1.7 Thesis Outline
2.1.2 Ontologies
En mi relato, “Marcelo” aparece mencionado tres veces con la inicial M. No lo conocí como terrorista, sino como testigo. No puedo, sin embargo, decir que me asombra que se haya vuelto terrorista: era un hombre amargado, tremendamente dolorido. El fantasma de Carlitos Lizaso –el pecho estrellado de sangre, la mejilla rota de un tiro– lo perseguía sin tregua. Su íntimo amigo don Pedro Lizaso le había encargado que velara por el muchacho. Se lo devolvió muerto.
Para ilustrar hasta qué punto es falso que “Marcelo” haya suministrado “la información que sirvió de base” a mis artículos, y para prevenir nuevos golpes teatrales, tendré que referir brevemente las etapas de mi investigación. El 18 de diciembre de 1956 tuve la primera noticia de la masacre. El 19 conocí al doctor Doglia. El 20 conocí al doctor von Kotsch y obtuve copia de la demanda judicial de Livraga. Esa misma tarde la hice llegar al director de “Propósitos”. El 21 conocí a Livraga. El 23 apareció la demanda publicada en “Propósitos”.
Esa demanda y el relato oral de Livraga eran bastante exactos, pero contenían dos errores básicos que obstaculizaron enormemente todas mis averiguaciones posteriores. El primer error era afirmar que en el departamento del fondo, adonde llevara a Livraga su amigo Rodríguez, sólo había tres personas más. El segundo error consistía en suponer que en el carro de asalto sólo viajaron diez detenidos.
El 26 de diciembre terminé de escribir mi reportaje a Livraga, que tras una larga peregrinación iba a publicarse el 15 de enero en “Revolución Nacional”. En él, desde luego, aparecían aquellos dos errores. Pero en cambio constaba un notable acierto, casi un palpito, pues se basaba en unas palabras escuchadas por Livraga en un estado de semi- inconsciencia: la hipótesis de un tercer sobreviviente. No imaginaba yo con cuánta amplitud iba a confirmarse. Y otro acierto que no alcanzó a ver la luz pública: la mención casi directa del jefe de Policía como responsable de todo. La redacción del periódico la consideró demasiado “audaz” y la tachó.
El 27 de diciembre encontré en los diarios de la época del levantamiento la lista de “fusilados en la zona de San Martín”, encabezada por Vicente Rodríguez. Pero ahí también había increíbles errores, que iban a ser verdaderas piedras en el camino. Figuraba un “Crizaso” que más tarde descubrí era Lizaso. Aparecía como muerto Reinaldo Benavidez, que en realidad estaba vivo. Y en su lugar faltaba Mario Brión.
Por esa época, pues, el panorama parcialmente erróneo que se desprendía de la demanda de Livraga y de la lista era éste: dos sobrevivientes (Livraga y Giunta), cinco muertos conocidos (Rodríguez, Carranza, Garibotti, “Crizaso” y Benavidez); y tres muertos anónimos.
El 28 de diciembre se me ocurrió revisar todos los diarios de la época del motín. Siendo Día de los Inocentes, no es de extrañar que encontrara las declaraciones del jefe de Policía donde relataba el allanamiento diciendo que había detenido a catorce personas. Así empezó el interminable y un poco kafkiano proceso, en el que alternativamente me faltaba o me sobraba un cadáver o un sobreviviente...
Por motivos que no importan demasiado, se produjo luego una impasse que duró veinte días.
El 19 de enero localicé el escenario del fusilamiento y tomé fotografías. El 20 fue un día extraordinario. Viajé a Florida, conocí a Giunta, logré vencer su tenaz resistencia y conseguí
109 que me contara su versión de los hechos. Esa misma tarde entrevisté a la viuda de Rodríguez. Aproveché para hablar con los vecinos del barrio. De todas estas conversaciones surgieron tres datos importantísimos: 1) la existencia de un “tercer hombre”, un nuevo sobreviviente, tal cual yo imaginara; 2) la primera mención de Mario Brión; 3) la primera mención del misterioso inquilino del departamento del fondo, “un señor alto que se escapó”, según me dijeron los chiquillos del barrio. Esa tarde averigüé más que en todo un mes de salidas en falso.
