Catedrático de Secundaria
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Casa actual que recuerda las formas de vida de los
terratenientes eldenses del siglo XIX (Foto de Francisco Albert Rico).
otras poblaciones del Vinalopó Medio. En 1817, próxima la disolución del ré- gimen señorial, los 939 vecinos, sujetos fiscales, disfrutaban del 60% del total de la renta líquida que generaba las propiedades y actividades de la Villa; las rentas del conde de Elda y del arren- dador ascendían a un 26% y el resto se repartía entre catorce eclesiásticos con- tribuyentes y 170 propietarios foras- teros, los terratenientes. El gravamen que suponía la Señoría para Elda li- mitaba aun más las posibilidades de acumulación de la mayoría de los activos agrícolas. El 45% de los vecinos tenía una renta anual inferior a cinco libras va- lencianas y el 80% oscilaba entre una y diez libras. En cuanto a los terrate- nientes, el 85% poseía rentas inferio- res a diez libras.
Las relaciones sociales estaban fuer- temente delimitadas por la capacidad de extraer riqueza de la agricultura. El 86% eran agricultores pero no todos en idén- tica situación; dos grupos simétricos reflejaban un reparto desigual: 459 pro- pietarios de renta per capita once li- bras valencianas, y 451 jornaleros de renta per capita tres libras. Entre los primeros sólo el 28% contaba exclusi- vamente con las rentas de la propiedad y el 72% dispone de otros ingresos com- plementarios o principales. Entre los segundos, el 60% son exclusivamente jornaleros, disponen de las rentas más bajas y el 40% tienen otras comple- mentarias. Éstas solían ser arrendar
otras tierras y trabajar en la transfor- mación y distribución del producto agrario, tales como la molinería, pana- deros, la construcción de aperos y carros, la fabricación de aguardiente, papel, cubos y almazaras, jabón, carpinteros, herreros, tejedores, albañiles, alfareros, poceros de nieve, canteros, chocolateros, sastre, platero y seis zapateros. En total 118 vecinos activos que generaban el 7,6% de la renta total, de los cuales casi la mitad eran exclusivamente artesa- nos. La renta media per capita del sec- tor era seis libras y las desviaciones de unos oficios a otros muy reducidas, pero destaca la media de poco más de tres libras en los zapateros, similar a los ingresos de los jornaleros más pobres. El sector terciario, representado en la Elda de 1817 por veinticinco co- merciantes y otros dedicados a diversos servicios y profesiones liberales, apor- taba un 15,7% de la renta total. Eran 247 activos (26% del total) entre los que predominaban los dedicados a servi- cios, sobresaliendo 57 arrieros, 7 ca- rreteros y 5 posaderos. Este grupo ac- tuaba de nexo desde la centralidad de Elda recorriendo la ruta interior Al- coy-Xàtiva-Valencia y el triángulo Ju- milla-Fuente la Higuera-Albacete. Re- lata Madoz que las diligencias de Ali- cante a Almansa pasaban por Elda donde se detenían a comer.
Once profesiones liberales, con renta media per capita poco más de trece libras, atendían los servicios in- Mujeres ataviadas con mantón
dispensables de la villa: tres escriba- nos, cuatro abogados, un boticario, un perito, un médico y un procurador ge- neral; estos dos últimos vivían exclu- sivamente de su profesión. Resumien- do, a principios del XIX el 45% de los eldenses no alcanzaban una renta de cin- co libras anuales pero un 3% superaba las cincuenta.
Como ha estudiado Valero Escan- dell (1992), los modestos zapateros de casi todo el XIX pasaban desapercibi- dos; se trataba de una actividad artesanal cuya reducida producción vendían pe- riódicamente en mercados de las pro- vincias circundantes; todavía en 1884 ningún zapatero aparecía entre los cien primeros contribuyentes eldenses. Es- tas desigualdades se recogían en el Pa- drón de 1835 que incluía a 149 labra-
dores, propietarios bienestantes, 123 pelantrines, arrendatarios y minifun-
distas, y 424 jornaleros.
