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OCCUPATIONAL THERAPY

In document 2016-2017 Graduate Catalog (Page 189-200)

La primera prohibición que recuerdo, desde mi infancia, fue una prohibición espacial; se refería al lugar de nuestro patio jardín, donde yo jugaba y que no se me permitía abandonar. Tenía prohibido salir a la calle, fuera del portón del patio. Hoy no recuerdo quién formuló esta prohibición, quizás fuera el abuelo, armado de su bastón y cuya casa estaba junto al portón. Quienes vigilaban el cumplimiento de esta prohibición eran las muchachas búlgaras y el sirviente; mil veces me habían contado que, en la calle, los gitanos metían a los niños abandonados en sacos y se los llevaban, y este temor debió influir en que yo cumpliera la prohibición. Debieron haber otras prohibiciones del mismo tipo, pero se las llevó el tiempo, porque quedaron eclipsadas por una en especial, que cayó sobre mí con saña terrible cuando, a los cinco años de edad, estuve a punto de convertirme en un asesino. En ese momento en que, con el hacha levantada y con el grito de guerra en los labios, «¡Agora vo matar a Laurical», me lancé contra mi compañera de juegos que varias veces, de la forma más atormentadora, me había impedido ver su escritura escolar; en ese momento en que, con toda seguridad, habría asestado el golpe si hubiera conseguido acercármele, el abuelo, colérico como el mismísimo Dios, me cortó el paso izando el bastón y arrancándome el hacha de las manos. El espanto con que todos me miraban; la seriedad de los consejos de familia en torno al niño asesino; la ausencia de mi padre que entonces nada podía suavizar, por lo que mi madre, hecho poco habitual, intervino secretamente en su lugar, y a despecho del castigo mayor intentó consolarme en mi terror; todas estas cosas, y sobre todo el comportamiento del abuelo (después me apaleó, profiriendo las más terribles amenazas), hicieron en mí un impacto tan duradero que debo considerar aquélla como la fundamental, como la prohibición primigenia de mi existencia: la prohibición de matar.

No sólo se me prohibió volver a tocar el hacha, sino que se me ordenó no entrar nunca más en el patio de la cocina, donde la había cogido. El sirviente armenio, mi amigo, ya no volvió a cantar para mí, porque además me apartaron de la ventana de la gran sala de estar, desde donde siempre le había mirado; también se me prohibió, para que jamás volviera a ver el hacha, echar la menor mirada al

patio de la cocina; y cuando una vez, añorando tanto al armenio, conseguí acercarme a hurtadillas a la ventana, el hacha había desparecido, la leña estaba sin cortar; el armenio, allí sin hacer nada, me echó una mirada de reproche y me hizo una seña con la mano para que desapareciera lo más rápidamente posible.

El no haber asestado aquel golpe era un continuo alivio para mí; durante semanas el abuelo me reprochó lo muerta que estaría ahora Laurica de haber cumplido yo mi propósito, su aspecto, bañado en su propia sangre, su cerebro rezumando del cráneo roto; y también me explicó cuáles hubieran sido las consecuencias si ella no se hubiera levantado más, si no hubiera vuelto a hablar más; me habrían metido en la caseta del perro como castigo, dejándome para toda la vida solo, viviendo una vida de paria, sin poder ir nunca a la escuela, sin aprender nunca a leer y a escribir, llorando y suplicando en vano que Laurica volviera a la vida y me perdonara; pero no había perdón para ese crimen puesto que ya no estaba el muerto para concederlo.

Así, esto fue mi Sinaí, mi mandamiento; mi verdadera religión tuvo origen en un acontecimiento muy determinado, personal, inexpiable que, a pesar de su fracaso, caía sobre mí cada vez que topaba con el abuelo en el patio. Durante los meses siguientes cada vez que lo encontraba me amenazaba con el bastón, recordándome la maldad que hubiera cometido si él no hubiera intervenido en el último momento. También estoy convencido, aunque no lo puedo probar, de que la maldición que el abuelo hizo recaer sobre mi padre no muchos meses después, antes de trasladarnos a Inglaterra, estaba relacionada con el comportamiento salvaje del nieto, como si yo hubiera motivado los castigos y amenazas con los que finalmente se resquebrajó su mando sobre nosotros.

