y psicofisiológicos
Un cuento taoísta habla de un viejo que cayó accidentalmente en los rápidos de un río que llevaban a una elevada y peligrosa cascada. Los testigos de la escena temieron por su vida. Milagrosamente, salió vivo e ileso del fondo de la cascada, corriente abajo. La gente le preguntó cómo se las había arreglado para sobrevivir. “Me acomodé al agua en vez de acomodar el agua a mí. Sin pensarlo, me dejé amoldar
por ella. Sumergiéndome en el torbellino, me desem- baracé de él. Así fue como sobreviví”.
Allan Watts
A
ntes de convertirse en parte de nuestras conversaciones cotidianas, el término es- trés fue utilizado por los ingenieros para explicar las fuerzas que pueden poner tensión en una estructura; por ejemplo, uno podría colocar presión sobre un pe- dazo de metal, de tal manera que se rompería como el cristal cuando alcance su nivel de estrés (entiéndase como fuerza que genera la deformación de un metal, strain). En 1936, Hans Selye tomó prestado el término y habló sobre éste como un fenómeno no específico que representa la intersección de los síntomas producidos por una gran variedad de agentes nocivos. Durante muchos años probó diversas condiciones (p. ej., el ayuno, el frío extre- mo, lesiones y administración de drogas) que producen cambios morfológicos en el cuer- po y que eran representativas de una respuesta de estrés, tales como el crecimiento de la glándula suprarrenal, atrofia del timo y surgimiento de úlceras gástricas.La visión de Selye del concepto de estrés consistió en que los factores determinantes de la respuesta al estrés no son específicos, es decir, muchas condiciones inespecíficas pueden poner presión sobre el organismo y conducir a la enfermedad (Selye, 1970; 1998).
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No todos los investigadores estuvieron de acuerdo con el modelo propuesto de Selye, en particular, con la idea de que los determinantes de la respuesta al estrés no son especí- ficos. La razón de esto era simple: mientras Selye realizó investigaciones relacionadas con estímulos físicos (p. ej., calor, frío y dolor), otro grupo de investigadores sostuvo que algu- nos de los peores factores estresantes que encontramos en la vida diaria son de naturaleza psicológica y subjetiva, de manera que son inducidos por nuestra percepción e interpreta- ción de los acontecimientos.
Uno de los artículos que más influencia han tenido pertenece al campo relativamente reciente de la psiconeuroendocrinología y fue escrito por John Mason en 1968. Él realizó una revisión exhaustiva de la literatura sobre el estrés hasta ese periodo y reportó que las situaciones conductuales novedosas e impredecibles, donde el sujeto puede anticipar las consecuencias negativas relacionadas con su respuesta conductual, y en términos genera- les todas aquellas situaciones en que el sujeto no tiene control sobre los hechos, constitu- yen los principales factores que contribuyen a la percepción de una situación o evento como estresante. Por esta razón, pasó muchos años midiendo los niveles de la hormona del estrés en seres humanos que estaban sujetos a varias condiciones que él pensaba estresan- tes, tratando así de encontrar un indicador biológico, cuantificable y objetivo de la tan aparentemente ambigua y subjetiva respuesta de estrés (Mason, 1968).
A partir de este breve resumen del contexto histórico, podemos definir el estrés como una amenaza, real o implícita, a la homeostasis, que requiere de una respuesta adaptativa.
A menudo, el estrés se entiende como una consecuencia de cambios ambientales que perturban el equilibrio interno; no obstante, puede ser el resultado directo de un déficit en uno o varios sistemas de órganos en el ambiente interno corporal (Newport y Neme- roff, 2002). En este sentido, puede ser absoluto (una amenaza real inducida por un terre- moto en una ciudad, dando lugar a una respuesta de estrés significativo en todas las personas frente a esta amenaza) o relativo (una amenaza implícita inducida por la inter- pretación de una situación como novedosa y/o impredecible y/o incontrolable, como por ejemplo la tarea de hablar en público) (Lupien, 2008).
Por tanto, existe un debate considerable en el ámbito de la salud acerca de la definición más pertinente del estrés, acerca de la naturaleza de la respuesta “normal” o “adaptativa” respecto de la “patológica”, sobre la elucidación de los mecanismos neurobiológicos, neu- roendocrinos e inmunológicos del fenómeno mientras entidad o fenómeno distinto e in- dependiente de los trastornos que se le asocian y/o a su respuesta psiquiátrica.
Todas las respuestas de estrés tienen el objetivo fundamental de preservar la homeos- tasis. Sin embargo, en realidad poseen un componente dual y pueden ser adaptativas o perjudiciales; es decir, una respuesta adaptativa promoverá el mantenimiento de la ho- meostasis, mientras que la perjudicial falla en mantener dicho equilibrio y la enfermedad surge, por lo que se convierte en sí misma en un factor estresante y una cascada de eventos fisiopatológicos se desencadenan.
Un evento “estresante” cotidiano puede desencadenar en ciertos individuos un episo- dio depresivo, por ejemplo. En consecuencia, la depresión se asocia a cambios en una va- riedad de sistemas neurobiológicos que a menudo tienen repercusiones adversas persistentes, como es el caso del incremento en la vulnerabilidad a presentar futuros epi- sodios depresivos, lo cual puede ser el resultado parcial de una respuesta perjudicial ante un estresor inicial, aunque evoluciona en un estresor por sí mismo más persistente que el evento de la vida diaria de donde se originó (Newport y Nemeroff, 2002).
