. La expresión de Jesús responde mejor a la naturaleza del amor, ya que de suyo el amor es pro-activo, busca de actuar, de intervenir. “Bonum diffusivum sui” enseña la filosofía: el bien es, de suyo, expansivo. Obrando como Jesús dice entonces imitamos a Dios, el Bien Supremo: seréis hijos del Altísimo. Y, para abundar más hemos de observar cómo Jesús introduce toda esta enseñanza reclamando la atención de los oyentes: a vosotros que escucháis
os digo…
A continuación de esa primera parte Jesús añade otros elementos como para movernos más a obrar, brinda razones por las cuales nos muestra que nos conviene obrar así. Las razones que pone son dos: imitar al Padre celestial: sed como el Padre, y además porque obrando así nos aseguramos el perdón y un juicio más benigno, al mismo tiempo que la abundancia de las gracias: dad y se os dará.
Al igual que el domingo pasado lo que tenemos aquí es una presentación del programa y de la acción de Jesús. Lo que Jesús enseña aquí con la palabra es lo que después va a enseñar con el ejemplo. No por casualidad es san Lucas quien recuerda aquellas palabras de Jesús colgado de la cruz: Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen (23,34). O sea, Cristo nos invita, incluso más, nos exige seguirlo. Pero he aquí el problema, ¿cómo podemos hacer para seguirlo? ¿de dónde sacar las fuerzas para emprender ese camino?
2 – La Liturgia: fuente de energía
El domingo pasado hablamos de la oración. Y este es uno de los medios para alcanzar luz y fuerzas. Pero hay otro que es la participación en el Misterio de Cristo, o sea la Liturgia. Y esta es otra de las maneras con que el Espíritu Santo interviene. “La contemplación es unión con la oración de Cristo en la medida en que ella nos hace participar en su misterio. El misterio de Cristo es celebrado por la Iglesia en la Eucaristía; y el Espíritu Santo lo hace vivir en la contemplación para que sea manifestado por medio de la caridad en acto” (2718).
La Liturgia cristiana tiene un carácter especial, ya que no sólo recuerda los acontecimientos que nos salvaron, sino que los actualiza, los hace presentes. “El Misterio pascual de Cristo se celebra, no se repite; son las celebraciones las que se repiten; en cada una de ellas tiene lugar la efusión del Espíritu Santo que actualiza el único Misterio” (1104).
Y nosotros necesitamos de esa Efusión del Espíritu Santo para llegar a imitar al Padre como nos pide Jesús y como el nos lo muestra con su ejemplo. El domingo pasado hablamos de con-formarnos a Cristo, adquirir la misma forma, podríamos decir adquirir la misma actitud, los mismos criterios. Esto lo hace el Espíritu Santo: “la finalidad de la misión del Espíritu Santo en toda acción litúrgica es poner en comunión con Cristo para formar su Cuerpo. El Espíritu Santo es como la savia de la viña del Padre que da su fruto en los sarmientos. En la Liturgia se realiza la cooperación más íntima entre el Espíritu Santo y la Iglesia…El fruto del Espíritu en la Liturgia es inseparablemente comunión con la Trinidad Santa y comunión fraterna” (1108). Escuchemos bien: el fruto del Espíritu en la Liturgia es inseparablemente comunión con la Trinidad Santa y comunión fraterna. O sea, es comunión fraterna porque es comunión con la Trinidad.
Evidentemente, para adquirir la misma actitud y las mismas disposiciones de Cristo, es necesario que abandonemos, nos desvistamos de aquellos hábitos y costumbres viciosos y nos revistamos de los hábitos y costumbres de Cristo, que dejemos de ser hombres terrenos como Adán y que seamos hombres celestiales o espirituales como Cristo (cf. 2ª lect.), o sea que se realice en nosotros una auténtica trans-formación.
