2.4 Knowledge Representation and Ontology
2.4.6 Ontology Engineering Methodologies
Para Nagel, la misma práctica de juicio moral es internamente pa- radójica.7 Por un lado, es condición del juicio moral que lo que está más allá del control de una persona no puede ser el fundamento de lo que me- rece; implícitamente nos comprometemos a ver las cosas fuera de nuestro control como más allá del alcance de la responsabilidad. Pero, por otro lado, consecuencias, circunstancias y factores constitutivos del carácter, que la reflexión nos dice que están más allá de nuestro control, son trata- dos como relevantes para determinar nuestra responsabilidad moral. Y lo que es más, la aplicación consistente de la condición de control nos lleva- ría a socavar la mayor parte de las evaluaciones morales que considera- mos normal hacer.
Es importante resaltar que Nagel no piensa que estemos ante un problema atribuible sólo a situaciones rocambolescas, sino que la tensión, que finalmente lleva a la paradoja, surge de la mera reflexión sobre nues- tros juicios morales más corrientes. Es parte de nuestras prácticas el ver la ausencia de coerción, la ignorancia o el movimiento involuntario como condiciones para la responsabilidad moral. Así, partiendo de las evidentes limitaciones externas ordinarias de nuestro control o poder de acción, el movimiento escéptico consiste en descubrirnos nuevas limitaciones, in- ternas y menos evidentes. Se trata de una problematización de la noción de juicio de responsabilidad moral a partir de sus mismas condiciones cotidianas. Y es precisamente esto, el ser una consecuencia natural de la idea cotidiana de evaluación moral, lo que convierte a la suerte moral en un problema filosófico.
Cabe remarcar que Nagel concibe este resultado como una mues- tra particular, en el ámbito de la moralidad, del problema escéptico gene-
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ral. Se trata de un movimiento estructuralmente semejante al problema escéptico en el ámbito del conocimiento, en el que a partir de demandas perfectamente naturales, en condiciones normales, sobre las afirmaciones de conocimiento, se llega a una situación de amenaza generalizada, si las demandas son consistentemente aplicadas.8 Para Nagel, los argumentos escépticos siguen una misma pauta: no son el resultado de la imposición arbitraria de estándares exigentes de conocimiento, resultante de incom- prensiones filosóficas o teóricas; sino de la aplicación consistente de es- tándares cotidianos para la evaluación de los juicios.
Así, y volviendo a la esfera moral, Nagel concluye que:
La concepción de que la suerte moral es paradójica no es un error, ético o lógico, sino la percepción de una de las maneras en las que las condiciones intuitivamente aceptables del juicio moral amena- zan con socavarlo todo.9
La tensión implícita en nuestras prácticas de juicio moral se vuelve una paradoja paralizante cuando una “comprensión más completa y precisa de los hechos” se introduce en nuestras deliberaciones reflexivas. Para Na- gel, la paradoja resulta ineludible.
Cabe destacar que para Nagel vivir en esta paradoja es parte de la condición humana, forma parte de nuestra autocomprensión. De hecho, en The View from Nowhere, Nagel se ha dedicado a diagnosticar diferentes problemas filosóficos que —en cuanto descubrimos la indispensabilidad de la propia perspectiva sobre nosotros mismos, y su incompatibilidad con la perspectiva objetiva— nos conducen ineludiblemente a resultados
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Para más sobre las interesantes analogías entre suerte moral y suerte epistémico y los escepticismos asociados a cada una de ellas, véase Statman (1991).
47 paradójicos. Y este choque, entre las perspectivas interna y externa, no admite solución, para Nagel.10
Incidiendo en esta idea, Nagel va más allá e intenta formular de una manera más fuerte y desafiante el problema. Como se ha dicho, es obvio que la clara ausencia de control, a causa del movimiento involunta- rio, la fuerza física o la ignorancia de las circunstancias, excusa de la ac- ción cometida; pero sucede que lo que hacemos depende de maneras muy diversas de cosas que no están bajo nuestro control y, al mismo tiempo, las influencias externas, en un sentido amplio, no suelen considerarse dis- culpas de lo que alguien ha hecho, sino que forman parte del mismo juicio moral, sea positivo o negativo. La conclusión es que: “[e]sta forma de determinación moral por lo real es también paradójica, pero podemos em- pezar a ver lo profundamente incrustada que está la paradoja en el con- cepto de responsabilidad moral.”11 Más adelante, añade todavía:
Una persona puede ser moralmente responsable sólo de lo que hace; pero lo que hace resulta en gran medida de lo que no hace; por lo tanto, no es moralmente responsable de aquello por lo que es y no es responsable. (Esto no es una contradicción, sino una pa- radoja.)12
Convendrá el lector que este argumento, y en especial su conclusión, es un tanto oscuro. Pienso que podemos intentar ponerlo en claro reformu- lándolo del modo siguiente:
1. Una persona puede ser moralmente responsable sólo de lo que hace;
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Véase Nagel (1986), pp. 125ss. Más sobre esta distinción en la sección 2.3.