La abundancia de mano de obra, jo- ven y barata, la insuficiencia de la agri- cultura, la tradición artesanal y el co- nocimiento del mercado regional fa- cilitaron el desarrollo de la zapatería
como verdadera industria en las últimas décadas del XIX. La estructura de eda- des de Elda ofrecía una imagen de so- ciedad joven; según el padrón de 1856 la población menor de cuarenta años era el 73% y los mayores de sesenta y cin- co sólo eran el 4% del total. Esta ju- ventud se combinaba con una muy alta natalidad; entre 1835 y 1885 las tasas de natalidad superaron el 4%. De este conjunto humano procedían las cre- cientes incorporaciones al trabajo y venta de calzado abandonando la agri- cultura a jornal u otras actividades. Los 32 zapateros citados en el padrón municipal de 1868 se multiplicaron en 71 (1875) y 188 (1885), cifras segura- mente más altas si añadimos los me- nores de catorce años y las mujeres que ayudaban a los maridos, casi nunca re- gistrados en los padrones.
La profesionalización de los ni- ños-aprendices (en el padrón de 1875 aparece citado como zapatero un niño de nueve años) se realizaba desde eda- des muy tempranas, en el seno de los pe- queños talleres familiares. El origen jornalero y esta socialización mantuvo
Eldenses de final de siglo disfrazados al estilo de sus antepasados, costumbre citada por Castelar en sus «Recuerdos de Elda» (Archivo EMIDESA).
durante mucho tiempo elevadas tasas de analfabetismo. Uno de los prime- ros zapateros conocidos, José Payá Gon- zález, nacido en 1812, figuraba en la lis- ta de 1884 de los ciento cinco eldenses con derecho a voto en las elecciones generales por sus ingresos, pero era analfabeto y también sus hijos, tres de ellos zapateros.
Según Madoz (1843) Elda contaba con una escuela de niños con 200 ma- triculados y otra de niñas con 130 de asistencia, ambas sostenidas con fon- dos municipales. Más de sesenta años más tarde, la Estadística Escolar de Espa-
ña en 1908 mostraba que el porcentaje
de población de seis a doce años esco-
larizada en Elda era 24%, uno de los más bajos de la provincia e inferior a la media provincial (40%), que a su vez estaba por debajo de las tres valencia- nas (54%) y de España (59%). No era un caso aislado si comparamos Elda con otras poblaciones cuyo empleo in- dustrial en 1900 superase el 10% de los activos: Crevillent escolarizaba a un 21%; Elche, 19%; Aspe, 17%; Monòver, 14%; Petrer, 26%; Villena, 37% y Alcoy, 28%. A principios del XX Elda conti- nuaba sólo con dos escuelas públicas, una de niños y otra de niñas, que es- colarizaban un total de 220 alumnos. No constaba ninguna escuela privada, aunque se anunciaban clases particu- lares en la prensa de fines de siglo, y en 1899 los fabricantes Jiménez y Casto Pe- láez ofrecieron a sus obreros la posi- bilidad de recibir clases nocturnas. En 1902 el Ayuntamiento eldense aprobó unánime un voto de gracias a aquellos empresarios que sostenían una escue- la nocturna diaria gratuita a más de dos-
cientos niños y adultos. Los bajísimos sa-
larios de los hijos e hijas de jornaleros los apartaban en la infancia de la es- colarización. Aún en 1900 el 73,6% de los eldenses eran analfabetos.
El abundante empleo femenino e infantil en las labores del esparto y la zapatería posibilitaba por su acos- tumbramiento precoz, tradicional y barato incrementar la producción en las fases iniciales de transformación de la manufactura a la mecanización del cal- zado. Hacia las últimas décadas el cre- cimiento de este sector va a impulsar cambios socioprofesionales. Siguien- do a Valero Escandell (1992), en tan sólo una década (1875-85) se generó una dinámica hacia la futura Elda del XX, núcleo urbano-industrial. Entre la primera y segunda fecha el número de oficios varió: zapateros, de 80 a 187; jornaleros, 644-562; arrieros-carrete- ros, 22-28; papeleros, 24-13 y sirvientes, 44-26; cifras relativas debido al habitual ocultamiento del empleo infantil y fe- menino. En 1885 el calzado ya era la principal actividad industrial; casi toda realizada en tallericos artesanales ins- talados en la planta baja de las vivien- das familiares, pero en la última déca- da comenzaron a levantarse las pri- meras grandes fábricas.