3 – Epíclesis: invocación que transforma
Y aquí hay una relación muy estrecha con la liturgia, ya que en ella se realiza la más maravillosa de las transformaciones: “Preguntas cómo el pan se convierte en el Cuerpo de Cristo y el vino… en Sangre de Cristo. Te respondo: el Espíritu Santo irrumpe y realiza aquello que sobrepasa toda palabra y todo pensamiento…” (san Juan Damasceno en 1106).
Para expresar este momento y esta acción existe una palabra técnica: Epíclesis. Es una palabra griega que significa “invocación sobre”. El momento de la Misa en que esto se realiza es cuando el sacerdote extiende sus manos sobre las ofrendas, como cubriéndolas, poniéndolas sobre, como haciendo implícita referencia al misterio de la Encarnación: el
nacer será santo… (Lc 1,35). En la Misa “la Epíclesis es la intercesión mediante la cual el
sacerdote suplica al Padre que envíe el Espíritu santificador para que las ofrendas se conviertan en el Cuerpo y la Sangre de Cristo y para que los fieles, al recibirlos se conviertan ellos mismos en ofrenda viva para Dios” (1105).
El catecismo insiste en este segundo aspecto: “La Epíclesis es también oración por el pleno efecto de la comunión de la asamblea con el Misterio de Cristo… La Iglesia pide al Padre que envíe el Espíritu Santo para que se haga de la vida de los fieles una ofrenda viva a Dios mediante la transformación espiritual a imagen de Cristo, la preocupación por la unidad de la Iglesia y la participación en su misión por el testimonio y el servicio de la caridad” (1109). Es lo que el celebrante entiende referir cuando dice la gracia de nuestro Señor
Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con vosotros; o sea que estos
elementos, gracia, amor y comunión, permanezcan y den frutos más allá de la celebración eucarística.
Por eso es que “junto con la Anámnesis, la Epíclesis es el centro de toda celebración sacramental, y muy particularmente de la Eucaristía” (1106). Es decir que junto con la referencia a las intervenciones salvíficas de Dios en la historia, con el ‘recuerdo’ de lo que Cristo ha hecho por nosotros (que es lo que expresa la palabra anámnesis; cf. 1103), al mismo tiempo imploramos, o mejor dicho ‘invocamos sobre’ las ofrendas y sobre nosotros la acción del Espíritu Santo para que lleguemos a ser como Cristo y cumplir con el mandamiento del amor como Jesús nos enseñó sobre la cruz.
4 – Conclusión
Para terminar, quisiera recordarles el ejemplo de santa María Goretti, aquella niña asesinada a los 13 años por un hombre enfermo de la pasión. Cuando se le preguntó, durante su agonía luego de haber recibido varias puñaladas, si perdonaba a su asesino, la respuesta de ella expresa su inocencia y la profunda comprensión del mensaje evangélico. Ella dijo: “certo che perdono Alessandro” = por supuesto que perdono a Alessandro (certo = como diciendo ‘mire la pregunta que me hace, por supuesto que lo perdono’) y añadió “y lo quiero junto a mí en el Paraíso”. El mismo asesino, varias décadas después del episodio, siendo ya anciano y próximo a la muerte, escribió: “el perdón de Marietta me ha salvado”.
Que María Santísima que, aceptando la acción del Espíritu Santo sobre ella, dio lugar al amor el Padre y dio el fruto más precioso sobre esta tierra, nos alcance la gracia de disponernos como ella.
CatIC 1830-1832.2669-2672.2683-2690 C-8
Lc 6,39-45 / Sir 27,4-7 / Sal 92 / 1Co 15,54-58
FRUTOS
El evangelio que acabamos de escuchar pertenece al mismo sermón de Jesucristo que venimos siguiendo desde hace dos domingos. Hace dos semanas el texto nos señalaba dos caminos con las características que poseen quienes recorren cada uno: bienaventurados… ay
de vosotros… La semana pasada nos fue señalado el objetivo al que debemos apuntar: sed como el Padre celestial. Este de hoy nos señala los elementos que nos son necesarios para
recorrer el camino y conseguir el objetivo apuntado.