Yo crecí bajo el dominio de este mandamiento de no matar, y si bien ninguna otra prohibición llegó a tener tanto peso y tanto significado, todas cobraron su fuerza a partir de aquélla: era suficiente con que algo se puntualizara claramente como una prohibición, no hacían falta nuevas amenazas, bastaba con la antigua. La amenaza que más efecto me causaba eran las imágenes espantosas que me habían pintado de las consecuencias de un asesinato logrado: el cráneo roto, el cerebro rezumando; y aunque más tarde, después de la muerte de mi padre, el abuelo se convirtió para mí en el más moderado de los tiranos, en nada cambió el terror que él había invocado. Sólo ahora, cuando medito sobre estas cosas, comprendo por qué jamás he podido tocar los sesos o despojos de un animal; son prohibiciones alimenticias que se me impusieron espontáneamente.

Otra prohibición alimenticia que tuvo su origen en las primeras clases de religión en Manchester, fue sofocada de raíz por una cruel intervención de mi madre. En la casa de los Florentin, en Barlowmore Road, se reunían los hijos de algunos de nuestros amigos más cercanos, para tomar clases de religión. El profesor era Mister Duke, un joven de barba puntiaguda que procedía de Holanda. No éramos más de seis o siete. Arturo, el hijo de la casa y mi mejor amigo, también participaba. Sólo asistían varones, y cuando Mirry, la hermana mayor de Arturo, entró en la habitación donde estábamos reunidos —quizás por curiosidad o en busca de algo— Mister Duke calló y esperó en silencio que la chica saliera. Lo que nos tenía que decir debía ser muy secreto. La historia de Noé y el arca, que nos contó, no era nueva para mí. Pero me sorprendió con la de Sodoma y Gomorra, y quizás éste fuera el secreto; pues justo en el momento en que la mujer de Lot estaba por convertirse en una estatua de sal, entró en la habitación la criada

inglesa y sacó algo del cajón del buffet. Esta vez Mister Duke se interrumpió en medio de la frase. La mujer de Lot, frívolamente, había mirado hacia atrás y nosotros esperábamos, con el máximo suspenso, su castigo. Mister Duke puso cara seria, frunció la frente y siguió los movimientos de la criada con ostensible desdén. La mujer de Lot recibió un aplazo de sentencia y cuando la criada dejó la habitación, Mister Duke se nos acercó y nos dijo casi susurrando: «No nos quieren, chicos, es mejor que no oigan lo que os digo». Después esperó un poco y anunció con voz solemne: «Nosotros, los judíos, no comemos cerdo. Esto no les gusta, pues ellos se deleitan con su bacon en el desayuno. Vosotros no tenéis permitido comer carne de cerdo». Era como una conspiración, y aunque la mujer de Lot no se había convertido aún en estatua, aquella prohibición echó profundas raíces en mí y decidí no comer nunca más carne de cerdo, por nada en el mundo. Sólo entonces Mister Duke carraspeó y volvió a la mujer de Lot, anunciando su castigo «salado», mientras nosotros escuchábamos sin respirar. Con la cabeza llena de la nueva prohibición, volví a Burton Road, donde ya no podía consultar a mi padre. Pero se lo conté a mi madre; yo asociaba la caída de Sodoma con la carne de cerdo; ella sonrió cuando le conté que el bacon con que desayunaba la institutriz nos estaba prohibido; inclinó meramente la cabeza sin contradecirme y así supuse que, aunque mujer, pertenecía a «nosotros», como hubiera dicho Mister Duke.

No mucho tiempo después, mi madre, la institutriz y yo almorzábamos en el comedor. Había una carne rojiza que yo desconocía; era muy salada y sabía muy bien. Me animaron a que comiera otro trozo, cosa que hice con ganas. Entonces mi madre me preguntó, con tono inocente: «Te ha gustado, ¿verdad?».

«¡Oh, sí, mucho! ¿La volveremos a comer pronto?»

«Era carne de cerdo», dijo ella. Pensé que se burlaba de mí, pero hablaba en serio. Me empecé a sentir mal, salí del comedor y vomité. Ella ni prestó atención. No le interesaba lo que había pasado con Mister Duke, estaba decidida a romper el tabú; y lo había conseguido. Después de este suceso ya no me atreví a ponerme al alcance de los ojos de Mister Duke y así acabó este tipo de instrucción religiosa.