Todos estos cambios se reflejaron en la sociedad eldense cada vez más identificada por los coetáneos próxi- Publicación de 1887 de la logia
alicantina Constante Alona , con la que mantuvo relaciones la masonería eldense de aquella época.
mos y lejanos como industriosos. Apa- recieron los primeros anuncios publi- citarios de aquellas empresas y tam- bién el primer semanario ligado a los tra- bajadores: El Bien General, nombre de la primera cooperativa de obreros (1885), constituida para procurar las comodida-
des del obrero en cuanto sean compatibles a su posición; proporcionarle los medios más fáciles para el desarrollo de su inteligencia por medio de la instrucción; socorrerle en los casos de enfermedad y proporcionarle re- cursos por medio del ahorro para hacer fren- te a sus necesidades en las crisis o paraliza- ción del trabajo. Llegó a contar con qui-
nientos asociados, lo que muestra el ideal interclasista, pequeñoburgués y, quizá, republicano castelarino del pro- yecto. Era una sociedad de ayuda mu- tua; cada socio aportaba 50 céntimos semanales y organizó a todos aquellos sectores que se consideraban entonces
obreros en sentido amplio: zapateros,
artesanos, jornaleros, aparceros y al- gunos pequeños propietarios agríco- las. Fundaron un casino obrero y un se- manario órgano de expresión. No iban más allá de un reformismo moderado, carecían de programa político y de rei- vindicaciones sindicales. En 1887 fa- lleció su fundador, el joven abogado eldense Ricardo Pérez Pomares y la so- ciedad se diluyó.
El primer número de El Bien Gene-
ral salió el 8 de septiembre de 1886 y el
último el 14 de abril de 1887; se im- primió primero en Alicante y después en Monóvar, compuesto de cuatro ho- jas de temas muy variados: folletines, el reglamento de la cooperativa, la cam- paña de recogida de firmas a favor del indulto al brigadier Villacampa, pro- tagonista de una sublevación republi- cana en Madrid (1886), –recogió 507 fir- mas a favor del indulto en Elda y Petrer–, de denuncia del deficiente cementerio y otros asuntos. Dirigido por Agustín Mª Tato Vidal, nacido en Cuba y edu- cado en Nueva York y París, trabajaba en Alicante como agente de aduanas; su matrimonio con la hija de José Amat Sempere, varias veces alcalde de Elda y diputado a cortes, lo vincularon a la Villa.
Hasta 1902 no vuelve a aparecer prensa periódica eldense. El número 1 del semanario El Vinalapó (14 de di- ciembre) abrirá el siglo XX. Dirigido por su propietario Miguel Tato Amat, hijo de Agustín, posiblemente cerró el
15 de mayo de 1904. Se presentaba como independiente y de amplio con- tenido pero su director profesaba un moderado republicanismo cercano a Salmerón y a favor de la clase obrera. Los temas preferentes en sus páginas estu- vieron dedicados a la política munici- pal, las actividades en el Casino y en las sociedades cooperativas, la creación de la Cruz Roja local, espectáculos, po- esías y noticias breves de Elda y co- marca.
