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CHAPTER 2 CURRENT LEGISLATION AND BEST PRACTICES

2.3 OFFENCES AND LIABILITIES

Es en virtud de ello que en la década de los noventa, se inscribe en ese hegemón el discurso de la globalización como nuevo discurso que clausura la historia a la racionalidad de los mercados, y, casi simultáneamente, emerge una nueva institucionalidad que codifica a su interior las prioridades de los nuevos centros de poder, se trata de la Organización Mundial de Comercio, OMC, y el aparecimiento de dinámicas, discursos, prácticas, instituciones y propuestas de políticas públicas, relativamente novedosas y que rebasan los marcos institucionales y teóricos tanto del FMI cuanto del Banco Mundial, por cuanto se inscriben de lleno en la disputa por la soberanía del Estado y la transferencia de esa soberanía hacia las corporaciones transnacionales en un proyecto de gobernanza global.

La creación de la OMC convierte al neoliberalismo en un vasto proyecto histórico, que se legitima y justifica desde el discurso de la globalización y, por ende, el neoliberalismo. Este discurso encubre esa disputa por el control de la soberanía de los Estados hecha por los actores de la globalización del capital. El discurso de la globalización se relaciona con aquel de la reforma estructural del Banco Mundial en el sentido en el que tienen una misión histórica: aquella de construir al mercado mundial capitalista como un deber-ser, luego del derrumbe de los Estados socialistas.

El discurso de la globalización emerge y se consolida a partir de la caída del muro de Berlín (1989) y del derrumbe de los países del sistema socialista14. El capitalismo, en estas circunstancias, asume una autoconciencia festiva y apocalíptica al mismo tiempo. La globalización que empieza con la caída de los socialismos reales expresa otro momento de emancipación política de la burguesía, en la que cree haber conjurado los fantasmas del socialismo y la lucha de clases. El discurso de la globalización y del mercado como razón histórica y como nuevo ethos de la historia moderna, expresan esa visión dionisíaca del capital; esto puede constatarse en la paulatina transformación de la retórica y de los contenidos discurso de la globalización que van desde un enfoque desde las decisiones globales de la corporación transnacional hasta una visión supra histórica del capitalismo como interrelación y oportunidad histórica de las sociedades: la globalización expresaría ese deber-ser de la historia, esa frontera final de la libertad y de los mercados. La globalización es la epifanía de la historia neoliberal. Sin embargo y al mismo tiempo, emerge un pathos expresado tanto en el discurso del “fin de la historia”, enunciado por Francis Fukuyama15, como en el discurso de la posmodernidad y el fin de los “meta-relatos”, realizado por el filósofo francés François Lyotard, a inicios de los noventa. Ese pathos confirma el hecho de que el capitalismo necesita de contradictores para legitimarse. Necesita del Gran Otro para afirmarse. Puede leerse la propuesta de Fukuyama y de Lyotard, como discursos de clausura tanto de la historia como de la filosofía, respectivamente, pero subyace en ambos el hecho de que las interrogaciones que permanecen detrás de esa frontera que ha cerrado la historia serán determinantes para la vigencia del capitalismo.

El poder y la dominación por consenso necesitan desesperadamente a ese Gran Otro en el cual descargar las culpas de la acumulación del capital. Sin ese Gran Otro el capitalismo no tendría mecanismos legitimantes de su hegemón. El mundo que emerge en 1990 nos presenta al capitalismo en todo su esplendor y sin contrapuntos ni, aparentemente, contradicciones reales, y al parecer ese es el problema del capitalismo. El capitalismo de 1990 recuerda a aquel del siglo XIX en los que la utopía de los mercados autorregulados eran la parusía del capital y la teleología de la historia. En esa parusía y teleología, el capitalismo irá armando a ese Gran Otro que nace desde sus propias dinámicas de acumulación por desposesión, y los etiquetará como “terroristas”. Esa deriva de acumulación por desposesión está en la disputa por los territorios y ese Gran Otro, serán quienes habían habitado desde siempre esos territorios: los pueblos y naciones ancestrales.