1 – El Espíritu de Verdad os guiará
Jesús emplea aquí un vocabulario tomado de la tradición de los antiguos sabios, de la llamada “literatura sapiencial” y entonces habla de la necesidad de un guía o maestro; luego de la necesidad de ver las cosas en su justa medida: saca primero la viga de tu ojo…; y de la escala que nos permitirá medir si estamos haciendo bien las cosas: cada árbol se conoce
por sus frutos… Concretamente ¿quién y cómo nos puede ayudar en esto?
El primero y principal que interviene en esta tarea es el Espíritu Santo: El Espíritu de la
Verdad os guiará hasta la verdad completa (Jn 16,13). ¿Cómo realiza esto? Lo hace a través de sus
particulares regalos o “dones”: “la vida moral de los cristianos está sostenida por los dones del Espíritu Santo. Estos son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir los impulsos del Espíritu Santo. Los siete dones del Espíritu Santo son: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios… Completan y llevan a su perfección las virtudes de quienes los reciben…” (1830-1831).
Como consecuencia de esa acción del Espíritu Santo en nuestros corazones se hace realidad el objetivo de la vida espiritual que es, como vimos el domingo pasado, ser como el
Padre: Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios (Ro 8,14).
Y su acción alcanza una consumación en determinadas acciones morales que en razón de su perfección son llamados “frutos del Espíritu Santo”, como el fruto es lo más acabado que brinda el árbol: “Los frutos del Espíritu son perfecciones que forma en nosotros el Espíritu Santo como primicia de la gloria eterna” (1832). San Pablo los enumera en su carta a los Gálatas: caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad,
mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad (5,22-23).
2 – Ven, Espíritu Santo
Evidentemente, en base a lo que hemos dicho, se hace completamente necesario prestar atención, escuchar qué nos dice e invocarlo asiduamente para que no seamos ciegos y para
que veamos correctamente. “Por eso, la Iglesia nos invita a implorar todos los días al Espíritu Santo, especialmente al comenzar y al terminar cualquier acción importante” (2670). El mismo Jesús “insiste en esta petición en su Nombre en el momento mismo en que promete el don del Espíritu de Verdad” (2671). Cuatro veces en el “Sermón de la Última Cena” Jesús hace referencia al envío del Espíritu Santo a sus discípulos (cf. Jn 14,16.26; 15,26;16,13) y se lo reitera a los discípulos antes de ascender a los cielos (cf. He 1,4).
Por eso dice el catecismo: “el Espíritu Santo, cuya unción impregna todo nuestro ser, es el Maestro interior de la oración cristiana. Es el artífice de la tradición viva de la oración. Ciertamente hay tantos caminos en la oración como orantes, pero es el mismo Espíritu el que actúa en todos y con todos…” (2672).
Para comprender perfectamente esta mención del catecismo es necesario que recordemos el profundo significado que tiene la “unción” realizada con el santo crisma en el bautismo, la confirmación y la consagración sacerdotal. Pero como podemos captar quizá mejor lo que significa esa unción en nosotros es volviendo nuestra mirada a Jesús, el Cristo, o sea el Ungido. Ya hemos visto aquellos textos donde san Lucas dice Jesús, lleno de
Espíritu santo… era conducido por el Espíritu en el desierto, durante cuarenta días… (Lc 4,1-2) y
luego dice Jesús volvió a Galilea por la fuerza del Espíritu (4,14). 3 – Carismas y santos
Ahora, que el Espíritu Santo sea el primero y principal que interviene, no significa que Él actúe por sí solo. Puede hacerlo cuando quiere, por supuesto, pero en realidad, la manera ordinaria de actuar es a través de otros. Y así es que la Iglesia misma nos invita a reconocer los diversos carismas y la multitud de obras y testigos en los que se halla presente el Espíritu Santo para iluminarnos y conducirnos. Estos son los tres últimos medios mencionados por el catecismo luego de los que ya hemos mencionado en los domingos anteriores (Sagradas Escrituras, Tradición, Magisterio, Liturgia y Oración: cf. 688).