Consolidada la fabricación de cal- zado como la primera industria local, los años noventa supusieron el defini- tivo empuje con la construcción de las primeras factorías de calzado y la in- dustria auxiliar necesaria (las fábricas de hormas y cajas). Aquellas empresas ya emplearon a cientos de obreros, usa- ban maquinaria diversa y motores cen-
Virgen de la Salud del viejo hospital, superviviente de la Guerra Civil (Archivo EMIDESA).
trales. Sus empresarios, de orígenes hu- mildes en bastantes casos, habían apren- dido el oficio desde muy jóvenes y re- presentaban la nueva burguesía local en ascenso. Los fabricantes Silvestre Her- nández y Rafael Romero Utrilles serán los prototipos de industriales capaces desde la óptica del regeneracionismo fi- nisecular, creadores de riqueza y de grandes iniciativas, ejemplares hom- bres para la prosperidad nacional, se- gún la semblanza elogiosa del diario alicantino La Regeneración (8 septiem- bre 1900).
El grupo de nuevos ricos exterio- rizaba signos de su pujante posición en algunos casinos y en las Fiestas Ma-
yores. Ideológicamente es significativa su participación en la creación de la logia masónica Fidelísima, constituida en Elda en torno a 1886, con miem- bros de este empresariado: Pablo Gua- rinos Guarinos, venerable maestro de la logia, secretario del ayuntamiento; Ra- fael Romero Utrilles; Blas Vera, co- merciante; Juan José Jebrer Samper, José Linares Amat, Gaspar Pérez, An- tonio Porta y Miguel Vidal, médico. No sabemos cuando cesó la actividad de este Taller, posiblemente en la crisis de los noventa de la masonería española, volviendo a Elda con la logia Amor nº
9 en 1927.
El crecimiento económico atraía mano de obra forastera, de la comarca afectados por la crisis vinícola y de puntos alejados (Mahón y Almansa). En 1887 Elda contaba con 4.437 habi- tantes que ascendieron a 6.131 en el padrón de 1900; es decir, hubo un in- cremento del 38% debido al propio cre- cimiento natural y a la llegada de 600- 900 inmigrantes en este periodo. Es- t o s o b r e r o s i n d u s t r i a l e s y a s e diferenciaban de los antiguos trabaja- dores agrarios. Organizaban sociedades de socorros mutuos: La Caridad, fundada en 1886, contaba con 325 socios. En 1898 se funda la primera cooperativa eldense dedicada a la construcción de casas baratas, La Prosperidad, 154 aso- ciados, que trató de solucionar el déficit de viviendas que la inmigración había originado. En 1900 la sociedad obrera
La Emancipación, creada en Novelda,
abrió una delegación en Elda con ob- jetivos de procurar mejoras a los afi- liados «en el orden moral y material, llevarles
al conocimiento de sus derechos mediante la instrucción y la defensa de sus intereses, procurarles mejoras en la forma de verificar el trabajo y mayores beneficios en el salario».
Poco después, en 1903, también se cons- tituyó en Elda La Regeneración con idén- ticos fines de defensa del trabajador. En 1899 se produjo en Elda la primera huelga obrera reivindicativa, motiva- da por los bajos salarios inferiores a los de los zapateros de Madrid, Barce- lona y Mahón.
Los propietarios agrícolas también en las últimas décadas logran organi- zarse para optimizar los escasos caudales del Vinalopó. A lo largo de la centuria la productividad agrícola descendió por agotamiento de los suelos y las se- quías, por lo que los propietarios y re- Pedro García Navarro, último
capitán moro de la primera época de la Fiesta.
gantes que tenían derechos históricos al aprovechamiento de las aguas de las fuentes de Las Virtudes, del Chopo, Acequia del Conde, las del cauce del Vinalopó y los manantiales de la Al- fahuara remodelaron sus normas en una Comunidad de Regantes de la Huerta
de la Villa de Elda, siendo las aguas de pro-
piedad particular de los comuneros, un caudal de 672 horas inscrito en el re- gistro de la propiedad de Monóvar. Las aguas podían utilizarse para el riego y
artefactos y ser subastada. Las orde-
nanzas, publicadas en 1890, fueron fir- madas por Vicente Maestre, Domingo Vera y Lamberto Amat y Sempere (1820- 93), el primer terrateniente de su tiem- po, secretario del Ayuntamiento y au- tor de la obra base de la historiografía sobre Elda: Elda. Su antigüedad, su histo-
ria (...), 1875.