Algunos ejemplos de respuestas adaptativas y perjudiciales a nivel de cuatro sistemas biológicos:
• Sistema cardiovascular
Adaptativo: el sistema nervioso autónomo, mediante las catecolaminas, promueve la adaptación gracias a la modulación del ritmo cardiaco y presión arterial durante la vigilia, sueño y esfuerzo físico.
Perjudicial: frecuencias repetidas de presión arterial o fallas en los mecanismos in- hibitorios de control en la presión arterial aceleran la arterioesclerosis y hacen si- nergia con las hormonas que provocan la diabetes tipo II.
• Metabólico
Adaptativo: las hormonas adrenales esteroideas promueven la ingesta de sólidos y la reposición del reservorio energético.
Perjudicial: niveles elevados de cortisol y la hiperreactividad del eje hipotálamo- hipófisis-glándulas adrenales promueven la resistencia a la insulina y aceleran la progresión de la diabetes tipo II, incluyendo obesidad, hipertensión y arterioesclerosis. • Nervioso
Adaptativo: las hormonas adrenales esteroideas, junto con las catecolaminas, pro- mueven la formación de memoria con etiquetas emocionales, tanto positivas como negativas.
Perjudicial: las hormonas adrenales esteroideas, actuando junto con el glutamato, promueven déficits cognitivos mediante una gran variedad de mecanismos que in- volucran las atrofias y muerte celular, particularmente en el hipocampo.
• Inmune
Adaptativo: las hormonas adrenales esteroideas, junto con las catecolaminas, pro- mueven el tránsito o transporte de las células inmunes hacia los órganos y tejidos diana, donde la infección se lleva a cabo, mejorando la respuesta inmunológica. A su vez, modulan la expresión de hormonas del sistema inmune, como las citoquinas y quimiocinas.
Perjudicial: las hormonas adrenales esteroideas y las catecolaminas tienen efectos inmunosupresivos cuando son secretadas crónicamente o sin un control inhibitorio adecuado. Por otra parte, la ausencia de niveles adecuados de estos mediadores fa- cilitan que otros se sobreexpresen, incrementado el riesgo de enfermedades auto- inmunes e inflamatorias (McEwen y Lupien, 2002).
Desde los trabajos pioneros de Selye, la investigación y los modelos sobre el estrés han cambiado gradualmente de un enfoque fisiológico orientado a la respuesta ante los estí- mulos, a uno donde las repercusiones psicológicas y el aumento de estímulos estresantes juegan un papel central. Este cambio se acompañó por un incremento en el interés y so- fisticación en la investigación de los eventos cotidianos de la vida diaria, para de esta ma- nera proveer de mejores diagnósticos y terapias para los eventos traumáticos y así facilitar el reconocimiento de las predisposiciones genéticas y de los factores ambientales de riesgo.
Existe una gran variedad de trastornos médicos asociados a los mecanismos biológicos de la respuesta del estrés: ataques al corazón, migrañas y cefaleas, úlceras de estómago, síndrome del colon irritable, pérdida de cabello, etc. Y es que la evolución nos ha dotado
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con mecanismos neurales que pueden ayudarnos a afrontar una gran variedad de amenazas: un sistema de activación y alertamiento rápido involucrado en la regulación de la aten- ción, ritmo cardiaco, respiratorio, la musculatura esquelética, para así, en conjunto, prepararnos conductualmente para dar una respuesta de “pelea o vuelo” del peligro.
¿Qué es entonces lo que sucede en nuestros cerebros y cuerpos cuando estamos bajo una situación estresante? ¿Cuáles órganos son activados? ¿Cuándo es que las señales de alarma comienzan a ocasionar problemas críticos? ¿Por qué algunos individuos en particular sucumben ante un estímulo estresante mientras que otros no? ¿En qué radica la resiliencia y la vulnerabilidad de algunos individuos?
Y, por otra parte, ¿puede el estrés ser una causa de depresión? Ésta es una pregunta de gran importancia, tanto clínica como científica. Clínicamente, porque su respuesta afirma- tiva llevaría al manejo del estrés a un nivel de intervención primario en el tratamiento y prevención de la depresión. Científicamente, porque el estrés constituye una condición depresogénica y la búsqueda de los factores o causas de la depresión deberían enfocarse en la neurobiología del estrés y, sólo en un segundo plano, en la depresión per se.
La mayoría de las investigaciones no dejan claro cuál es la intensidad de la respuesta emocional al estrés; no obstante, los estudios por lo general apuntan a una conexión entre la adversidad y la depresión. Una conexión asociativa que no permite pronunciarse sobre una posible relación causal. La depresión es a menudo precedida por acontecimientos de la vida, es decir, los sucesos traumáticos que la persona afectada no pudo procesar y asi- milar de manera adecuada y/o por las dificultades y preocupaciones que persisten duran- te algún tiempo y para el cual no hay solución aparente. Estos hechos y las circunstancias cotidianas generan estados de malestar psicológico que varían fenomenológicamente intra y entre individuos.
Empero, ciertas características son rara vez tomadas en cuenta como señales de alerta. Esto vale en particular para la ansiedad e ira (manifiesta o reprimida). Las manifestaciones psíquicas de angustia se acompañan de una serie de alteraciones hormonales, inmunológi- cas y autonómicas que, en conjunto, comportamiento y cambios corporales, se denomi- nan: respuesta al estrés o síndrome de estrés.