Generalmente la combinación del carisma o don particular concedido por el Espíritu Santo a una persona fructifica en alguna manera particular dando lugar a algún ministerio o servicio y, como consecuencia, a alguna forma espiritual. De hecho, el catecismo reconoce que “en la comunión de los santos, se han desarrollado diversas espiritualidades a lo largo de la historia de la Iglesia. El carisma personal de un testigo del amor de Dios hacia los hombres puede transmitirse a fin de que sus discípulos participen de ese espíritu… Las diversas espiritualidades cristianas participan en la tradición viva de la oración y son guías indispensables para los fieles. En su rica diversidad, reflejan la pura y única Luz del Espíritu Santo” (2684).
En esta misma intervención del Espíritu Santo que estamos describiendo existen formas de acción que podríamos llamar más comunes u ordinarias pero a través de las cuales se realiza una eficaz guía si se realiza adecuadamente para lo cual hemos de actuar de manera
debida. El catecismo las señala mostrando esa variedad y riqueza. Así es que habla de que “la familia cristiana es el primer ámbito para la educación en la oración… Particularmente para los niños pequeños, la oración diaria familiar es el primer testimonio de la memoria viva de la Iglesia que es despertada pacientemente por el Espíritu Santo” (2685). Luego tenemos que “la catequesis de niños, jóvenes y adultos está orientada a que la Palabra de Dios se medite en la oración personal, se actualice en la oración litúrgica y se interiorice en todo tiempo a fin de fructificar en una vida nueva” (2688).
En un ámbito más específico están los grupos de oración y los consagrados a la vida religiosa. Pero especialmente importantes son los ministros ordenados que “son también responsables de la formación en la oración de sus hermanos y hermanas en Cristo…” (2686) y aquellos que reciben del Espíritu Santo dones de sabiduría, de fe y de discernimiento que los hacen particularmente aptos para orientar y guiar en este camino. Lo que comúnmente se llama “dirección espiritual”, acerca de la cual aconseja san Juan de la Cruz que “el alma que quiere avanzar en la perfección debe mirar en qué manos se pone, porque así como sea el maestro será el discípulo, y cual es el padre tal el hijo”. Y añade que el director “además de ser sabio y discreto, ha de ser experimentado… Si no hay experiencia de lo que es puro y verdadero espíritu no atinará a encaminar al alma en él…” (2690).
4 – Conclusión
Así, pues, queridos hermanos, prestemos atención a considerar atentamente cuál es nuestra guía y cuáles son los frutos que estamos produciendo. No en vano el mismo Jesús continúa este sermón, ya para concluirlo con las siguientes palabras: ¿Por qué me llamáis
“Señor, Señor” y no hacéis lo que digo? Todo el que venga a mí y oiga mis palabras y las ponga en práctica, os voy a mostrar a quién es semejante. Es semejante a un hombre que, al edificar una casa, cavó profundamente y puso los cimientos sobre roca. Al sobrevenir una inundación, rompió el torrente contra aquella casa, pero no pudo destruirla por estar bien edificada. Pero el que haya oído y no haya puesto en práctica, es semejante a un hombre que edificó una casa sobre tierra, sin cimientos, contra la que rompió el torrente y al instante se desplomó y fue grande la ruina de aquella casa (Lc 6,46-49). En síntesis, “la
oración de fe consiste no sólo en decir Señor, Señor, sino en disponer el corazón para hacer la voluntad del Padre. Jesús invita a sus discípulos a llevar a la oración esta voluntad de cooperar con el plan divino” (2611).
CatIC 2574-2580.2607-2616 C-9 Lc 7,1-10 / 1Re 8,41-43 / Sal 117 / Ga 1,1-2.6-10