El 29 de enero de 1957 apareció publicado en “Revolución Nacional” el reportaje a la viuda de Rodríguez, donde por primera vez señalé a Fernández Suárez como autor de las detenciones y responsable de los fusilamientos.
El 7 de febrero tuve en mis manos la versión taquigráfica de las dos sesiones de la Consultiva provincial, donde se habían debatido las torturas y los fusilamientos. En una de ellas aparecía la ya notoria confesión de Fernández Suárez.
El 10 de febrero regresé a Florida para una de las misiones que de antemano sabía más difíciles: localizar al “tercer hombre”. Sabía ya cómo se llamaba. Tenía su dirección. Me habían asegurado, sin embargo, que no lo iba a encontrar. Estaba prófugo, oculto en alguna parte. No se dejaba ver por nadie. Vivía dominado aún por el pánico.
Como de costumbre, los chicos del barrio fueron mis mejores informantes. Una pequeña de ojos vivaces se nos acercó misteriosamente.
–El señor que ustedes buscan, está en su casa –susurró–. Le van a decir que no está, pero está.
–¿Y vos sabes por qué vinimos? –le pregunté. –Sí. Yo sé todo –repuso con suprema dignidad. (Escenas como ésta hubo por docenas.) No relataré los prodigios de elocuencia que tuve que desplegar para verme al fin delante de don Horacio di Chiano. Pero allí estaba, el tercer resucitado, vivito y coleando.
Con él creí haber agotado el capítulo de los sobrevivientes. Ya era milagroso que se hubieran salvado los tres. Pero al día siguiente, 11 de febrero, recibí una de las grandes sor- presas de mi vida. La carta que tenía en mis manos era real, tangible. Y en ella, como una bomba, este párrafo: “Cuando las inocentes víctimas descendieron del carro de asalto, lo- graron fugar a Livraga, Giunta y el ex suboficial Gavino. Este último pudo meterse en la embajada de Bolivia y asilarse en aquel país”.
Los sobrevivientes, pues, aumentaban a cuatro. Empecé a preguntarme si de verdad había muerto alguien. Torné a recorrer “mis testigos”, y ante cada uno de ellos fui depositan- do, como al azar, una frase: “Ese señor alto, que escapó...”. Hasta que conseguí la respuesta mecánica, instantánea, que buscaba: –Torres.
–¿En la embajada...? –De Bolivia.
Cuando mi informante se llevó la mano a la boca, ya era tarde. Salvo los niños, nadie decía nada voluntariamente. Pero hay reflejos. El 19 de febrero vi a Torres en la embajada de Bolivia. El 21 volví a verlo. Ese día se puede decir que quedó terminada la investigación. Los informes suministrados por Torres eran asombrosos. No sólo confirmaban la existencia de Gavino. Benavídez, el de la lista oficial de ejecutados, no estaba muerto: estaba exiliado en Bolivia. Y junto con él un sexto sobreviviente, a quien yo escuchaba nombrar por primera vez: Julio Troxler. Y acaso había un séptimo que, según versiones, estaba preso en Olmos. Torres no recordaba su apellido. Sabía solamente que era muy común, algo así como Rodríguez... Consulté una lista de presos en Olmos. Cuando vi de nuevo a Torres, le lancé a
110 boca de jarro: –¿Díaz? Se le iluminó el rostro.
–¡Díaz! ¿Cómo hizo? –¿Rogelio Díaz? –Exacto.
La cuenta estaba completa. Rogelio Díaz era el séptimo sobreviviente.
El mismo 19 de febrero aparecía en “Revolución Nacional” la tercera y más importante de mis notas –”La Verdad sobre los Fusilados”–, con todos los datos reunidos antes de ver a Torres. En ella ya se mencionaba a Mario Brión, se afirmaba la existencia de tres sobrevivientes y se conjeturaba la de otros dos, con lo que ciertamente me adelantaba a la información que tenía en mi poder al escribirla. El 21 pude localizar a los familiares de Mario Brión. Entretanto, ya había averiguado la dirección de la viuda de Carranza y de la de Garibotti.
Es entonces, solamente entonces, con el caso plenamente aclarado y resuelto, cuando aparece “Marcelo”.