Según el Censo de Población de 1877, en Elda absolutamente todos profesaban el catolicismo. La influen- cia clerical directa se limitaba al clero de la única parroquia de Santa Ana perteneciente al obispado de Orihuela. El ciclo festivo estaba impregnado de actividades litúrgicas, como era habitual en un mundo de tradición rural y en el que la secularización llegaría en los años veinte y treinta del siglo XX. Los patronos locales estaban presentes en cualquier evento importante y en las fiestas: San Antón, la Virgen de la Sa- lud, el Cristo del Buen Suceso y la Pu- rísima Concepción. En enero San An- tón presidía las fiestas de Moros y Cris- tianos. La Semana Santa era vivida con gran participación popular. El Do- mingo de Ramos era jubiloso, los bal- cones se engalanaban y disfrutaban tres días de la mona. En mayo las mu- jeres de los campesinos llevaban flo- res a la iglesia, símbolo de fertilidad, en acción de gracias por una buena cose- cha. En junio la procesión del Corpus se llenaba de niños vestidos de ángeles. La noche de San Juan ofrecía un as- pecto más pagano, hogueras y bailes. La Fiesta grande era en septiembre, bajo la protección de la Virgen de la Salud y el Cristo el Buen Suceso. Venían famo- sos predicadores de Orihuela o más le- jos, se celebraban procesiones y todo el pueblo adornaba calles y balcones. En diciembre, Navidad y asistencia a la Misa del Gallo. Basta con leer el relato que hizo Castelar en septiembre de 1879, Recuerdos de Elda o las fiestas de mi
pueblo, para captar la religiosidad cam-
pesina de los eldenses y la sincera sen- timentalidad del propio autor. En esas fechas, El Eco de la Provincia, diario con- servador de Alicante, en su número de 10 de septiembre de 1879, recordaba a sus lectores que Castelar era un buen ca- tólico y refería que cuando pasaba días veraniegos en casa de su amigo, el ha- cendado Pedro Juan Amat, en ella ha
sido visitado por el clero de la villa, y muchas veces se le ha visto en el templo orando de ro- dillas ante la Santísima Virgen de la Salud (...) Es buen devoto de la Señora, y buena prueba de ello son las remesas de cera que en- vía para iluminar el altar de la Patrona de Elda.
También en estos recuerdos Cas- telar rememora un vivo retrato de las fiestas de Moros y Cristianos: color, estruendo por cuarenta y ocho horas se-
guidas, (...) fuerza creadora de nuestra fan- tasía, y relata las fases de las represen-
taciones festivas.
La Banda de Música de Elda –So- ciedad Musical Santa Cecilia– surge en torno a 1852 fundada por un pequeño grupo dirigido por el panadero Joa- quín Beltrán. Será la primera entidad cultural de amplio alcance social; co- laborará o intervendrá en otras insti- tuciones eldenses. En 1886 su director Marcelino Zacarías Gutiérrez será re- dactor de El Bien General; otro director anterior, de origen alcoyano, Juan Bau- tista García, ayudará con la Banda a establecer las formas de Moros y Cris- tianos. En agosto de 1900 la Banda di- rigida por Ramón Gorgé ganó el cer- tamen de Alicante. Este éxito asumi- do por toda la sociedad eldense impulsó los esfuerzos fundadores del Teatro Castelar. Es importante destacar el ca- rácter social de esta agrupación; sus miembros eran de origen humilde, bue- na parte con estrechas relaciones fa- miliares, era considerada parte muy querida de la comunidad. Simbólica- mente, la calurosa recepción que la aco- gió tras su triunfo en 1900 fue cele- brada con volteo de campanas y el es- truendo de las sirenas de las fabricas zapateras.
Si la llegada del ferrocarril a Elda en 1858 supuso una ampliación de la imagen mental del espacio, la ilumi- nación pública en 1900 a cargo de la compañía La Eléctrica Eldense provocó un sentimiento de entrada en la moder- nidad del nuevo siglo.