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A.3 Deriving long-run parameters using Delta method

4.4 Optimisation models

El libro atribuido al profeta Daniel (quien habría vivido desterrado en Babilonia) escrito en el siglo II a.C. (c. 164), fue incorporado a la Biblia hebrea en la sección de los escritos religiosos menores y no junto a los textos de los profetas mayores del siglo VI. Ello podría haber ocurrido porque el canon profético ya estaba cerrado, o porque las ideas escatológicas allí planteadas resultaban inconvenientes para el judaísmo legalista sacerdotal. Ya en época post-exílica cuando el gobernante persa Ciro (c. 538 a.C.)138 se habría mostrado tolerante con el dogma y el culto hebreo, fueron los sacerdotes zadokitas los que se encargaron de la reconstrucción del templo de Salomón y de sus ritos culturales; sus desarrollos teológicos se enfocaron estrictamente en la Torá y descuidaron las ideas escatológicas que ya habían despuntado en los textos proféticos de las primeras décadas del siglo VI a.C. Para estos sacerdotes del Segundo Templo, la ley era la suprema revelación de Dios, la ratificación como dogma ortodoxo del Judaísmo post-exílico y no dieron lugar a nuevas revelaciones divinas ni anuncios proféticos139.

Esta clase sacerdotal no permitió que otros grupos participaran de la reconstrucción del templo como foco para una nueva y poderosa monarquía. De los grupos excluidos, los samaritanos del norte construyeron su propio templo en el monte Gerizin y enfatizaron su compromiso con el pacto mosaico expresado en la Torá. El otro grupo, “la gente de la tierra del sur”, que habían permanecido en el área de Jerusalén después de su destrucción en 587 a.C. “llegaron a ser el medio a través del cual el fervor escatológico del movimiento profético se transformará a través de sectas, como la de los esenios, en una visión cósmica y apocalíptica de los últimos días”140.

Nos hemos permitido retrotraernos a la segunda mitad del siglo VI a.C., para dejar en claro que el pensamiento religioso hebreo no evolucionó mancomunadamente hacia una especulación apocalíptica. Los desarrollos teológicos de los grupos de poder y los de los grupos minoritarios, la intransigencia de unos y la permeabilidad de otros con

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En el texto profético de II Isaías 44,28, Yavé le dice a Ciro: “…tú darás cumplimento a todos mis deseos cuando digas a Jerusalén: “que vuelvan a construirla”, y del templo: “que la edifiquen, nuevamente”. El Rey persa se había rebelado contra los medos, poco tiempo después conquista Lidia y al imperio babilónico; la liberación de los judíos de su destierro de casi medio siglo, hizo que este falso Isaías lo retratara como el “elegido” de Yavé, como el instrumento del deseo de Yavé para la reconstrucción de Judá. Acerca de la traducción griega del nombre Ciro por Cristo y sus implicancias mesiánicas puede consultarse FORSYTH, N. The Old Enemy. Satan and the combat myth, New Jersey, Princeton University Press, 1987, pp. 107-108.

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Este judaísmo sacerdotal, legalista, dogmático y ortodoxo, endógeno e impermeable a la influencia de creencias escatológicas de culturas vecinas durante el período de dominación persa, se seguiría desarrollando en el judaísmo talmúdico del siglo I d.C. cuando se transformara en una secta. Ver al respecto CHARLES, R.H. “Introduction”, en Pseudoepigrapha of The Old Testament…, pp. VII-IX. 140

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respecto a creencias escatológicas de pueblos vecinos o conquistadores, los desafíos teológicos frente a la autoridad sacerdotal, la intercesión de diversas tendencias, la coexistencia de distintos puntos de vista dentro del monoteísmo hebreo: toda esta diversidad se refleja en los textos bíblicos. “No hay un solo planteo que pueda describir la “posición” de la Biblia hebrea en un tema dado, y ciertamente no la hay en la cuestión del castigo divino y la justicia”141.

Pero sin duda fue la corriente apocalíptica de un sector del pensamiento hebraico la que proveyó de novedades escatológicas; tal como mencionáramos en el apartado anterior, la escatología apocalíptica judía, que plasma sus escritos a partir de mediados del siglo III a.C. obedece a una causa endógena ya que desafiaba viejos conceptos de una ortodoxia petrificada y buscaba nuevas respuestas con respecto al obrar de la justicia divina porque el sistema de justicia punitiva terrenal deuteronómica no satisfacía la existencia de castigo a los impíos y malvados; por lo tanto, y tal como lo habían manifestado los textos de Isaías y Ezequiel, se especuló con la esperanza de una justicia punitiva ultramundana y eterna.

También habíamos mencionado un factor exógeno: el contexto histórico y político en que surge la literatura apocalíptica, la helenización del imperio persa y gran parte del antiguo Oriente Próximo por la conquista macedónica; Judá, bajo dominio lágida y seléucida, estaría nuevamente en contacto con culturas que habían elaborado un sistema de creencias con respecto al mundo de ultratumba, fundamentalmente la cultura griega, pero no menos importantes las tradiciones egipcias, persas y babilónicas que convergían en el mundo helenístico y particularmente en Alejandría. Es en este contexto de intercambios culturales en que se vitaliza el mito del combate entre el héroe y un adversario. En términos veterotestamentarios, era considerado adversario todo aquel, individuo o pueblo, que se apartara de la Ley, que infringiera el pacto con Yavé o que atacara y sojuzgara al pueblo “elegido”. Recordemos el castigo a Satán y Abirón por ser adversarios a la ley mosaica142, las profecías de Isaías y Ezequiel143 contra los adversarios históricos del pueblo hebreo o los oráculos escatológicos y condenatorios de Daniel con respecto a los seléucidas144.