Puede que mi madre quisiera ser la única instancia que pronunciara las prohibiciones y los mandamientos. Habiéndose decidido a dedicar su vida por entero a nosotros, no toleraba ninguna influencia externa importante. De los escritores que leía, como otros leen la Biblia, adquirió la certeza de que lo más importante no era cómo se habían desarrollado las distintas religiones sino, en su opinión, buscar lo que todas ellas tenían en común y atenerse a ello. Desconfiaba de todo lo que condujera a la guerra religiosa, sangrienta y aguda, convencida de que esto desviaba la atención de los hombres de las cosas más importantes que tenían que dominar. Estaba convencida de que los hombres eran capaces de lo peor y el hecho de que todavía hubiera guerras era prueba inequívoca de que todas las religiones habían fracasado. No mucho después, cuando el clero de todas las confesiones se prestó a bendecir las armas con las que peleaban, unos contra otros, hombres que antes nunca se habían visto, su aversión se agudizó tanto que ya no pudo escondérmela del todo —ni siquiera en Viena.

Quería preservarme a toda costa de las influencias de semejantes instancias y no se dio cuenta de que, con esto, ella misma se convertía en la fuente última de todos los dictámenes. Sólo en ella radicaba la fuerza de las máximas prohibiciones. No habiendo caído nunca en la locura de considerarse cosa divina, le habría asombrado mucho que le explicaran lo similar en las [tintas religiones sino, en su

opinión, buscar lo que todas ellas monstruoso de asumir esta tarea]. Acabó en seguida con la miserable pretensión de secreto de Mister Duke. Mucho más difícil le fue mantenerse firme ante el abuelo. Con su maldición, él había quebrantado su propia autoridad, y el hecho de que la maldición, como él debió creerlo, hubiera funcionado, le quitó todo aplomo ante nosotros. Se sentía realmente culpable cuando me besaba y me compadecía por ser huérfano. Esta palabra me parecía muy torpe, pues sonaba como si mi madre ya no fuera de este mundo; si bien él lo decía —cosa que yo no comprendía entonces— contra sí mismo, era su manera de echarse en cara su propia culpa. Su guerra con mi madre acerca de nosotros era desganada, y si ella no hubiera sufrido su propia culpa, habría ganado fácilmente la batalla. Ambos estaban debilitados, pero dado que el sentido de culpa del abuelo era incomparablemente mayor, él salió perdiendo.

Toda la autoridad se concentraba en ella. Yo le creía ciegamente, poderle creer me hacía feliz, y en cuanto se trataba de algo trascendental y crucial, esperaba su pronunciamiento como otros esperan el de un dios o su profeta. Tenía diez años cuando me impuso el segundo gran tabú, después de aquél, muy anterior, de no matar, impuesto por el abuelo. Su tabú estaba dirigido contra todo lo relacionado con el amor sexual: quiso ocultármelo lo más posible y me convenció de que, a mí, aquello no me interesaba. En ese entonces realmente no me interesaba, pero el tabú estuvo en vigencia durante todo el período de Zurich; tenía yo casi dieciséis años y aún rehusaba escuchar cuando los alumnos hablaban de las cosas que más les preocupaban. No era tanto que sintiera repugnancia —esto sólo de vez en cuando y en circunstancias particularmente pesadas— sino que me «aburría». Yo, que nunca había conocido el aburrimiento, decidí que era aburrido hablar de cosas que en realidad no existían; y a los diecisiete años, en Frankfurt, todavía pude llenar de asombro a un amigo afirmando que el amor era un invento de los poetas, que no existía y que la realidad era absolutamente distinta. Para entonces ya me había vuelto desconfiado ante los poetas yámbicos que durante tanto tiempo habían dominado mis ideas, y en cierta forma hacía extensible el tabú de mi madre al amor «elevado».

Mientras que esta prohibición pronto se derrumbaría con toda naturalidad, la prohibición de matar se mantuvo firme. Tanto se nutrió con las experiencias de toda una vida consciente, que no sería capaz de poner en duda su legitimidad aun si no la hubiera adquirido con mi intento homicida a los cinco años de edad.

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