14 Con respecto al origen y transformaciones conceptuales del discurso de la globalización: Cf. Dávalos, Pablo: La

Globalización: génesis de un discurso. En revista electrónica ALAI (www.alainet.org)

La disputa territorial

Ahora bien, es relativamente más fácil profetizar al pasado que comprender al presente. De una u otra manera, se ha producido una sedimentación social e histórica que nos permite comprender el rol asumido tanto por el FMI cuanto por el Banco Mundial y el complejo institucional de la reforma estructural. Ahora podemos calibrar y percibir esas imposiciones, esos juegos de espejos que fueron los discursos legitimantes, esos simulacros que encubrían la lucha de clases. Pero es relativamente más complejo comprender las formas históricas e ideológicas que asume la acumulación en el momento presente de transición al pos- neoliberalismo. Para intentar vislumbrar esas formas de la acumulación en el momento actual se ha propuesto el concepto de privatización territorial. Este concepto hace referencia al hecho de que las modalidades de la acumulación del capital, en su dialéctica interna entre el centro y la periferia, siempre se mueven alrededor de un centro de gravedad que actúa como locus de coherencia a esos procesos de acumulación.

En efecto, el ajuste macrofiscal del FMI indica que el centro de gravedad de la acumulación del capital durante ese periodo estuvo en la transferencia neta de capitales y en las transformaciones internas de la acumulación de capital que provocaron la consolidación del capital financiero. Las políticas de reforma estructural del Banco Mundial y del complejo institucional de la reforma estructural, por su parte, nos indican que el centro de gravedad de la acumulación estuvo en la transformación del Estado y de las instituciones sociales en función de los requerimientos de los mercados y las corporaciones. La privatización territorial nos indica que el locus de la acumulación está en los territorios y en su relación de soberanía con los Estados. De la misma manera que ajuste macrofiscal era el nombre para el despojo por la vía del pago del servicio de la deuda externa, o que la reforma institucional para la reducción de la pobreza encubría la privatización del Estado, el concepto de territorio se traslada hacia aquellas decisiones asumidas por los inversionistas y sus inversiones, es decir, el territorio es todo aquello que el inversionista considera como tal y que por tanto forma parte de sus espacios de poder, influencia, dominio y control. El territorio es la forma que asume la disputa por la soberanía entre el capital expresado en las corporaciones y el Estado que, previamente, ha sido reducido a un tamaño “mínimo”, o “necesario”. Lo que reclama la corporación transnacional, y el capital financiero internacional, no es solamente “seguridad jurídica” sino soberanía política. La corporación transnacional y los agentes de la globalización pretenden y exigen un estatus de soberanía política sobre aquellas decisiones a las que consideran como propias y como parte de sus “inversiones”, y que, en el contexto de la globalización, han rebasado aquellos ámbitos, por

decirlo de alguna manera, tradicionales de la corporación transnacional y que ahora se han trasladado hacia los territorios en su sentido más vasto.

De esta manera, el territorio es más un momento de la acumulación del capital que una realidad física. Aquellas particularidades que definen el territorio se convierten en una circunstancia en las decisiones de los inversionistas; territorios son ahora el agua, la biodiversidad, los transgénicos, los biocombustibles, las hidrovías, las minas metálicas y no metálicas, el petrolero, las maderas, los bosques, el genoma humano, etc. Se trata de una transición importante en la dialéctica de la acumulación del capital porque la relación con respecto a los territorios siempre había sido utilitaria, es decir, se veía en los territorios o un reservorio de materias primas o un depósito para los desechos provocados por la acumulación. Esos territorios estaban atados a los Estados-nación por la soberanía, y las corporaciones no disputaban esos sentidos de soberanía porque aún no se había inscrito tal disputa en su horizonte de posibilidades. Empero, la acumulación de capital presiona por la expansión de los mercados, una expansión intensiva y extensiva, que cobra una racionalidad diferente en la globalización, básicamente porque el capitalismo, luego de la caída de los “socialismos reales” se quedó sin contradictores.

Es necesario, además, comprender esa dinámica de acumulación por desposesión que genera la privatización de los territorios y, al mismo tiempo, en la criminalización, persecución y genocidio étnico como parte de los mecanismos más particulares de la acumulación a escala mundial. Una comprensión de esos procesos nos permitirá comprender las maneras por las cuales la acumulación del capital arribó hacia la privatización territorial. Para ello es necesario un recorrido sumario por esos procesos que definieron la acumulación a escala mundial y desde la cual cobran racionalidad y coherencia las modalidades más específicas que asume la acumulación en el sistema-mundo y, entre ellas, esa dinámica que se sustenta en la privatización de los territorios. Ese recorrido es acotado y breve habida cuenta de que lo que se pretende es generar un contexto explicativo que permita ubicar los puntos de referencia en la constitución de los territorios como objetos de disputa al interior de la acumulación del capital. Muchos de los procesos descritos ameritan una descripción más detallada, y otros, en cambio, no aparecen a pesar de su importancia. Empero de ello, lo que se trata es de definir una cartografía mínima para ubicar la emergencia de las disputas por el control territorial, y los conflictos que estas disputas generan.

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