En estos casos el adversario remite a la figura del rebelde145 humano, terrenal e histórico, pero el desarrollo de la escatología apocalíptica hebrea implicará la conformación de un rebelde cósmico semidivino en el comienzo de la historia y, con

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BERNSTEIN, A. Op. cit. p. 176. 142 Números 16, 30-33 y Salmo 106, 17. 143 Isaías 13 y 14; Ezequiel 28 y 32 144 Daniel 12, 1-13. 145

FORSYTH, N. Op. cit. pp. 142-146, opina que la tendencia mitológica, en particular el mito del combate, fue reactivada en el pensamiento hebreo por el nuevo y directo contacto con los sistemas religiosos vecinos durante y después del exilio y reforzado en el período helenístico coetáneo a la aparición de la literatura apocalíptica judía. También advierte que los desarrollos cosmológicos y la especulación escatológica de tales escritos, no se deben únicamente a las influencias foráneas, sino que también obedecen a nuevas búsquedas teológicas de determinadas sectas hebreas. Con respecto al adversario, una de las motivaciones puede ser un acto de rebeldía ante el sistema creado (otros motivos puedes ser la puja por el poder, el reconocimiento de derechos del adversario, nuevas generaciones de dioses contra las viejas).

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ello, aportará una respuesta al problema del surgimiento del mal en el mundo, en un claro intento de liberar a Yavé de toda responsabilidad con respecto a la instauración del mal y el pecado en el mundo creado por él. El estricto monoteísmo hebreo concebía a su único Dios como creador del cosmos y Señor de toda la historia. Resultaba incomprensible que ese mismo Dios abatiera sufrimientos y pesares a su pueblo. Evoquemos la interpelación de Job con respecto a la ambivalencia de la figura divina: la presencia en Él de un lado creador y positivo y otro costado destructor y negativo146. O bien, lo expresado por Isaías: “yo enciendo la luz y creo las tinieblas”, o según otras versiones: “yo produzco el bien y creo el mal”147, con lo cual, más que intentar comprender el origen del mal, se afirmaba la creencia en un dios único y enteramente poderoso, para no correr el riesgo de caer en un dualismo ontológico148. Sin embargo, esta versión integrada de Yavé se fracturará y “muy pronto la oscuridad y el mal tomarán una existencia independiente”149.

Comentábamos en líneas precedentes que el rebelde humano (el o los individuos que no respetaban el pacto con Yavé o los sucesivos pueblos que sojuzgaron, dispersaron al pueblo hebreo y prohibieron sus cultos) referenciado en tantos escritos bíblicos, responde a la necesidad de instalar la operativa del mal y del pecado, bajo la responsabilidad humana. Pecados que recibirían castigos divinos ya en época primigenia: el diluvio, la expulsión del Edén, la confusión de lenguas en Babel. Contrariamente, la prefiguración de un rebelde cósmico, de un principio cósmico independiente desprendido de la creación divina, permitía trasladar la responsabilidad del mal a la esfera cósmica; éste será uno de los mayores logros especulativos de la apocalíptica150.

Antes de abordar los textos apocalípticos extra canónicos (ineludibles para justificar el origen y la presencia del mal y de sus agentes en el mundo y asimismo poder comprender la necesidad de una figura mesiánica que lo venciera), mencionemos brevemente las referencias veterotestamentarias a ciertos espíritus (o ángeles en la versión de los Setenta) de la corte celestial de Yavé que cumplen determinadas funciones:

a) el malak Yavé, heraldo o mensajero de Yavé en la tierra ante ciertos conflictos; es el ángel exterminador que matará a los egipcios y pasará de largo las casas marcadas con la sangre de cordero; el ángel de la discordia entre Abimelec y los señores de

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Remitimos al apartado C. IV. 147

II Isaías, 45, 7. 148

Ya habíamos mencionado una posible influencia de la religión zoroástrica. Con respecto al binomio bien-mal, se planteaba la existencia de dos espíritus primordiales: el Angra Mainyu (el espíritu destructivo, la oscuridad, el mal) y el Spenta Mainyu (el espíritu creador, la luz, el bien). Pero la conceptualización de este dualismo primigenio fue una elaboración más tardía que se plasmó en los textos en pahlavi del período persa sasánida, entre el siglo III y VIII d.C. razón por la cual no pudo haber influido en la concepción hebrea en la época en que fueron redactados los textos de Job y II Isaías. De todos modos, bien que la fijación por escrito sea tan tardía, las enseñanzas de Zoroastro circulaban por transmisión oral desde mediados del siglo VI a.C.

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FORSYTH, N. Op. cit. p. 110. 150

El tema del pecado como responsabilidad humana o cósmica divina, comportará gran parte de la discusión teológica del Cristianismo temprano.