11 Nagel (1979), p. 25.
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2. pero lo que hace depende en gran medida de cosas que él no ha hecho;
3. por lo tanto, no es moralmente responsable de aquellas cosas de las que es responsable y de las que no es (directamente) responsable.
Añadiendo el matiz directamente, el razonamiento se vuelve algo más claro. Pero aún cabe exigir más. Michael Zimmerman ha reformulado el argumento en estos términos:
1. Una persona P es moralmente responsable de la ocurrencia de un suceso s sólo si la ocurrencia de s no fue cuestión de suerte. 2. Ningún suceso es tal que su ocurrencia no es nunca una cues-
tión de suerte. Por lo tanto,
3. ningún suceso es tal que P sea moralmente responsable de su ocurrencia.13
Como las premisas parecen verdaderas y el razonamiento válido, pero la conclusión falsa, tendríamos —de acuerdo con la interpretación de Na- gel— una paradoja genuina. El problema reside en que aquello por lo que una persona P es moralmente juzgada está parcialmente determinado por la intervención de la suerte, es decir, por factores externos al control de P, cuando parece que no debería estarlo.
Sin embargo, creo pueden distinguirse aquí dos cuestiones distin- tas, que apuntan a problemas parcialmente diferentes, pues una cosa es la putativa paradoja en relación a la práctica ordinaria del juicio moral y su conexión con el principio de control, y otra cosa es esta nueva formula- ción más estrechamente relacionada con el problema escéptico del control del agente sobre sus acciones. Creo que es fundamental distinguir entre ambas cuestiones, de las cuales sólo la primera se identifica con el pro-
49 blema de la suerte moral; si bien, como es obvio, ambas tienen aspectos comunes y puede que, en última instancia, una derive de la otra. Aun así, creo justificado y útil separarlas. Entiendo que esta distinción no queda muy clara aquí, pero ante ello sólo puedo remitir al capítulo 9, donde des- arrollaré esta propuesta.
¿Pero que puede decirse ante el descubrimiento de semejante pa- radoja (o paradojas)? En una de sus concepciones más populares, se en- tiende que una paradoja es un razonamiento que, desde premisas aparen- temente verdaderas, conduce, por medio de pasos argumentativos aparen- temente inocuos, a una conclusión contradictoria o absurda. Por ejemplo, en la conocida Paradoja del Mentiroso, un cretense afirma ‘Todos los cre- tenses mienten (siempre)’ —o, yo mismo: ‘Lo que estoy diciendo ahora es falso’. Sea la premisa de que lo que esta persona dice verdadera o falsa, la conclusión será igualmente tanto verdadera como falsa. El interés filo- sófico de las paradojas reside, cuanto menos, en que nos fuerzan a cues- tionarnos algunas de nuestras creencias más fundamentales, y es aquí donde estaría la importancia inicial del descubrimiento de Nagel. Sin em- bargo, cuando nos encontramos con algo que se presenta como una para- doja a menudo nuestra primera intención es tratar de ver si realmente es- tamos ante una paradoja o no, y, si no lo estamos, intentar desenmascarar- la. Y si realmente se trata de una paradoja, habrá al menos que explicarla o explicitarla.
Por ello, se trate de una contradicción o de una paradoja, parece que la manera de proceder, en todo caso, será intentar ver si alguno de los extremos en colisión (PC o JSM) es falso. Con ello, los resultados posi- bles a los que llegar serán tres y no dos: el rechazo de PC, el de JSM, o la imposibilidad de deshacernos de ninguno de ellos y, así, la afirmación de
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la paradoja como insoslayable. (Lógicamente también cabría la posibili- dad de deshacernos de ambos, pero esto no parece nada razonable.)
Así es cómo básicamente Nagel presenta el fenómeno de la suerte moral. Es cierto que hay otros elementos importantes en su caracteriza- ción, pero los veremos más adelante. Paso ahora a presentar los aspectos fundamentales que Bernard Williams, por su parte, asocia a este fenóme- no.
2.1.2. Williams: justificación retrospectiva y lamentación del agente